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Sensatez y velocidad
Orlando
Barone
El Arca Digital
A 200 kilómetros por
hora, ¿por qué?
Los accidentes de tránsito
son la principal causa de muerte
en las rutas argentinas. Un tema
de difícil y compleja resolución
ya que es un contrasentido que
mientras en las rutas rige una
velocidad máxima, los vehículos
puedan ser llevados hasta el
doble. Millones de individuos
conducen un vehículo y no pasan
por ningún obligatorio test
psiquiátrico, ni se sabe cuánto
se les sube la presión apenas
sienten el acelerador en el pie.
Conductor a cuya sensatez o
locura la sociedad está
expuesta. Sin embargo, gran
parte de las economías mundiales
viven de la industria
automotriz.
"Se habilitan bólidos y la
responsabilidad de control está
sujeta a las leyes de tránsito,
pero en última instancia al
individuo". ELIICA, el auto más
rápido del mundo. “¿Por qué se
fabrican autos que pueden andar
a mucha más velocidad que la
permitida?” Esta pregunta se
hacía Víctor Hugo Morales. Y
también nos la hacemos nosotros
cada vez que en un choque
trágico se advierte que el
vehículo iba a 150 o a 190
kilómetros por hora. Pero no es
una pregunta que se hagan las
fábricas automotrices y tampoco
los usuarios. El automóvil es
para esta civilización como para
la edad media era el caballo. Y
osar entrometerse desde un
pensamiento lateral a semejante
cultura vertical es temerario.
Es escupir el asado cuando ya
está servido. Gran parte de las
economías viven de la teta del
auto: las petroleras, los
surtidores, la industria
automotriz y asociadas; los
concesionarios de las autopistas
y sus constructores; y los
estacionamientos, empresas
publicitarias y medios que hacen
caja con los avisos de autos.
También viven los que los roban,
los reducidores, los mecánicos,
y los cuidacoches. Y los
trabajadores de las fábricas. Y
sobre todo viven los adictos:
todos los habitantes de la
tierra. Aunque sea con el deseo.
Pero reducir la velocidad de un
auto no tiene por fin arrasar
con esa colosal industria. Con
la aguja que solo puede marcar
130 Km. se puede vender un
vehículo igual que si marcara
200. Sobre todo cuando ya no
existiera más la tentación de
marketing de aquellos que
pudieran ir a 200.
Cada uno de los habitantes del
mundo lo quiera o no consume dos
litros de petróleo por día. El
planeta usa casi 14 mil millones
de litros diarios. Es natural
que haya más guerras en las
regiones que lo producen que en
las regiones que producen
tulipanes o te de boldo.
Cualquiera sabe que está
prohibido tener en la casa armas
de guerra porque su uso es
mortal. Su empleo le concierne a
las fuerzas del Estado. Pero si
a las automotrices se les antoja
diseñar una 4x4 que en la
autopista puede ir a la
velocidad de un cohete, la hacen
y la venden. Y el que la compra,
sin que se le exija el diploma
de piloto de Boeing o de máquina
de fórmula Uno, es nada más que
un conductor cualquiera. Y con
un básico registro emitido por
la Municipalidad de “donde dobla
el viento”. Conductor a cuya
sensatez o locura la sociedad
está expuesta. Se habilitan
bólidos y la responsabilidad de
control está sujeta a las leyes
de tránsito, pero en última
instancia al individuo. A los
millones de individuos que
conducen un vehículo Y que no
pasan por ningún obligatorio
test psiquiátrico, ni se sabe
cuánto se les sube la presión
apenas sienten el acelerador en
el pie. Tampoco si les gusta más
el daiquiri o el tetrabrik que
el agua. Es un contrasentido que
mientras en las rutas rige una
velocidad máxima, los vehículos
puedan ser llevados hasta el
doble. Eso solo depende del
albur del que maneja. O del
albur de los controles. Si hay
una carta abierta más inútil,
más al viento que esta, todavía
no la he escrito.
Orlando
Barone / Escritor y periodista
Su novela La locomotora de fuego
fue finalista del Premio Plaza y
Janés, de España. Además publicó
"Diálogos Borges Sábato". Sus
columnas de opinión se difunden
por Radio Del Plata.
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Gentileza:: ead / El Arca
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