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Dinero y liberalismo
Jorge
Gómez Barata
El trastorno de las finanzas
mundiales no es causa sino
consecuencia de deformaciones
estructurales que afectan no a
un país o un grupo de países,
sino al modo de producción en su
conjunto. Aunque de naturaleza
genética, tales imperfecciones
son agravadas por un
funcionamiento que impone rangos
y ritmos insostenibles para el
sistema. Crecer e innovar
constantemente en todas las
esferas, sostener la sociedad de
consumo y despilfarro, cubrir la
carrera de armamentos y
financiar costosas guerras, son
elementos estresantes que
amenazan con colapsar al
capitalismo.
Los economistas clásicos, Carlos
Marx entre ellos, identificaron
al mundo con Europa y tomaron
sus procesos económicos como
referencia para formular sus
teorías y elaborar sus
conclusiones. No obstante sus
certezas, por el contenido y la
escala, sus reflexiones no
podían intuir las magnitudes,
las realidades y las
deformaciones introducidas en la
economía mundial, por fenómenos
como el imperialismo.
Del mismo modo que Adam Smith
percibió que la “mano invisible
del mercado”, en un ambiente de
completa desregulación
económica, llevaría a un
crecimiento económico constante
y a posibilidades de bienestar
individual ilimitadas, Carlos
Marx advirtió que el despliegue
de aquella filosofía conduciría
a la anarquía y la anarquía a la
crisis.
A pesar de que los razonamientos
de aquellos talentos fueron
suficientemente generales como
para abarcar toda la Era
Moderna; ninguno alcanzó a
percibir el significado del
colonialismo y del saqueo de las
riquezas de tres continentes en
beneficio de Europa, no tuvieron
oportunidad de medir el ritmo a
que aquellos recursos eran
dilapidados y naturalmente no se
hicieron idea de a dónde podía
conducir la hegemonía de un
país.
Aquellos hombres que percibieron
el progreso en el humo de las
chimeneas de la
industrialización, no les fue
posible intuir gigantescas
economías basadas no en la
producción, sino en los
servicios, países avanzados
donde todos los ciudadanos están
endeudados y nunca imaginaron
que la economía liberal pudiera
funcionar con dinero falso,
billetes creados de la nada.
La economía europea y
norteamericana de los siglos
XVIII y XIX se levantó sobre una
circulación mercantil realizada
por intermedio de monedas de oro
y plata y más tarde por papel
moneda respaldado por reservas
de aquellos minerales y otros
valores tangibles. Entonces, los
gobiernos liberales que no
poseen otros ingresos que la
recaudación de impuestos y cuyos
gastos son regulados por leyes,
estaban obligados a la
austeridad, sus necesidades de
efectivo eran razonables y
podían ser cubiertas con dinero
real.
Todo se complicó cuando los
gobiernos burgueses y
oligárquicos maniobraron para
escapar al control social y en
lugar de servir a la sociedad,
prevalecieron sobre ella y
pactaron con la banca para crear
y manejar dinero. Los primeros
pasos fueron pasar del patrón
oro a la plata y un poco
después, suprimir toda garantía
tangible suplantándola por la
“confianza”; una trampa
semejante como aquella en la que
incurre un policía que sustituye
evidencias por suposiciones.
Como quiera que todo el
desarrollo de los Estados
Unidos, incluidas la
colonización y la expansión
territorial, aunque lanzadas,
estimuladas y protegidas por el
gobierno, fueron empresas
privadas y que excepciones como
las compras de Florida, Luisiana
y Alaska y la guerra contra
México significaron erogaciones
insignificantes, el gobierno
norteamericano nunca se enfrentó
a gastos excepcionales.
El primero fue Lincoln, que para
financiar la guerra necesitó
cantidades de dinero que no
podía cubrir con las monedas de
oro y plata en circulación y
necesitó papel, a los que
concedió escaso respaldo y que
convirtió en obligaciones del
Estado. Exactamente lo mismo
aunque en una escala
incomparablemente mayor le
ocurrió a Richard Nixon, que
durante la guerra de Vietnam
suprimió toda relación del dólar
con el oro. Liberada de tales
obligaciones, la Reserva Federal
norteamericana puede imprimir
cualquier cantidad de dinero sin
ofrecer ninguna garantía real.
Esa circunstancia origina una
permanente crisis sistémica que
hasta ahora ha podido sortearse
mediante la aplicación de
medidas coyunturales, sin que
nada asegure que siempre podrán
encontrarse paliativos. Tal vez
ahora se ha llegado a un punto
sin retorno.
Revista Koeyú Latinoamericano
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Caracas. Venezuela
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