|
|
El amasijo
Mi amigo Julian
(Donde se habla de un tachero
que quería ser aviador)
Por: John Argerich
|
 |
 
|
|
-En este mundo hay dos clases de
tipos -filosofaba el chófer.
-¿No me diga? -contesté, por
decir algo.
-Sí, señor.
-El que nace caporale y el que
nace pa' chirola.
El argumento salía de la crónica
deportiva a que nos tiene
habituados el gremio de
tacheros, y me interesé en sus
dichos.
-Sí, claro...
-¿Vd. no me cree, que contesta
con monosílabos, o el tema lo
agarra de sorpresa, para aportar
tan poco a la charla? -dijo el
tipo, medio fastidiado- Porque
si me está tomando por un
charlatán, puede irse a chapar
el bondi. Lo dejo acá nomás,
aguántese la calor, y que le
vaya bien.
Yo estaba apuradísimo por llegar
a mi casa, porque venía a comer
la familia de mi hermano. Gente
más puntual que un Rolex, y a mi
vieja tampoco le gustaba servir
fríos los platos que había hecho
con tanto esfuerzo. Así que la
idea de esperar otro taxi
durante un tiempo impredecible,
me causó pánico.
-No se lo tome tan a pecho,
señor. Estoy muy interesado en
sus comentarios -dije, para
mejorar la relación.
El hombre aprovechó que habíamos
llegado a un semáforo en rojo, y
se dio vuelta en su asiento,
mirándome a los ojos.
-Amigos, entonces -dijo-
extendiéndome la mano.
Una garra más que una mano.
Porque tenía pelos hasta en las
uñas, y unos dedos gordos como
espárragos.
-Amigos -repuse, estrechándosela
con cuidado, para que con el
entusiasmo, no apretara
demasiado.
Ya se había puesto verde la luz
del semáforo, y los
automovilistas que estaba detrás
nuestro tocaban furiosamente la
bocina.
-¡A mi no me vengás con prepo,
atorrante! -mi taxista le gritó
al de atrás, sacando medio
cuerpo por la ventanilla.
La respuesta fue inaudible, por
el concierto de bocinazos, y él
decidió ignorarla, siguiendo
pacíficamente nuestro viaje.
-¡En este país la gente ha
perdido los buenos modales!
-dijo, mientras volanteaba
furiosamente, esquivando
peatones que cruzaban la calle
por cualquier parte.
-Pero estábamos hablando de un
tema interesante -agregó el
chófer- Que en este mundo no
toda la gente es igual. Unos
nacen con estrella y otros nacen
estrellados, como bien dice el
refrán.
-Esa fue siempre mi opinión,
señor.
-No me llamés así, que está
empezando a brotar una amistad.
Mi nombre de pila es Julián.
Como el de un tangazo que
siempre cantaba mi mamá.
Y entrecerrando los ojos, recitó
su letra inmortal:
"¿Por qué me dejaste, mi lindo
Julián?
Tu negra se muere de pena y de
afán...
En aquel cuartito nadie más
entró,
y paso las horas llorando tu
amor."
-¡Qué nostalgia llevan esos
versos! -repuse, para ganar
puntos.
-¿Te emocionaste, flaco?- dijo
el tachero, casi enjugando una
lágrima -pará que te doy un
abrazo, antes de seguir viaje.
Y uniendo la acción a la
palabra, clavó los frenos, abrió
la puerta, se bajó del auto,
metió medio cuerpo en la parte
trasera, y me palmeó los hombros
con suma cordialidad. Luego
repitió la maniobra en sentido
inverso, amenazando con el puño
en alto a los coches que tocaban
la bocina, detrás nuestro.
-Ya te lo dije, hermano: ¡La
gente ha perdido los buenos
modales, en Buenos Aires!
-comentó.
-Son unos brutos, y no hay que
hacerles caso -dije para mostrar
solidaridad, así aquel loco
seguía el viaje, de una vez por
todas.
-¿Pero te gusta la letra de ese
tango, che?
-Sí, dije yo.
-Se ve que sos decente.
-Gracias.
-¿Cómo te llamás?
-Manuel.
-Entonces podemos cantarlo
juntos, viejo. ¿Te animás? Como
en el caraoke, pero sin música.
-No sé...
-¡Dale, Manolo! -gritó el
tachero, con una gran sonrisa.
Y sin decir más nada cantaba a
viva voz, transido de emoción:
"¿Por qué me dejaste, mi lindo
Julián?
Tu negra se muere, de pena y de
afán..."
Yo estaba perplejo, mirándolo
con la boca abierta. Lo cual al
hombre no debe haberle gustado
nada, porque metió un frenazo,
al tiempo que me increpaba:
-¿Vas a cantar o no, carajo? ¿O
estás tomando en joda la memoria
de mi vieja, que en paz
descanse?
El reclamo era apremiante, así
que a pesar de que sólo estoy
acostumbrado a ejercer el oficio
de tenor bajo la ducha, también
empecé a cantar. Con alma y
vida. Como si enfrentara a una
orquesta de cien maestros frente
al mismísimo auditorio del
Colón. A voz en cuello, para
terminar aquel viaje, que ya me
parecía una pesadilla. E íbamos
los dos, llenando de sentimiento
las calles de mi ciudad.
En eso, llegamos a una senda
peatonal
-Oia, mamá, debe ser gente de la
farádula -dijo una minusa que
iba cruzando la calle. Para
morfársela de un solo mordisco,
si vamos a batir la justa.
90-65-90, por lo menos. Con
tacos altos y polleras cortitas.
Mostrando el ombligo, como se
usa ahora.
-No, Porota, -contestó la madre,
una rubia que parecía hermana
melliza de Marilyn Monroe- son
dos taras en pedo que andan
haciendo despelote. Dejá que
aparezca la cana y los haga
soplar. El que maneja apoliya en
cafúa, y al otro lo despabilan a
sopapos, antes de tirarlo al
río.
-¿Y los derechos humanos?
-preguntó Julián, que había
escuchado el diálogo.
-De eso solamente se habla
cuando a los botones se les va
la mano, dije yo.
Pero las minas me escucharon.
-Estos curdas no son tan boludos
como parecen -dijo la nena.
Yo no podía pensar claro,
viéndola caminar contorneándose
como los jazmines del Rosedal,
cuando los besa una brisa de
primavera. Y nos quedamos
callados, porque dos naifas así
dejaban un vacío imposible de
llenar con música.
"Para mí, para vos..." sacudían
el físico, las fulanas!
Entonces la mamá me echó un
vistazo, y yo le guiñé el ojo.
-¡No sea atrevido, joven! -dijo
ella, protocolarmente.
-Perdón, pero ustedes son dos
hadas de ensueño, y es imposible
mantener el control de las
palabras... -contesté.
Ella esbozó una sonrisa
entradora.
-¿Qué va a decir papá? -preguntó
la nena.
-¡Hay que vivir la vida! -dijo
mamá.
Al ratito nomás íbamos todos
cantando juntos, rumbo a un
carrito de la Costanera, porque
el tachero quería ver los
aviones del Aeroparque. Es que
en lo más íntimo de sus
fantasías, siempre había querido
ser aviador. Y aquellos compases
sellaron nuestra amistad bajo
una inmensa luna de verano, que
dejaba su huella plateada sobre
las aguas del río.
"¿Por qué me dejaste, mi lindo
Julián?
Tu negra se muere, de pena y de
afán..."
-tarareamos con el primer
brindis.
Cómo terminó aquel viaje en
taxi, se lo puede imaginar Vd.
Un final inesperado, que me hizo
llegar a casa mucho después del
postre. Cuando las visitas se
habían vuelto a su domicilio,
hartas de tomar mate, y la
familia apoliyaba tranqui. Hasta
los perros se habían ido al mazo
cuando yo llegué. Es un recuerdo
que con el tiempo se ha
desdibujado. Pero nunca voy a
olvidarme que entré a mi pieza
tarareando un tango. Julián a
veces me llama por teléfono para
saludar.
-¿Te acordás, hermano?
-¡Ponéle la firma! -dije,
pensando que en Estocolmo jamás
hubiera ocurrido una cosa igual.
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El
amasijo" se publica regularmente
en 32 medios de 10 países.
paginadigital
|
|
  |
|
Ir al principio,
|
|
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica |
|
|