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Amar, u odiar, a todo y a
todos
Mikel
Agirregabiria Agirre
La vida es más sencilla de
lo que algunos pretender
hacernos creer.
Se huelen, se sienten, pero
todavía faltan unos días para
que nos alcancen las esperadas
vacaciones. Al llegar a estas
fechas de julio, ya pedimos
vacaciones. La rutina agota. Y
más esta usanza del conflicto
incesante que repiten
machaconamente los medios de
comunicación convencionales. La
crisis, pues sí, la hay; pero
además no dejan de
recordárnosla. La confrontación
política, que sí, existe; pero
no insistan aún más. Las buenas
noticias del mundo real se
evaporan en medio del cenagal de
la animadversión que parece
vende los malos periódicos.
Alguna noticia feliz, asoma
tímidamente, y de inmediato
suscita el odio de los buitres
contertulios, que le ponen pegas
(¿la liberación de Ingrid
Betancourt fue pagada?).
La política sólo despierta el
interés general cuando se lanzan
descalificaciones, cuando la
ofensa (o la envidia) se vierten
inmisericordes. El regreso de
Josu Jon Imaz que, discreta y
desafortunadamente se aparta de
la política activa, se convierte
en más noticia aireando el
rencor de su caduco y
trasnochado predecesor, quien
flaco favor hace a su propio
partido. Los codazos y las
reyertas intestinas de los
partidos, de izquierda y
derecha, son celebrados y sus
víctimas exhibidas con el
descaro y desgarro de las
guerras fraticidas. El viaje al
centro del PP, que podría ser
celebrado por todos –sobre todo
si se materializa en algún
grado-, es mostrado como
desorientación y debilidad. Las
graves contradicciones, éticas,
políticas e incluso aritméticas,
de formaciones descarriadas como
EHAK son esgrimidas como
argumentos lógicos, por unos y
por otros, en lugar de
traspasarlas al archivo de las
enfermedades psicosociales para
su prevención y erradicación con
la mejor vacuna: una buena
educación.
Justamente esta receta, una
profunda y cuidada educación
para todos, es la gran ausente
del panorama público. Su
carencia es palpable en los
personajes de relumbrón. Los
grandes políticos, los buenos
estudiantes, los mejores
profesores, las personas más
inteligentes, las mujeres y
hombres cabales, parecen
enmudecer en este corral del
desorden y del resentimiento. No
son buenos tiempos para el amor,
la poesía, el consenso, el
acuerdo, el encuentro,… Brillan
espadas refulgentes de odio, y
nos ciegan con sus salpicaduras
de rencor. La enemistad se
extiende y se diversifica. Tras
detestar a personas (por su
origen, por su color, por todo
aquello que no han podido
elegir), se está empezando a
aborrecer los idiomas, las
banderas, los colores de unas
camisetas deportivas,…
Sólo se odia lo que se
desconoce. Más aún, sólo
detestan los analfabetos
emocionales, los confundidos sin
autoestima, los incultos
maleducados, los minusválidos
del corazón. ¿Cómo no apreciar a
quienes son nuestros semejantes,
hechos de la misma carne y la
misma sangre que nosotros, sin
importar sus circunstancias?
¿Cómo no amar las lenguas que
aún perviven aunque nos sean
extrañas? ¿Cómo no respetar y
reconocer los símbolos que otras
personas aprecian? ¿Cómo no
vibrar con las hazañas
deportivas de superación de los
seres humanos (aunque sea la
monserga del omnipresente y
cacareado fútbol)?
Quien odia algo, por nimio que
sea su aborrecimiento, demuestra
que no ama nada; su
comportamiento denota que odia
todo y a todos, incluido a sí
mismo. El rencor es una prueba
infalible de insatisfacción
personal. Quien es capaz de
amar, de verdad, a una sola
persona, es incompetente para
odiar a nadie. Quien goza
realmente con una o varias
lenguas, admira las que aún
desconoce. Quien se reconoce en
una o varias enseñas, reverencia
las de los demás. Quien ha
aprendido a amar, nunca querría,
sabría, ni podría odiar. Sólo
hay dos opciones a escoger: Amar
(a todo y a todos) u odiar (a
todos y a todo). Con un poco de
sabiduría y sentido común, no
resulta difícil la elección.
Mikel Agirregabiria Agirre
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Gentileza:: Mikel Agirregabiria
[agirregabiria@gmail.com]
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