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"La Universidad"
por Jorge
Gómez
Juventud Rebelde
La primera vez que entré en
la Universidad, era un niño que
iba de la mano de su tío: un
estudiante universitario
orgulloso de que su novia
protagonizara el estreno de
Prometeo encadenado, frente a
las columnas de lo que después
conocí como Facultad de
Ciencias. Debe haber sido a
finales del 51 o principios del
52, y yo estaba muy lejos de
comprender a Esquilo. Pero mi
tío Raúl suponía que eso era
parte de la formación que uno
debía tener. Claro que no
entendí.
La segunda vez, fui acompañando
a mi abuela a un acto, pequeño y
hermoso, que la FEU había
convocado para el Salón de los
Mártires. Ya entonces era un
adolescente, y lo entendía casi
todo. Sabía también por qué mi
abuela no lloraba frente al
retrato de Raúl.
No pude terminar el bachillerato
en el curso regular diurno.
Había inminentes urgencias
económicas. Tuve que escoger: o
bachillerato ciencias o
bachillerato letras. Obviamente,
escogí el último. Mientras mi
madre me imaginaba ya, como
quien dice, abogado, yo andaba
perdido en un mundo de extrañas
aventuras poéticas, donde
Rimbaud y Mallarmé disputaban el
puesto a Huidobro y Vallejo,
cuando no a Retamar y Fayad
Jamís, en los momentos libres
que me dejaban mis mútiples
oficios de entonces: office boy,
auxiliar de la oficina del
parqueo, mensajero, y algo así
como administrador emergente de
una cafetería ubicada en el
centro de la Refinería Ñico
López.
Pero nada de eso estudié en mi
tercera entrada en la
Universidad. El país necesitaba
técnicos. De modo que los
compañeros de la AJR (Asociación
de Jóvenes Rebeldes), me
convencieron de que lo mío era
la Economía. Y allí estaba,
estudiando Planificación, cuando
me preguntaron si me interesaba
ser profesor de Filosofía. Era
lo que menos podía esperar.
Tenía discusiones a diario con
mi profesor de Filosofía. De él
aprendí no solo la materia que
impartía, sino esa lección de
humildad, de respeto por la
opinión ajena, y de confianza en
la juventud.
La Universidad me dio entonces
espacios y caminos. Más de una
alegría. Más de un dolor. Todo
de golpe. Daba clases en
Economía (de la cual no había
dejado de ser estudiante), en
Bioquímica y en Ciencias
Jurídicas (que así se llamaba
entonces la carrera de Derecho),
en Letras (donde estudiaba el
hijo de un Viceministro de
Educación, al que le decían Abel
Enrique para distinguirlo del
viejo), en Periodismo, alguna
vez en Psicología... Entonces
vino el Grupo de Estética, y la
colaboración con el ICRT, y la
redacción de las Guías
Metodológicas para los estudios
por encuentros, y Fidel que
llegaba a dialogar a cualquier
hora y sobre cualquier tema, y
los libros que se llamaron
simplemente Lecturas de
Filosofía, y el Rector que nunca
se llamó con su nombre y su
apellido, porque los académicos,
los profesores, los alumnos y
los bedeles le decían Chomy, y
con él, aquello de la
vinculación del trabajo y el
estudio, y Pensamiento
Crítico...
Después, Extensión Universitaria
y su brazo más visible: la
Televisión Universitaria, tan
necesaria como irreverente,
donde por primera vez se vio en
pantalla al Grupo de
Experimentación Sonora del ICAIC,
y a tantas otras figuras de lo
que después sería el Movimiento
de la Nueva Trova, y donde
nació, no sin tropiezos ni
sobresaltos, pero con el amor de
muchos, el grupo Moncada.
Lo demás debe ser más conocido:
la carátula del primer disco,
con todos encaramados en la
tanqueta que vive orgullosa en
la que ya era la Plaza Ignacio
Agramonte; el primer afiche, con
todos alrededor de uno de los
muchos letreros que pintaban los
estudiantes alrededor de la
Colina, acusando, con razón, a
Batista de asesino; los premios
en aquellos primeros Festivales
de Aficionados; otras
incomprensiones y otros (muchos
más) estímulos; Haydée, toda
ternura, toda sabiduría, en el
Anfiteatro Sanguily; Moncada en
Casa, allí en la Casa
Estudiantil, a la que todos
seguimos llamando la Casa de la
FEU... y luego la Escalinata, y
la magia irrepetible que Gianni
Miná inmortalizó en su primera
entrevista con Fidel.
Confieso que los años me
aterran. Pero ni aun la mirada
inevitable al espejo, que se
empeña en mostrarme unas canas
que me desconciertan, ni algunos
alejamientos transitorios e
indeseados, han logrado conjurar
el íntimo sobrecogimiento que me
producen cada una de sus
piedras, sus anchos escalones y
sus brazos abiertos. Confieso
también que me invade una sana
envidia cuando comienza un curso
escolar, o hay algo que
celebrar, o algo que combatir, y
la escalinata se llena de
jóvenes que continúan el rito, y
son otros los jóvenes que
cantan, y otras las canciones, y
otros los lenguajes. En esos
casos, la razón suele ser la
mejor aspirina.
He hablado de la Universidad, y
solo he dicho Universidad. Debí
decir desde el principio
Universidad de La Habana, pero
me cuesta trabajo. Siempre he
dicho «la Universidad», y creo
que muchos no sabemos llamarla
de otra manera. La vida se ha
multiplicado y repartido su
nombre en los municipios de la
ciudad, y otras universidades
han repartido el suyo en otros
tantos municipios. Nadie soñó
tanto talento en marcha.
Guillén, en un poema apresurado
sobre un emblemático local de la
bohemia habanera, brindaba «...
porque lo que hoy es la
bodegota, nunca deje de ser la
Bodeguita». Aunque parafrasear
no sea del mejor gusto, quiero
brindar hoy, si me fuera dable
(o pedir, o rogar), que lo que
es hoy esa enorme universidad de
todos, nunca deje de ser «la
Universidad»... para que siga
habiendo jóvenes estudiantes
orgullosos de otras novias y
otras puestas en escena, que
bajen con su luz más que con la
de las antorchas para deshacer
entuertos, y proponer caminos.
Que así sea.
(Fragmentos. Palabras
pronunciadas en el concierto
dedicado al Aniversario 280 de
la Universidad de La Habana)
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