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Fujimori y Montesinos: matar
en nombre del Estado
Rodrigo
Montoya Rojas
ALAI AMLATINA
Vladimiro Montesinos
apareció en el juicio que una
corte peruana sigue a Alberto
Fujimori por crímenes de lesa
humanidad: asesinato de quince
personas, entre ellos un niño de
ocho años en Barrios Altos y de
nueve estudiantes y a un
profesor de la Universidad de
Educación La Cantuta, por parte
del Destacamento Colina, del
Ejército peruano en 1992. Le
espera una posible condena a 30
años de cárcel. Los dos siameses
que ejercieron todo el poder en
Perú entre los años 1990 y 2000,
están ya condenados: el primero
a 20 años y el segundo a 7, por
haber invadido la casa de la
esposa de Vladimiro Montesinos
para rescatar unas decenas de
maletas con "vladivideos"
comprometedores.
Están en curso más de 50 juicios
contra Montesinos y a Fujimori
le esperan otros juicios más,
derivados de su extradición al
Perú decretada por la corte
Suprema de Chile.
Vladimiro Montesinos es famoso
por su monumental corrupción y
sus "vladivideos" en los que
aparecen decenas de personajes
de la política y los medios de
comunicación recibiendo miles y
millones de dólares por venderse
al gobierno. Este personaje
apareció en el Tribunal
elegantemente vestido, como en
sus viejos tiempos, cuando tenía
doscientos ternos, cuatrocientas
corbatas, sesenta relojes, casas
por todas partes, muchos
vehículos del Estado a su
servicio, amantes y decenas de
policías cuidándolo. Se presentó
como un actor de teatro en el
papel de un hombre poderoso,
seguro, arrogante, convencido de
su saber y de su inteligencia.
Trató a jueces, fiscales y
abogados como si fueran
desvalidas criaturas incapaces
de entender su sabiduría de
agente de inteligencia y
abogado-tinterillo con estudios
de sociología en San Marcos.
El fiscal comenzó con las
primeras decenas de un
cuestionario de mil preguntas.
Montesinos aprovechó de las tres
horas que duró la sesión para
presentarse como un soldado del
Ejército con toda su vida
profesional consagrada a la
inteligencia al servicio del
Estado, como un patriota que
luchó decisivamente con cada uno
de sus "análisis de
inteligencia" para acabar con
Sendero Luminoso y el MRTA, como
un hombre de leyes
respetuosísimo de la ley y como
"subordinado" de Fujimori.
Alabó la sabiduría del ex
presidente por haber sido
presidente de la Asamblea
Nacional de Rectores, por haber
dirigido la lucha contra
subversiva y por tener una
"memoria elenfantiásica" y,
desde la autoridad moral que
creía ostentar, con el mayor
orgullo imaginable, sentenció la
inocencia de Fujimori en los
crímenes de la Cantuta y Barrios
Altos y por supuesto, su propia
inocencia. Además, el siamés
Montesinos trató de desacreditar
a un hermano del fiscal
presentándolo como uno de los
hombres a su servicio.
Luego de decir lo que tenía en
su plan de inteligencia, informó
al tribunal que no contestaría
ninguna pregunta más por que él
era respetuoso de la ley y la
ley dice en Perú que los temas
de inteligencia no se tratan
públicamente y menos en Cortes
judiciales. Punto. El tribunal
reconoció el derecho de
Montesinos a guardar silencio y
lamentó que el gran actor no
dijese desde el comienzo que
callaría para no comprometerse y
para defender los santos fueros
del Sistema de Inteligencia
Nacional.
El reo Alberto Fujimori, volvió
a sonreír y a reír abiertamente,
por primera vez, en más de seis
meses, porque oyó frases
celestiales sobre su inocencia,
su inteligencia y su sacrificio
para "salvar" al Perú. Su
siamés, su socio en la
maravillosa aventura de tener
todo el poder durante diez años,
no lo defraudó, no lo echó a los
leones, no le recordó que "como
hombre" reconociese que en su
condición de Presidente de la
República daba las órdenes y que
él sólo obedecía como simple
hombre oscuro de inteligencia.
En 2,000, Fujimori entregó 15
millones dólares a Montesinos
con fondos del pueblo peruano,
naturalmente, como compensación
por los servicios prestados.
(Sobre esta millonaria
indemnización se abrirá uno de
los próximos juicios contra él).
Ese dinero fue un consuelo para
Montesinos. Tal vez algún día se
sepa el precio del silencio de
Montesinos en la histórica
sesión de ayer.
Gallina que come huevos…
Montesinos está ahora en la
cárcel, perdió lo poco que le
quedaba de futuro, pero como
padece de una enfermedad
terminal del poder parecía un
actor de teatro y representó
bien al personaje porque él ha
sido un soldado y no uno
cualquiera sino el soldado más
poderoso entre 1990 y
2,000. Con un simple grado de
capitán fue capaz de tener en
sus manos el control pleno de
todas las Fuerzas Armadas. Los
siameses Fujimori y Montesinos
humillaron a todos los oficiales
haciéndoles firmar una carta de
sujeción y, lo que es peor,
todos los oficiales aceptaron
esa humillación.
Por su enfermedad de poder y sus
años de cárcel, Montesinos
confunde la realidad con su
fantasía y sigue sintiéndose
todopoderoso. Nombró a algunos
generales tratándolos como
simples sargentos cuando les
recordó que junto con él "chuponeaban"
teléfonos desde tiempos de
Velasco Alvarado porque todo
buen servicio de inteligencia "chuponea"
las llamadas de los enemigos
siguiendo el ejemplo de la
Central de Inteligencia
Americana (CIA). La realidad y
el mito, su ego monumental y su
triste condición de preso sin
horizonte, tienen los límites
borrosos.
Por momentos parece muy cuerdo;
segundos después, vuela,
gesticula con movimientos fijos,
parece desequilibrado y habla
como Cantinflas.
Condenado ya a veinte años y con
una posible nueva condena a
otros treinta, la única
esperanza que le queda es una
amnistía, posible si Keiko
Fujimori, actual congresista,
hija de Alberto Fujimori, fuese
elegida presidenta del país.
Ella parece tener el virus de su
padre y, segura de su poder en
el futuro, ya ofreció esa
amnistía como carta electoral.
El sueño de opio de esta
historia reposa en muchas
premisas:
que Montesinos no cuente todo lo
que sabe de lo que juntos
hicieron con el "Destacamento
Colina", que el Tribunal declare
a Fujimori inocente de crímenes
de lesa humanidad, que el pueblo
peruano vote por la señora cuyo
único mérito político conocido
es ser hija de su papá y,
finalmente, que el Apra, partido
de gobierno en alianza de hecho
con los fujimoristas, vote por
ella en las elecciones del 2011.
¿Podría el gobierno aprista
ofrecer una amnistía? Me resisto
a pensar en esa hipótesis pero
valdría la pena examinarla
después.
En un momento de la sesión el
fiscal le preguntó a Montesinos:
"Testigo, ¿quiere usted decir
que por razones de Estado se
puede cometer delitos?
Sí", contestó Montesinos, sin
titubear. Inmediatamente
después, sintió que no debió
haber respondido así, pero ya no
era posible dar marcha atrás.
Que un hombre como Montesinos
con una vida de corrupción
extraordinaria, debidamente
probada, dé un certificado de
inocencia a Fujimori es una
broma de mal gusto y los propios
fujimoristas deben sentirse mal.
Los miembros del Tribunal no
podrían tomar en cuenta ese
certificado. Pero sí debieran
pensar dos veces en la respuesta
afirmativa de Montesinos. Las
razones de Estado son una
coartada de los dictadores y de
los que hacen justicia con sus
propias manos olvidando los
derechos, la constitución y los
valores de los seres humanos
como personas. Con ese sí sin
ambigüedad, Montesinos ha
abierto, sin quererlo, una
ventana de aire fresco para que
los jueces del tribunal, la
fiscalía y la defensa de la
parte civil incluyan un elemento
más en la larga lista de pruebas
de la responsabilidad mediata de
Fujimori en los crímenes de la
Cantuta y Barrios Altos. Ya no
podrá arrepentirse de lo que
dijo aunque Fujimori y su
abogado se lo pidan.
- Rodrigo Montoya Rojas es
antropólogo y profesor de la
Universidad
Nacional Mayor de San Marcos, de
Lima. Perú.
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Información
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