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El "Sumak Kawsay" ("Buen
vivir") y las cesuras del
desarrollo
Pablo
Dávalos
ALAI AMLATINA
De todos los conceptos
creados desde la positividad de
la economía neoliberal, el
concepto de crecimiento
económico como base del
desarrollo social es, de hecho,
uno de los que más connotaciones
simbólicas y políticas posee. Es
un concepto hecho a la medida de
las ilusiones y utopías del
neoliberalismo y del capitalismo
tardío. Con la misma fuerza que
el creyente cree en la epifanía
de la voluntad divina, el
economista neoliberal, cree en
las atribuciones y virtudes
mágicas que tiene el crecimiento
económico. Es una especie de
doximancia en la que la sola
enunciación del crecimiento
económico se convertiría en
taumaturgo de la realidad.
Esta noción del crecimiento
económico recupera las
necesidades políticas del
neoliberalismo, y, para
legitimarse, apela al concepto
decimonónico e iluminista del
"progreso". En efecto, desde
esta perspectiva el crecimiento
económico sería otro símbolo de
progreso y éste, por definición,
no admite discusiones. De esta
manera, el neoliberalismo
pretende tejer una solución de
continuidad histórica con el
iluminismo y con las promesas
emancipatorias de la modernidad.
En la simbólica moderna, toda
persona, o todo pueblo, al menos
teóricamente, quiere progresar,
quiere "salir adelante"; quiere
"superarse". Para el
neoliberalismo, poner trabas al
progreso es ser retardatario.
Poner trabas al crecimiento es
una aberración de los pueblos
"atrasados" que, de forma
imperativa, deben modernizarse.
Oponerse al desarrollo, por
tanto, es antihistórico. Estar
en contra del crecimiento
económico es síntoma y signo de
oposición al cambio.
Pero el crecimiento económico,
vale decir el desarrollo, por
antonomasia es obra de los
mercados y, a su vez, de las
empresas privadas. La empresa
privada (y en su forma más
moderna: la corporación),
gracias al discurso neoliberal
del crecimiento económico se
creen portadoras de una misión
de trascendencia histórica:
asegurar el cumplimiento de una
de las promesas más caras de la
modernidad capitalista: el
progreso económico en
condiciones de libertad
individual.
En esta noción de crecimiento y
desarrollo económico el discurso
neoliberal crea un fetiche al
cual rinde tributos, oraciones,
y penitencias. El crecimiento
económico, según la doctrina
neoliberal, resolverá por sí
solo los problemas de la
pobreza, iniquidad, desempleo,
falta de oportunidades,
inversión, contaminación y
degradación ecológica, etc.
El crecimiento económico se
convierte en la parusía del
capital. En el horizonte utópico
hacia el cual necesariamente hay
que llegar, a condición de que,
obviamente, se dejen libres los
mercados y que el Estado respete
las reglas de juego del sector
privado. En la teología del
neoliberalismo, la parusía del
crecimiento económico solo puede
provenir de la mano invisible de
los mercados. Gracias a esta
noción de crecimiento económico,
el neoliberalismo puede
deconstruir aquellos modelos
económicos y sociales que
comprendían la intervención del
Estado; y posicionar su proyecto
político como un modelo de
crecimiento por la vía de los
mercados. El crecimiento
económico, en las coordenadas
teóricas y políticas del
neoliberalismo, permite desarmar
aquellas nociones de
planificación social, de bienes
públicos y solidaridades
colectivas que formaron parte
del debate político
latinoamericano y mundial, antes
de la "larga noche neoliberal".
Ahora bien, la teoría del
crecimiento económico por la vía
de los mercados y como base del
desarrollo, es una invención
reciente. Su formulación como
parte de las teorías del
desarrollo y su reformulación
como propuesta de mercados
libres y competitivos como único
espacio histórico posible del
desarrollo económico, está
relacionada con la
contrarrevolución monetarista de
Friedman y de la Escuela de
Chicago, producida en los años
cincuenta y sesenta del siglo
pasado.
En realidad, el crecimiento como
dispositivo conceptual del
desarrollo neoliberal, es un
argumento vacío. En efecto, el
crecimiento económico, strictu
sensu, no existe. Lo que existe
es la acumulación del capital, y
el capital no es ni una cosa ni
un conjunto de objetos, es una
relación social mediada por la
explotación y la reificación. La
acumulación del capital implica,
por definición, la ampliación de
las fronteras de la explotación
y de la enajenación humana. A
más crecimiento, más acumulación
de capital, y, por tanto, más
explotación, más degradación,
más enajenación.
El desarrollo basado en la
noción neoliberal del
crecimiento económico, es un
discurso mentiroso y encubridor
de las relaciones de poder que
genera la acumulación del
capital en su momento
especulativo. El crecimiento
económico como teleología (o
como finalidad) social y
fetichismo de la historia es un
dispositivo simbólico y
epistémico que tiene una función
política: aquella de generar los
consensos necesarios para
posibilitar la acumulación del
capital en su momento
especulativo y neoliberal.
Tiene también una función
histórica: aquella de cerrar los
espacios de posibles humanos en
las coordenadas de la economía y
del mercado. El neoliberalismo
es el fin de la historia
moderna. No hay nada más allá
del fin de la historia: las
utopías desaparecen y las
metanarraciones de la modernidad
se fragmentan. En el mundo
neoliberal se han cumplido con
las promesas emancipatorias de
libertad y progreso. Sin
embargo, esa libertad y progreso
son puestas en las perspectivas
del mercado y la libre empresa,
y el ser humano que mide a su
condición humana en la
reificación de las cosas, ya fue
cuestionado por los filósofos
marxistas de la Escuela de
Frankfurt, además, el discurso
del crecimiento económico ha
sido objeto de un intenso
cuestionamiento, desde Iván
Illich, Arnold Naess, Herbert
Marcuse, hasta Arturo Escobar y
Serge Latouche, entre otros.
La colonización epistemológica
producida por el discurso del
crecimiento económico ha
neutralizado la capacidad que
tendría la humanidad en repensar
las alternativas al capitalismo.
Quizá es más difícil desaprender
que aprender. Para salir de esta
colonización, quizá sea
necesario un largo trabajo de
olvido sobre todo aquello que
aprendimos a propósito del
desarrollo y del crecimiento.
Superar esta cesura epistémica
es una de las tareas más
complejas del presente porque la
razón siempre es
autorreferencial, y la analítica
del crecimiento económico ha
hundido sus raíces en la
episteme moderna incluida en sus
propuestas emancipatorias.
Todos estos procesos no pueden
mantenerse sin la utilización
estratégica de la violencia. El
libre mercado necesita de la
violencia como la vida necesita
del oxígeno. A más libre mercado
más violencia. Todas las
reformas neoliberales del
crecimiento económico han sido
impuestas y se mantienen desde
la violencia. La violencia asume
el formato de la política como
una extensión de la guerra, y
ésta como una condición
hobbesiana de existencia. El
desarrollo y el crecimiento
económico fragmentan al hombre
de su sociedad y lo inscriben en
una relación marcada,
precisamente, por la violencia.
La libertad de los mercados
implica cárceles, persecución,
terrorismo de Estado, torturas,
genocidios, impunidad. El
crecimiento económico es
violento por naturaleza. Generar
violencia y administrarla
políticamente, bajo una
cobertura de democracia, ha sido
uno de los desafíos más
importantes del neoliberalismo.
El concepto neoliberal que
permitió la domesticación de la
política, incluido el
sometimiento de la democracia a
las coordenadas del mercado, ha
sido aquel del Estado social de
derecho.
Está en juego la pervivencia del
hombre sobre la Tierra. El
discurso neoliberal del
desarrollo basado en el
crecimiento económico no puede
tener una segunda oportunidad.
Si se la damos quizá sea
demasiado tarde para nuestro
futuro. Su legado de destrucción
ambiental, degradación humana,
violencia social, colonización
de las conciencias, terrorismo
de Estado, genocidios, expulsión
de pueblos enteros, guetización,
entre otros aspectos, hacen
imperativo (casi como los
imperativos morales de Kant),
que busquemos alternativas al
desarrollo en su conjunto.
El Presidente boliviano Evo
Morales, indígena de procedencia
aymara, ha dicho que hay que
pensar en superar al capitalismo
como sistema social e histórico.
Los indígenas del Ecuador, a
inicios de los noventa, y en la
línea de repensar las
alternativas al capitalismo como
sistema, produjeron uno de los
conceptos políticos más
complejos de la era presente: el
Estado Plurinacional, que obliga
a reconsiderar los contenidos
que fundamentan al contrato
social y a la sociedad en su
conjunto. Los zapatistas
mexicanos desafiaron a las
tradicionales teorías del poder
cuando expresaron su mandato
político como: "mandar
obedeciendo".
Son los mismos indígenas de
Bolivia, Ecuador, y Perú, los
que ahora proponen un concepto
nuevo para entender el
relacionamiento del hombre con
la naturaleza, con la historia,
con la sociedad, con la
democracia.
Un concepto que propone cerrar
las cesuras abiertas por el
concepto neoliberal del
desarrollo y el crecimiento
económico. Han propuesto el "sumak
kawsay", el "buen vivir".
Es probable que la academia
oficial, sobre todo aquella del
norte, sonría condescendiente,
en el caso de que logre
visibilizar al concepto del buen
vivir, y que lo considere como
un hecho anecdótico de la
política latinoamericana. Sin
embargo, es al momento la única
alternativa al discurso
neoliberal del desarrollo y el
crecimiento económico, porque la
noción del sumak kawsay es la
posibilidad de vincular al
hombre con la naturaleza desde
una visión de respeto, porque es
la oportunidad de devolverle la
ética a la convivencia humana,
porque es necesario un nuevo
contrato social en el que puedan
convivir la unidad en la
diversidad, porque es la
oportunidad de oponerse la
violencia del sistema.
Sumak kawsay es la expresión de
una forma ancestral de ser y
estar en el mundo. El "buen
vivir" expresa, refiere y
concuerda con aquellas demandas
de "décroissance" de Latouche,
de "convivialidad" de Iván Ilich,
de "ecología profunda" de Arnold
Naes. El "buen vivir" también
recoge las propuestas de
descolonización de Aníbal
Quijano, de Boaventura de Souza
Santos, de Edgardo Lander, entre
otros. El "buen vivir", es otro
de los aportes de los pueblos
indígenas del Abya Yala, a los
pueblos del mundo, y es parte de
su largo camino en la lucha por
la descolonización de la vida,
de la historia, y del futuro.
Es probable que el Sumak Kawsay
sea tan invisibilizado (o lo que
es peor, convertido en estudio
cultural o estudio de área),
como lo fue (y es) el concepto
del Estado Plurinacional. Mas,
en la prosa del mundo, en su
signatura de colores variados
como el arcoiris, en su tejido
con las hebras de la humana
condición, esa palabra, esa
noción del "buen vivir", ha
empezado su recorrido. En los
debates sobre la nueva
Constitución ecuatoriana, junto
a los derechos de la naturaleza
y el Estado Plurinacional, ahora
se ha propuesto el Sumak Kawsay
como nuevo deber-ser del Estado
Plurinacional y la sociedad
intercultural. Es la primera vez
que una noción que expresa una
práctica de convivencia
ancestral respetuosa con la
naturaleza, con las sociedades y
con los seres humanos, cobra
carta de naturalización en el
debate político y se inscribe
con fuerza en el horizonte de
posibilidades humanas.
-
Pablo Dávalos es economista y
profesor universitario
ecuatoriano.
Texto completo en:
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