|
La sociedad ante un abismo
Horacio
Eichelbaum
El Arca Digital
Nos estamos sumergiendo
insensiblemente en el futuro:
las supermodelos de 'fotoshop',
los bebés de diseño o la
ingeniería anatómica nos
arrastran sin darnos tiempo a
reaccionar. Sin embargo, como
reflexiona el autor de esta nota
"ni el color de la piel, ni los
centímetros de más o de menos
aquí o allá, ni el esfuerzo por
esconder los labios menores, ni
la altura, ni el coeficiente
intelectual, pueden cambiar la
condición única de cada ser
humano".
Estamos ya sumergiéndonos en el
mundo del futuro, quizás en la
segunda mitad del S. XXI.
Vivimos en un tiempo que,
ingenuamente, creemos que
todavía no ha llegado.
En Estados Unidos una empresa
está ofreciendo 'bebés de
diseño'. Se puede elegir el
color de ojos, la estatura, la
forma de la boca o de las
orejas. Cuenta con seis parejas
apuntadas para fabricar "niños a
la carta". La cuestión supera
los límites del absurdo: tres
mujeres negras quieren parir
hijos blancos. Después de tantos
siglos de discriminación, la
pretensión no es casual: es
conocido el fenómeno de
interiorizar la propia
'inferioridad', como si el color
de piel pudiera ser una
minusvalía, puesto que durante
tanto tiempo ha resultado una
auténtica 'discapacidad' en el
funcionamiento cotidiano de la
sociedad. La 'inferioridad
asumida' se manifiesta en la
explicación que dio una de
ellas: cree que, pariendo un
niño blanco, "demostrará a la
sociedad lo que es capaz de
hacer una negra".
En Nueva York, una encuesta
indica que sólo el 10 por ciento
de los consultados utilizaría
estos métodos de diseño para
tener un hijo más alto; y apenas
un 13 por ciento buscaría un
bebé con mayor coeficiente
intelectual. Los eternos
optimistas dirán que sólo unos
pocos están dispuestos a
manipular de ese modo su futura
descendencia. Pero basta con
presenciar a un señor normal
convirtiéndose en lobo para
creer en la existencia del
hombre-lobo.
Yo he visto cómo un hombre se
convertía en lobo. No
personalmente, pero si en la
tele. Tampoco se trataba
exactamente de un hombre lobo,
pero el fenómeno me parece de
una categoría similar: he visto
a una niña holandesa de 15 años
explicar por qué va a operarse
la vulva para achicar sus
'labios menores'. Piensa que eso
es lo que esperan los chicos,
adoctrinados por el cine porno,
que desean un pubis rapado y un
cierre de vulva hermético. Es la
'anatomía de diseño', impulsada
por las revistas de modas (y las
demás), donde las estupendas
supermodelos exhiben físicos
privilegiados pero convertidos
en superlativos mediante el uso
de 'fotoshop', el programa
informático que permite retocar
imágenes sin dejar huella. Una
beldad que tenga pechos algo
pequeños será corregida con un
discreto aumento; otra, con un
armónico trasero, verá como se
le añaden allí algunos
centímetros; la cintura, de por
sí delgada, tal vez sea reducida
un poco más. Todo consiste en
orientar el consumo hacia la
industria cosmética, anunciante
omnipotente de estas revistas,
lo que la deja a salvo de toda
crítica. El ejemplo más obvio es
el de las cremas antiarrugas
que, como los crecepelos, se
compran aún a sabiendas de que
no sirven para nada, quizás con
la misma fe desesperada con la
que el ateo recurre a Dios
cuando cae por un abismo. Es
probable que se sientan caer por
un abismo: el de las
expectativas de belleza
absoluta, inalcanzable,
combinadas con el natural abismo
de la edad. El caso es que la
imagen de la supermodelo
inalcanzable, hacia la cual
pugnan por llegar, ya no es
siquiera un extremo de
perfección alcanzado por la
Naturaleza, sino un diseño de 'fotoshop'.
Supermodelos irreales, bebés
irreales, ingeniería anatómica
para corregirnos a golpe de
láser hasta hacernos hiperreales…
el 2020 o el 2050 se aproximan a
velocidad de vértigo,
haciéndonos creer que está por
llegar el 2010. El engaño es
demasiado sencillo para que
podamos verlo: tendremos que
descubrir todavía, alguno de
estos siglos, que ni el color de
la piel, ni los centímetros de
más o de menos aquí o allá, ni
el esfuerzo por esconder los
labios menores, ni la altura, ni
el coeficiente intelectual,
pueden cambiar la condición
única de cada ser humano. Tal
vez en ese futuro inminente el
atleta más veloz sea el que
corra con dos piernas
ortopédicas, diseñadas para la
velocidad, en vez de esas
tristes piernas que la
Naturaleza nos dio. Si Dios
existe, se estará llevando un
gran disgusto.
Horacio Eichelbaum /
Corresponsal en Europa
http://www.elarcadigital.com.ar
http://www.elarcadigital.com.ar/modules/revistadigital/articulo.php?id=1309
Gentileza:: ead / El Arca
Digital
[lectores@elarcadigital.com.ar]
paginadigital |