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Aquel veintinueve (*)
Miguel
Ángel de Boer
Cuando llegó, junto con uno
de los compañeros de la
facultad, a la vieja casona de
la calle Chubut, un clima de
tensa excitación lo recibió al
entrar a la cocina. A algunos no
los conocía, pero sabía que casi
todos se encontraban allí, como
él, atrapados en el barrio
Clínicas, ante el anuncio de que
la entrada de las tropas de la
Aerotransportada era inminente.
- Che, que alguien haga unos
mates mientras escuchamos las
noticias - dijo uno, tratando de
poner cierta orden.
- Háganlo ustedes compañeros,
que nosotros mientras vamos a
preparar unas "molo" para cuando
vengan estos hijos de puta -
dijo otro.
- Está bien, pero mantengamos la
calma compañeros, que la noche
recién empieza - agregó un
tercero.
- ¡Esto es histórico,
compañeros!...¡Esto es
histórico!...¡Hoy las masas
estuvieron en la calle, y
nosotros los estudiantes
estuvimos junto a ellas!...¡ Se
dan cuenta?!...
- Esto es la Revolución...¡Viva
la Revolución, carajo!!.....
- ¡¡¡Viva!!! - gritaron y
aplaudieron casi todos...
Y mientras todos hablaban,
vociferando para ser escuchados,
fue recordando como en un sueño
- sentado en el suelo y apoyado
contra la pared que daba a la
calle - lo acontecido aquel día.
Habían quedado en encontrarse
con otros delegados de la
Comisión de la facultad a eso de
las once de la mañana en la
esquina de Rioja y Tucumán, de
acuerdo a lo convenido el día
anterior en la Coordinadora. La
idea era concentrarse allí para
luego ir al encuentro de los
obreros que venían desde las
fábricas ubicadas en las afueras
de la ciudad. A ellos les
correspondía unirse,
previamente, con los de Luz y
Fuerza.
El paro decretado venía bastante
pesado; la cosa estaba más que
jodida y los paros "materos" de
los burócratas ya no conformaban
a nadie. Y con la derogación del
sábado inglés se había terminado
de pudrir todo.
No alcanzó a reunirse con los
compañeros, medio a las
apuradas, cuando casi de
inmediato llegó la noticia de
que la "montada" había cargado
contra una columna de IKA-Renault
matando a un obrero a la altura
de Arturo M. Bas y Boulevard San
Juan.
-Tiraron sin asco los hijos de
puta...y le dieron a un
compañero, compañeros......Pero
los compañeros se resistieron y
los hicieron recular –
explicaba, conmovido, uno de los
que venían con la información.
-¡Están dispuestos a todo estos
hijos de puta! – agregó otro
-¡Asesinos de mierda! – gritaron
varios-
-¡No nos dejemos ganar por el
pánico, compañeros! – dijo él,
tratando de sobreponerse al
miedo.
-Tiene razón el compañero -
apoyó otro - Dispersémonos en
grupos y tratemos de llegar a la
General Paz con la gente del
Gringo Tosco, como habíamos
quedado.
Y hacia allí se dirigieron,
tomados de la mano los unos,
agazapados y pegados a la pared
los otros. Aterrados todos por
el ulular de las sirenas y la
ida y venida de los patrulleros
que ya circulaban por la Colón y
la General Paz, mientras
empezaba a correr gente de un
lado a otro y el olor a gas y
pólvora comenzaban a impregnar
el ambiente.
Estaban llegando a la Colón
cuando se toparon con el grupo
de Luz y Fuerza, con quienes se
pusieron a gritar como de
costumbre pero con mucha más
bronca: ..."¡Obreros y
estudiantes, unidos
adelante!"....."¡Abajo la
dictadura!",.... "¡Luche, luche,
luche, no deje de luchar, por un
gobierno obrero, obrero y
popular!...., "¡Hijos de
puta!...¡Hijos de puta!.. ",
enardecidos por lo ocurrido y
buscando unir las fuerzas frente
a lo que percibían como algo muy
distinto a lo que había ocurrido
en otras oportunidades.
- ¡Viva la clase obrera! - gritó
con todas sus fuerzas un
estudiante
- ¡Viva! - corearon los demás
- ¡Vivan los estudiantes!-
respondió un obrero
- ¡Viva los obreros y los
estudiantes! - contestaron
varios.
Y así iniciaron la marcha.
Juntos. Entremezclados. Obreros
y estudiantes. Indistinguibles
en su odio a un gobierno que
desde hacía casi tres años venía
cercenando los derechos de la
clase obrera y el pueblo.
No habían alcanzado a recorrer
media cuadra, cuando un móvil de
la policía, haciendo sonar la
sirena y disparando tiros al
aire por una de las ventanillas,
trataba de abrirse paso entre
ese enjambre humano que ocupaba
la calle de vereda a vereda.
- ¡Cuidado compañeros....!
- ¡ Ahí vienen los asesinos
hijos de puta....!
- ¡Hijos de puta!....¡Hijos de
puta!....- gritaba la mayoría,
tratando de impedirle el paso.
Pero la "yuta" estaba decidida.
El que manejaba aceleró sin asco
mientras el que estaba a su lado
seguía con los disparos.
En medio del desbande tomó una
baldosa y, casi sin pensarlo, se
acercó al vehículo con la
intención de arrojarla. Fue en
ese preciso instante en que uno
de los policías, al verlo, le
apuntó con el arma directamente
al pecho amagando con tirarle,
registrando así - por primera
vez en su vida - la extraña
sensación de haber enfrentado la
muerte cara a cara.
Cuando reaccionó ya sus
compañeros iban, a las puteadas,
por la Santa Rosa, rompiendo
todo lo que encontraban a su
paso, con una furia
incontenible, avasalladora.
- ¡No, compañeros!....- gritó
con angustia uno de los
militantes que estaba en el
grupo - ¡ No caigamos en el
salvajismo....!
- ¡ Ma' que salvajismo ni
salvajismo! - replicó uno de los
obreros con furia - Los que
tienen negocios son todos unos
hijos de puta.....Cuando pueden
nos cagan....!, agregó
indignado.
- ¡No, compañero! - insistió el
primero - nuestros enemigos son
los capitalistas y el
imperialismo...a ellos tenemos
que atacarlos...
- Tiene razón el compañero -
dijo uno que parecía uno de los
delegados de Luz y Fuerza - no
seamos animales, que eso es lo
que quiere la oligarquía, para
poder decir que somos una manga
de bestias y poder reprimirnos a
gusto....
- ¡ Entonces vamo' a la Colón! -
gritaron varios -....allí están
los negocios de los hijos de
puta que nos explotan..
Y hacia allí fueron.
A la Avenida Colón.
Enfervecidos. Eufóricos. Con
toda la bronca del mundo, que
iba aflorando como a borbotones.
-¡"Sevaacabar, sevacabar, la
dictaduraaaamilitar!.....¡Sevaaacabar,
sevaacabar...la dictadura
militar!",....."¡Asesinos!...¡Asesinos!..."-
gritaban como nunca, casi con
arrogancia. Con ese coraje que
surge cuando se siente que la
historia está a favor.
El torbellino era imparable. Las
vidrieras estallaban como focos
de luz, salvo aquellas que por
su consistencia hacían rebotar
las piedras como si hubiesen
sido elásticas. Los coches eran
dados vuelta como si fueran de
juguete y desde las ventanas y
balcones de los edificios
tiraban de todo para las
barricadas.
Un grupo se dirigió a la sede
del Jockey Club con la intención
de incendiarlo, mientras otros -
que se habían adelantado -
apedreaban el edificio
-¡Oligarcas hijos de puta!
- ¡Acá se divierten los
explotadores con la guita que
nos sacan a nosotros! – gritaban
El, en cambio, se dirigió a la
Xerox, al ver que varios estaban
destrozando los ventanales de la
firma. Cuando entró algunos ya
estaban rompiendo algunas
fotocopiadoras. Fue entonces que
tomó un trozo de hierro que
encontró y empezó a golpear una
de las máquinas que tenía a
mano. Con una violencia
inaudita. Desconocida. Porque no
sentía que le estaba pegando a
una máquina. Sentía que le
estaba partiendo la cabeza a la
burguesía, al imperialismo, a la
injusticia, a la explotación.
Que pegaba por él y por todos
(....."por los que se mueren de
hambre....por la gente de las
villas....por los chicos
desnutridos...por los
represión…por Vietnam…...por
Cuba…..por Argelia……por
Latinoamérica……por el Che….por
los fusilamientos….por las
torturas…por los asesinatos….por
Papillón.......por Cabral....por
los obreros...…"......"hijos de
puta......hijosderemilputamadrequelosremilparió..."......"por
todo lo que sufrimos" ...."por
lo que sufro"….."por mis
viejos...."......"hijos
deputa..."....."les pego por lo
que nos hicieron...por lo que
nos hacen....." "explotadores
hijos de puta...."). Y siguió
golpeando y golpeando hasta
quedarse casi sin fuerzas. Hasta
darse cuenta que ya no tenía
sentido seguir haciéndolo.
- Vamos para el Clínicas - dijo
uno
-¡Sí, vayamos para el barrio! -
contestó otro.
Y hacía allí partieron.
Cuando llegaron a la Cañada
pudieron ver barricadas por
todos lados.
Se escuchaban disparos y el
ulular de las sirenas y el olor
a pólvora, a gas lacrimógeno, a
goma quemada, a nafta, seguía
impregnando la ciudad de una
extraña y particular manera.
Al llegar a la concesionaria de
la Citroen el espectáculo
parecía de película.
Los coches eran sacados a la
calle para ser chocados entre sí
o contra las palmas de luz,
quemados, volcados. Las puertas
eran arrancadas como si hubieran
sido de cartón y los asientos
sacados y usados en el medio de
la calle como sillones de un
living. Y al cabo de un rato, un
estremecimiento indescriptible
anunciaba el derrumbe del
edificio por el incendio,
desplomándose el techo con un
sonido atronador.
si
Cuando llegaron a la Plaza
Colón, en la confitería La
Oriental parecían estar de
fiesta. Hombres, mujeres y
chicos habían tomado posesión
del lugar comiendo o llevándose
lo que tenían mano, a la vez que
"atendían" a los que se
acercaban.
- ¡Tomen compañeros! - decía uno
de los ocasionales
"expendedores", con un increíble
Chianti en la mano, que
seguramente era el primero y el
último que tomaría en su vida.
- ¡Vamos a morfar y chupar
aunque sea una vez lo que comen
los burgueses! - agregó otro con
una satisfacción que lo excedía,
mientras le entregaba comida y
algunas botellas a una pareja
que desde una moto observaba,
como de paso, lo que estaba
ocurriendo.
La plaza semejaba un día de
picnic popular. Los bancos
habían sido arrancados y
colocados en distintos lugares,
de cara a un hermoso sol otoñal.
Parecían estar aislados de la
violencia que los circundaba.
Como descansando en un feriado
eterno.
El grupo inicial se había
desperdigado ante la magnitud
incomprensible de los
acontecimientos.
Unos cuantos siguieron por Colón
donde ya empezaban a
visualizarse algunas barricadas
impresionantes que atravesaban
la avenida de vereda a vereda.
Su tamaño evidenciaba la
participación masiva,
arrolladora, hasta ahora nunca
vista en una movilización,
puesto que en las mismas había
cuanto objeto callejero o
doméstico se pudiera imaginar.
Algunos de ellos inverosímiles,
como una heladera o un
lavarropas.
El sol se iba retirando de a
poco.
Se sabía que en toda la ciudad
estaban ocurriendo episodios
similares. En barrio San Martín,
en el Güemes, Observatorio,
Talleres, Juniors, Alto Alberdi,
Villa El Libertador, Santa
Elena, minuto a minuto, hora a
hora se iba extendiendo la lucha
a todas partes.
En el centro ni que hablar. Los
puentes como el Avellaneda
estaban infranqueables.
La consigna que se fue
imponiendo era tomar la ciudad y
resistir todo lo que fuera
posible a los fines de impedir
la posible entrada del Ejército.
Cuando iban ya en dirección a
Alberdi, un puñado de exaltados
intentó atacar la parroquia
situada en la esquina Rodríguez
Peña. Un desconocido, trepado
sobre una de las barricadas,
sacó un pequeño revólver y
disparando un par de tiros al
aire gritaba desaforadamente: "¡
Vandalismo no, compañeros!",
ante la sorpresa primero y el
aplauso después de quienes lo
rodeaban.
Fue ahí que se percató que la
policía no existía. Que ya casi
no se escuchaban sirenas y que
de a poco un silencio extraño
iba ganando las calles.
Fue entonces que se dio cuenta
que la ciudad estaba totalmente
tomada.
No lo podía creer.
Se acordó de la Comuna, de las
insurrecciones, de tantos hechos
históricos similares. "La
Revolución es posible", pensó
emocionado.
Y entonces percibió un olor, un
aroma particular, único, que
impregnaba y atravesaba todo su
ser, su espíritu, que nunca mas
volvería a sentir ni a olvidar.
Era la libertad, no cabía duda.
Existía, verdaderamente. Y era
algo por lo cual, ahora lo
entendía como nunca, valdría la
pena luchar, combatir, dar todo
de sí, hasta la vida misma.
Aún percibía esa sensación
cuando uno de los compañeros de
la casa lo zamarreó.
Vamos compañero! - le dijo.
Vamos que está queriendo entrar
el Ejército y tenemos que ir a
la Colón a ayudar a los
compañeros que están tirando las
columnas del alumbrado, para que
estos hijos de puta no entren!
Y hacia allí fue.
Cansado, pero feliz.
Intuía que lo que estaba pasando
no era un hecho más.
Intuía que ya nada sería igual.
Aunque nunca se imaginó cuanto
cambiaría todo.
Y menos aún, que ese día
inolvidable, un jueves de Mayo
del 69, quedaría registrado para
siempre como el histórico
Cordobazo.
Gentileza: Miguel Angel de Boer
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