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Breve elogio de la aventura
Mario
Roberto Morales
La Insignia. Guatemala
En La ignorancia, Milan
Kundera alude a Ulises, el
nostálgico héroe griego que -a
pesar de la dolce vita que vivía
en brazos de la ninfa Calipso-
añoraba volver al regazo de su
mujer, Penélope, en su Ítaca
querida. Dice Kundera de Ulises
que: "A la apasionada
exploración de lo desconocido
(la aventura) prefirió la
apoteosis de lo conocido (el
regreso). A lo infinito (ya que
la aventura nunca pretende tener
un fin) prefirió el fin (ya que
el regreso es la reconciliación
con lo que la vida tiene de
finito)".
Kundera también afirma que la
Odisea es "la epopeya fundadora
de la nostalgia" porque aunque
Ulises es "el mayor aventurero
de todos los tiempos", también
es "el mayor nostálgico" y, con
él, "Homero glorificó la
nostalgia con una corona de
laurel y estableció así una
jerarquía moral de los
sentimientos. En ésta, Penélope
ocupa un lugar más alto, muy por
encima de Calipso". Por eso, "se
suele exaltar el dolor de
Penélope y menospreciar el
llanto de Calipso". Una
jerarquía moral de los
sentimientos que -agrego-
después coronaría el
cristianismo con su exaltación
de la mujer como objeto
doméstico, abnegado y sufriente,
y, por ello, merecedor "natural"
del reino de los cielos.
En efecto, la aventura no
pretende tener un final ni mucho
menos una finalidad. Y el
aventurero, menos. La aventura
es, como los juegos de los
niños, una actividad válida en
sí misma. Tratar de hallarle un
significado trascendente
equivaldría a buscarle sentido
moralista al deporte, que
ensimisma tanto a jugadores como
a espectadores, de la misma
manera y con la misma seriedad
con que los juegos infantiles
involucran la mente y el corazón
de los niños cuando se hacen
rodear de personajes y
escenarios de increíble y
gloriosa fantasía.
El aventurero es un ensimismado
que profesa una lealtad
inquebrantable a sí mismo en
tanto que apasionado de la
aventura. De hecho, muchos
hombres y mujeres ensayan ser
políticos, ideólogos, literatos,
intelectuales, religiosos,
benefactores, padres y madres, y
acaban siéndole fieles
únicamente a la aventura: esa
pasión cuyas pulsiones nos ponen
en contacto directo con los
confines de la vida y de la
muerte.
Me parece erróneo suponer que el
aventurero claudica de una vez y
para siempre al optar, como
Ulises, por "la apoteosis de lo
conocido (el regreso)". Sería
como suponer que quien vive
permanentemente en lo conocido,
alguna vez decida volverse un
aventurero de por vida. Quizá lo
más probable sea que los seres
humanos atraviesen por etapas
aventureras que culminan con
reposos de guerrero, para
después salir otra vez de su
cueva y explorar la vastedad del
mundo moviéndose en el filo de
lo imprevisto, de lo
emocionante, de lo desconocido.
Quiero decir que no veo la razón
para hacer de la aventura y el
reposo una dicotomía bipolar
irreconciliable, y que tal vez
convenga más hablar de dos
contrarios que, por serlo, se
complementan en una alternancia
armónica que dura hasta que la
energía vital cede su lugar a la
iluminación y la trascendencia
que nos llega con la visita
segura y fatal de nuestra
muerte.
Que se tome breves descansos de
guerrero no quiere decir que el
aventurero renuncie al vértigo
de su libertad para entregarse
por siempre al tedio de lo
conocido. Esto no es de
aventureros. Así proceden
quienes jamás se han atrevido a
lanzarse de cabeza en la
aventura y tan sólo han husmeado
en sus suburbios con timidez y
cobardía. Ellos son los pobres
de espíritu que ocultan sus
indomables sueños de libertad
bajo el triste y desgastado
manto de la madurez y la
cordura.
Gentileza:: alfaro melina
[cybermelinaalfaro@bandalibre.com]
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