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Educación, lenguaje y
reproducción
Karla
Olascoaga Dávila
La Cuerda
Hace algunos años (más de
10) me sorprendí diciéndole
enfáticamente a mi hijo, en
medio de uno de sus más intensos
y frustrantes llantos, que no
llorara porque "los hombres no
lloran". Esta frase la oí desde
la cuna y me parecía normal
repetirla a mis primos o a mi
hermano menor, pues era parte
del repertorio familiar/social
que se hereda consciente o
inconscientemente.
Felizmente, en ese mismo
instante me percaté del mensaje
que le estaba transmitiendo a mi
hijo. Digamos que recapacité y
me di cuenta que era un total y
absoluto absurdo. Claro que los
hombres lloran; es más, deberían
llorar más y expresarse más
libremente, pues su hermetismo
emocional es el culpable directo
de tantos infartos en hombres
relativamente jóvenes.
Desde entonces muchas aguas han
corrido, pero sí entendí que era
necesario repasar mi repertorio
coloquial (el propio y el
heredado) para no seguir cayendo
en inconsistencias de
principios. He sido fiscal, juez
y parte (y también protagonista)
de innumerables situaciones en
las cuales la razón no cuenta
mayormente. He oído, en
conversaciones cotidianas entre
jóvenes, frases y expresiones
ofensivas disfrazadas de poses "cool":
"vos callate, cerote, porque me
da la gana o aquí el que manda
soy yo", más la retahíla de
insultos reglamentarios que
vienen detrás. Sin embargo,
quiero creer que en la
actualidad, y gracias a los
medios de comunicación
audiovisuales formales e
informales, el acceso a la
información no sólo ha dejado de
ser un obstáculo, sino que
constituye una ventaja. Es decir
que con todo el bagaje de
información disponible, lo
lógico sería no silenciar al que
tiene una opinión o criterio
distinto al nuestro, sino buscar
argumentos válidos para disentir
con él. Y de esta parte debería
hacerse cargo el sistema
educativo, ya que en vez de
motivar al debate, prefiere
tener alumnos pegados a sus
escritorios y mantener el
supuesto "control" que tanto
obsesiona a educadores y
dictadores rezagados.
El acceso al Internet es un
fenómeno en crecimiento y,
aunque los adolescentes
generalmente no "filtran" los
volúmenes de información que
allí se encuentran, es probable
que aprendan más por esta vía
que por la propia tradición oral
familiar. Tanto en los hogares
como en las escuelas y
universidades, esto último no
disminuye un ápice el sentido,
ni la reproducción inconsciente
de modelos y estilos de vida
autoritarios.
Así como va evolucionando el
lenguaje coloquial y
modificándose el escrito (la
nueva textualidad del Chat es
una muestra fehaciente de ello),
deberíamos revisar todo ese
lastre de mensajes erráticos que
han sido incorporados como
verdades absolutas en nuestras
sociedades, pues las nuevas
generaciones ya no viven ni
enfrentan las realidades de los
60, 70, 80 y 90. Los paradigmas
sociales y humanos han cambiado
vertiginosamente en los últimos
20 años; lo único que no ha
cambiado son los paradigmas
educativos, pues en las aulas se
repite constantemente el modelo
autoritario de docencia y de
vida. No sólo desde los maestros
hacia los alumnos, sino también
desde los alumnos hacia sus
propios compañeros.
Creo firmemente que la cualidad
de aceptar lo nuevo y diferente
se da mejor entre los jóvenes,
pero es necesario el
acompañamiento de adultos con
mentalidad abierta que los
motive hacia la concreción de
sus nuevas y propias búsquedas y
logros. El sistema ha cambiado y
seguirá cambiando; los modelos
dictatoriales quedaron atrás,
aunque nuestra ridícula
arrogancia pretenda indicarnos
lo contrario.
laCuerda
Guatemala, julio/2008
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