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España: Derechos y pecado
Por Rafael Fernando Navarro
Rebanadas de Realidad
Cuando el gobierno de un país
constitucionalmente aconfesional
legisla, lo hace en virtud del
poder que le otorga el voto de
las urnas. El poder le viene del
pueblo y el gobierno lo ejerce
de acuerdo a esa constitución,
mirando al desarrollo integral
de la ciudadanía a quien sirve.
No vale por tanto refugiarse en
un complejo de persecución por
la simple percepción de que la
ley emanada de ese gobierno no
concuerda con los postulados de
una confesión religiosa. Este
complejo de persecución afecta
en el caso de España a la
religión católica y nace de dos
apriorismos ajenos al quehacer
político del país. Se parte, en
primer lugar, de la posesión
absoluta y exclusiva de la
verdad. Este monopolio trunca la
búsqueda como tarea humana
inalienable, y es consecuencia,
en segundo término, de una
inercia histórica que tiene su
origen en el concubinato
Iglesia-Estado mantenido durante
cuarenta años. Muerto el
dictador, la Iglesia no se
acostumbra a su luctuosa
viudedad y permanece plañidera
junto a la tumba del Valle de
los Caídos añorante no sólo de
su figura salvadora de la
patria, sino de los beneficios
que su presencia le reportaba.
La Constitución del 78 tuvo la
valentía de echarse a caminar
sin la sombra protectora de un
Dios en el que siempre nos
apoyamos los que vivimos el
triste período anterior por
imposición política y
jerárquica. Deberíamos en el
futuro vivir a la intemperie,
modelándonos en el vértigo de la
libertad, abriéndonos camino
hacia la muerte como plenitud
humana, soportando gozosamente
la soledad ontológica que cada
uno somos. El hombre se
interpreta a sí mismo como
pregunta, como interrogante
oscura que se sustenta en la
projimidad, en el encuentro
amoroso, en la esperanza preñada
de utopía. (Digamos entre
paréntesis que este es el hombre
laico, pero que tal vez sea
también la forma única de ser
cristiano)
En este auténtico sentido del
quehacer humano y humanizante,
la Iglesia no debe sentirse
paralela a la situación
existencial del hombre ni
experimentarse desplazada cada
vez que la sociedad haga
senderos, invente horizontes y
camine resueltamente hacia
ellos. Cada uno es responsable
de sí mismo ante la propia
conciencia. No se entierra el
amor cuando una pareja decide
buscar amaneceres distintos con
su mochila enamorada. ¿Es pecado
el divorcio? Allá. Pero
ciertamente no es un delito. ¿Es
pecado la homosexualidad?
Algunos, qué triste, no
entenderán nunca el perfil
exquisito de las rosas porque
son adoradores incondicionales
de las espinas.
La Iglesia necesita vivir en
viernes santo, velando el
cadáver de algún muerto espúreo,
y prohíbe la explosión
resurreccional de la libertad
humana. Es domingo en los
rosales y en el abrazo laico de
las olas.
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