|
El infierno de los delfines
Por Diego Cevallos
Salvo honrosas excepciones, en
América Latina persiste la
práctica de mantener delfines en
cautiverio, expuestos al
maltrato humano y a los males
propios de estar alejados de su
hábitat.
México es uno de los pocos
países de América Latina que
permite operar delfinarios,
centros recreativos con altas
ganancias y donde los cetáceos
viven un tormento, según
investigaciones.
En Brasil y Chile están
prohibidos, en Argentina hay dos
sitios y nueve ejemplares y en
Venezuela uno con apenas cuatro.
Los 20 delfinarios de México,
que presentan cetáceos en actos
circenses o los ponen a nadar
con personas que persiguen
beneficios curativos o simple
diversión, son el ejemplo de un
negocio que no debería existir
en ninguna parte, dijo a
Tierramérica Yolanda Alaniz,
unas de las autoras del libro
"Delfinarios", producto de siete
años de investigación.
Más de la mitad de los delfines
encerrados en estanques
mexicanos desde los años 70
murieron tempranamente por
neumonía, estrés, problemas
gástricos y traumatismos
producidos por golpes, afirmó
Alaniz.
Los delfines (Delphinidae) son
animales de alta inteligencia
que, en libertad, construyen
complejas redes sociales. En
cautiverio, la mayoría de sus
conductas instintivas son
reprimidas, se los obliga a
interactuar con humanos y se
anula sus capacidades para nadar
grandes distancias y capturar,
en manada, peces vivos.
Chile emitió una normativa en
2005 que "prohíbe la captura,
internación al país y encierro
permanente o temporal de toda
clase de cetáceos para
exhibición pública u otros fines
asociados a su utilización por
parte del hombre, cualquiera
sean las características de las
instalaciones en que se
pretendan mantener".
Esa reglamentación, que
excepcionalmente permite tener
ejemplares cautivos por poco
tiempo y siempre que sea con
fines de reinserción a su
hábitat, maduró tras un sonado
caso de maltrato en 1996.
Ese año, se descubrió en la
norteña ciudad de Puerto Iquique
que un centro de diversión
itinerante había importado dos
delfines de Cuba, uno de los
cuales murió antes de llegar. El
otro sobrevivía en una piscina
municipal sucia y sin alimentos.
En los últimos 12 años se
presentaron al menos 11
proyectos para construir
delfinarios en ciudades
chilenas, tanto con fines
recreativos como terapéuticos.
Todos fueron rechazados.
Hoy Chile "tiene una postura
vanguardista en la región, es un
ejemplo a seguir en materia de
conservación de cetáceos", dijo
a Tierramérica Elsa Carrera,
directora del no gubernamental
Centro de Conservación Cetácea.
Brasil tampoco permite los
delfinarios, aunque sí lugares
destinados a cuidar a esa
especie de forma temporal.
En ese país, los problemas con
los delfines se refieren más a
su captura accidental o
intencional en alta mar. Esa
práctica está prohibida, igual
que en la mayoría de países de
América Latina, incluido México,
donde existe la mayor cantidad
de delfinarios de la región.
En 2007 se difundieron imágenes
de unos 80 delfines muertos
sobre una embarcación en el
litoral del norteño estado de
Amapá, lo cual impactó y causó
el rechazo de ambientalistas y
de gran parte de la población.
El oceanógrafo José Martins da
Silva Júnior, declaró a
Tierramérica que, pese a las
prohibiciones, persiste la
captura de delfines, a los que
se extrae ojos y genitales para
venderlos como amuletos que
prometen atraer dinero y
mujeres.
En Argentina, por unos 14
dólares se puede ingresar a los
únicos dos delfinarios u
oceanarios, como se los conoce
en ese país, ubicados en la
oriental provincia de Buenos
Aires y donde nueve delfines
ofrecen el típico show circense.
Alejandro Arias, del Programa
Marino de la Fundación Vida
Silvestre, indicó a Tierramérica
que "la regulación de los
oceanarios en Argentina es mejor
que en otros países".
"Los delfines reciben un trato
adecuado, (aunque) más que por
principios, por causas
comerciales. Es demasiado caro
comprar y mantener un delfín
como para que lo dejen morir o
lo maltraten", apuntó, tras
señalar que en ese país adquirir
un ejemplar llega a costar 20
mil dólares.
Venezuela es otro país que
permite los delfinarios, aunque
también veta la captura en alta
mar. Pero hay apenas cuatro
ejemplares como parte de las
diversiones del centro Diverland,
en la turística Isla de
Margarita, en el mar Caribe.
Estos cetáceos son utilizados
para breves shows nocturnos,
paseos de nado con visitantes
por unos 70 dólares y terapias
para niños autistas, con
síndrome de Down y otros
desórdenes, explicó a
Tierramérica su entrenador,
Edwin Castillo.
Con amplia documentación,
seguimientos de casos y
opiniones de expertos de varios
países, el libro "Delfinarios"
pone en duda la supuesta
eficacia de las terapias con
delfines, pues no existen
estudios rigurosos sobre sus
efectos. Al parecer, el contacto
con cualquier animal domesticado
en un medio ajeno al habitual
del paciente causa algún
beneficio.
Hay diversas investigaciones que
indican que el delfín, cuya
naturaleza es contraria a
permanecer enclaustrado en
piscinas, secreta grandes
cantidades de sustancias
relacionadas al nerviosismo y
estrés cuando interactúa con
humanos.
Incluso y a pesar de que se le
somete a actos condicionados
dándole o no alimentos, hay
numerosos casos reportados de
agresiones de estos animales
contra humanos en delfinarios y
sitios similares.
Alaniz, médica que realizó la
investigación junto a la experta
en bioética Laura Rojas,
sostiene que en los delfinarios
hay un "maltrato crónico en
todos los sentidos", pero que
siguen operando con
irregularidades por la
corrupción de autoridades.
Oficialmente se indica que hay
unos 270 delfines en cautiverio
en México. De 1997 a 2005
murieron 48. Pero las autoras
del libro, que visitaron todos
los delfinarios en
funcionamiento, afirman que
tales números están
subestimados, pues los
responsables de esos centros
ocultan información.
Aún así y con reportes oficiales
o de los mismos negocios, se
concluyó que las enfermedades
respiratorias son la principal
causa de muerte de los delfines
en cautiverio en México, seguida
por motivos relacionados con su
mal manejo, como traumatismos
craneoencefálicos, obstrucción
intestinal por ingestión de
cuerpos extraños y asfixia.
Apenas entre cuatro y seis por
ciento de las muertes se
debieron a causas naturales.
La ley mexicana permite capturar
delfines sólo con fines
científicos, pero también acepta
que se den espectáculos
itinerantes y fijos. Hasta 2001,
cuando se reguló el
funcionamiento de los
delfinarios, esos negocios
habían crecido sin ninguna
normativa.
Los delfinarios ya no pueden
operar en este país con
ejemplares capturados o
importados del Caribe o Japón,
como sucedió hasta los años 90,
sino sólo con los que nacen en
cautiverio. Además, deben cuidar
el trato a los ejemplares.
Alaniz y Rojas denuncian que
estos lugares, cuyo fin básico
es obtener dinero en grandes
cantidades, no están diseñados
para albergar a delfines "en
condiciones mínimas de
bienestar", sino para "dar
comodidad a los usuarios y a las
personas encargadas de su
cuidado". Los delfinarios no
deberían existir, insistieron.
Gentileza: Melina Alfaro [
melina_alfaro2000@yahoo.es ]
paginadigital |