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Una falsa concepción sobre la
educación
Por Manuel Moncada Fonseca
Con frecuencia, a la educación
se le atribuye potencialidades
que, por sí misma, no posee; se
le presenta como determinante
para el desarrollo social y como
desprovista de toda
contradicción interna. No
obstante, dicho planteo resulta
falso, engañoso, iluso y, se
quiera o no, profundamente
reaccionario.
Se ignora así que la misma como
elemento de la superestructura,
es decir, como secundario
respecto a la base económica,
debe a ésta (con la que
ciertamente establece una
compleja relación dialéctica y
no un mero vínculo entre lo
determinante y lo determinado)
su surgimiento y desarrollo: sin
recursos materiales, existentes
en mayor o menor grado, no hay
educación posible.
Se soslaya el carácter clasista
que este componente
superestructural posee y que su
promoción en función o no del
bienestar de la sociedad en
general, no se realiza partiendo
de la supuesta posibilidad de
persuadir a los gobernantes de
las bondades que la educación
posee para alcanzarlo, sino en
función de los intereses
económicos, políticos y sociales
de la clase que detenta el poder
del estado. Ni al esclavista, ni
al feudal, ni al empresario
capitalista interesa la
educación para otra cosa que
para afianzar su poder
respectivo sobre el resto de la
sociedad. Por ello, por geniales
que sean las ideas o proyectos
educativos que se presenten ante
un poder estatal basado en la
opresión, éste jamás los asumirá
como necesarios a menos que
respondan a su afán permanente
de reproducir las relaciones
sociales de producción
existentes. Es ilustrativo al
respecto lo que, a mediados del
siglo XVIII, Grigori Potemkin,
ministro de Catalina La Grande,
le previno a ésta en relación
con la idea de alfabetizar a
toda Rusia: Señora... recuerde
usted que educar al rico es
inútil y educar al pobre,
peligrosísimo (1).
Aníbal Ponce advertía que
confiar en la educación como
factor de desarrollo, entendible
en una época en que no había aún
ciencias sociales, resulta
totalmente inadmisible después
que la burguesía del siglo XIX
descubrió la existencia de la
lucha de clases (2). Creer lo
contrario es caer en el plano de
los socialistas utópicos que
esperaban persuadir a la
burguesía sobre las ventajas del
socialismo respecto al
capitalismo, para lograr que la
misma estuviera dispuesta a
desechar este último en provecho
del primero. Al respecto, Marx y
Engels señalan: Aspiran [los
socialistas utópicos] a mejorar
las condiciones de vida de todos
los individuos de la sociedad
[…]. De aquí que no cesen de
apelar a la sociedad entera sin
distinción, cuando no se dirigen
con preferencia a la propia
clase gobernante. Abrigan la
seguridad de que basta conocer
su sistema para acatarlo como el
plan más perfecto para la mejor
de las sociedades posibles (3).
Con la educación hoy pasa
exactamente igual: para
promoverla en provecho general
se sigue apelando, ingenua u
oportunistamente, a la sociedad
entera sin distinción…
El planteo al que hacemos
alusión lleva inevitablemente a
concluir que el desarrollo del
primer mundo descansa en su alto
nivel educativo y que, por el
contrario, el subdesarrollo -que
caracteriza al tercer mundo-
tiene como causa primordial un
bajo nivel educativo. Sin
embargo, la realidad del mundo
es por completo otra: en la
relación entre desarrollo y
subdesarrollo, el primero
inequívocamente resulta de la
sujeción, explotación y saqueo
del tercer mundo; el segundo, se
constituye en la condición sine
qua non del progreso del primer
mundo. Al respecto, Leonardo
Boff, en una universidad de
Munich, acotó: Señoras y
señores, el bienestar que
ustedes tienen aquí en Alemania
[bien pudo haber dicho en Europa
o en Estados Unidos] no se debe
principalmente a la aplicación
del ingenio ale­mán. Se debe
prin­cipalmente a la sangre,
al sudor y a las lágrimas de
nuestros her­manos que yacen
allí en América Lati­na (4).
De ser cierto el planteo en
cuestión, Cuba que, gracias
primordialmente al sistema
socialista que impera en ella,
ha alcanzado altísimos niveles
educativos, niveles
perfectamente comparables con
los alcanzados en el primer
mundo, pertenecería al conjunto
de países que conforman al
mismo. Por el contrario, Estados
Unidos no debe a sus altísimos
niveles educativos, al menos no
primordialmente, su condición de
primera potencia mundial, sino a
las guerras que desata para
vender sus armas y someter a las
naciones con abundancia de
recursos naturales; al saqueo
que practica en todo el tercer
mundo; a las condiciones de
intercambio desigual que, junto
a Europa y demás países
imperialistas, impone a los mal
llamados países en desarrollo,
etcétera.
Es revelador lo que en relación
con el asunto que estamos
tratando señala un documento
intitulado La educación como
factor de desarrollo, presentado
en la V Conferencia
Iberoamericana de Educación,
realizada en Buenos Aires,
Argentina, en septiembre de 1995
(5). En él, se reconoce que la
relación entre educación y
desarrollo es compleja y se ve
afectada por muchos factores,
tanto endógenos como exógenos.
Más importante aún es que, en
él, se admita: Su importancia
[la de la educación] no se ha
podido verificar ni medir con
exactitud, pero […] existe un
notable grado de acuerdo en
resaltar […] que […] es
condición indispensable, aunque
no suficiente, para el
desarrollo económico, social y
cultural.
A renglón seguido se lee: En
consecuencia […] cuando existe
una estructura social que
permite la movilidad ascendente
y un contexto económico
favorable, la educación produce
un capital humano más rico y
variado y reduce las
desigualdades sociales,
endémicas en los países no
desarrollados. Una política
educativa puede, por lo tanto,
convertirse en fuerza impulsora
del desarrollo económico y
social cuando forma parte de una
política general de desarrollo y
cuando ambas son puestas en
práctica en un marco nacional e
internacional propicio.
Sin estas premisas, la educación
no puede ni podrá jugar un rol
preponderante para el desarrollo
de las naciones. La educación
como base de desarrollo social
es imposible en un planeta en el
que se registran más de 260
millones de niños y niñas que
trabajan, de los cuales 128
millones se ubican en el tercer
mundo. Datos de la OIT acusan
que en América Latina y el
Caribe existe un total de 20
millones de niños y niñas que
trabajan, significa que en la
región uno de cada 5 menores
trabaja. Esta cifra equivale a
cerca de una sexta parte de los
niños latinoamericanos y
representa el 5% de la PEA de la
región (6).
Menos posible es aún que la
educación juegue el rol que se
le atribuye en un mundo en el
que, según datos del Banco
Mundial, de sus 6000 millones de
habitantes, 2800 millones poseen
un ingreso inferior a dos
dólares diarios; se sabe que al
culminar el 2003, en América
Latina y el Caribe había 20
millones de pobres más que en
1997; que, en ella, el 44,4 por
ciento de sus pobladores (227
millones) vive debajo de la
línea de pobreza (7).
Con base en lo expresado, es
fácil percibir que no hay nada
que se parezca a una educación
que, por sí misma, actúe como
elemento de primer orden para
alcanzar el desarrollo social en
función de la sociedad en
general. Lo planteado coincide
con la crítica al eufemismo de
la sociedad del conocimiento: la
reproducción y expansión del
modelo capitalista neoliberal
derrochador, hiperconsumista
-escribe Ismael Clark-, parece
confirmar más allá de toda duda
que bajo sus premisas el
conocimiento no se multiplica
como un bien público, sino como
una fuente de competitividad, de
apropiación cada vez más
privada, corporativa, al cual
sólo puede tener acceso una
fracción minoritaria, cada vez
más pequeña pero con más
solvencia, de la sociedad (8).
Hablar de la educación como si
de ella dependiera en lo
fundamental el desarrollo social
no sólo resulta engañoso, falaz
e iluso sino, además, como
sostuvimos al inicio de este
escrito, profundamente
reaccionario, por cuanto con
ello se aleja a la misma de una
auténtica contribución con ese
desarrollo; propiamente, del
compromiso que debe asumir, si
en verdad se pretende que llegue
a todas las personas en general,
con las luchas sociales y, por
tanto, con una revolución social
que coloque en manos de la
sociedad en su conjunto los
medios fundamentales de
producción y de vida y, junto
con ello, el poder sobre todos
los asuntos públicos, incluyendo
la educación. Sólo entonces se
podrá hablar con propiedad de
una educación dotada de todas
las posibilidades para dar su
máxima contribución al
desarrollo social. Cuba es ya
una muestra papable de ello. No
en vano, José Steinsleger la
llama con toda propiedad
potencia educativa,
Notas:
1. Steinsleger, José. Cuba:
Potencia educativa.
http://www.jornada.unam.mx/2002/09/18/018a1pol.php?origen=opinion.html
2. Ponce, Aníbal. Educación y
lucha de clases. En: Ponce
Aníbal. Obras. Casa de Las
Américas, 1975, p. 211.
3. Marx, K; Engels, F.
Manifiesto del Partido Comunista
(1848).
http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm
4. Boff, Leonardo. Cómo celebrar
el Quinto Centenario.
http://www.fespinal.com/espinal/llib/es44.rtf
5. La educación como factor de
desarrollo.
http://www.oei.es/vciedoc.htm
6. Revista Brasileira de
Educação vol.12 no.34. Trabajo
infantil e inasistencia escolar.
Rio de Janeiro Jan./Apr. 2007
http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1413-24782007000100006&lng=em&nrm=iso&tlng=em
7. Gelman, Juan. Las cifras del
escándalo.
http://www.aporrea.org/actualidad/a9598.html
8. Clark, Ismael. Acerca de la
información como fetiche
¿Sociedad del conocimiento?
http://www.voltairenet.org/article149351.html
Gentileza: José Manuel Moncada
Fonseca [
sejoelnu532005@yahoo.es ]
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