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Navidad: un festejo universal
anterior a la antigüedad clásica
Por
Fernando Del Corro
Desde hace varios miles de años,
aún mucho antes de la antigüedad
clásica, los hombres vienen
festejando la "Nochebuena" y la
"Navidad", aunque se
correspondiera con diferentes
tradiciones religiosas ya que,
en el fondo de las cosas, lo
siempre subyacente es el
reinicio del ciclo solar como
hilo conductor de la vida, de la
inmortalidad no de cada hombre,
sino del genero humano como tal.
Tal vez por esa razón los
festejos de la Navidad
(natividad o nacimiento) sean
compartidos casi universalmente,
por personas de las más
disímiles tradiciones
culturales, a las que se sumó la
del cristianismo desde que el
papa Julio I, que ofició el
cargo entre el 337 y el 352,
decidió mudar el día del
presunto nacimiento de Jesús de
Nazareth del 6 de enero al 25 de
diciembre. Mucho más desde que
Liberio I introdujo en 354 esa
fecha en la liturgia católica
como conmemoración oficial, algo
que, de hecho, ya sucedía en la
sociedad porque los cristianos
nuevos que se sumaban a las
filas de esa iglesia, y que
constituían una inmensa mayoría,
continuaban festejando el 25 de
diciembre, fecha atribuida al
"nacimiento" del viejo dios
oriental Mitra.
Otro elemento en la fijación de
la fecha, fue que el emperador
Constantino (recién bautizado
cristiano en su lecho de muerte
por el obispo arriano Eusebio de
Nicomedia), aquél que hizo de
esa religión años antes la
oficial del estado romano era,
en verdad, un seguidor de Mitra
y conmemoraba la fiesta solar
del 25 de diciembre de manera
que impulsó su adopción por el
nuevo credo. Es que la Navidad,
más que un nacimiento
propiamente dicho, es la vida
misma que se renueva, como el
propio Sol, que a lo largo del
ciclo, tras pasar por los dos
equinoccios (primavera y otoño)
y dos solsticios (verano e
invierno) de su eterno viaje
elíptico, según los viejos
cálculos astronómicos, se
situaba, en el último de ellos,
el 25 de diciembre sobre el
Trópico de Capricornio.
El cambio de conmemoración del
nacimiento presunto de Jesús
tuvo un importante efecto de
reclutamiento para las filas de
los católicos, habida cuenta de
que la religión solar de Mitra,
surgida en la India y difundida
en occidente desde Persia, ya
era practicada en la península
itálica desde mucho antes de la
aparición del estado romano en
el 753 ANE (antes de nuestra
era). Los etruscos, que
habitaban aproximadamente la
actual región de la
Emilia-Romana con capital en
Bologna, ya adoraban antes de
esa época a Jano, el sol, el de
las dos caras llamadas "puertas"
(del cielo), homenajeado también
el 25 de diciembre, y de cuyo
nombre, el mítico rey Numa
Pompilio, tomó la denominación
de enero (entrada) para el
primer mes del año en su reforma
del calendario.
La de "Mitra", el sol, que
reinaba sobre el día, mientras "Varuna",
la Luna, gobernaba sobre la
noche en los orígenes del culto
en la India , fue la tradición
que dió lugar a todos los
sistemas de medición del tiempo
en las diferentes religiones,
tanto los solares, que
terminaron por imponerse, como
los lunares, hoy desusados.
En verdad las religiones solares
no sólo se encuentran entre los
etruscos, los indios y los
persas, sino que forman parte de
la cultura universal, aunque en
cada caso con rituales
diferentes o con algunas
variantes en su teogonía, acerca
de lo cual se han hecho estudios
en diversas culturas como los
incas (Inca es Sol), los mayas,
los aztecas, los egipcios y
muchos otros. Mitra, en la
mitología indostánica, había
nacido de una madre virgen,
integraba una trinidad
religiosa, y antes de su partida
hacia la eternidad para iluminar
a los hombres, tuvo una "última
cena" con sus camaradas, lo que
lo muestra como el antecedente
más directo de lo que en
Occidente cobró forma bajo la
más moderna tradición cristiana.
La verdadera fecha del
nacimiento de Jesús ("Cristo" es
una denominación posterior
griega que significa Mesías),
sobre quién sólo hay una confusa
mención histórica de Flavio
Josefo, uno de los jefes de la
sublevación en Palestina de
tiempos de Nerón, en "La guerra
de los judíos", por lo que su
ubicación temporal ha dado lugar
a muchos trabajos.
Uno, el primero y más importante
por sus efectos, fue el del
monje sueco Dionisio "El Exiguo"
(por su pequeñez), matemático e
historiador, considerado uno de
los sabios de la iglesia
católica de la época, quién,
comisionado por el papa Juan II
(pontífice entre 533 y 535)
encaró los trabajos que le
indicaron que Jesús había nacido
en el 753 de la era romana,
entonces vigente. El pedido
papal había sido la resultante
de un acuerdo del mismo con el
emperador bizantino Justiniano I
(reinó entre 527 y 548),
mediante el cual se acordó que a
los efectos de consolidar la
alianza entre el poder temporal
y el poder religioso, se
elaborase un nuevo calendario
que debía partir con el año del
hipotético nacimiento de Jesús.
Este, según las fuentes, debe
haber nacido en los años 6 o 7
ANE (algo que fue reconocido por
el papa Juan Pablo II un par de
años antes de su muerte), más
probablemente en este último,
por la referencia al censo de
Cayo Octaviano Augusto al
explicar el viaje de María,
encinta, a Belén; al tiempo que
la matanza de los "Santos
Inocentes" refuerza esa idea, ya
que la misma aconteció cuatro
años antes de la muerte del
tetrarca Herodes "El Grande",
acaecida en 2 ANE. En lo que
hace al día más preciso, el gran
astrónomo alemán Johannus Kepler
(1571-1630), descubridor de las
tres leyes que rigen el
movimiento de los planetas, tras
algunos estudios en la materia
estableció tres fechas posibles
para el nacimiento de Jesús, las
del 29 de mayo, el 3 de octubre
y el 4 de diciembre, siendo la
primera la más probable por las
referencias al verano.
Las fechas de Kepler surgen del
hecho de que los tres Reyes
Magos (al parecer astrónomos
persas, lo que habla de más
relaciones con Mitra), seguían
la "Estrella de Belén", un
fenómeno astronómico que se da
solo en muy escasas
oportunidades y que surge de una
conjunción entre los planetas
Saturno y Júpiter, que sólo, en
aquellos tiempos se pudo haber
dado en esas tres
circunstancias.
El dato, aportado por Kepler en
1603, surgió de lecturas del
rabino y astrónomo Abranavel,
referidas a la importancia que
se tenía sobre dicha conjunción,
dentro de la constelación de
Piscis (hoy signo de piscis),
oportunidad en la que, al
acercarse ambos planetas, se
produce la ilusión visual de la
"Estrella de Belén", la que
debía acompañar la llegada del
mesías de Israel.
Así bajo la creciente presencia
oriental, reflejada hasta en la
"mitra" obispal (réplica moderna
de la corona de Bizancio), los
viejos cultos "paganos" (de
pago, terruño), fueron
"catolizados" (universalizados)
al calor de un estado que
pretendió tardíamente dar un
contenido ideológico a su idea
de globalización, vía el
cristianismo primigenio de
origen judaico monoteista.
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