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Signos del nuevo siglo
Mikel
Agirregabiria Agirre
Se atisban cambios profundos
en nuestra sociedad, y no sólo
políticos. La entrada de un
siglo no siempre acontece en el
primer año.
La entrada de las centurias la
marca el calendario, pero los
cambios sociales paradigmáticos
surgen con algún retardo. Y en
la era moderna cada vez más
nítidamente, el cambio en la
arquitectura de la información
antecede y provoca el cambio en
la estructura del poder. La
tecnología de las comunicaciones
ha sido decisiva desde mediados
del siglo XIX, como anticipa la
obra de David de Ugarte, “El
poder de las redes”. También lo
fue en la antigüedad, donde la
navegación o la imprenta
requirieron períodos de tiempo
mucho más dilatados para
demostrar su potencialidad.
Pero el futuro es hoy y la
evolución se acelera. El
telégrafo entre Inglaterra y
Francia en 1981 o el primer
cable trasatlántico con Estados
Unidos en 1958, “el Internet
victoriano” y las “agencias de
prensa” (Associated Press y
Reuters) crearon un “orden
mundial” construido sobre unos
medios de comunicación y un
reparto geopolítico que
llegaron, perdiendo peso, hasta
finales del segundo milenio. Las
redes de influencia seguían
siendo centralizadas o
descentralizadas, pero el
concepto de “red distribuida” ya
había nacido como topología
informática que daría lugar al
nacimiento de Internet. Su
origen fue militar como una red
de comunicaciones capaz de
sobrevivir a un ataque nuclear.
Hoy día, la revolución de las
comunicaciones de bits y de
átomos (incluidas las personas)
está alumbrando un mundo nuevo,
desconocido, donde cambian las
reglas de los comportamientos
personales y colectivos. Las
leyes que rigen los fenómenos
sociales se han transmutado, y
ello ha sorprendido no sólo a la
ciudadanía de a pie, sino
también a altos gestores
económicos y dirigentes
políticos. El mismo concepto de
liderazgo ha mudado y los
poderes fácticos se encuentran
incómodos por la pérdida de
control que comporta, y que
suponían establecida y
perdurable.
Las señales de la mutación son
puntuales, pero significativas,
concurrentes y por doquier. El
siglo XXI entra de golpe en la
historia un 11-S con un acto
salvaje y sorpresivo sobre las
desaparecidas torres gemelas de
Nueva York. La dimensión del
estupor proviene no sólo de la
aberración ética de miles de
muertes de inocentes, sino
también por poner en entredicho
y sin discusión todo el sistema
de poder planetario que se
suponía en manos de la potencia
máxima y única. Los atisbos más
claros de cómo se redistribuye
el poder, provienen
–lamentablemente- de sucesos
sangrientos protagonizados por
contrapoderes que se valen de la
nuevas realidades. Con casos tan
obvios como la guerra “ganada
pero inconclusa” de Irak o con
la tragedia del 11-M en Madrid,
donde sólo la disfunción de la
red ferroviaria, que con sus
retrasos evitó la concurrencia
de los trenes atacados en la
Estación Atocha en una hecatombe
aún mayor.
En un ámbito más local y
cotidiano se advierten miríadas
de evidencias que prueban el fin
del sistema “vigesimónico” (del
siglo XX visto desde el XXI,
como “decimonónico” desde el
siglo XX). El ámbito político,
junto al económico, está plagado
de indicios. El PP pierde el
poder el 14-M por las multitudes
frente a sus sedes convocadas
vía SMS en 2004, y ahora mismo
la pugna por el liderazgo Rajoy-San
Gil se libra con estas flash-mob
(movilizaciones instantáneas).
Los prodigios que descolocan a
los políticos y desorientan a
tertulianos y lectores son
omnipresentes. La eclosión de
las ciudades, y de sus
alcaldías, en el foro público
trasciende su alcance local. En
Bilbao o en Madrid, o desde la
Diputación Foral de Bizkaia, sus
gestores descubren su
revalorizada función y se cruzan
criterios con(tra) las planas
mayores de los partidos o
con(tra) los máximos
representantes de comunidades o
naciones. Es la punta del
iceberg que anuncia el
advenimiento de los glocalismos
como parada intermedia en
tránsito hacia redes de
ciudadanías.
Las trazas de la mudanza se
insinúan en todo aquello que
resulta imprevisto. Hechos
menores, pero no irrelevantes,
demuestran el nuevo tiempo. Un
rector que se presenta a
revalidar un nuevo período, como
candidato único y con todo el
apoyo mediático convencional, es
rechazado aparentemente por el
influjo de trece mumis (con un
Manifiesto por el 'no'), tan
pocos como otros tantos
catedráticos entre un océano de
cuatro mil profesores, mil
quinientos trabajadores de
administración y servicios y
45.000 estudiantes.
Los partidos se aprestan para
nuevas elecciones e incluyen,
modesta y desconfiadamente,
grupos de bloggers pensando en
los nuevos tiempos. Se organizan
diversos Think tank, muy
prospectivos como Think Gaur
Euskadi 2020, pero el mismo
formato grandioso en
macro-recintos para miles de
asistentes denotan la anacrónica
conformación de multitudes
escuchando unidireccionalmente a
líderes consabidos, nada más
alejado del propio espíritu del
Siglo XXI. Los comités regentes
siguen respondiendo al esquema
de cuadrillas con listas
cerradas, inadecuado para una
ciudadanía que va reconociendo
matices de una netocracia y
sobre las que esgrimen marchitos
propuestas de viejos Estados
(como antes de la Gran Guerra,
que luego se numeraría como
Primera Guerra mundial). El
electorado actual posee una
identidad poliédrica y
multicultural, que acepta de
solapamientos diversos y
plurales. Las masas de
consumidores se van
transfigurando en una legión de
prosumidores (consumidor,
intermediario y productor), que
se saben votantes, dueños de sí
mismos e influyentes sobre los
demás.
La sociedad comunicada
globalmente no reconoce mensajes
crípticos de líderes en
decadencia si sólo cuentan con
el apoyo de un partido político,
a menos que sus tesis se validen
por otros agentes sociales de
prestigio más cercano y creíble.
La red social va perdiendo
receptividad a planteamientos
simplistas y maniqueos, basados
en esquemas monocromáticos de
una obsoleta partitocracia. Las
personas son, cada vez más,
poseedoras de varias culturas y
lenguas, en un contexto
relacional de una creciente
permeabilidad en un mundo
globalizado, googlelizado e
intercomunicado.
Corren tiempos de cambio. Se han
abierto ventanas por donde
corren vientos de renovación. La
televisión va perdiendo peso; el
mensaje monocorde, también.
Ahora más que nunca se han de
movilizar a las personas líderes
en campos emergentes, de
dinamismo social. El plano
político está muy enrarecido; es
preciso apoyarse en genuinos
paladines con credibilidad, que
guíen el nuevo tiempo. Estos
adalides procederán de áreas con
reputación intachable y de
futuro: investigadores
preclaros, humanistas
reconocidos, empresarios
solidarios, cabecillas que han
acreditado saber guiar a sus
equipos y gentes.
El líder “del pueblo”, ya no
existe, no podría existir. El
liderato social se ha de apoyar
en una matriz de nudos formada
por agentes reconocidos. Sólo
contando con estos enjambres de
sabios realistas, nodos de una
sociedad de ciudadanía cada día
más inteligente y reticulada,
será posible alumbrar el nuevo
siglo con un mínimo dolor de
parto. El camino será de
consenso representativo, alejado
de rancios prejuicios
esquemáticos y de postulados
doctrinales extremistas. Vienen
tiempos de eclecticismo sutil,
de políticas fecundadas con la
innovadora sabiduría social, con
mayor implicación de todos
nosotros en la cosa pública.
Mikel Agirregabiria Agirre
blog.agirregabiria.net
Gentileza: Mikel Agirregabiria
[agirregabiria@gmail.com]
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