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No se trata sólo de dinero
Jorge
Gómez Barata
La aritmética es conclusiva:
“Cuando son falsas las premisas,
son falsas las respuestas”. Así
ocurre con las apelaciones del
Fondo Monetario Internacional y
del Banco Mundial para paliar la
crisis que golpea a los países
pobres, con motivo del
encarecimiento de los alimentos;
fenómeno que obedece a la
aplicación de políticas
santificadas por ellos y que
provocan las turbulencias que
sacuden a la economía, el
comercio y las finanzas
internacionales.
El encarecimiento de los
alimentos no ocurre porque haya
mermado la producción o crecido
la demanda, debido a que la
gente tenga más apetito o porque
los chinos y los indios consuman
más, sino por la aplicación de
políticas que, sin tomar en
cuenta consideraciones humanas y
morales, desvían parte de la
producción para la producción de
agrocombustibles generando
tensiones evitables. A ello se
suma la elevación del precio del
petróleo y devaluación del
dólar.
Cualquier análisis debe partir
del hecho de que prácticamente
toda la producción mundial de
alimentos destinados a la
exportación se encuentra en
manos de unas pocas
transnacionales y que los países
pobres, plagados de realidades
históricas y deformaciones
estructurales que les impiden un
desempeño económico exitoso,
están ubicados en los trópicos
en los que la producción de
cereales no existe o no es
económicamente viable, cosa que
obstaculiza el fomento de la
ganadería y la avicultura
nacional sustentables y en los
que la opción del
autoabastecimiento no existe. La
combinación es letal
A todo eso se añade que por sus
magras exportaciones, los países
pobres reciben dólares que se
devalúan por día, haciendo que
su capacidad de compra se
desplome y aun los pocos países
que exportan en cantidades
considerables, destinan parte de
sus ingresos al pago de deudas o
a engrosar sus reservas
internacionales, también en
dólares, que por añadidura caen
en poder de los respectivos
bancos centrales, que funcionan
según las reglas de la Reserva
Federal de Estados Unidos y del
Banco Mundial. Se trata de una
noria salvaje que obliga a los
países pobres a, con papeles que
cada vez valen menos, comprar
alimentos y petróleo cada vez
más caros.
Según los razonamientos técnicos
del FMI y del Banco Mundial, las
reglas son las mismas para
todos, cosa que no es verdad.
Los países pobres siempre
pierden, entre otras cosas
porque sus gobiernos
oligárquicos algunos sometidos y
comprometidos otros, e
incompetentes muchos, en lugar
de asumir posiciones firmes, se
pliegan al dictak extranjero,
incluso algunos países que
pudieran ser muy fuertes, como
México, en lugar de encabezar la
resistencia se pliegan.
Por otra parte, pese a sus
enfoques neoliberales, por
razones prácticas, los gobiernos
de los países desarrollados
procuran encontrar formulas que
eviten el deterioro de los
niveles de vida de su población
y les permitan mantener la paz
social, alcanzada al haber
integrado a las clases medias y
a los trabajadores al sistema.
Para esos sectores, la crisis
alimentaría es una referencia o,
cuando más, el deterioro de
ciertos indicadores pero no el
hambre humillante y letal que se
abate sobre los países pobres.
Para los empresarios
norteamericanos, europeos,
canadienses y australianos que
producen alimentos para ganar
dinero, es mejor negocio vender
su mercancía a buenos precios a
quienes, en sus propios países,
producen etanol o biodiesel, que
exportarla a Burkina Faso o
Bangla Desh con los riesgos que
ello implica.
Con todo y su carácter opresivo,
el régimen feudal contenía
elementos de humanismo, uno de
ellos era la figura jurídica del
“hurto famélico”, según la cual,
quien roba pan porque tiene
hambre podía alegar atenuantes e
incluso ser exonerado. Al llegar
al poder, la burguesía suprimió
semejante anomalía. El hambre es
suya y el pan es mío y la
libertad de empresa es tan
sagrada como la propiedad.
El FMI y el Banco Mundial, no
son organizaciones caritativas,
sino clubes de banqueros donde
sólo se habla de dinero. Tales
instituciones son parte del
problema y no parte de la
solución.
El mundo produce alimentos de
calidad en cantidades
suficientes para todos los
habitantes del planeta. La mala
noticia es que son mercancías y,
mientras se trate de dinero, no
hay solución para los pobres o
tal vez si. La opción es cambiar
las reglas.
Revista Koeyú Latinoamericano
revistakoeyulatinoamericano@gmail.com
Caracas. Venezuela
Gentileza:: Joel Cazal
[koeyurevista@gmail.com]
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