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Ana Lía Werhtein: En arte, no
todo lo simple, es evidente….
Orfilia
Polemann
Para la presentación de este
Suplemento sobre Ana Lia
Werthein acudimos a dos figuras
especializadas del arte
contemporáneo: el crítico,
curador y ensayista, Rodrigo
Alonso y a una reveladora
conversación de Orfilia Polemann
con la artista. Dice Alonso: “La
obra de Ana Lía Werthein explora
un terreno, que es a la vez
formal, semántico y conceptual.
Sus investigaciones sobre la
representación y el espacio son
reflexiones sobre la
construcción de las imágenes y
–fundamentalmente– de la mirada.
Aunque en la superficie se
presentan simples y directas, no
todo en ellas es evidente. Cada
pieza exige un esfuerzo
interpretativo, la necesidad de
trascender la imagen para
penetrar en la visión que la
subyace” Pintora desde muy
pequeña, Ana Lía Werthein, asume
su condición de tal al recibir
su primer estímulo de Jorge
Romero Brest. Su obra plástica
se abrirá camino por sí y luego,
desde su profesión de
psicoanalista, su mirada
adquirirá otra dimensión: la de
la resignificación. Amante de
los espacios abiertos –el campo
su tema recurrente- la “cuestión
del horizonte y mi obsesión”,
como ella lo expresa, y a su vez
la alegría de conferirle a esas
obsesiones luz y color, “que
digan algo”, no sólo para sí
sino también para los demás.
Aquí presentamos, extractada del
libro “Más acá del horizonte”**,
la entrevista con Orfilia
Polemann. En arte, no todo lo
simple, es evidente…. La pampa
satelital II, 1999/2002. Técnica
mixta s/tela. Sobre la vocación
Recuerdo que en una exposición
de la Colección Telefónica en el
Museo Nacional de Bellas Artes
había una obra de un pintor, no
muy relevante en la historia del
arte, que había trabajado sobre
la luz de una vela. Miré la
fecha y ya hacía cincuenta años
que había muerto. Entonces
pensé: esta vela sigue
encendida. Se puede decir que la
historia del arte está llena de
velas encendidas —pienso en
Caravaggio, en Le Nain—, pero de
algún modo esta idea de dejar
una huella, alguna marca que
siga dando calor y luz más allá
de la finitud fue un
desencadenante puntual en
relación con mi deseo de ser
artista.
—¿Se podría hablar de una
iluminación en el sentido que
tiene para Rimbaud la poesía?
—Fue una iluminación del deseo,
porque pinto desde muy pequeña.
Por esta idea de intentar dejar
algo que me trascendiera, tomé
posición, empecé a pensar la
posibilidad de mostrar lo que
hacía; hasta entonces todo mi
quehacer pertenecía al ámbito
privado.
—Ya tenías un lenguaje propio
pero todavía íntimo, personal,
no habías entrado en lo
dialógico de la mirada del otro.
¿Cómo fue ese tránsito, ser
leída y redescubierta por el
otro?
—Hubo un punto en el que esa
producción que había comenzado
en mi infancia encontró que
necesitaba "ser dada a ver".
Comprendí que había que hacer un
corte con lo privado, tenía la
convicción de que quería
compartir, me encanta esa frase
generosa del inglés: to share.
Yo quería compartir mi mirada.
—Ayer recordabas que la pintura
estuvo en tu vida desde muy
temprana edad, desde los días de
la primaria en el colegio
Lenguas Vivas. Allí hay un
episodio fundamental con Romero
Brest.
—Sí, yo tenía ocho años y
participé en un concurso muy
original: al cumpleaños de una
compañera había que llevar un
cuadro hecho por nosotras en
lugar de un regalo. Y allí fui
premiada por Romero Brest, que
era amigo de la familia Arancet
y jurado ocasional de ese
concurso. Ese fue mi primer acto
de “sanción” en mi vida. A
partir de allí fui considerada
la artista del colegio. Se me
otorgaba el privilegio de salir
de clase para pintar. Aquello
fue una experiencia que todavía
hoy recuerdo vivamente. Tenía en
mi casa unas pocas temperas
viejas y secas, con ellas de
traté fabricar colores y logré
un verde que todavía se conserva
intacto en mi memoria.
Increíble, ¿no? Aquel cuadro era
la imagen de un niño mirando al
frente y su título fue Una
fotografía. Esto es
significativo, ya que en todo mi
quehacer la fotografía y la
pintura están íntimamente
ligadas hasta el día de hoy.
—Pero hubo otras sanciones y
epifanías...
—Es cierto; alrededor de los
diez años, una famosa diseñadora
de modas francesa radicada en
Nueva York, Pauline Trigére, que
estaba casada con mi tío Julio
Werthein y que pasaba con
nosotros algunas temporadas en
el campo, dijo al ver mis
dibujos “¡Esta niña es una
artista!”. Hasta hoy, Julio –que
tiene noventa años– me sigue
acompañando en las muestras.
También hubo un viaje muy
importante a la ciudad de Nueva
York, cuando tenía alrededor de
catorce años. Yo lo considero un
verdadero hito en mi proceso
artista. Allí, en la casa de los
Abrams, importantes
coleccionistas y editores, que
eran parientes de mi familia
paterna, entré en contacto con
las obras de los grandes
artistas pop. Los cuadros de
Warhol, Lichtenstein, Segal
estaban expuestos en las paredes
del piso de Harry y Nina Abrams.
Para mi asombro y
deslumbramiento uno de esos
días, recorriendo el Guggenheim,
me encontré con una obra
Rauschenberg muy similar a la
que colgaba en el departamento.
Fue un momento insólito y
epifánico en el que descubrí la
dimensión de esos artistas cuyos
trabajos me resultaban tan
familiares. Pensé: "Quiero ser
artista". Más adelante una
vicisitud familiar frustró un
proyecto que significaba una
gran oportunidad, un verdadero
posgrado. A través de una
amistad surgió la posibilidad de
realizar una pasantía en el
Museo de Arte Moderno de Nueva
York. Ése fue período en el que
estaba alejada de la pintura,
pero no de mi vocación. Durante
varios años me dediqué al
estudio teórico del arte, cursé
la licenciatura en Historia del
Arte en la UBA. Me dediqué a la
docencia en la facultad, a la
investigación y a la escritura,
colaboré en varias publicaciones
con el Centro Editor de América
Latina. Fue una etapa de
formación rigurosa y hasta
enciclopédica de la que no me
arrepiento, pues me dio
disciplina y organización en mi
formación.
—¿Cómo sigue tu cercanía con las
vanguardias estéticas y con su
pope argentino Romero Brest?
—Con Romero mantuvimos un
vínculo permanente y profundo a
lo largo de toda vida. En los
años del Di Telia, llegó a
Buenos Aires Nina Abrams, quien
iba a publicar una historia del
arte contemporáneo y quería que
él escribiera la parte
argentina. Yo oficiaba de
intérprete entre ambos. Tenía
quince años y el ambiente
estimulante del Di Tella era una
fuente constante de sueños de
artista. Mi cercanía con este
mundo también pasaba por mi
hermano Pablo, que era íntimo
amigo de Leopoldo Maler, y a
través suyo conocí a Marta
Minujin y a muchos de ese
entorno.
—Por lo visto, el estudio de la
academia, la Escuela de Bellas
Artes no te interesa. Tanto en
pintura como en psicoanálisis
elegís a los maestros...
—Sí, siempre mantuve una
estrecha relación con todos
ellos. Trabajé con Urruchúa en
su taller de Barracas, con él
hice un trabajo riguroso y
sistemático. Estudié con Miguel
Dávila, Luis Felipe Noé, Viviana
Zargón, Héctor Medici, Eduardo
Stupía. Con Carla Rey me
introduje en el mundo de la
gráfica. Luego vino Julia Rossi.
Empecé a pintar el campo con
Yuyo Noé, él es quien me señaló
con el nombre de "la joven
Quirós".
La iconografía del campo
—John Berger habla de la
complicidad entre el ojo que
mira y el objeto contemplado. Es
una complicidad amorosa, los
objetos de alguna manera
colaboran poéticamente. Hay un
ida y vuelta entre el artista y
el pájaro que se posa o la
máquina solitaria en el campo.
—Sí, los postes, los pájaros y
sobre todo ciertos lugares y
máquinas, o ciertas
construcciones como el tanque
australiano y la planta de
silos, fueron constitutivos de
mi día a día, en mi proceso de
crecimiento como joven, como
persona. Fueron contemporáneos a
mí, fueron mis interlocutores.
Siento con ellos algo del orden
de la amistad. Hay un punto que
es como el carácter sagrado de
los animales y de los granos.
Siempre se trataron en el
contexto familiar con muchísimo
respeto... Yo quise, me doy
cuenta ahora, "homenajear" a
esos objetos, sacarlos de su
contexto más cotidiano y darles
un carácter honorífico. Quise
honrar a los postes, los
alambrados y los bordes que
ellos delimitaban.
Verdaderamente los traje a mi
memoria y a mis manos con esa
intención. Pero no para
mostrarlos como curiosidades o
meras representaciones, sino
para subrayar su carácter
icónico. Lo que señalo como
ícono está en el orden de decir
"eso es eso".
—¿Cómo fuiste construyendo tu
mirada del campo a lo largo del
tiempo?
—Un pájaro que se posa configura
una nueva especialidad. Delimita
un lugar, abre un atrás, un
arriba y un abajo, y la misma
manera de situar un alambrado
habla del cálculo matemático,
cuando delimita los bordes de
los potreros y define en qué
lugar van a ir las aguadas. Es
tan poco ingenuo lo que pasa en
el campo; los trazados
matemáticos son invisibles; pero
están presentes, mientras que la
situación del horizonte marca un
límite espacial inexistente,
porque al horizonte en realidad
lo construye el ojo. No hay un
horizonte, éste depende de cómo
se sitúa el espectador y cómo se
define ese borde de la nada,
porque no hay nada detrás del
horizonte. En mis pinturas tomo
como referencia la perspectiva
aérea, en ellas la mirada está
situada desde arriba. Cuando era
niña acompañaba a mi padre en
sus recorridos aéreos. Veía los
campos como si fueran un mapa,
el campo plano que yo conocía se
me convertía en otro campo
virtual con ese cambio de
perspectiva. Esto es una
presencia constante en mi obra,
como en Finito/infinito y en
Pampas satelitales. Después
llega el impacto crudo de la
tecnología contemporánea, una
máquina podía realizar una
lectura satelital del suelo que
se leía digitalmente en un
plano. Entonces comprendí que
había otro ojo que miraba, muy
distinto del que veía desde la
altura de la cosechadora: el ojo
satelital podía ver y retratar
los nutrientes que le faltaban
al suelo, o la salinidad. Había
varios ojos mirando el campo en
simultaneidad. Esa simultaneidad
trato de lograrla en la
multiplicidad de mi propuesta,
en la que no hay una mirada
única.
—El pájaro que puede echar a
volar parecería que está inserto
en una trama en la que hubo un
antes y quizá haya un después.
¿Habría un misterio en el mundo
que se asoma en estos relatos
fragmentarios del instante?
—El pajarito es el recorte del
recorte, de lo que podría ser la
mirada sobre una parcela del
campo. Se relaciona con mi
interés por los fragmentos, los
pedazos. Los soportes de mis
pinturas son recortes
rectangulares como fragmentos de
una pintura. Experimento un amor
hacia la parcialidad de los
objetos, es posible que esté muy
habitada por ese pensamiento de
la riqueza de lo parcial, de lo
fragmentario. Siempre me
interesó la perspectiva del
psicoanálisis en relación con lo
mínimo, con lo fragmentario. La
idea freudiana de que un buen
psicoanalista es un buen
detective. Pero hay distintos
misterios. Pensaba en el
misterio del objeto propiamente
dicho y en el misterio de los
hombres. Un tema recurrente en
varias de mis series es la
camioneta vacía. A veces veo
esas chatas del campo y me
impactan. Desde mi punto de
vista tienen una presencia más
allá de los hombres que las han
conducido. Son uno de esos
objetos, producto de la
capacidad tecnológica del
hombre, que tienen una presencia
más allá de lo utilitario y
modifican el paisaje.
—Cuando estás a solas en medio
del campo ellas hablan de una
memoria familiar privada, pero
también de la permanencia de un
objeto más allá de la utilidad
temporal. Habría en esas chatas
una autonomía de lo humano que
nos dice: "Aquí estoy y estaré
más allá de que alguien me
maneje". Habría un enigma de las
cosas en esas señales. ¿Y la
presencia de lo humano?
—Al comienzo en mi obra estaban
muy presentes la ciudad, su
gente y su impronta. Era la
época en la que trabajaba con
Viviana Zargón. Pintaba lo
urbano, la novela negra, los
personajes de la modernidad y la
posmodernidad. Siempre existió
esa tensión entre lo urbano y el
campo. Pero la presencia humana
era una marca para nada
desdeñable. Los hombres
aparecían en los fragmentos de
las camionetas o como figuritas
oníricas.
—La planta de silos es un
elemento recurrente en tu obra…
—Sí, es un ícono muy pregnante.
La veo como una catedral gótica
–flamígera que habita las rutas
del país. Uno va viajando y, de
pronto, ese choque con el metal
plateado –porque son de acero-;
esa manera de atrapamiento, ese
rebote de la luz, siempre me
resultó de una belleza
deslumbrante. En el campo, de un
año para otro, aparece,
puntuando la vastedad del
horizonte, una planta de silos.
En ese interrumpir, cortar lo
plano está lo flamígero. La
planta de silos marca la
finitud, corta el infinito.
Últimamente, estoy trabajando en
mi pintura el desarrollo de
estas plantas; incluso en la
vaca de Cow-parade uno de sus
perfiles se llamaba "espejo de
las pampas" y era una planta de
silos. Ella encierra toda una
pregunta sobre la
contemporaneidad. Por un lado,
es un banco de granos donde se
aloja el caudal, el patrimonio
en lingotes de semillas; por
otro, lo que se guarda en ellas
es el alimento de la humanidad.
Estoy reflexionando con
preocupación sobre el problema
de la alimentación y del hambre
en el mundo, y también sobre la
transformación del alimento en
energía, que de ese modo pierde
su calidad de alimento. El campo
ha sido desde siempre el
generador del alimento. Pensar
el campo como una planta de
petróleo —en función del auge
que está teniendo el biodiésel—
significaría que el alimento
deje de ser tal para ser
energía. Desde el punto de vista
ético esto me plantea un
problema: ¿hacia dónde nos
dirigimos como humanidad?
¿Cuánto alimento se le va a
restar al mundo para
transformarlo en combustible? Y
ahí volvemos a los silos, a su
presencia poderosa e inquietante
a la vera de los caminos.
—Hay algo fantasmagórico en tus
imágenes, queda como un rastro
de la obra del hombre, del silo,
de la máquina que vos rescatas.
Lo que queda es el retazo, la
huella, el sueño. Recuerdo el
verso de Saer, "mordemos el
fantasma de la manzana". Siempre
la presencia de lo inasible.
—Sí, esto que decís me lleva a
pensar que lo que subyace en
toda mi obra es una dimensión
enorme de soledad. El campo que
pinto está muy vinculado al
vacío, al despojo. No es un
campo bucólico ni naturalista.
Se da la propuesta del vacío
como una pureza estética, casi
minimalista. Sin embargo, ese
vacío tiene una presencia
icónica con algunas
puntuaciones. La chatura de las
pampas demarca, delimita el
abismo de cada fragmento en que
se detiene la mirada. Se acerca
a esa sensación que sienten los
europeos ante la vastedad de
nuestro campo.
La creación y sus formas
—Mientras visitaba tu taller en
la ciudad (un loft lleno de luz,
pleno de lienzos, cartones,
obras terminadas y a medio
hacer, una invitación a la
imaginación de quien contempla
ávidamente y se da el lujo de
curiosear la intimidad del
trabajo), me preguntaba cómo son
tu quehacer cotidiano, tus
obsesiones, rituales y modos en
el día a día.
—Trabajo en mis dos talleres, el
de la ciudad y el del campo, que
es una vieja leñera. El año
comienza en el taller del campo.
Me instalo allí todo el verano y
entro en contacto con el color.
Es como si cursara seminarios
muy intensos. Mis fondos
encierran un secreto, son mis
viejas pinturas expresionistas
chorreadas manchadas. Yo fondeo,
hago telas, grandes manchas;
disfruto del placer de
ensuciarme, de meter desde las
manos hasta las zapatillas en la
pintura. Este verano estuve
fondeando telas enormes.
Después, ya en la ciudad, las
tiro en el piso de taller, las
miro y espero para ver qué
aparece allí. En el verano
trabajo sin horarios fijos, a lo
largo del día. Siempre estoy en
el taller. En la ciudad es
diferente, una parte de mi
tiempo la dedico a trabajos
relacionados con la organización
del evento artístico, esto te
saca con frecuencia del taller.
La preparación de los montajes,
los catálogos, el fotógrafo, la
gente... Son los distintos modos
de la obra.
—¿Cómo es para el artista
trabajar el plano en la pintura
y, además, trabajar lo
tridimensional en el objeto?
—Mis horizontes están a medio
camino entre la pintura y los
objetos. Son cajas, son
tridimensionales. Para mí la
pintura es un objeto vacío con
diversas veladuras que lo hacen
presente. La pintura de ninguna
manera está fuera de la
dimensión del objeto.
—Mientras conversamos y vos
explicas tu modo de trabajar, yo
puedo sentir la sensualidad del
contacto con la materia:
modelar, cortar, pegar, armar.
¿Se podría hablar de una
voluptuosidad?
—Acceder al trabajo sucio me
costó muchísimo. Al principio me
ponía guantes; la posibilidad de
ensuciarme, de volver a algo
infantil, fue todo un proceso de
recuperación. Mis técnicas son
muy sucias. En el colagraf hay
que preparar una cama de yeso
sobre una superficie dura;
mientras está maleable, hay que
esgrafiarla, fallarla,
entintarla y, por último,
trabajar con papel y tintas de
grabado que son un enchastre.
Hay que encontrar una higiene en
todo eso, ¡al principio fue un
esfuerzo para mí! Trabajando con
Julia Rossi, empecé a sacarme
los guantes, a disfrutar de
tocar, armar, grabar y usar las
tintas. Éste es un momento
particularmente gozoso, casi de
vértigo, que se produce en el
taller. En el fotograbado,
cuando se hacen las
reproducciones, se entintan las
planchas, se ponen en las
prensas con el papel hecho a
mano, y hay que esperar a ver
qué sale. Yo experimenté con
fotos de mi padre caminando por
el campo. Trabajé con negativos,
con técnicas de transfer, con
olores muy intensos. Recuerdo
que preparaba la plancha,
colocaba la imagen de la foto, y
ese fantasma vivo de mi padre
aparecía caminando por el campo.
Era algo maravilloso.
—Aquí, en el living de tu casa,
estamos rodeadas de algunos
objetos significativos. Para que
el lector pueda seguir tu
huella, me gustaría que nos
contaras cómo surgen estas
columnas de madera.
—Yo estaba trabajando sobre la
chatura de las pampas, pero en
determinadas épocas, en la
planicie, hay una ruptura que
estacional: es el surgimiento de
los cultivos que emergen
verticalmente y alcanzan la
altura de un hombre a caballo:
el maíz, por ejemplo. Entonces
aparece en mis trabajos el
concepto de verticalidad. Busqué
algunos cuerpos de madera y
realicé series serigráficas con
las fotos de los cultivos.
Desafiando la ley de gravedad,
puse vaquitas o vehículos de
campo sobre líneas oblicuas.
Buscaba romper el achatamiento
de lo plano. Realizo, entonces,
una doble subversión: la chatura
con la verticalidad, y la
planicie horizontal con lo
oblicuo. Después, a esos
elementos de madera los pintaba
a mano, como si fueran cuadros
con los colores de los cultivos.
Imprimía los serigrafiados de
los cultivos mismos, y a esos
cultivos les agregaba los
objetos en línea opuesta al
sentido común. Y terminaba por
imprimirles el plano del campo,
las cartografías matemáticas del
ojo satelital. Cuando realicé la
instalación Al campo, la idea
fue crear un campo artificial a
través de estos elementos de
madera policromados.
—¿Has pensado tu obra en
relación con los distintos
medios?
—La ópera, me parece, es el
multimedia del siglo XVII. En la
ópera entran en juego la
escenografía, la música, el
texto, la representación, el
vestuario, la actuación. Yo
trabajo así cuando
interrelaciono el fotograbado
con la pintura, la serigrafía,
el colagraf, los cuerpos
escultóricos, el video. Además,
me interesa jugar con la
artificialidad. Cuando hice la
exposición Al campo en la
galería Ática, puse fardos de
alfalfa en medio de la galería;
el olor intenso del pasto se
superponía al sonido de un
amanecer y del canto de los
pájaros, que fui armando a lo
largo del tiempo.
—¿Y la relación de tu obra con
la música?
—Además de la ópera, me interesa
el tema del silencio en la
música. El silencio del campo es
una presencia, no es un silencio
hueco. Creo que el silencio es
la verdadera música, por la
dimensión de corte que tiene.
Frente al silencio se abre la
posibilidad de lo dramático, hay
una tensión latente, puede haber
un silencio o puede aparecer un
grito o el batir de las alas del
pájaro. El sonido del campo es
parecido a la música de Cage, a
los diapasones, a los ruidos, a
la repetición. Me interesan los
músicos que trabajan el concepto
de repetición: Michael Nyman, o
Philip Glass, el autor de la
música de Las horas. El ruido
también tiene una dimensión
musical. En la instalación Al
campo quise que estuviera esa
presencia de los sonidos, de la
música. Pero también hay una
musicalidad de la imagen, cuando
los espacios vacíos están
balizados por dos postes, o
cuando las plantas de silos
aparecen como puntuación.
—¿Cómo elegís los formatos y
soportes de tus obras?
—No me gusta montar un horizonte
solo, siempre armo grillas de
horizontes porque me gusta la
idea de que se vea en
simultaneidad lo que yo vi de a
uno. Abrir a la posibilidad de
la mirada en simultáneo. A esa
intención de la apertura de la
mirada se suma, en las
videoinstalaciones, una
intencionalidad de llevar a un
lugar protagónico lo cíclico del
campo. Está la instalación o el
video y al lado, la pintura. Hay
aquí algo del orden del
recuerdo. Me gusta provocar con
la simultaneidad de los
estímulos, el papel hecho a mano
del libro del artista, los
significantes del campo
(amanecer, vida, muerte, campo,
lluvia) hasta las texturas de
quien toca y lee. Me seduce
poner en juego la diversidad de
estos elementos y la idea de
armar una obra con ellos. Y de
llegar a una idea de
artificialidad a través del
montaje.
—Quizás este sea el aspecto más
contemporáneo de tu obra, aun
cuando por la temática que
trabajas podría decirse de vos
aquello de "la joven Quirós",
como te llamaba Noé...
—Con el tiempo descubrí que a
través de la fotografía, la
gráfica, la pintura y el formato
que les diera, podía decir cómo
veo "hoy" el campo. Porque la
contemporaneidad de la mirada
también se juega en el
dispositivo del formato y en los
objetos.
—Adorno afirma que "la forma es
el pasado sedimentado".
¿Podríamos hablar de esas capas,
de esos sedimentos, en relación
con tus batallas con la forma, y
también con la influencia de la
memoria?
—Me parece que la memoria se
desencadena a posteriori. Yo
capto el vuelo de un pájaro, o
un chimango posado, o una
lechuza, y me interesa
plasmarlos, hay algo de la
pregnancia estética del objeto
que me captura. La ensoñación
viene después. No sé si tiene
que ver con los recuerdos de la
infancia; me parece que todo eso
se desencadena una vez que está
plasmado. Pienso la memoria
también en este diálogo
permanente entre la fotografía y
la pintura en mi obra. Vivo con
una máquina de fotos elemental
en mi bolsillo, mi cuaderno de
notas quizás. Salgo con mi
máquina y todo queda registrado.
He ido construyendo una
documentación de los colores del
campo a lo largo de estos años:
la soja madura, la soja al caer,
los campos de soja para trillar,
el brote del maíz, el maíz
crecido, de dos hojas, de tres
hojas, el pasaje del verde de
cadmio al de talo. Las
descripciones técnicas de los
colores son una verdadera
obsesión: el verde de talo
cuando empieza a ponerse
azulino, los ocres, el siena,
los matices.
—¿De qué pensador has tomado las
herramientas para pensar tu
obra?
—La figura de Walter Benjamín ha
sido muy decisiva en mi
formación. Particularmente
porque plantea la cuestión de la
reproducibilidad, de los
recursos del formato y de la
multiplicidad de esos formatos.
Me interesa eso de enaltecer la
idea de la reproducción, de la
actualización del pasado y del
recuerdo, en una multiplicidad
de objetos, con una diversidad
de recursos expresivos, todo al
mismo tiempo. Como ejemplo
concreto: yo digitalizo mis
pinturas y las uso como
fundamento de obras posteriores.
Tomo un color naranja y lo
guardo en la computadora. Lo
aplasto, lo fundo con mi propio
naranja pintado, lo achato y lo
meto como capa de otra serie.
Ahí está el lugar del recuerdo,
la idea de Benjamín de un
recuerdo donde el pasado es
presente ahora. O sea, hacerle
decir al pasado, de muchas
maneras, el presente ahora. Vos
me preguntabas por el lugar del
recuerdo: yo creo que el
recuerdo tiene el lugar del
acto. La vigencia en el presente
de todos los sucesivos tiempos
anteriores que se hacen
presentes ahora.
La imagen y la palabra
—¿En qué medida hay un quiebre
en tu producción a partir de la
serie de Joyce?
—En la serie de Joyce se produce
un giro en mi discurso plástico.
Yo venía trabajando desde 1997
en una serie de personajes
paradigmáticos en la historia de
la cultura: Marcel Duchamp,
Matisse, Pierre Bonnard, Picasso,
John Cage, Hermann Hesse,
Bertolt Brecht, Sartre, Albert
Camus y James Joyce. Tomaba la
imagen de estos artistas,
vinculada a un modo
expresionista y a la manera de
personajes de historieta. Esta
serie resultó en una exhibición
llamada Paradigmas modernidad-postmodernidad,
que presenté en La Sebastiana,
una de las tres casas-museo de
Pablo Neruda, que queda en
Valparaíso, Chile. En ese
ínterin empecé a trabajar con
Joyce a partir de la lectura que
estaba haciendo del seminario Le
Sinthome con Carlos Ruiz; esto,
sumado a otras lecturas –como la
del Ulises y otros textos–, y a
la mirada de Lacan sobre la obra
de Joyce, me lanzaron a otra
búsqueda en el terreno de la
plástica.
—¿Se podría decir que hay una
intersección entre el arte y el
psicoanálisis en la técnica que
usaste?
—De alguna manera, porque
comencé a explorar plásticamente
la idea de retorcer la imagen,
anudarla, desarticularla,
yuxtaponerla, y se me ocurrieron
una serie de recursos técnicos
que no fueron para nada ajenos a
lo que estaba trabajando, que
produjeron el efecto de tomar
una cierta distancia de lo que
podría ser mi propio dibujo, del
modo de expresarme como lo venía
haciendo. Abandoné el
expresionismo y el comic y
empecé a trabajar muchísimo con
la transferencia de imágenes
fotográficas, y a partir de allí
con la yuxtaposición, los
recortes, las suturas.
—En la serie de Joyce hay una
relación muy estrecha con el
lenguaje. ¿Cómo es esta cercanía
con la palabra?—A mí me
resultaba sumamente interesante
la caligrafía, porque muchas
veces se tiene la sensación,
cuando vemos la letra
manuscrita, de que algo del
sujeto se hace presente en su
modo de escribir. Empecé a
buscar la letra de Joyce para
ver cómo escribía, cómo dibujaba
lo que decía, para tomar eso
como imagen, despojada del
sentido de lo dicho allí. Este
elemento, sumado a los mapas,
los planos, los laberintos —en
relación con lo laberíntico en
sus relatos—, fue lo que me
interesó coser, pegar, suturar,
plasmar, transferir como imagen.
En efecto, no hay un solo dibujo
mío; lo que hice fue un trabajo
de empalme, de transferencias un
negativo/positivo, me; parece
que ahí hay una cercanía con el
trabajo de retorcimiento que él
hace con las palabras.
—¿Que rol tiene el lector en
este entramado?
—Propuse a algunas personas que
leyeran fragmentos de Joyce que
les hubieran interesado y que
los reescribieran. En las
imágenes hay, entonces,
caligrafías que no son las de
Joyce, que se superponen porque
las transferí como acto de
apropiación de la lectura de
Joyce por el lector que es
cualquiera de nosotros. Ésos
fueron los elementos que hice
jugar en particular en esta
serie. Sin duda el encuentro con
Joyce produjo como efecto un
corte en mi propio discurso
plástico.
—El tema de la caligrafía es
protagonista de otra de tus
series, Mínima alma mía; ¿cuál
era la idea en ese caso?
—En 2002, armamos una muestra
con un grupo de artistas que
estábamos trabajando hacía
varios años en el taller de
Viviana Zargón. Nos nombramos el
Grupo de los Seis y presentamos
una muestra en el Centro
Cultural Borges. Fue una
exhibición muy interesante, una
experiencia grupal que
lamentablemente después no tuvo
continuidad. En esa muestra
presenté Mínima alma mía. De esa
experiencia me quedó un amigo y
compañero de ruta hasta el día
de hoy, el talentoso Santiago
Raffo. A partir de lo de Joyce,
estaba muy interesada en los
textos manuscritos, en cómo algo
de lo más extraño y lo más
intimo de una persona se
manifiesta en su caligrafía
personal. Y empecé a trabajar a
raíz de una situación personal,
un antes y un después en mi
propia vida: la muerte de mi
marido. Fue un modo de procesar
el duelo. Ubiqué todos los
papeles manuscritos que él había
producido. Me dediqué a armar
bolsas colmadas de esos papeles,
con la convicción de que no los
podía tirar, porque eran muy
valiosos para mí. Decidí empezar
a encolarlos y a pegarlos y a
armar textos con capas que se
superponían.
—¿Qué son las muñequitas de
trapo que también colocaste en
las cajas de acrílico? —Hubo una
primera muestra en galería
Ática, que se llamó Basta de
mujeres, en la que trabajé sobre
un aspecto de la tradición
judía. A la hora de las
oraciones fúnebres, la persona
se hace un tajo en la ropa, que
marca el desgarro irreparable a
partir de la pérdida del ser
amado. Yo hacía tajos sobre unas
pequeñas muñecas de trapo que
luego cosía, como si fueran
cicatrices; después las colocaba
sobre una cama de manuscritos
encolados y pegados.
—¿Cómo presentaste todo eso en
el espacio de exhibición?
—Armé dos instalaciones, una se
llamaba El muro, eran papeles
hechos a mano, con imágenes en
grisalla y con algunos textos
manuscritos de Lacan. Era como
el muro de los lamentos; esa
obra ahora está alojada en el
taller de Carla Rey. El otro eje
de la muestra se llamaba La
biblioteca, aquí estaban
dispuestos unos libros de
artista, que eran estos
encolados de textos colocados en
cajas de acrílico transparentes.
El prólogo de la exhibición lo
hizo Fabiana Barreda.
Paralelamente a la muestra, se
publicó un libro de Sergio y,
también en el Borges, se hizo la
presentación del libro. Fue un
momento profundamente
conmovedor, anudado a la
experiencia más traumática de mi
vida. La obra y la muestra
fueron la tramitación de lago
muy doloroso, muy personal.
—¿A qué refiere el título de la
obra?
—Proviene de una frase del libro
Memorias de Adriano, donde
Adriano evoca a su amado Antinoo
con las palabras "Mínima alma
mía, tierna y flotante". Y así
se llamó la muestra. Yo había
leído bastante a Marguerite
Yourcenar; ella decía que quería
estar presente hasta en el
último acto de su vida, que era
su propia muerte. A mí me había
impactado mucho esto de estar
presente en la propia muerte. De
algún modo, esos restos que
quedaban empezaron a
transformarse en causa de obra.
Los papeles que debían tener un
destino de basura, como dice
Lacan, de poubelle, se
convirtieron en punto de partida
para hacer obra. Me pasé todo un
año superponiendo y pegando
montículos de textos
manuscritos. Fue un proceso de
desprendimiento del ser amado,
fue un proceso de soltar al
otro, de desalojarlo.
Epílogo
—Desde aquella imagen inaugural
de la llama encendida que no
muere, hay en tu obra esta idea
central de algo que es arrancado
del flujo del devenir para
quedar fijado. Sin embargo,
también está presente la
inestabilidad temporal, podría
decirse cierta tensión
dramática.
—Recuerdo a Paul Auster cuando
escribe La invención de la
soledad, porque cuando muere su
padre él siente que si no
escribe algo acerca de ese
hombre va a desaparecer. Hay un
afán de que la escritura logre
asir algo del objeto, que no lo
deje diluirse, desintegrarse del
todo. En mi manuscrito pegado y
suturado hay esta idea de
mantener vivo en algún lugar al
que se ha ido.
—¿Es como mantener encendida
aquella llama que aparece para
iluminar el deseo de instaurarte
como artista?
—Puede ser que en los
fragmentos, en la multiplicidad
de miradas, en la plurivocidad,
haya un intento de asedio, de
búsqueda de algo perdido. Sería
como una nostalgia de la
totalidad perdida que nunca será
hallada. Pero igualmente el
intento de asedio perdura.
* Nació en Buenos Aires en 1949.
Obtuvo dos licenciaturas en la
Universidad de Buenos Aires: en
Psicología (que ejerció varios
años en consultorio privado) y
en Historia del Arte (donde se
desempeñó en las cátedras de la
UBA). Desde el exterior cubrió
información artística para el
diario La Opinión y asimismo
publicó trabajos en el Centro
Editor de América Latina.
Dedicada a su vocación plástica,
ha participado de numerosas e
importantes muestras en la
Argentina e internacionales,
entre otras, en Santiago de
Chile (en La Sebastiana, una de
las casas de Pablo Neruda) y en
el Consulado argentino en Nueva
York, EE.UU.
En arte, no todo lo simple, es
evidente….
La fugacidad, 2007. Fotografía
digital.
Orfilia
Polemann / Crítica literaria
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Gentileza:: ead / El Arca
Digital
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