|
Los escultores de lo vivo
Leandro
Martínez Tosar (*)
La Insignia. Argentina,
diciembre del 2007.
«Nada tiene sentido en
biología excepto bajo la luz de
la evolución»
-Theodosius Dobzhansky
(1900-1975)-
«¡Qué bicho de porquería el
mosquito!», se le solía escuchar
a mi abuela mientras -sin éxito-
aplaudía el aire con la
esperanza de liquidar al
insidioso agresor: «¡Sólo
existen para molestar!». Con el
tiempo, la escena familiar fue
cautivando más y más mi
curiosidad y, al cabo de unos
años, la pregunta de ¿para qué
existe el mosquito? no me dejaba
en paz.
Una mirada a la organización de
cualquier especie o a las
interacciones entre ellas nos
llena de asombro: la perfección
aerodinámica del ala de un
halcón, el destello de una
luciérnaga, la delicadeza
estructural de la retina de
nuestros ojos, las
especializadas relaciones entre
flores y colibríes, el mimetismo
del camaleón, etc. Todo está
regulado con tanta exquisitez,
que es difícil no pensar en un
meticuloso y racional proceso de
diseño (hasta que pensamos en el
mosquito, claro) que subyace a
la diversidad biológica.
Especies fijas, especies
cambiantes La humanidad se
preguntó pronto si existía
alguna ley general que explicara
de dónde había surgido la
complejidad y la diversidad
observada en la naturaleza. La
primera en levantar la mano fue
la Iglesia, que -génesis bíblico
bajo el brazo- propuso que cada
una de las especies animales y
vegetales representaban un acto
de creación divina
independiente. Esto significaba
que Dios habría hecho por
separado a la cebra, al caballo
y al burro. Que la ballena, la
orca y el delfín fueron
concebidos en forma individual y
aislada. El creacionismo -como
se conoce a esta corriente-
mantuvo su hegemonía en el
ámbito popular durante mucho
tiempo. Incluso en nuestros
días, esta postura ha resurgido
disfrazada de ciencia, bajo el
nombre de diseño inteligente.
Fue a comienzos del siglo XIX
cuando el naturalista francés
Jean Baptiste Lamarck desafió el
status quo reinante, diciendo
que las especies se iban
transformando generación tras
generación, dando lugar a la
diversidad que observamos. Esa
transformación nos dice que lo
que hace unos milenios eran
microorganismos, hoy pueden ser
plantas de trigo y en un futuro
quizás serán vacas lecheras.
Según Lamarck, el motor de ese
cambio era el esfuerzo de cada
ser vivo por mejorar su calidad
de vida. Y el producto de ese
esfuerzo era heredado por cada
nueva generación. De esta
manera, el hijo de un
fisicoculturista debería nacer
con músculos sobredesarrollados,
y el hijo de un trompetista
debería nacer cachetón. Hoy
sabemos que las cosas no
funcionan de esa manera.
Hasta poco más de medio siglo
después, no se descorrería
finalmente el velo que mantenía
oculto al mecanismo generador de
biodiversidad. Luego de dar la
vuelta al mundo a bordo del
H.M.S. Beagle, estudiando flora
y fauna, el naturalista inglés
Charles Darwin publicó su obra
maestra: El origen de las
especies. En ella, sentaba las
bases que explican lo que hace
la naturaleza para alcanzar su
enorme complejidad y diversidad.
Desde Darwin, la teoría de la
evolución ha sido comprobada
infinidad de veces, en un
sinnúmero de escenarios
diferentes. El desarrollo de
resistencia a antibióticos en
bacterias, los cambios en el
color de ciertas polillas
londinenses, el aumento de
tamaño de las vaquillonas de
pedigrí logrado por selección
artificial, son sólo unos pocos
ejemplos de evolución en acción.
Incluso los avances de la
tecnología y del conocimiento
-que han permitido llevar el
análisis del proceso evolutivo
hasta el nivel molecular- han
reafirmado su validez
sistemáticamente.
Azar y selección El
evolucionismo descansa sobre
pilares muy sencillos. Y es
precisamente la sencillez de sus
conceptos lo que ha puesto (y
sigue poniendo) los pelos de
punta a quienes sostienen la
necesidad de un diseño
consciente de cada especie.
El primero de los pilares de la
teoría evolutiva es el azar,
representado por la generación
de descendencia con variación.
Se trata de la aparición de
pequeñísimos cambios
imprevisibles entre una
generación y la siguiente. Y son
estos pequeños cambios,
acumulados a lo largo de mucho
tiempo, los que acaban
transformando una especie en
otra. Así, donde originalmente
había sólo algunos insectos
inofensivos, ahora hay
mosquitos, jejenes, y tábanos.
Qué mejor que atribuir tanta
diversidad de bicho molesto al
azar o la suerte (a la mala
suerte, esto es).
Pero pensar que solamente el
azar es responsable de generar
la complejidad y el increíble
orden que caracteriza a los
sistemas vivos, sería totalmente
descabellado. Sería como pensar
que un tornado puede combinar
materiales de construcción
tomados a su paso, para armar un
imponente Boeing 747 totalmente
funcional. Tan descabellado como
pensar que un chimpancé, jugando
con el teclado de una
computadora, podría -de pura
casualidad- escribir una frase
de una obra de Shakespeare.
Aunque esto no es técnicamente
imposible, es tremendamente
improbable: el tiempo necesario
para que un simio escriba una
frase shakespeareana de 27
caracteres es de trillones de
años. Y cuando algo es tan
improbable, no está tan mal
decir que es imposible. El azar,
por sí sólo, no puede ser
generador de una complejidad
autosustentable ni reproducible.
Tiene que haber algo más.
Y es ahí donde entra en escena
el otro pilar de la teoría
evolutiva: la selección. Este
proceso es quien decide qué
variables, de los millones que
conforman un ser vivo, son
conservadas en el largo camino
hacia la complejidad. Volviendo
a nuestro simio aspirante a
escritor, si cada vez que
acertara una letra en un lugar
adecuado de una frase de
Shakespeare, la letra quedase
seleccionada mientras el mono
siguiera intentando con las
otras letras, el resultado sería
sorprendente: el tiempo que
tardaría en citar a Shakespeare
con la ayuda de la selección,
sería sólo de unos cuántos
minutos.
Máquinas de copiar El azar,
entonces, es quien genera el
cambio; mientras que la
selección es quien decide cuáles
de esos cambios se conservarán y
cuáles no. Y en biología, la
selección suele seguir un único
criterio: "cuantas más copias,
mejor". Cualquier aspecto de un
ser vivo que aumente las
probabilidades de dejar
descendencia, será conservado, y
cualquier atributo que disminuya
tal probabilidad, tenderá a ser
eliminado. La decisión no tiene
nada de premeditada ni de
mágica: si un aspecto cualquiera
-digamos, "velocidad de huida"-
mejora la capacidad de un animal
de escapar de su predador, ese
animal va a tener más opciones
de sobrevivir que su primo, más
lento. Entonces, seguramente, el
veloz dejará más descendencia
que su primo, y gracias a las
leyes de la herencia genética,
sus hijos serán veloces también.
Así, a la larga, la especie irá
aumentando su velocidad. Y del
mismo modo con cada atributo de
la especie. Hasta que, luego de
millones de años de acumular
cambios, nos encontremos con
algo que puede o no parecerse a
la especie con la que
comenzamos.
En otros casos, se favorecen
aspectos que a primera vista no
propician la supervivencia del
individuo (de hecho incluso la
perjudican). Los machos de
ciertas especies de aves
conocidas colectivamente como
"aves del paraíso", poseen
plumajes exageradamente largos y
vistosos. Esto los hace
peligrosamente llamativos para
un predador, a la vez que les
resta agilidad en maniobras de
escape. Pero no todo es tan gris
en la vida de estas curiosas
aves: las hembras prefieren
marcadamente a los machos con
ornamentos más peligrosos. En
otras palabras, tener un plumaje
osado aumenta la chance de dejar
descendencia. Una de cal, y una
de arena. Nuevamente, vemos que
la selección premia los aspectos
que redundan en la producción de
más copias, aunque esto vaya en
desmedro de la probabilidad
inmediata de supervivencia.
Otro ejemplo interesante es el
de la coevolución, es decir,
cuando una especie experimenta
cambios evolutivos que guardan
una relación estrecha con los
cambios acontecidos en otra
especie. Tomemos como ejemplo a
la víbora de coral, tan venenosa
como vistosa, con sus llamativos
anillos de colores. Su color es
una clara estrategia de
márketing que advierte a sus
potenciales predadores de un
riesgo mortal si les apeteciera
darse un festín con ella. Los
predadores que ignoran la
advertencia tienden a
desaparecer (llevándose su
coraje a la tumba), mientras que
los que se asustan al verlas
sobreviven (transmitiendo su
comportamiento cauteloso a sus
hijos).
Ahora pensemos en especies de
víboras no venenosas que viven
en la misma región. En estas
especies existen variaciones
surgidas por azar en el patrón
de colores de su piel: víboras
negras sin rayas, negras con
rayas anaranjadas, grises con
rayas rojas, etcétera. Si entre
toda esa diversidad de patrones
existiera uno que se asemejara
(de casualidad, aclaremos) al de
la temible víbora de coral, la
víbora en cuestión se habría
sacado la lotería: sin la
necesidad de producir veneno,
los depredadores que ya están
evolutivamente "entrenados" y no
la querrán ver ni de cerca. Y
entonces nuestra pícara
imitadora (conocida en el campo
como "falsa coral") verá
aumentar sus posibilidades de
sobrevivir y dejar descendencia
hasta niveles increíbles para su
especie. No es difícil imaginar
que en el futuro, los
descendientes de esta suertuda
viborita prosperarán y
predominarán sobre otros
miembros menos afortunados de su
especie, y el patrón de colores
de su piel se tornará común a
toda la especie. En este
sencillo ejemplo, el azar generó
los distintos patrones de
coloración, y entre ellos, la
presión selectiva (representada
por los predadores) favoreció al
falso patrón coral para darle
las máximas posibilidades de
sobrevivir y, por lo tanto, de
dejar descendencia.
De esta manera vemos cómo los
factores evolutivos, azar y
selección, se combinan para
generar cambios concretos
(coloración, ornamentación,
velocidad) en las especies
mencionadas. Cambios que pueden
darse en unas pocas
generaciones. ¡Imaginemos lo que
serían capaces de lograr estos
dos factores en cientos de
millones de años!
Las razones del mosquito Podemos
ver entonces que no hace falta
imaginarse a un ingeniero
sentado a su mesa de diseño,
delineando por separado los
planos de cada una de las
especies existentes. Por el
contrario, se trata de un
proceso espontáneo, en el que
sólo hace falta una única forma
de vida original, un antecesor
común a todas las especies que
existen. A partir de allí, el
azar y la selección -los
escultores de lo vivo- operarán
en forma totalmente automática
para generar los cambios y la
diversidad que observamos hoy.
Es evidente que esto no
representa una amenaza real para
la idea de un creador: un ser
superior bien podría haber
escrito las leyes que rigen al
universo, disparando el
surgimiento de la primera forma
de vida, que luego habría
evolucionado gracias al azar y
la selección natural.
Al prescindir de un proceso de
diseño inteligente de las
especies, la existencia del
mosquito deja de ser un dilema:
si las estructuras y organismos
vivos son fruto del azar y la
selección, deberíamos buscar
consecuencias prácticas en lugar
de razones. Es decir, debemos
buscar los "debido a qué", en
vez de los "para qué".
Cada especie que habita la
Tierra, por lo tanto, existe
debido a que representa una
combinación exitosa de factores
que funcionan muy bien para
dejar descendencia.
El sentido de finalidad no es
algo que exista en la
naturaleza. La idea de una "meta
a la que aspirar" es un producto
de la actividad mental humana.
Claro que no es una idea fácil
de aceptar, siendo que la
debemos aceptar con la misma
herramienta con la que generamos
el problema: nuestra mente.
En otras palabras, el mosquito
no existe ni con misteriosos
fines más allá de la comprensión
humana, ni para molestar a mi
abuela (aunque ella piense lo
contrario). Existe porque es la
máquina más perfecta con que
cuenta la naturaleza para hacer
más mosquitos.
(*)
Leandro Martínez Tosar es
biólogo e integra el Laboratorio
de Biología de la Mielina del
Instituto Leloir. Este artículo
se publicó también en la agencia
de noticias científicas y
tecnológicas argentina.(CyTA-Instituto
Leloir).
Gentileza:: alfaro melina
[cybermelinaalfaro@bandalibre.com]
paginadigital |