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Latinoamericanos hacia
Estados Unidos de Norteamérica:
Transformaciones
socio-culturales
Renee
Isabel Mengo (*)
Migraciones en la Era
global
Resumen
La globalización es la pugna por
el libre tránsito en las
fronteras desde un contexto
universal, pero para la
movilidad poblacional, dueños
del capital humano, no opera de
igual manera, donde la
legislación migratoria se vuelve
más controladora, severa,
selectiva, apelando a una
política de seguridad nacional.
Los migrantes empiezan a ser
vulnerables desde antes de
migrar. La estructura social y
económica en que se desarrolla
un ser humano, le impone una
serie de condiciones de
subsistencia, pobreza,
desempleo, salarios bajos,
violencia política, inseguridad
ciudadana, desastres naturales y
deseos de superación que su país
no le ofrece, por lo que se ve
forzado a emigrar en búsqueda de
mejorar su condición de vida y
calidad humana. La realidad de
los flujos migratorios de
centroamericanos que cruzan la
frontera sur de México (1.149
kilómetros de frontera con
Guatemala y Belice) en su
intento por llegar a “El Dorado”
norteamericano se hace cada vez
más preocupante.
Los migrantes son protagonistas
de los cambios culturales que no
son una parte de las
transformaciones económicas sino
el comportamiento fundamental
del tipo de sociedad que esta
construyendo.
Presentación 1
En la era global, se admite la
permisividad para el tránsito
libre de capital, mercancías y
tecnología, que implica una
redefinición de los estilos,
apostando para la celebración de
tratados y convenios
multilaterales y bilaterales
para garantizar las condiciones
requeridas en la libre apertura
a la inversión extranjera,
aceptando así la imposición de
un modelo de desarrollo
neoliberal, donde los máximos
establecidos son el "libre
comercio, de regularización y
eficiencia de los mercados
financieros".
Lo paradójico de la
globalización es su pugna por el
libre tránsito en las fronteras
desde un contexto universal,
pero para la movilidad
poblacional, dueños del capital
humano, no opera de igual
manera, donde la legislación
migratoria se vuelve más
contralora, severa, selectiva,
apelando a una política de
seguridad nacional, se da así la
contradicción que encierra la
globalización, porque cuando se
trata de personas, de seres
humanos, quienes también buscan
crecer en lo personal, social y
económico, la eliminación de las
barreras y la apertura de
fronteras no opera y son más
rígidas e inhumanas.
Como consecuencia de la
globalización en los países del
sur en su relación norte-sur se
da un proceso de ajustes
económicos, tendientes a la
privatización de las
instituciones públicas y/a su
disminución operativa, así como
a la reducción del Estado
benefactor, con lo cual el
triángulo de la exclusión social
se arraiga, donde cada día son
menos los incluidos y más los
vulnerables que pasan a ser
excluidos. Indudablemente ello
impulsa la movilidad humana, que
puede ser de carácter regular o
irregular, sellado por una
deshumanización en su trato,
tanto en los países expulsores
como de atracción.
Como resultado de la
globalización se ha venido dando
un proceso de transformación que
pasa por lo económico, lo
tecnológico y lo social, donde
los fundamentos del Estado
benefactor dan paso a un Estado
neoliberal, las políticas
sociales son relegadas y las
acciones de bienestar social
empiezan a colapsar.
El movimiento de capitales
genera tanto focos de expulsión
de personas por falta de trabajo
y oportunidades, como focos de
atracción de mano de obra a
través de nuevas inversiones. La
fluidez con que se muevan los
capitales de inversión ha
dinamizado de una manera
extraordinaria los movimientos
de personas y las políticas
públicas se han quedado muy
rezagadas, tanto en términos de
medidas para evitar la salida y
el desarraigo, como medidas para
permitir el flujo y entrada
ordenada de personas para llenar
necesidades del mercado de
trabajo.
Es preciso llamar la atención
que dentro de estas nuevas
formas de negociación a la que
nos impulsa principalmente
Estados Unidos, mediante la
celebración de tratados de libre
comercio, no se vislumbran las
negociaciones en el campo
migratorio.
Desarrollo
Silvina Ribotta indica que: "En
el Siglo XX, entre la
consolidación del modelo
económico capitalista
neoliberal, las dos guerras
mundiales, la polarización
política del mundo, el
crecimiento sin precedentes de
las diferencias entre ricos y
pobres -norte y sur, primer
mundo y tercer mundo- la
inestable y cambiante depresión
de los países pobres, entre
tantos otros conflictos, ven la
luz las declaraciones de
derechos humanos positivizados
en el panorama internacional"1.
Continúa señalando Ribotta que:
"Así, con los paradigmas de la
modernidad en crisis, con la
post modernidad golpeando a la
puerta, con un orden económico
asfixiantemente capitalista y un
sistema político neoliberal, el
globo se globaliza desde el
occidente rico".
Se está frente a un proceso de
globalización de todo lo que
implique beneficios económicos,
ganancias exorbitantes, pero sin
importar el actor principal de
la globalización, el ser humano,
y por lo tanto, el deterioro de
su calidad de vida va en
crecimiento, con lo que las
desigualdades sociales,
económicas y culturales se
profundizan, la pobreza se
incrementa y por lo tanto la
movilidad poblacional aumenta en
su volumen y dimensión y asume
nuevos roles o tendencias
migratorias según su ubicación
geográfica y realidades
nacionales y/o regionales,
porque en cada ser humano está
latente su sueño de dignificarse
y mejorar su calidad de vida.
En su búsqueda de oportunidades,
los migrantes pueden hacer que
se desmoronen las enormes
desigualdades que caracterizan
nuestro tiempo y se acelere el
progreso mundial2.
Decir que vivimos en un mundo
globalizado es un lugar común;
menos sabido es que la
globalización se está
produciendo por etapas. Ahora
nos encontramos en la segunda
etapa: la era de la movilidad.
En la actualidad, los migrantes
se desplazan con rapidez y
facilidad gracias al transporte
económico. Internet, la
telefonía asequible y la
televisión por satélite los
mantienen en contacto constante
con sus lugares de origen. Los
bancos transfieren electrónica e
instantáneamente a sus familias
los ingresos obtenidos con
esfuerzo. Entre tanto, la
globalización ha transformado
los mercados laborales, al
tiempo que la creciente
desigualdad económica (junto con
las crisis de origen natural y
humano) impulsa la emigración.
Es este panorama dinámico lo que
convierte nuestros tiempos en la
era de la movilidad3.
¿Cuáles son las características
y los cambios de las
migraciones?
Los diversos tipos de migración
se han conectado mediante la
creación de una oferta flexible
de empleo para mercados
laborales diversificados
sectorial y territorialmente, y
segmentados en razón de la
competencia económica, de los
mecanismos de regulación y de
los estigmas culturales sobre
los oficios laborales de
migrantes y trabajadores
locales. Esos encadenamientos
son notorios según un conjunto
de interacciones territoriales a
diferente escala, y producen una
fragmentación espacial, una
competencia entre localidades y
el deterioro de la cohesión
territorial. Eso conduce a un
debilitamiento de la
regionalidad en diversos lugares
de Latinoamérica.
La transnacionalización de las
estrategias de reproducción
social, entre ellas las
migraciones, impone una
contradicción a la función
social del sujeto migrante: de
una parte, éste se integra de
forma precaria a la fuerza
laboral y se convierte en un
generador de ingreso por la vía
de las remesas pero, por otra
parte, queda excluido
socialmente por las condiciones
mismas de su inserción laboral,
por su deshabilitación jurídica
para el reclamo de derechos
formales, además de la
estigmatización social, del
rechazo social o xenofobia
social e institucional. A pesar
de la centralidad de las
migraciones en el orden
socio-económico regional, su
existencia plantea una ruptura
con el orden normativo y con las
formas de regulación de la vida
social. Además, deja al
descubierto nuevas
contradicciones y conflictos en
la esfera de la ciudadanía.
La combinación entre la
globalización económica y la
transnacionalización de la vida
social se ha traducido en un
debilitamiento de la cohesión
regional en Centroamérica. Si
bien las migraciones producen
una nueva interdependencia
social y territorial, ésta
produce también nuevas
fragmentaciones sociales,
culturales y políticas que
neutralizan los avances en la
construcción de una nueva
regionalidad. Esas
fragmentaciones son fuertes
limitantes para la construcción
de la ciudadanía, pues ellas
derivan en una mayor
precarización social y jurídica
o en su extremo: la
desciudadanización (la pérdida o
negación de la condición de la
ciudadanía para la persona
migrante).
Para los mexicanos y
centroamericanos, la migración
hacia el norte manifiesta una
política imperial que se
aprovecha sin ninguna
consideración de la desigualdad
comparativa de salarios y
prestaciones; de nuestra mano de
obra barata en la metrópoli; de
nuestros profesionales, que no
encuentran trabajo justamente
remunerado en nuestros países;
de la explotación para el
mercado externo de nuestra
economía, y de nosotros como
consumidores en nuestros
precarios mercados internos."
Se dio a conocer posteriormente
un comunicado sobre los efectos
sociales y humanos de estos
dramáticos hechos, como el
desamparo en el que quedan
muchas de las familias de los
migrantes; el incremento de sus
niveles de pobreza, a causa de
los costos de la migración,
muchas veces fallida; las
consecuencias que todo ello
tiene en el desarrollo humano de
sus integrantes; las
repercusiones que ello tiene
para una convivencia familiar y
social armónica y pacífica; la
falta de alicientes para
superarse, por estar atenidas a
las remesas que les puedan
llegar; la ampliación de los
círculos de la migración, por
los mayores riesgos de poder
regresar al norte; el aumento de
la migración de mujeres y niños
en años recientes, con la
esperanza incierta de poder
alcanzar a sus seres queridos;
el abandono indefinido de
posibles fuentes de trabajo en
los propios países, tanto en la
ciudad, como -sobre todo- en el
campo; el futuro incierto de
nuestra economía y la mayor
pérdida de independencia de
nuestros países. Todo motivado
también por la ausencia de
políticas migratorias integrales
y autónomas por parte de los
gobiernos, que por el contrario
encuentran en la migración una
válvula de escape que los libera
de sus responsabilidades
sociales, así como por la
carencia de una política
internacional migratoria que
anteponga los derechos humanos y
sociales de los migrantes a la
actuación discriminatoria y poco
crítica de los estados.
En el interesante texto de
Grinberg4 se analizan las
consecuencias psicosociales y
traumas síquicos que los
fenómenos de migración y los
exilios producen en quienes los
viven.
Hablar de exilio [esto también
vale para las migraciones] lleva
implícita la figura del
exiliado, categoría moldeada por
la subjetividad, la ambigüedad e
incluso la contradicción. Ante
los exilios registrados en un
tiempo y espacio precisos,
surgen las fases subjetivas de
los entes históricos. Entonces,
estudiar cualquier éxodo implica
también comprender al exiliado,
tomar en cuenta dimensiones
sicosociales y sociológicas.
Ello permitirá entender mejor
cómo ha sido vivida la
experiencia, pese a las visiones
parciales y limitadas. Todo
investigador que se interese por
el tema del exilio,
inmediatamente habrá de percibir
que, para comprenderlo en toda
su amplitud, su riqueza y
vicisitudes, debe recurrir a las
diversas áreas de la
sensibilidad y el conocimiento.
Asimismo, tendrá que privilegiar
lo subjetivo e individual frente
a los hechos fríos y precisos.
Importa menos saber la cantidad
de exiliados que sus
motivaciones; las estadísticas y
las gráficas que la economía y
la sociología tanto exaltan, en
este caso deben emplearse como
mera referencia. Se trata de
llegar al corazón de las
experiencias y las vivencias
únicas e irrepetibles; de
recuperar los sentimientos, las
esperanzas, las desilusiones,
los alientos y las formas
diversas de reconstrucción de
las vidas5
En los exilios hay un “precario
elemento volitivo. El factor
político es por tanto lo central
en la diferenciación con las
migraciones, fenómeno que
responde básicamente a causas
socioeconómicas, es decir, a
carencias vitales para los
hombres y sus familias
(alimento, trabajo, etc.) que
los impelen u obligan a buscar
otros rumbos, y no a
imposiciones como las apuntadas.
En el caso de las migraciones,
se refiere a la búsqueda de
condiciones de trabajo y de vida
negadas en sus países, a un
imaginario respecto a
posibilidades de “progreso”
(reales o fantasiosas), etc. Se
trata de una salida que puede
ser permanente o momentánea, en
la que existen posibilidades de
regreso permitidas y sin
riesgos6.
Cambios
Todo cambio cultural conlleva
inevitablemente modificaciones
en la dinámica subjetiva
individual, grupal, familiar,
etc., en un complejo proceso de
continuas readaptaciones que
pueden ser resueltas en
diferentes medidas y formas, o
tener consecuencias patológicas,
también en diferentes escalas. Y
si esto ocurre permanentemente,
es comprensible que los cambios
que el sujeto tiene en marcos
sociales, políticos, económicos
y culturales siempre serán
importantes y con efectos
considerables en todos los
aspectos de su vida. Máxime
cuando, en algunos casos, pueden
tocar aspectos vitales tan
arraigados como formas de vida,
costumbres en general, códigos
existenciales y éticos, vínculos
familiares y amistosos, hábitos
alimenticios, idioma, prácticas
políticas y posibles
restricciones a éstas en virtud
de normas legales, limitación en
ciertos derechos en relación con
los de los habitantes del nuevo
país, etcétera.
Todo cambio de marco social
implica modificaciones en todas
y cada una de las
significaciones de las nociones
de cultura indicadas. Se
modifica, parcial o totalmente,
la inscripción en el mundo real
y simbólico, con todo lo que
esto implica para las diferentes
formas de adaptación al mundo
nuevo que se abre7. Por tal
motivo, en todo cambio de
residencia —y esto vale tanto
para los exiliados como para los
migrantes, “se vive una
sensación de fragilidad, de
ruptura”, tratándose de “una
situación extrema” teñida de una
gran angustia y sobre la cual no
se tiene ningún control; es
probablemente una experiencia
que marca, quizás
definitivamente, a quienes la
han vivido. Más concretamente,
implica la pérdida de casi todos
los objetos externos, y se puede
definir como una situación de
cambio extremo [donde] la
identidad, que se va formando en
una cadena de elaboración y
asimilación constante de cambios
parciales, se tiene que
enfrentar con la pérdida de su
marco de referencia externo. El
proceso de cambio es masivo y
profundo, tanto en cantidad como
en calidad, e implica la pérdida
concomitante de partes del Yo.
Las estructuras sicopatológicas,
las situaciones de conflicto y
las relaciones tempranas de
objeto reciben un impacto tal
que, al verse el individuo
despojado de su marco de
referencia y de los instrumentos
cotidianos que permiten
encubrirlas, afloran con gran
intensidad.
Surgen así conflictos
individuales que, por lo
señalado, tienen la condición de
ser sociales y colectivos de la
siguiente manera:
El impacto mayor de esta nueva
situación se da en los inicios
de vida en otra sociedad, donde
son comunes la desconfianza ante
las formas de vida y los
habitantes del nuevo país, pero
también ante compatriotas que
los precedieron —desconfianza
que puede tener rasgos
paranoides—, temor a la soledad
y a lo desconocido, etc. Y
también es común que a esto siga
un periodo de “alivio” al
comprenderse que no tiene por
qué ser así, lo que brinda un
sentimiento de bienestar,
búsqueda de nuevas relaciones
afectivas y posibilidades de
actividad, etcétera.
Todos los que han trabajado e
investigado esta problemática
coinciden en que, en diferentes
grados, se trata de lo que Freud
considera una experiencia
traumática, causada por un
acontecimiento importante e
impresionante o por numerosos
sucesos traumáticos parciales.
Para los Grinberg, la migración,
justamente, no es una
experiencia traumática aislada,
que se manifiesta en el momento
de la partida-separación del
lugar de origen, o en el de
llegada al sitio nuevo,
desconocido, donde se radicará
el individuo. Incluye, por el
contrario, una constelación de
factores determinantes de
ansiedad y de pena. Creemos,
entonces, que la migración, en
cuanto experiencia traumática,
podría entrar en la categoría de
los así llamados traumatismos
“acumulativos” y de “tensión”,
con reacciones no siempre
ruidosas y aparentes, pero de
efectos profundos y duraderos.
El señalamiento del duelo y
aspectos depresivos responde a
lo indicado de la pérdida del
mundo de referencia propio de
migrantes y exiliados, con todos
sus objetos externos y la
consiguiente pérdida de las
identificaciones establecidas,
partes del yo que no
desaparecieron. La depresión,
por supuesto, es por la pérdida
de tal mundo y, en no pocos
casos, por sentimiento de culpa
de dejar a familiares, amigos,
compañeros de militancia,
perspectiva de derrota si es que
la hubo, etc.
En estas condiciones, y en
coherencia con lo indicado de la
regresión que muchos hacen a
etapas infantiles de su vida, es
importante rescatar las
observaciones de que “la mayor
agresión que puede infligirse a
un ser humano es reducirlo a la
situación de desamparo que, en
su grado extremo, lleva al
aniquilamiento”, por lo que no
es sorprendente que en estos
casos el individuo requiera que
alguien —otra persona, grupo,
institución, país— asuma
funciones de “maternaje” para
poder sobrevivir y
reorganizarse.
Una parte posterior de este
proceso puede plantear otros
problemas: caminos diferenciados
entre distintos miembros de una
familia, donde unos —sobre todo
niños y adolescentes, pero no
exclusivamente— se adaptan o
sobreadaptan fácilmente y otros
hacen lo contrario; similar
situación se observa en el mundo
de compatriotas con las fuertes
contradicciones que esto
produce, impacto del éxito o
fracaso económico, y si éste se
alcanza, sus efectos en cuanto a
identidad y valores anteriores,
deseo de retorno, etc. Un
aspecto muy particular es que
muchas veces las nuevas
condiciones de vida replantean
los vínculos familiares y de
pareja, permitiendo aflorar
conflictos y contradicciones
previamente encubiertos por la
persecución o mala situación que
se vivía, lo que ha producido un
porcentaje de separaciones en
parejas muy superior al que se
ha dado en otros ámbitos. Una
hipótesis personal respecto al
exilio es que una importante
cantidad de parejas se
constituyeron en la práctica
militante o ambos la
compartieron, existiendo por
ello tanto un proyecto como un
enemigo común que fortalecía el
vínculo y minusvaloraba las
diferencias y crisis; el exilio,
junto con la sentida como
derrota política, en muchos
casos pone en crisis ese
proyecto, y la nueva residencia
abre un camino crítico del
mismo, de perspectivas de
futuro, y desaparece ese enemigo
común.
Todas estas problemáticas, sin
duda muy serias, deben
inscribirse en el contexto que
provoca y determina las
condiciones señaladas: la
gravedad de situaciones
económicas y políticas que hacen
preferibles estas consecuencias
a las que se producirían de
quedarse en los países de
procedencia, donde eran enormes
las posibilidades de prisión,
desaparición, tortura,
clandestinidad y persecución, en
el caso de los exiliados, y
miseria, hambre y desamparo en
el de los que emigran. Los
riesgos que asumen
conscientemente quienes
emprenden esas aventuras no
obedecen a masoquismo alguno,
sino que nacen de una imperiosa
necesidad, como ocurre tanto en
quienes se lanzan a los peligros
de las zonas desérticas de
Arizona y enfrentan a los cada
vez más feroces y sanguinarios
guardias fronterizos
estadounidenses —donde las
posibilidades de éxito son cada
vez menores—, como en cada vez
más lugares del mundo.
Pero el problema de la
transculturalidad no es nada
fácil, y ha traído dificultades
también conocidas. México es un
país muy complejo, por lo que
primero conocer sus códigos,
para luego adoptarlos, no es
tarea fácil, sino que lleva
mucho tiempo.
Discriminación
A la entrada del siglo XXI la
humanidad enfrenta una paradoja
que en el mediano plazo no
parece resolverse. Por un lado,
el mundo es el escenario en
donde se desarrolla una
tendencia integradora a nivel
global principalmente en lo
económico, con avances
importantes en la interrelación
de las instituciones políticas
internacionales. Por otro,
también es el espacio en donde
en forma paralela la tendencia
integradora convive con la
inercia de prácticas y patrones
culturales que fomentan la
desigualdad, la inequidad y la
fragmentación social. El
racismo, la xenofobia, o la
segregación por cuestiones de
apariencia física, edad, género,
estado de salud, discapacidad,
lengua, orientación sexual o
condición económica, son
prácticas comunes arraigadas en
el desarrollo cultural de muchas
naciones en los cinco
continentes.
La problemática de los flujos
migratorios probablemente sea el
ámbito en donde mejor se refleje
estas practicas8, pues conforma
un fenómeno en el que no tiene
presencia la tendencia
integradora y más bien está
determinada por los agentes
segregadores. Muchas son las
causas. En la mayoría de los
casos, la problemática
migratoria se analiza desde la
perspectiva económica o
política9.
Una de las características que
distinguen la problemática de
los migrantes es precisamente la
discriminación social de la que
son objeto, misma que se
desarrolla de manera
independiente a su calidad legal
de documentado o indocumentado.
Esto es así en virtud de que a
nivel mundial o regional, por su
naturaleza los flujos
migratorios están inmersos en un
ambiente de rechazo, menosprecio
y estigmatización sustentado en
el prejuicio social y la
intolerancia racial o cultural
en función de su origen
extranjero, raza, nivel
económico, estatus legal,
pertenencia étnica, edad, género
o eventualmente por una
condición de discapacidad. De
ahí que la discriminación
constituya un elemento cultural
central que no sólo impide la
integración social y cultural de
los migrantes, sino que en casos
extremos incluso llega a limitar
el derecho fundamental más
básico como es el derecho a la
vida. La discriminación en tal
sentido tiene un peso mucho
mayor en el menosprecio de los
migrantes que incluso los
factores económicos.
En términos específicos, la
noción de discriminación, de
acuerdo al Doctor Jesús
Rodríguez Zepeda10 hace alusión
a: “una conducta culturalmente
fundada y socialmente extendida,
de desprecio contra una persona
o grupo de personas sobre la
base de un prejuicio negativo o
un estigma relacionado con una
desventaja inmerecida, y que
tiene por efecto (intencional o
no) dañar sus derechos y
libertades fundamentales”.
La discriminación que sufren los
migrantes y que se traduce en
detenciones arbitrarias,
impedimento de la reunificación
familiar, aplicación
discrecional de la ley o
condiciones infrahumanas en el
lapso de su aseguramiento, es la
base de la marginación social.
El derecho a la no
discriminación no debe
confundirse con la filantropía o
la caridad de respetar al que se
considera distinto. La no
discriminación como derecho
fundamental debe ser tutelado
por el Estado y debe ser exigido
por la sociedad. La
discriminación como un trato
diferenciado con un sentido de
desprecio y de inferioridad a
una persona o un grupo social
sustentado en una
estigmatización limita el
ejercicio de derechos
fundamentales, como en el caso
de los migrantes.
La vulnerabilidad de los
migrantes
Las y los migrantes empiezan a
ser vulnerables desde antes de
ser migrantes. La estructura
social y económica en que se
desarrolla un ser humano, le
impone una serie de condiciones
de subsistencia, pobreza,
desempleo, salarios bajos,
violencia política, inseguridad
ciudadana, desastres naturales y
deseos de superación que su país
no le ofrece, por lo que se ve
forzado a emigrar en búsqueda de
mejorar su condición de vida y
calidad humana.
A pesar de que logren esa
inserción, existirán
distinciones entre el nacional y
el inmigrante, que los hará ver
como un extranjero desde el
punto legal, ello a pesar del
compromiso del país para
respetar los derechos humanos de
los migrantes. Es por esa razón,
que el inmigrante enfrenta una
serie de problemas y
dificultades en su país de
destino que se puede resumir en:
1. El solo hecho de ser
extranjero genera reacciones de
hostilidad por parte de cierto
sector de la población,
fundamentadas en la xenefobia.
2. El inmigrante, en especial el
irregular o indocumentado, es
objeto y sujeto de
discriminación laboral: horarios
extensos, labores intensas,
bajos salarios y sin garantías
sociales y maltratos.
3. Se estereotipa al migrante
como una persona que viene a
realizar labores complementarias
(trabajo de segunda categoría)
que ya los nacionales no desean
realizar (servicios,
construcción, agricultura).
4. Por la forma de su
inmigración y su situación en el
país: viviendo en condiciones
precarias, su inserción laboral
sin las garantías sociales
requeridas, son seres humanos
que difícilmente logran
realizarse a plenitud y por lo
tanto su ciclo de pobreza no se
rompe.
5. El inmigrante está expuesto o
sometido a todo tipo de
impedimentos, trabas, en
especial los irregulares que
buscan su invisibilidad, por lo
que se le dificulta más su
acceso a los servicios sociales.
6. La distancia de sus
familiares y la lejanía de su
tierra natal, además de sus
temores a la deportación, les
condicionan a vivir en soledad,
con temores, a escondidas y por
lo tanto, vedados de ejercer el
reclamo de sus derechos cuando
le son violados.
7. Esa misma situación en muchas
ocasiones les inhibe para
celebrar sus tradiciones, por lo
que se exponen a perder con el
tiempo su identidad cultural.
8. Los inmigrantes, y en
especial las mujeres, están
expuestas a sufrir maltrato
físico y verbal, así como a ser
abusadas sexualmente. La amenaza
de despido y deportación, son
acciones cotidianas en el
inmigrante, en especial los
indocumentados.
9. En muchas ocasiones la
policía migratoria abusa de su
poder, se dan maltratos físicos
y verbales y detenciones
arbitrarias, en condiciones
infrahumanas.
10. Normalmente el inmigrante se
ve forzado a emigrar de su país
de origen, sin tener la mínima
información sobre la situación
real de su país de destino y sus
posibilidades reales de
insertarse laboralmente.
Existe una tendencia de
estigmatizar al inmigrante según
su país de procedencia y perfil
socioeconómico.
La migración centroamericana
hacia los Estados Unidos. El
paso por México.
Tanto la externalización del
control de fronteras
norteamericanas hacia el sur de
México, como la militarización
de la frontera norte, están
significando un notable
incremento de víctimas entre los
migrantes que emprenden su ruta
hacia los Estados Unidos.
Paralelamente a esto, el Senado
norteamericano ha bloqueado
cualquier posibilidad de
regularización masiva de sus ya
más de 12 millones de
clandestinos. El camino de las
políticas migratorias
norteamericanas se endurece y
con él el drama que ocasiona11.
La ruta centroamericana de la
inmigración a los Estados Unidos
se está volviendo cada vez más
dramática. Las cifras de muertos
se incrementan en paralelo a las
dificultades que cada uno de los
gobiernos va imponiendo en el
paso de sus fronteras. De igual
manera crecen los centros de
detención de migrantes y el
volumen de las deportaciones. Se
estima que uno de cada 5
migrantes sin papeles consigue
lograr su objetivo.
La aventura de una persona
indocumentada que aspira llegar
a Estados Unidos puede durar
hasta tres meses. Los “polleros”
o “coyotes” cobran entre 4.000 y
9.000 dólares por llevar allí a
los indocumentados, una amplia
fluctuación que depende del
origen y de la ruta del migrante
indocumentado.
La realidad de los flujos
migratorios de centroamericanos
que cruzan la frontera sur de
México (1.149 kilómetros de
frontera con Guatemala y Belice)
en su intento por llegar a “El
Dorado” norteamericano se hace
cada vez más preocupante. Según
diversas fuentes, en los últimos
cinco años han muerto o
desaparecido al menos 5.000
salvadoreños y más de medio
millar de hondureños, al
intentar atravesar uno de los
cruces más difíciles del
comienzo de la travesía : la
frontera Guatemala-México.
La presión política a la que ha
sido sometido México por parte
de EE UU desde hace ya varios
años en esta materia ha hecho
que la frontera sur mexicana sea
una zona tremendamente
militarizada, convirtiéndose así
en el inicio de la “pesadilla
del sueño americano” para muchos
de los indocumentados que la
cruzan.
En México las organizaciones
sociales que trabajan en la
atención a los inmigrantes cada
vez están teniendo mayores
problemas para poder ingresar en
las estaciones de inmigrantes
(centros de detención). De igual
manera se están viendo afectadas
por una intensa campaña de
criminalización por parte del
Estado. Hay activistas que
sufren condena de hasta seis
años, bajo la acusación de
pertenecer a redes de tráfico de
migrantes, simplemente por haber
ofrecido alimentos a los
“indocumentados”. Toda esta
situación se ha venido
recrudeciendo desde la llegada
de Felipe Calderón a la
presidencia de la república.
Según datos oficiales México
detuvo entre primeros de 2005 y
finales de 2006 a 422.984
migrantes indocumentados, la
mayoría de origen
centroamericano. Se están
realizando más de 200
deportaciones diarias hacia El
Salvador, Guatemala y Honduras.
Las estaciones migratorias están
saturadas de detenidos, y muchos
migrantes esperan su deportación
en centros penitenciarios e
incluso cárceles militares,
simplemente por el hecho de
carecer de la visa requerida
para estar en México.
Aproximadamente 150 mil
guatemaltecos toman la decisión
de migrar anualmente, las
migraciones, constituyen parte
substancial de las estrategias
de supervivencia y/o movilidad
social en fuertes sectores de la
población guatemalteca y
centroamericana. Son personas
que se ven forzadas a salir de
sus patrias para buscar en
otras, mejores oportunidades de
trabajo y mejores salarios.
Una de las mayores
preocupaciones son las
deportaciones. Sólo este año,
hasta octubre, de acuerdo con
datos del Instituto Nacional de
Migración de México, más de 63
mil centroamericanos fueron
deportados por las autoridades
mexicanas, de los cuales cerca
de 37 mil son guatemaltecos. Las
deportaciones comienzan,
normalmente, en Estados Unidos,
donde la política antimigración
aumentó, teniendo como
justificación gubernamental la
lucha contra el terrorismo.
Las migraciones Sur-Norte
-principalmente en dirección a
los Estados Unidos, pero también
a México-, que llevan a miles de
guatemaltecos a cruzar
anualmente las fronteras son las
más comunes. Sin embargo, se
observan también en el país
migraciones hacia los vecinos
centroamericanos e internamente.
En este tipo de migración, los
trabajadores tienen que convivir
con la explotación laboral y las
difíciles condiciones de
trabajo. Unos 35 mil braceros
guatemaltecos, adultos y niños,
ingresan al año para levantar la
producción agrícola de Chiapas,
pese al maltrato, explotación
laboral y retención de salario
que sufren por parte de
finqueros12.
La frontera sur de México, del
Pacífico al Atlántico, tiene
unos mil 200 kilómetros de
longitud y colinda con Guatemala
a lo ancho de los estados de
Chiapas (más de ochocientos
kilómetros), Tabasco y Campeche
(220 km), y con Belice (175 km)
en Quintana Roo. El punto más
occidental de la frontera
México-Guatemala, muy cerca ya
del Pacífico, Ciudad Hidalgo-Tecún
Umán, está dividido y unido por
el río Suchiate, y el paso es
fluido como la corriente del río
que transcurre. El puente
binacional, recién rehabilitado
después del huracán Stan, tiene
una abundante circulación de
pasajeros y aduanal de
mercancías transportadas en
triciclos, el vehículo más local
y oriental –asiático– de la
zona.
Pero el cruce no es precisamente
un paseo para los migrantes
centroamericanos que necesitan
entrar a México para llegar a su
destino más preciado, Estados
Unidos. México, país de un
espinoso tránsito para la
población migrante pobre e
indocumentada, para la que el
destino final se convierte con
mucha frecuencia en inalcanzable
una y otra vez, porque muchos
persisten y lo vuelven a
intentar hasta donde les
alcanzan las fuerzas físicas y
la esperanza de prosperar.
Como una metáfora en vivo de las
ya famosas "espaldas mojadas",
representan el esfuerzo y el
riesgo de la travesía de los
"tres veces mojados" del sur que
van al norte. Los balseros del
Suchiate son transportistas de
pasajeros y de mercancías que,
en un cruce ilegal pero
custodiado por soldados del
ejército, arriesgan hasta el
resuello, según el nivel del
cauce del río debido a las
lluvias, y también por una
módica cantidad en quetzales o
en pesos. Son jóvenes, de otra
manera no podrían bracear y
tragar el agua del río en caso
necesario antes de pasar, con la
edad, de transportistas
acuáticos a tricicleros
terrestres. Éstos sí cobrando
sólo en quetzales, que están al
alza, ya que de soberanía y
moneda nacional se trata de uno
y otro lado de Guatemala y
México.
La frontera norte de México
empieza en el sur. Sobre todo
después de las restricciones del
gobierno norteamericano a la
migración, y del huracán Stan,
que desplazó la estación de
arranque en Ciudad Hidalgo del
tren de carga de la compañía
Chiapas-Mayab a trescientos
kilómetros al norte, hasta
Arriaga, casi en el límite de
Chiapas con Oaxaca. El tren
cruza en su trayecto una pequeña
zona de Oaxaca y sigue su
recorrido hasta Orizaba,
Veracruz.
Pero, ¿llegan? Algunos no tienen
documentos ni en su propio país
y ni siquiera registro de su
nacimiento. Inexistentes. A
muchos de los que sí los tienen,
se los roban asaltantes o se los
quitan las propias autoridades,
junto con el poco dinero que
llevan para subsistir. Por eso
toman el tren fantasma con fe,
como si sus rieles y durmientes
señalaran el camino al cielo y
ellos se contaran por una vez
entre los favorecidos. Como dice
Urs Jaeggi (El silencio del
desierto): "En medio del
infierno algo resiste y se
mantiene como la mala hierba. Es
poco y mucho a la vez. Protege
del suicidio, de la
desolación"13.
Tratados como extranjeros y como
delincuentes, cuando son
migrantes que ejercen su derecho
a la libre circulación, son
considerados un peligro, son el
"otro". No hay marcha atrás, y
aunque los regresan a los
lugares de los que han huido, lo
vuelven a intentar de inmediato.
Uno de los caminos que los
‘mojados’ utilizan para llegar
al ‘El Dorado’ del norte es la
Ruta Maya. Es la ruta de los más
pobres, de los que no tienen
6.000 dólares para pagar a los
‘coyotes’ para que les crucen en
camiones la frontera de Tucum
Uman o La Mesilla (en la
frontera sur con Chiapas), que
son las rutas más ‘seguras’.
DIAGONAL ha hecho este recorrido
junto a los ‘mojados’14.
El flujo migratorio de
Centroamérica y el Caribe hacia
EE UU y Canadá ha crecido de
forma desproporcionada en los
cinco últimos años, según
señalan estudios realizados por
diversas instituciones
defensoras de los derechos
humanos en Centroamérica. Miles
de hondureños, salvadoreños,
guatemaltecos15 y en especial
mexicanos, aceleran el paso
hacia los EE UU, con el objetivo
de cruzar antes de que termine
la construcción del nuevo muro
fronterizo.
Conclusión Se está frente a un
proceso de globalización en lo
que todo implica beneficios
económicos, ganancias
exorbitantes, pero sin importar
el actor principal de la
globalización, el ser humano, y
por lo tanto, el deterioro de su
calidad de vida va en
crecimiento, con lo que las
desigualdades sociales,
económicas y culturales se
profundizan; la pobreza se
incrementa y por lo tanto la
movilidad poblacional aumenta en
su volumen y dimensión y asume
nuevos roles o tendencias
migratorias según su ubicación
geográfica y realidades
nacionales y/o regionales,
porque en cada ser humano está
latente su sueño de dignificarse
y mejorar su calidad de vida.
La experiencia migratoria no se
limita al aspecto económico sino
que modifica al mismo tiempo la
cultura popular del migrante y
la de su pueblo de origen. Las
nuevas generaciones viven y
piensan cada vez más en función
de la cultura de la migración a
Estados-Unidos.
La economía informal ligada a la
presencia de migrantes
centroamericanos con destino a
Estados Unidos, como el aumento
de la migración de las
poblaciones locales, engendró
numerosos cambios culturales e
identitarios.
El modelo familiar cambió,
muchas mujeres viven solas con
sus hijos. Ahora también,
esposas y solteras se van a
Estados Unidos para reunirse con
marido y encontrar trabajo,
dejando sus hijos a casa de un
pariente. La migración distendió
los lazos afectivos y una abuela
o una tía no puede sustituir a
los padres.
Estos cambios modificaron la
estructura familiar y por
consecuencia perturban toda la
sociedad guatemalteca, como el
particular desarrollo de las
maras.
La cultura establece lazos
identidarios fuertes. Los
migrantes son protagonistas de
los cambios culturales que no
son una parte de las
transformaciones económicas sino
el comportamiento fundamental
del tipo de sociedad que esta
construyendo.
Esta nueva identidad ligada al
fenómeno migratorio esta
compartida por muchos latinos y
particularmente
centroamericanos, quienes sueñan
a la tierra norteamericana.
Algunos hombres hoy quieren
viajar hasta los Estados Unidos
no porque existe guerra civil o
crisis económica en su país sino
porque quieren irse para hacer
un viaje “initiatique”.
Están en el mito del el dorado,
« todo estará mejor allá »
(*).Dra. En Comunicación Social.
Docente Adjunta en la Cátedra de
Historia Social Contemporánea de
la Escuela de Ciencias de la
Información en la Universidad
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El 12 de abril del 2006 un
guardacostas estadounidense
interceptó en las costas de
Guatemala un barco con 96
indocumentados, entre ellos 67
ecuatorianos y 25 peruanos que
fueron remitidos a un albergue
de la capital guatemalteca para
su deportación. El resto de los
tripulantes fueron los
traficantes que fueron a prisión
preventiva para aclarar su
situación legal. En: “Guardia
Costera de EE.UU. capturó barco
con 67 ecuatorianos”. 12 de
abril del 2006
www.elcomercio.com.
Gentileza:: alfaro melina
[cybermelinaalfaro@bandalibre.com]
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