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Mateo Ricci, jesuita
Mateo Ricci nació en Macerata,
Italia, en 1552. Por orden de su
padre, en su casa no se hablaba
de religión, pero Mateo abraza
la fe cristiana al punto que en
1571 ingresó a la Compañía de
Jesús y se transforma en una de
las figuras más extraordinarias
en la historia de las misiones
cristianas, concretamente en
China.
Estudio matemáticas y astronomía
con el jesuita Cristóbal Clavio,
prestigioso matemático y
astrónomo. En 1577 cursa en la
Universidad de Coimbra, Portugal
y en 1578 forma parte de una
expedición misionera que va a la
India. En 1580 se ordena
sacerdote y en el 82 se va a
China donde sigue la tarea de
anteriores misioneros jesuitas.
Estudia intensamente la lengua
china. Confecciona un mapa del
mundo en el que, por primera vez
en China, se incluye Europa,
Africa y América. En 1589 tiene
que salir de Zhaoqing –donde
vivía- y se va a Shaozhu, en la
misma provincia de Guangdong. Se
relaciona con intelectuales
chinos a quienes les enseña
matemáticas de “tradición
europea”.
En el uso de la ropa, las
costumbres, Ricci se adapta como
si fuese otro chino. Esto y su
espíritu de tolerancia y sincera
consideración por las personas
hicieron que fuese respetado y
recibido en una sociedad cerrada
como era la China del XVI. Fue
un gran promotor del intercambio
cultural europeo-chino.
Escribía con fluidez en chino.
Con el matemático chino Xu
Guangqi tradujeron al chino Los
Elementos de Euclides. Procura
conjugar el cristianismo con la
historia y pensamiento de China,
lo cual le crea conflictos con
el Vaticano. Su intención
misionera, hecha con sumo tino,
comienza a tener éxito. Funda
las primeras comunidades
católico romanas.
Avalado por los resultados de su
estilo de trabajo, en 1595 se
instala en Nanchang, provincia
de Jiangxi. Su fama y respeto
crece y en 1601, el emperador
Wanli lo llama para integrar la
corte imperial. Matteo Ricci
viviría en Pekín hasta su muerte
en 1610.
Posteriormente, en 1704, un
decreto papal condenó “la
tolerancia cristiana” para con
los ritos y pensamiento de
oriente “como idólatra y
supersticiosa” según lo había
practicado Ricci en su propósito
de relacionar el evangelio con
el confucianismo. Esa condena se
renovó, con otro duro decreto
papal en 1742.
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