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Una consigna admirable
Por Oscar Taffetani APe
La expresión mano de Dios estaba
en los antiguos contratos de
navegación en la letra chica de
las pólizas de seguros. Con ella
se dejaba sentado que los rayos
que pueden partir en dos un
barco o las montañas que pueden
desmoronarse sobre tranquilos
villorios son fatalidades, y que
corresponde eximir de cualquier
responsabilidad a las partes.
Demos un ejemplo de actualidad:
las cenizas de la quema de
pastizales en el delta del
Paraná, viajando hasta las
grandes ciudades argentinas y
haciendo toser a sus habitantes,
son obra de malvados terroristas
agrarios. Las cenizas del volcán
Chaitén, en cambio, que llegan a
las grandes ciudades argentinas
y hacen toser a sus habitantes,
son obra de la mano de Dios.
Una mano de Dios más modesta y
manejable es el cambio
climático. Convertido en panacea
informativa, se atribuyen a él
los calores y fríos extremos,
las lluvias e inundaciones, los
pájaros que se equivocan (diría
Hegel) y hasta los brotes de las
plantas fuera de estación.
El malvado CC vendría a ser
responsable de las nuevas plagas
de Egipto. Un Bin Laden de la
naturaleza, que acecha en cada
esquina.
Pero el cambio climático (sin
negar que existe y que es
necesario unir fuerzas en todo
el mundo para combatirlo) no
sirve para explicar cada cosa
rara o problemática que ocurre
en el planeta.
Lo que criticamos, entonces, es
su utilización como fetiche y
como explicación universal de
las catástrofes.
Urbicidio y masacre
La catástrofe del huracán
Katrina, en 2005, convertida en
urbicidio y en masacre de los
pobres de Nueva Orleans, tuvo
causas concretas, que fueron la
especulación inmobiliaria, el
afán de lucro, el egoísmo de los
pudientes y la inmoralidad de un
gobierno que cuidaba sus
negocios particulares antes que
el bien público.
No fueron el CC, ni el huracán
Katrina (uno de los tantos que
visitan los pueblos del Caribe,
cada año) los autores de la
masacre. Los autores de la
masacre tienen nombre y
apellido. Y siguen impunes,
dicho sea de paso.
Hay catástrofes naturales, por
supuesto. Pero esas catástrofes
naturales tienen víctimas
humanas, tienen observadores y
hasta tienen beneficiarios. Ésa
es la diferencia que la palabra
enmascara.
En la neolengua de los
organismos de socorro se
denomina “catástrofe
humanitaria” a las hambrunas y
epidemias que se propagan como
consecuencia de una guerra o una
migración forzosa. He allí otra
máscara.
¿Son las catástrofes
imprevisibles? ¿Son sus efectos
incontrolables? ¿Son una
fatalidad?
“Instruído por impacientes
maestros -escribió Brecht- el
pobre oye que la gotera del
techo de su cuarto ha sido
prevista por Dios en persona”.
Cristianos brechtianos
En la iglesia de la Santa Cruz,
hace algunas semanas, vimos
colgada una pancarta con una
consigna que expresaba el mismo
concepto del poema de Brecht,
sólo que había sido elaborada
por militantes cristianos: “El
Hambre no es voluntad de Dios”,
se leía.
Quienes quieran empezar a
cambiar las cosas, deberán hacer
caer, una por una, las máscaras
que nos ocultan la realidad.
Esos muchachos y muchachas de la
parroquia de la Santa Cruz ya lo
están haciendo. Sólo alegría y
fervor, y un gran abrazo, para
ellos.
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Gentileza: Agencia de Noticias
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