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La pedagogía popular de la
comunicación
La pedagogía popular de la
comunicación, en el diálogo de
diversidades, y en la creación
de alternativas al pensamiento
hegemónico.
Por Claudia Korol (Argentina)
www.prensadefrente.org
Tanto en los procesos de
resistencias populares al
neoliberalismo, como en las
nuevas alternativas que se van
generando al mismo, los
movimientos sociales han ido
creando herramientas, códigos,
símbolos, lenguajes, señales, en
los que subyace una pedagogía
popular que concibe a la
comunicación como un momento
fundante de la praxis
transformadora.
Es una pedagogía que hace de la
comunicación interpersonal en
los movimientos, entre los
movimientos populares, y de
estos con el resto de la
sociedad, dimensiones concretas
que requieren ser trabajadas
como parte de la batalla
cultural contrahegemónica. Una
pedagogía que intenta crear
lazos firmes entre lo que dice y
lo que hace, entre lo que
muestra y lo que es, entre
teorías y prácticas, entre
información y formación.
Las palabras, en la pedagogía
auténticamente popular, tienen
la densidad de los actos.
“Pedagogía del ejemplo”, llaman
los Sin Tierra del Brasil a esta
manera de comunicar con el
testimonio de vida; con
representaciones de gestos que
existen, que son, o que actúan
como metáforas de un mundo
deseado, por el que se está
dispuesto a luchar de cara al
futuro, mientras se van
realizando ensayos en los
proyectos cotidianos. Son
palabras que señalan, que
adivinan, que pelean sentidos,
que atraviesan históricas
incomprensiones.
Es la comunicación que se
encarna en prácticas sociales
colectivas, comunitarias, que
visibilizan lo ocultado, que
develan las muchas miradas del
mundo producidas simultáneamente
desde distintas experiencias,
sin privilegiar unas sobre
otras, sino haciendo de las
diferencias el punto de partida
para posibles encuentros.
La incomunicación como
estrategia de la dominación
En los años 80, como
consecuencia de varios factores
-entre ellos el impacto de las
dictaduras que se extendieron en
gran parte de América Latina, la
brusca interrupción de la “vía
chilena al socialismo” como
consecuencia del golpe de estado
avalado por los EE.UU., la no
concreción de algunos proyectos
revolucionarios en curso en
Centro América, la caída del
Muro de Berlín y la frustración
de la experiencia del Este
Europeo, la expansión del
ideario neoliberal contenido en
el Consenso de Washington, la
contrarrevolución conservadora
de Reagan y Thatcher- se creó un
imaginario de derrota de las
revoluciones, de clausura de las
utopías, de triunfo de una
cultura de mercado, en donde las
ideas, los valores, los sueños,
los sentimientos y los cuerpos,
podían ser comprados y vendidos
de acuerdo a los parámetros de
un sistema en el que todo, desde
el agua, hasta la tierra y la
vida se pretenden mercantilizar.
Sobre este escenario subjetivo,
se expandieron las nociones
predicadas por la posmodernidad,
que intentaron devaluar los
proyectos políticos
revolucionarios, las pasiones
que ellos encarnan, las
prácticas sociales colectivas,
los sentimientos trascendentes;
subsumiendo a la cultura en la
modorra del fragmento, a la
política en el objetivo del
cortoplazo pragmático y del
“vale todo”, despreciando las
ideologías y las prácticas
reales o simbólicas
anticapitalistas, volviendo todo
descartable y efímero.
En un tiempo en el que los
avances tecnológicos permiten
globalizar el conocimiento de lo
que sucede en el mundo, así como
de lo que se estudia y se dice
sobre esto; se produjo sin
embargo un doble efecto:
conviven y van conformando la
subjetividad de esta época, la
saturación informativa y la
incomunicación alienante.
Las distancias creadas por la
política hegemónica entre las
imágenes y dichos que saturan
los medios de comunicación de
masas -construyendo una
percepción del mundo funcional a
la dominación-; y el ancho campo
de las resistencias, los dolores
y las esperanzas populares,
llevan al desencuentro de las
palabras con sus significados,
de las imágenes que consumimos
con las representaciones de
nuestros actos. Esto provoca una
fuerte enajenación de los
sujetos.
Nos volvemos espectadores/as de
una historia en la que nuestra
actuación queda invisibilizada.
El protagonismo de los cuerpos
en las acciones colectivas se
metamorfosea en representaciones
distorsionadas, ahistóricas,
como un collage de “situaciones”
emergentes disociadas de
proyectos, de raíces y de
posibles frutos. La dificultad
para inscribir las imágenes
espasmódicas en procesos,
aumenta la confusión y la
sensación de malestar. La
creencia sobre la realización o
frustración personal y/o de los
proyectos políticos se mide en
el instante.
La comunicación en formato
“zapping” agudiza la ruptura de
la comprensión de las relaciones
causa-efecto, y en consecuencia,
del rol de los sujetos
colectivos en la historia. Se
abre así el espacio para
interpretaciones mesiánicas,
para los fundamentalismos, para
la exacerbación de los
individualismos; y también para
la brusca frustración de cada
una de las creencias en los
fetiches sucesivos creados por
el mercado.
La sociedad de consumo tiene
como parte inherente de su
propia existencia, la generación
de mensajes y estímulos que
producen necesidades y
ansiedades funcionales para
legitimar la reproducción
ampliada del capital. La
producción de mercancías, que
pese al avance tecnológico
tienen un valor de uso cada vez
más efímero, requiere para
continuar su ciclo, de una
demanda exasperada.
Los mensajes y estímulos que
consumimos, tienen más densidad
e impacto que las noticias. La
cultura consumista encuentra su
contracara en la perversión de
las ideas, representaciones y
sentimientos que nos consumen,
sobre lo que es necesario
“tener” para ser, para existir
en este tiempo.
Los medios de comunicación de
masas son los principales
productores de estas
informaciones alienantes,
estimulando una manera de estar
en el mundo atravesada por la
imposibilidad de satisfacer las
necesidades creadas por la
sociedad de consumo, y por la
angustia permanente frente a
ello. A lo que se agrega la
incapacidad de reaccionar frente
a los hechos que se suceden
vertiginosamente en las
pantallas de las TVs; o en los
informativos de los diarios y
radios, que pueden dar cuenta
simultáneamente de las políticas
de destrucción de la naturaleza,
de las guerras e invasiones que
se multiplican en nuestras
narices, o de la imposibilidad
de vivir sin consumir un
refresco o de progresar sin un
celular de última generación.
La incomunicación es parte de la
vida cotidiana actual, de las
estrategias del poder para
acentuar el individualismo, la
fragmentación, el escepticismo,
la depresión, y la desesperanza.
Seres humanos aislados,
desencontrados con sus pares y
consigo mismos, se van sintiendo
cada vez más perplejos o
perplejas frente al mundo.
Esta generalizada dificultad
para la comprensión del mundo,
se acentúa de acuerdo a las
culturas, las generaciones, el
género o las clases de las que
se provenga; acentuando las
incomprensiones y en
consecuencia, la fragmentación
social.
Tenemos dificultades para
comprendernos entre las
distintas generaciones, entre
los diferentes pueblos, entre
las múltiples opciones sexuales
que se alejan de la normatividad
heterosexual, entre las diversas
experiencias populares. Hay
códigos que muchas veces se
vuelven barreras infranqueables,
que potencian los procesos de
disociación social. Los sujetos
se vulnerabilizan, las
identidades se diluyen, las
solidaridades se desvanecen.
La necesidad de constitución de
sujetos colectivos con capacidad
de transformación, tiene como
condición la posibilidad de que
exista una comunicación que
favorezca los procesos de
identificación, de comprensión
de las diferencias y sus
fundamentos, la capacidad para
no confundir el diferente con el
antagónico, y la creatividad
para hilvanar, no en un único
relato, sino en un abanico de
relatos comprensibles y
dialogantes entre sí, los
fragmentos de un discurso roto y
de un lenguaje mutilado por las
dictaduras militares, así como
por la dictadura mediática del
pensamiento único.
Comunicarnos para comprender
En este contexto se vuelve
fundamental compartir y
comprender los sentidos con que
intentamos nuestras
transformaciones. Comprender y
comprendernos, y para ello
comunicarnos y comunicar. Para
asumir este desafío, los
movimientos populares han
multiplicado iniciativas
político-culturales, que dan
cuenta de una enorme creatividad
(forjada y educada en el
esfuerzo de sobrevivir en
tiempos de exclusión). Estas
iniciativas hablan de nuevas
maneras de entender la
militancia, el compromiso
social, en las que se revaloriza
la lucha cultural en la
renovación del imaginario
popular sobre las posibilidades
del cambio social y en las que
se forman los nuevos
intelectuales orgánicos de los
movimientos populares.
La recreación del imaginario
popular, se viene realizando en
claves comunicacionales propias
de estos movimientos. No desde
la nostalgia conservadora, que
pretender anclar las
transformaciones sociales en la
restauración de los mundos
perdidos, sino desde la
posibilidad de revolucionar
simultáneamente al mundo actual
así como la memoria de
anteriores resistencias.
Radios comunitarias, páginas de
Internet, boletines,
experiencias de TV comunitaria,
videos, graffitis callejeros,
libros, “marchas y actos que
comunican”, performance, redes
de información alternativa,
agencias de comunicación,
murgas, teatro del oprimido,
diversas formas de arte popular,
son parte de las muchas
herramientas apropiadas por los
movimientos sociales para
expresar sus esfuerzos de
transformación del mundo.
La metodología con que se
producen estas herramientas, en
muchos casos son parte de la
pedagogía popular, que al tiempo
que se discute qué y cómo
comunicar, contribuye a que se
sistematicen experiencias, se
creen conocimientos a partir de
estos análisis, se teorice desde
las prácticas, se forjen
sentidos, se simbolice, se
decodifique.
Las tensiones entre la
diversidad de sujetos que
expresan crecientemente sus
demandas, y los proyectos en los
que intentan articularse
resistencias más enérgicas y
alternativas populares, tienen
en la comunicación un lugar para
nuevas prácticas políticas de
creación colectiva de saberes,
de ejercicios de diálogo entre
cosmovisiones diversas del mundo
apelando a los más variados
lenguajes, de batallas contra el
sexismo en la comunicación, o
contra el racismo en nuestras
lecturas del mundo, de invención
de códigos comunes que permitan
interpretar las búsquedas
emancipatorias.
La pedagogía popular de la
comunicación hace del diálogo y
de la pregunta algunos de los
momentos fundamentales. La
pregunta, la escucha, son tan
importantes como la respuesta y
la opinión. Los cuentos conviven
con el análisis racional, las
historias son parte del presente
y del futuro. La memoria cultiva
resistencia e identidad. El
proyecto se amasa con las mismas
proporciones de incertidumbre y
de rebeldía.
La posibilidad de cuestionar y
cuestionarnos nuestras propias
afirmaciones, de tratar de
descubrir cuántas huellas de la
cultura hegemónica pueden estar
marcando nuestras creencias, es
una manera de disponernos a
poner nuestros cuerpos en el
juego de la transformación. Es
animarse a quitarnos las
máscaras de las apariencias, y
dejarnos atravesar por el dolor
de desaprender la opresión, para
experimentar más que proclamar
los cambios necesarios. Caminar
sobre esas huellas una y otra
vez, para no perder el origen,
para descubrir que en nuestras
concepciones o en nuestros
sentires asoma el prejuicio
racista, la moralidad burguesa,
la naturalización de la
cotidianidad patriarcal, el
sentido común de quienes han
hecho un mundo descartable, es
un ejercicio imprescindible para
descolonizar nuestra cultura
popular, en las batallas por las
múltiples identidades que nos
constituyen como pueblos.
Hacia la descolonización del
pensamiento crítico
latinoamericano
Uno de los talones de Aquiles en
nuestros esfuerzos por cambiar
al mundo durante todo el siglo
20, ha sido la presencia en
nuestro pensamiento de fuertes
incrustaciones dogmáticas y
liberales. La ideología de la
Conquista de América,
legitimadora del saqueo, de la
depredación de la naturaleza y
de los pueblos, de la imposición
de una cultura y una lengua, de
desprecio por los pueblos
originarios y afrodescendientes
esclavizados, marcó el
pensamiento del continente. La
cultura blanca, burguesa,
patriarcal, se impuso a sangre y
fuego en nuestras tierras.
El eurocentrismo, el iluminismo,
el positivismo, reforzaron la
base cultural colonizada del
pensamiento dominante en la
izquierda, y en franjas amplias
de la producción académica de
las ciencias sociales. Esto
generó una fuerte distancia con
las culturas de resistencia de
los pueblos originarios. En
muchos lugares este desencuentro
reforzó el aislamiento de las
batallas de estos pueblos; sus
esfuerzos de resistencia
silenciosa al genocidio
cultural; empobreciendo al mismo
tiempo al pensamiento crítico.
Los dos genocidios fundantes del
capitalismo en América Latina:
el de los pueblos originarios, y
el de los afrodescendientes,
fueron reducidos de este modo a
meros capítulos sin mayores
consecuencias en el relato
histórico, más devaluados aún en
la mirada sobre los desafíos
actuales de los proyectos
alternativos.
Temas que hoy se ponen en
debate, como son la defensa del
patrimonio cultural de los
pueblos, las batallas contra el
saqueo de los bienes de la
naturaleza, la lucha contra la
depredación de las posibilidades
de vida en el planeta, forman
parte, dichos con otros
lenguajes y en otras
perspectivas, de la diversidad
de cosmovisiones de nuestros
pueblos.
Su visibilización a partir del
año 1992, en el marco de los 500
años de resistencia indígena,
negra y popular, y después del
levantamiento zapatista en
Chiapas, en 1994, en el contexto
de una crisis y desorientación
gigantesca de la izquierda, en
sus diversas corrientes,
permitió otro diálogo entre
estas tradiciones emancipatorias.
Los levantamientos en Ecuador y
Bolivia, la llegada al gobierno
de Evo Morales, colocaron en un
nuevo espacio del pensamiento
latinoamericano al conjunto de
estos aportes.
La aprobación en la ONU de la
Declaración de derechos de los
Pueblos Indígenas, da cuenta de
este cambio de paradigmas, que
impacta especialmente a la
región (con la excepción de
Colombia, todos los países
latinoamericanos la apoyaron).
Pero mientras esto sucede,
continúa la realización de
proyectos que en nombre del
desarrollo, multiplican la
depredación de la naturaleza, la
expropiación de sus territorios,
y la criminalización de los
movimientos que resisten estos
atropellos. Sin existir una
resolución sencilla de estos
conflictos, el primer tema que
aparece es la urgencia de
dialogar sobre los mismos no
desde preconceptos, sino
fundando, junto a la afirmación
de la necesidad de crear un
poder popular con capacidad de
desafiar al poderío
imperialista, contando para ello
con posibilidades materiales de
autosuficiencia y
autodeterminación; la
posibilidad de avanzar
simultáneamente en la
descolonización de los saberes,
que permita imaginar
colectivamente la sociedad y el
mundo en que queremos vivir.
La comunicación en estos casos,
entre las fuerzas del Estado y
los movimientos populares, está
interferida por intereses
concretos contradictorios. La
búsqueda de superar la
contradicción puede basarse en
la prioridad política de que
todas las alternativas, apunten
fundamentalmente a la
constitución del sujeto
histórico de las
transformaciones.
Es importante para ello hacer
más sistemático el diálogo, no
sólo en pos de una mayor
comprensión de los puntos de
partida de cada grupo o sector
social emancipatorio; sino
también para poner en debate las
estrategias de lucha política y
de creación de alternativas
populares en el nuevo milenio.
Cuando en muchos de nuestros
países se proclama la
integración del continente en
una propuesta como el ALBA,
cuando en algunos de ellos se
propone como horizonte el
socialismo del siglo 21, el
lugar de la comunicación pasa a
ser estratégico ya no sólo para
la creación de redes de
resistencias a las políticas
imperialistas, sino también para
el ejercicio de un modelo de
integración que no reproduzca
imposiciones ni colonizaciones
de unos países sobre otros.
Las relaciones interestatales,
los diálogos entre los gobiernos
y movimientos populares, hoy
exigen pensar en nuevas
dinámicas de interacción,
respetuosas de los tiempos y de
las demandas de cada sujeto, y
de los sujetos colectivos que
participan en estos procesos.
En esta dirección, la
comunicación tiene que atender
también a la complejidad de
signos y de lenguajes de los
pueblos. Si es cierto que los
avances en el terreno
tecnológico favorecen la
posibilidad de crear nuevas
redes de información, de
interconexión y de diálogo,
existe también el riesgo de que
se aumente la brecha entre un
activismo informado, y las bases
de los movimientos que no
acceden a estas tecnologías.
Popularizar las posibilidades de
acceso a las diversas formas de
comunicación, es una condición
para democratizar las
alternativas, en función de
garantizar el protagonismo
popular, y de no generar nuevos
fetiches alienantes en nuestros
propios movimientos como puede
ser el manejo de los medios
alternativos de comunicación en
manos de unos pocos.
Acompañar esta democratización,
con procesos de educación
popular y de formación política
que creen capacidades de
interpretación de la masa de
comunicaciones que se genera, es
también uno de los desafíos.
Una vez más, es necesario decir
que los procesos de cambio y
transformación social,
encuentran sus raíces en la base
de los movimientos, y no en los
despachos estatales. Las
creaciones de poder popular,
pueden ser estimuladas desde
políticas de redistribución de
la riqueza, de educación de
masas, de procesos políticos “de
empoderamiento” promovidos
“desde arriba”. Sin embargo, la
perspectiva de continuidad en el
tiempo y de arraigo permanente
de estos procesos, en todos los
casos, se afirma en la
existencia real de sujetos
populares que se constituyan con
autonomía política, capacidad de
acción colectiva, de control
sobre los eventuales gobiernos,
y de diálogo entre sus demandas
y las interpretaciones de las
mismas por parte de los
funcionarios del Estado.
El esfuerzo de denunciar en el
lenguaje las marcas del sexismo,
o del racismo, del colonialismo,
de la xenofobia, y rehacerlo no
sólo como un ejercicio de
aproximación a lo “políticamente
correcto”, sino como una manera
para repensar y reconfigurar
nuestras prácticas políticas y
nuestras concepciones de la vida
cotidiana, requiere de una
disposición sistemática a
revisar el abecé con el que
construimos nuestras miradas del
mundo. Alfabetizarnos entonces,
es crear las palabras para
nombrar el proyecto popular que
aspiramos a construir
colectivamente.
La integración de las redes y
proyectos de comunicación
alternativos, y la educación
popular, son entonces
dimensiones específicas
contrahegemónicas, para una
batalla cultural que en
condiciones de extremo
desequilibrio, puede hacer sin
embargo de la creatividad
popular, la imaginación, la
sensibilidad, la potencia
simbólica, las armas secretas
contra la alienación y el
aburrimiento que ofrece como
horizonte cultural el
capitalismo.
Gentileza: Red Latina sin
fronteras [
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