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El último anarquista español
Alfonso
Daniels
BBC Mundo
Tras un vuelo interminable
desde La Paz y días de espera
por la intensa lluvia, el
pequeño avión aterrizó en una
pista de tierra, en plena
Amazonia boliviana. No teníamos
idea si el último anarquista
estaba vivo. Es el único
sobreviviente de la columna
anarquista de Durruti, que
mantuvo a raya a las fuerzas
franquistas durante la Guerra
Civil Española (1936-1939).
Antonio García Barón vive en una
casa baja, de ladrillo, cerca de
una hilera de cabañas, en la
selva boliviana. A sus 87 años
de edad tiene que usar sombrero
y gafas de sol. Más tarde, nos
cuenta que necesita protegerse
los ojos dañados hace nueve años
cuando bebió una taza de café
que tenía veneno. Afirma que fue
uno más de los cien atentados
contra su vida, que comenzaron
en París, en 1945, adonde se
trasladó después de pasar cinco
años en el campo de
concentración nazi de Mauthausen.
Los atentados continuaron en
Bolivia, su hogar desde
principios de la década de los
años cincuenta.
Apátrida
Barón se muestra muy interesado
en compartir sus puntos de vista
sobre la historia española del
siglo XX con una audiencia
mayor. "La prensa española
oculta el hecho de que la
Iglesia Católica fue responsable
de la muerte de dos millones de
republicanos durante la Guerra
Civil, no de un millón, como se
afirma", dijo Barón, antes de
prorrumpir en otra de sus
anécdotas. "Le dije a Himmler
(el jefe de las SS nazis) cuando
visitó la cantera de Mauthausen,
el 27 de abril de 1941, que los
nazis y la Iglesia Católica
hacían una gran pareja. Él
respondió que era cierto, pero
que -después de la guerra- les
vería marchar con el Papa a la
cabeza hacia allá, señalando el
crematorio".
En una pared de la casa de
Barón, hay una fotografía suya
tomada en el campo de
concentración. Junto a ella, un
triángulo azul con el número
3422 y la letra "S" dentro, para
marcar a los prisioneros
considerados apátridas. "España
me quitó la nacionalidad cuando
me internaron en Mauthausen.
Querían que los nazis nos
exterminaran en silencio. El
gobierno español ofreció
devolverme la nacionalidad, pero
tengo que pedirlo y no me da la
gana. ¿Por qué voy a pedir algo
que me robaron a mí y a 150.000
compañeros?", dice indignado.
Barón llegó a Bolivia aconsejado
por su amigo, el escritor
anarquista francés Gastón Leval.
"Le pregunté por una zona poco
poblada, sin adelantos como
agua, luz y electricidad, donde
aún se viva como hace un siglo
atrás, porque donde hay
civilización hay muchos curas".
En ese tiempo, unas 400 personas
vivían en el lugar, en su
mayoría indios guaraníes, y
también un sacerdote alemán.
"Fue un hueso duro de roer.
Antes de que llegáramos ya se
había enterado de nuestro viaje
y dijo a la gente que éramos
criminales. Los nativos huían de
nosotros haciendo el signo de la
cruz. Luego, al conversar con
ellos, se dieron cuenta de que
éramos buenas personas. Al cura
le salió el tiro por la culata".
Años más tarde, convencido de
que el sacerdote lo seguía
espiando, Barón decidió
marcharse y crear un miniestado
anarquista en medio de la selva,
a unos 60 kilómetros de
Buenaventura o a unas tres horas
en bote por el río Quiquibey.
Con él iba su esposa boliviana,
Irma, quien ahora tiene 71 años.
Comenzaron a criar pollos, patos
y cerdos y a cultivar maíz y
arroz, los que llevaban, dos
veces al año, al pueblo para
intercambiarlos por otros
productos. Siempre rechazaban el
dinero.
Dunkerque
La vida era dura y, hace algunos
años, Barón perdió la mano
derecha mientras andaba a la
caza de un jaguar que rondaba su
cabaña. La pareja estuvo sola
durante los primeros cinco años,
hasta que empezaron a tener
hijos. Más tarde, un grupo de
unos treinta indios nómadas pasó
por el lugar y decidió quedarse,
a vivir de la caza y de la
pesca, por supuesto, sin
utilizar dinero.
"Fueron años de libertad en
todos los sentidos, nadie nos
pidió permisos ni decían 'esto
no lo toques'. Eramos
independientes, no molestábamos
ni nos molestaban. Podías
caminar 200 kilómetros y no
habrías encontrado un alma",
recuerda Barón, mientras su
mujer sonríe, sentada en una
silla, al fondo de la sala.
Recientemente, tuvieron que
trasladarse al pueblo por
motivos de salud y, también,
para estar cerca de sus hijos.
Viven con una hija de 47 años,
mientras que sus otros tres
hijos, Violeta, de 52 años;
Iris, de 31, y Marco Antonio, de
27, trabajan en España. Ahora,
comparten los modestos cuartos
construidos alrededor de un
patio interno, con tres doctores
cubanos que forman parte de un
contingente enviado a dispensar
cuidados médicos en Bolivia.
Las horas van pasando y ya es la
hora de tomar el avión de
regreso a La Paz, antes de que
la lluvia torrencial vuelva a
dejar el área aislada. Es el
momento que elige Barón para
comenzar a hablar en detalle
sobre Mauthausen y la guerra,
como si quisiera cumplir una
promesa hecha a sus camaradas
caídos. Cómo los nazis
despeñaban prisioneros, cómo
algunos de ellos se aferraban a
la malla metálica para evitar
una muerte inminente, y cómo los
judíos eran el blanco del trato
más despiadado, y no vivían
mucho tiempo.
La memoria lo lleva de vuelta a
Dunkerque, donde llegó en 1940,
antes de ser aprehendido y
enviado a Mauthausen. "Llegué
por la mañana pero la flota
inglesa ya estaba a unos seis
kilómetros de la costa. Pregunté
a un joven inglés si volverían.
Veo que come con una cuchara en
la mano y dispara su cañón
antiaéreo con la otra y así todo
el tiempo", dice, riendo a
carcajadas.
"'Comé si quieres', le dije.
'¿Sabes usarla?"', me preguntó
al ver que yo era muy joven
-tenía sólo 17 años- y que no
llevaba uniforme militar.
'Déjela en mis manos', le dije.
Tomé la ametralladora y derribé
dos aviones y me miró asombrado.
'¿Dónde has aprendido?' me
preguntó. Al final me regaló la
cuchara con la que comía y la
tuve hasta regresar de Mathausen.
Nunca olvidaré la entereza con
que combatían los británicos
varados en la playa".
CUEVA REBELDE ITZCUINTLI
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Gentileza:: Red Latina sin
fronteras
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