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La locura de soñar
En mi lectura infantil de Don
Quijote pensé que el premio de
los héroes era, ser tan pronto
despreciados como apaleados. Yo
era un niño y aún no conocía la
ironía que el gran poeta había
creado en el mundo maravilloso
de su novela. Sin embargo, a
medida que iba leyendo en aquel
estupendo libro las aventuras de
aquel desventurado caballero
crecía más y más en mi estima y
se atraía más mi afecto, para mí
era el más noble de los hombres
y el genio de más alas que
conoció la tierra.
No es extraño que después de la
publicación de Don Quijote no se
volviera a imprimir en España
ningún libro de caballería.
Cervantes escribió la más grande
de las sátiras contra el
entusiasmo humano.
La novela antigua, la novela
caballeresca, salió de los
poemas épicos de la Edad Media,
basados en las aventuras
caballerescas. Fue la novela de
la nobleza, y sus personajes
eran caballeros calzados con
espuelas de oro; en ninguna
parte aparecía el pueblo. Estas
novelas caballerescas, que había
degenerado hasta lo absurdo, son
las que Cervantes destronó en su
Don Quijote. Pero a la par que
escribía una sátira aniquiló la
vieja novela, dio el modelo de
una invención nueva que hoy se
llama novela moderna. Así
proceden siempre los grandes
poetas: mientras destruyen lo
antiguo fundan lo nuevo. No
niegan nunca sin afirmar alguna
cosa. Cervantes fundó la novela
moderna, introduciendo en la
novela caballeresca la
descripción fiel de la vida del
pueblo. Cervantes introdujo en
la novela el elemento
democrático.
Las dos figuras centrales del
magnífico libro de Cervantes,
Don Quijote y Sancho Panza, se
parodian sin cesar, y a pesar de
todo se completan tan
maravillosamente, que forma en
realidad el héroe de la novela.
Es de lo más natural, la
introducción de estas dos
figuras, de las cuales una, la
figura poética, corre en busca
de aventuras, y la otra, en
parte por cariño, en parte por
egoísmo, trota detrás de aquella
con lluvia y con sol... ¡tales
cuales las hemos encontrado tan
a menudo en la vida! Cada rasgo
del carácter y de la persona de
uno de estos dos tipos de la
gran novela cervantina
corresponde en el otro a un
rasgo opuesto y sin embargo
homogéneo. Llega a haber, entre
Rocinante y el asno de Sancho,
el mismo paralelismo irónico que
entre el escudero y el
caballero, y los dos animales
son, hasta cierto punto, los
portadores simbólicos de las
mismas ideas.
“Ningún hombre es visible”,
escribió Lulio. Sin embargo, un
hombre es visible cuando tiene
un pueblo detrás. Este pueblo
invisible, el alma de ese pueblo
se encarna para que podamos ver:
como un solo hombre y como un
hombre solo.
La soledad del hombre es aquella
que la solidaridad de un pueblo
entero verifica. La que Don
Quijote y Sancho, separados y
juntos, nos expresan
visiblemente con su figuración
humana. Figuración de la verdad
invisible del hombre: de su
pasión por ella, de su razón
burlada.
Cargado de razones va Sancho
siguiendo la locura de Don
Quijote, sin razón ninguna. Y
tan verdaderamente la comparte,
aquella locura, que no se
resignará a perderla perdiendo a
Don Quijote con ella. Las
razones de Sancho lo son del
corazón; y tan del corazón que
nos parecen llenas de cordura. Y
es que, como dijo el poeta. “La
verdad del corazón / es una
verdad que tiene / miedo de
tener razón”.
Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
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