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Esclavismo, feudalismo y
capitalismo
Manuel
Moncada Fonseca
Fuera de la ideología
dominante, que hablaba de la
división de la sociedad en ricos
y pobres a partir de la
"voluntad divina", durante la
esclavitud y el feudalismo se
practicó una explotación franca,
inocultable, sin metamorfoseo,
toda vez que, en estas
formaciones socio-económicas, la
forma de reclutar mano de obra
se operó como coacción
extraeconómica; es decir, por la
fuerza, al grado que, en el
primero de estos sistemas, al
explotado se le estimaba parte
del patrimonio del explotador
(fuera éste individual o
colectivo) y, en el segundo,
aunque el oprimido ya no era
considerado propiedad privada,
se le sujetaba a la tierra
(gleba) y, por tanto, al dueño
de la misma; por ello, al
cambiar éste, los siervos de la
gleba cambiaban de señor.
¿Se puede sospechar que dominara
el sentimiento del amor entre
opresores y oprimidos en estas
etapas del desarrollo histórico?
En el sistema capitalista, por
el contrario, la opresión, que
recurre sobre todo a la coacción
económica, se encubre de mil
formas, lo que se ve, en gran
medida, facilitado por la doble
"libertad" que el proletario
adquiere en esta sistema social:
la individual, dada porque no se
le obliga a trabajar por la
fuerza, y la de estar privado de
todo medio de subsistencia, tras
haberse visto sometido al
violento despojo practicado en
su contra durante lo que Marx
denominó proceso de acumulación
primitiva del capital. Por lo
demás, allí donde puede y le
conviene, el capitalismo no
tiene reparo en combinar sus
formas de explotación con las de
los sistemas que le
antecedieron.
Pero la historia no termina acá,
porque el capitalismo
metamorfosea la plusvalía (como
valor no remunerado de una parte
de la jornada laboral) en
ganancia, con lo que se oculta
que el dinero multiplicado o
florecido que el capitalista
adquiere al final de un proceso
de rotación del invertido
inicialmente, no deviene del
capital constante (el invertido
en medios de producción), sino
del variable (justamente el que
se invierte en fuerza de
trabajo).
Hipocresía y medios de
comunicación No obstante, para
preservarse, la explotación, en
cualquier etapa de la historia
en que se registre, recurre
entre otras cosas a la mentira,
la falsedad, la hipocresía. Sin
embargo, es más que probable
que, en los anteriores sistemas
sociales clasistas, la
hipocresía no haya llegado jamás
a los límites tan profundos y
extendidos a que llega ahora, en
la moderna civilización
occidental, que predica hasta
los tuétanos el amor al prójimo,
pero se apropia de los bienes de
los pueblos, de su
biodiversidad, de sus genes; les
impone sus leyes a las que da
carácter extraterritorial;
patenta lo que la naturaleza y
el hombre han creado (hasta
creaciones milenarias de los
pueblos como las poses de yoga);
envenena y destruye el medio
ambiente; interviene naciones
para arrebatarles sus riquezas y
reducirlas a su dominio y, por
si fuera poco, las amenaza con
el exterminio atómico.
La hipocresía que campea en la
civilización actual, se ve
enormemente facilitada por los
medios de comunicación
monopolizados por las grandes
transnacionales, generadores de
las más grandes apariencias,
medias verdades, manipulaciones
de la información y mentiras que
la humanidad ha conocido. En
definitiva, tecnología para
mundializar, al nivel en que hoy
se hace, la hipocresía y la
mentira, no existía, ni por
cerca, ni en el esclavismo ni en
el feudalismo. De esta suerte,
hoy la opresión olímpicamente se
vuelve "libertad", "democracia",
"justicia", "oportunidad", etc.
Y viceversa, a la lucha contra
la opresión y la marginación
social y contra todo lo que
amenace la soberanía y la
autodeterminación de los
pueblos, arbitrariamente se le
llama "terrorismo", se le
penaliza, se le amenaza; así
como se interviene al pueblo,
nación o territorio que la
libra, para luego imponerle un
régimen de ocupación.
Así se explica que, en la
superficie de las cosas, en el
plano de lo que se ve, se oye o
se escribe en los medios de
comunicación masiva y en la
múltiple producción literaria,
cinematográfica o teatral, todo
ello abrumadoramente en manos
del capital internacional, con
mucha insistencia se hable,
directa o indirectamente, del
amor, de la desinteresada ayuda
al desarrollo del Primer al
Tercer Mundo, de buena voluntad,
etc. Pareciera entonces que este
sentimiento abundara o cayera
como maná del cielo sobre toda
la especie humana. Mas lo cierto
es que en la insistencia
alrededor del tema hay,
infinitamente, mucha más
hipocresía que franqueza.
En una reciente reflexión,
titulada "Estados Unidos, Europa
y los Derechos Humanos", Fidel
Castro desenmascara la
hipocresía de la Unión Europea
en relación con Cuba y con toda
América Latina: "La
desprestigiada forma de
suspender las sanciones a Cuba
que acaba de adoptar la Unión
Europea el 19 de junio ha sido
abordada por 16 despachos
internacionales de prensa. No
implica en lo absoluto
consecuencia económica alguna
para nuestro país. Por el
contrario, las leyes
extraterritoriales de Estados
Unidos y, por lo tanto, su
bloqueo económico y financiero
continúan plenamente vigentes".
Y a renglón seguido anota: "Esto
se hace aún más evidente cuando
coincide con la brutal medida
europea de expulsar a los
inmigrantes no autorizados
procedentes de los países
latinoamericanos, en algunos de
los cuales la población en su
mayoría es de origen europeo.
Los emigrantes son además fruto
de la explotación colonial,
semicolonial y capitalista".
¿Se puede esperar que en nuestra
época reine el amor y la
concordia entre los pueblos y
sus opresores? Siendo francos,
ni siquiera resulta deseable…
Entremos de lleno al punto del
odio y del amor.
Amor y odio como sentimientos
inseparables El mundo en que
vivimos está cargado de
conflictos y antagonismos; hay
explotados y explotadores; ricos
y pobres; privilegiados y
marginados; invasores e
invadidos; saqueadores y
saqueados; victimarios y
víctimas. Y ello basta o es
razón suficiente para admitir
que, a la par del amor, junto
con él y hasta de la mano con
él, existe el odio.
El segundo de estos sentimientos
es tan legítimo como el primero.
No hablamos del odio visceral o
irracional, tan despreciable
como el amor profesado
falsamente. Por el contrario,
hablamos de uno tan sagrado como
el amor verdadero: el odio
racional*; ése que provoca, como
el amor, el desborde de energías
populares contra la opresión,
las mentiras, amenazas,
invasiones, ocupaciones; así
como contra la ideología del
individualismo, la
competitividad y el mercado como
valores supremos, aún y cuando
estas cosas inmundas tengan
ropaje científico, académico o
espiritual; se enmascaren con la
visión "estrictamente" técnica o
aparentemente profesional; con
supuestos éticos y
transparentes; con el pretendido
apoyo a los pueblos por parte de
los ONG financiados por la CIA y
otras agencias semejantes; ya no
se diga, con las intervenciones
"humanitarias" de la ONU o de la
OTAN.
De esta forma, el amor de los de
abajo no actúa separado del
odio, sino combinado, bajo una
misma estrategia y un mismo
objetivo final: la plena
realización de las aspiraciones
ancestrales de la humanidad en
su conjunto. En efecto, el que
ama en verdad a la humanidad, a
los pueblos, al prójimo en toda
su profundidad, odia con todo su
ser todo lo que les haga daño,
oprima, saquee, engañe, prive de
libertad o de bienes, liquide o
amenace de muerte.
Con la claridad, precisión y
franqueza que lo han
caracterizado siempre, Fidel
expresó una vez que los
revolucionarios no albergan en
su interior odios personales,
sino hacia estructuras perversas
como las capitalistas.
Expresando diáfanamente su amor
por los pobres y su odio hacia
los opresores e invasores,
Sandino acotó ideas como ésta
"¡el pueblo sabe lo que es
justicia, y cuando se le niega
se la toma!". Lógico era pues
que viera como algo muy natural
que quien violara la soberanía
de una nación estuviera
"expuesto a morir en la forma
que haya lugar", porque "tal es
el derecho que le asiste al
verdadero patriota al defender
su Patria".
Jesús mismo, preguntémonos: ¿Que
sintió hacia los profanadores
del templo al darles de
latigazos y al derribar sus
mesas, monedas y asientos? Y el
Viejo Testamento: ¿No establece
acaso en uno de sus salmos que
"Yahvé ama a los que odian el
mal"?
Veámoslo ahora de otro modo:
¿Era amor acaso el que practicó
la Inquisición con los que
torturó y condenó a la hoguera?
¿Fue amor lo que movió al
Vaticano a declararle la guerra
a muerte los "impíos"
musulmanes?
Expresiones de lucha de clases
Esa mezcla de amor y odio, ese
ímpetu arrollador que ha
impulsado e impulsa a los
pueblos a enfrentar a sus
opresores, a resistirles, a
rebelarse en armas contra su
dominio; esos procesos que
implican enfrentamientos de
mayor o menor magnitud entre
mayorías y minorías; esa lucha
que se extiende más y más por
todo el planeta por un mundo
mejor; la lucha contra las
trasnacionales y sus medios; el
repudio a la guerras que éstas
desatan contra los pueblos; la
batalla de las ideas que
impulsan las auténticas fuerzas
de izquierda en todo el orbe; la
lucha por unir a los pueblos del
mundo en proyectos como el del
ALBA; el cierre de filas con los
procesos libertarios e
integradores que hoy se
desenvuelven en Cuba, Venezuela,
Bolivia, Ecuador, Nicaragua y
otros países de América Latina;
la lucha de las FARC en
Colombia, la resistencia heroica
de los pueblos iraquí, afgano y
palestino contra las fuerzas
interventoras; la del pueblo
iraní por mantener su soberanía
e integridad territorial y
evitar una intervención contra
su país, todo esto y mucho más:
¿No es acaso parte integrante de
la lucha de clases, lucha que,
por cierto, no es ni invento, ni
descubrimiento del marxismo, la
más clara concepción científica
del mundo?
Ciertamente, en este mundo, hoy
por hoy, el odio y el amor, por
un lado, se excluyen (cuando
están en aceras opuestas); por
el otro, se incluyen (cuando
están a favor de una misma
causa). En este caso, hablamos
de los más caros anhelos de la
humanidad por vivir en un mundo
en el que el amor, la
solidaridad, la hermandad
dominen los corazones de todos
los seres humanos y la prédica
del amor se vuelva sobrancera
por innecesaria. Al respecto,
adviértase que es el futuro de
la especie humana y no un simple
deseo humanista lo que impone la
necesidad de luchar con más
fuerza que nunca en favor de
ello. Y nuevamente es Fidel el
que advierte las cosas: "O
cambia el curso de los
acontecimientos o no podría
sobrevivir nuestra especie".
* Gustavo Ortiz-Millán, del
Instituto de Investigaciones
Filosóficas de la Universidad
Nacional Autónoma de México,
sostiene al respecto de
emociones como el odio lo
siguiente: "Las emociones son
parte de nuestro pensamiento
reflexivo porque son razones
para actuar y para juzgar tanto
como son las creencias, los
deseos y las intenciones. De
hecho, están entre las razones
comunes que tenemos para actuar.
Sin ellas, probablemente habría
pocas razones para actuar". Por
ello: "más que perturbar la
racionalidad, ciertas emociones
pueden de hecho ayudarnos a
desarrollar formas racionales de
pensamiento". (Ortiz-Millán,
Gustavo. "Los enemigos y los
efectos racionales del odio.
Variaciones sobre temas de
Plutarco".
http://dianoia.filosoficas.unam.mx/info/2004/53-Ortiz.pdf
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