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Con las glorias se olvidan
las memorias
Jorge
Gómez Barata
En la medida en que
trascurra el tiempo y sean menos
los interesados en reivindicar
la verdad, se impondrán las
nociones ideológicas que,
administradas como comprimidos
para tarados, explican de modo
simplista complicados procesos
históricos. La disolución de la
Unión Soviética y el fin de su
proyecto socialista será un
ejemplo del lavado global de
cerebro al que la humanidad
parece condenada.
En 1953, en el poema La
Situación, Bertolt Brecht
sugirió que, dado que el pueblo
ya no era merecedor de la
confianza del gobierno era
aconsejable que el gobierno
disolviera al pueblo. Nadie
sospechó que años después
aquella caricaturesca metáfora
sería realizada por Boris
Yeltsin que, por decreto, sin
consulta ni remordimientos,
disolvió a la Unión Soviética,
el mayor de los estados
existentes, ocupante de la sexta
parte del planeta y la segunda
superpotencia mundial.
La disolución de la Unión
Soviética que afectó a un
territorio de 22 millones de
kilómetros cuadrados,
equivalente a la mitad de
América, fue el ajuste
territorial y geopolítico más
impresionante desde que España y
Portugal se apoderaron del Nuevo
Mundo. En comparación con la
decisión de Yeltsin, la anexión
de Austria por Hitler, así como
los desmanes atribuidos a Stalin
relacionados con la expulsión de
los tártaros de Crimea o los
alemanes del Volga, incluso la
incorporación a la Unión
Soviética de Estonia, Lituania y
Letonia, parecen anécdotas.
La forma despótica e improvisada
como Yeltsin liquidó al país,
barrió con sus instituciones y,
sin encomendarse a precepto
jurídico alguno, declaró a Rusia
heredera de la Unión Soviética,
creó condiciones para su saqueo.
En un abrir y cerrar de ojos, el
patrimonio económico soviético,
formado por decenas de miles de
empresas, bancos, yacimientos de
petróleo y gas, oleoductos,
minas, centros de investigación,
instituciones de educación y
salud, comercios, instalaciones
agropecuarias, millones de
vehículos, buques y aviones,
reservas estatales de todo tipo,
así como enormes cantidades de
dinero en poder de las empresas
e instituciones, pasaron a manos
privadas.
Peor suerte corrieron las obras
de arte de los museos de todo el
país que cupieron en las
maletas, las piezas y
colecciones de pinturas,
incunables, esculturas, joyas,
manuscritos, reliquias y
antigüedades en poder de
organismos y entidades
estatales, funcionarios y
jerarcas pertenecientes al
patrimonio nacional, fueron
vendidos en Estados Unidos y
Europa a precios de remate.
El proceso se repitió en todas
la ex republicas y regiones del
inmenso país convertido en una
Nación del tercer Mundo con
cohetes en la que, como por arte
de magia surgieron enormes
fortunas y, nutrida por
burócratas, aparachits, ex
militares y oficiales de la
inteligencia, disfrazados de
hombres de negocios y
neodemócratas, pisaron la escena
los nuevos ricos, la burguesía
cooptada devenida en clase
dominante y la poderosa,
inescrupulosa y temible mafia
rusa.
Sin apenas restricciones
legales, en nombre de la
liquidación del comunismo, las
enormes fortunas obtenidas de
aquel modo engrosaron las arcas
de los bancos de occidente y
sirvieron para adquirir empresas
y acciones, bienes raíces,
casinos y prostíbulos, crear
redes de tráfico humano, y
establecer todo tipo de negocios
en la más vasta operación de
lavado de dinero de que se
tengan noticias.
Abrahan Lincoln pasó a la
historia por haber impedido que
la Unión Americana fuera
disuelta y Yeltsin por hacer lo
contrario con la URSS. De haber
estado gobernada por la
Pasionaria, Estados Unidos
hubiera asumido la defensa de
vascos y catalanes y cargado
contra España y defendido
Yugoslavia si en el trono
estuviera un Karagjorgjevic. Un
presidente norteamericano,
Wilson apoyó la incorporación de
varios territorios a Serbia para
construir Yugoslavia y otro,
George Bush le arrebató Kosovo.
Los mismos que durante 50 años
se reclamaron la unidad alemana,
no han abierto la boca para
censurar la división de Chipre.
El comunismo y los intereses
geopolíticos imperiales y no la
preocupación por el destino de
ningún pueblo, marcan la
diferencia. El relativismo moral
que tanto preocupa al Papa
Benedicto XVI se desplazó y rige
la política contemporánea.
Revista Koeyú Latinoamericano
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Caracas. Venezuela
Gentileza:: Koeyu Revista
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