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Levantar lo caído
Por Berna Calvit
Cada vez que abro mi buzón
cibernético para recibir el
torrente, la avalancha, el
tsunami de correos que que me
llega, me digo: "No hay bien que
su mal no traiga", contrario al
socorrido, amable y optimista
refrán "No hay mal que por bien
no venga". El refrán se me
ocurrió un día en que en el
buzón iban apareciendo decenas
de correos "pesados" que
indigestan la capacidad de
procesamiento de mi amada laptop.
Una de las cosas maravillosas de
la internet es que me permite
ver casi inmediatamente la foto
de mi nieto marcando el gol que
le da el triunfo a su equipo; o
de mi nieta "trajeada" para su
primera fiesta formal; o de mis
nietos mayores con sus novias.
Eso, los mensajes con material
interesante, y la posibilidad de
acceder a un universo de
información, es la parte
positiva de esta tecnología que
ha cambiado la vida de muchos.
Lo negativo es que ha traído
consigo la pesadilla que
representa el correo basura, más
conocido como spam. Debo estar
pasando por una fase de
nostalgia cinematográfica porque
el nombre spam, más que
recordarme el producto fabricado
por Hormel en 1937 (primera
carne enlatada que no necesitaba
refrigeración ni abrelatas), lo
asocio con el grupo inglés Monty
Phyton, que hizo inolvidables
filmes, clásicos de la comedia.
Los que se divirtieron con las "pythonescas"
comedias recordarán la de la
pareja en un restaurante cuyo
menú incluía spam en todos los
platos, y los vikingos que
cantaban el menú repitiendo una
y otra vez la palabra spam. De
ese exceso es que nace la idea
de llamar spam al correo
repetido, abusivo e indeseado.
Hasta hace pocos años, cuando la
computadora no era un artículo
de uso masivo, las promociones y
los anuncios llegaban en papel,
modalidad que perdió terreno con
la tecnología cibernética, de la
que me declaro devota. En algún
escrito anterior dije que puesta
a escoger la época en que me
hubiera gustado vivir, sin
titubear hubiera contestado que
en este siglo; no puedo
imaginarme vistiendo miriñaques
y pelucas a lo madame Pompadour,
ni viviendo en la austera época
victoriana, ni en ninguna otra
época anterior al desarrollo de
la tecnología de las
telecomunicaciones y de todo
aquello que facilita la vida: el
horno de microondas, el
automóvil, el avión, la
fotocopiadora, el bolígrafo, la
computadora, ¡el velcro! El
"pero", siempre un "pero", es
que para fabricarlos o hacerlos
funcionar se depende del
petróleo, oro negro codiciado,
incitador de guerras, fuente de
riqueza para unos pocos, y de
pobreza para casi todos en este
atormentado planeta. Pero esa es
otra historia.
Volviendo al spam, el premio
Popularidad es para la Viagra;
la archifamosa pastillita azul y
otros productos con el mismo
propósito, auténticos o
falsificados, se ofrecen por
millones a través de correos
electrónicos en todo el orbe y
se venden como "pan caliente" a
precio de ganga. La buena
noticia para los que no la
necesitan, es que los
científicos descubrieron que
también sirve para evitar que se
marchiten las flores, uso que
intuyo, no es el más común.
También llegan correos
anunciando productos contra la
calvicie; vitaminas; cremas anti–arrugas;
pastillas para perder peso; para
hacer crecer el miembro viril;
para títulos académicos con solo
llenar un formulario y enviar un
cheque (¿diputados?).
También para notificar lotería
premiada si primero manda los
dólares; o para anunciar al
lector cibernético que es el
afortunado ganador (siempre
número 9 mil 999) que ganó visa
de residente de Estados Unidos;
o invitando a participar como
accionista en minas de diamantes
en África con solamente invertir
unos cuantos cientos de dólares.
Como si no bastara el alud de
productos que a veces atosigan
mi laptop, gente bien
intencionada me invita a seguir
cadenas de oración que si no
paso más adelante me impedirán
ganar el cielo, o que a los
cuatro días me gane la lotería.
Y algunas son tan amenazantes
que hasta advierten que alguien
que no hizo caso a la cadena
cibernética fue atropellado por
un tren; y que otro perdió hasta
la chaqueta en los negocios. ¡El
apocalipsis!
También recibo muchos e-mail que
sin abrirlos sé, por el
remitente, si son categoría
cultural, "chavista", anti-Fidel,
espiritual, religioso, chistoso,
defensor del ambiente, "izquierdoso",
pro-gobierno, o de alguien a
quien "le cayó la teja" por
destruir manglares. Nunca he
recibido uno pro-George Bush.
Para rematar, ha surgido el spam
político, más fastidioso y
pernicioso que el cibernético.
En los diarios, la televisión y
la radio, en las paredes, a lo
largo de las carreteras en
enormes vallas, por todas partes
las caras, las voces, y los
"jingles" de los candidatos no
dan tregua, aparecen "hasta en
la sopa" prometiendo "el oro y
el moro". Algunos tienen algo en
común con los productos
falsificados que prometen acabar
con la "disfunción eréctil": que
son fabricados con promesas
embusteras para hacernos creer
que esos políticos tienen
capacidad para "levantar lo
caído". Eréctil, dice el
diccionario, es lo que "tiene la
facultad o propiedad de
levantarse, enderezarse o
ponerse rígido". Esas son las
facultades para las que serviría
la Viagra política que, si
existiera, sería magnífica para
levantar la honestidad,
enderezar la justicia y, con
rigidez, eliminar la impunidad.
Pero hasta ahora, lo que veo en
el menú político es spam, spam,
mucho spam.
*La autora es comunicadora
social
bdcalvit@cwpanama.net
Gentileza: Guillermo C. Cohen-DeGovia
[
allelon@operamail.com ]
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