con el
asesoramiento de la Dra. Alicia
Schonholz
Resumen
del Capítulo I
El sueño de mi vida fue siempre
hacerme invisible, así podía
junar al minaje en el vestuario
del club sin que me bajaran a
tortas. Otra razón era que en
vez de laburar, hubiera
alcanzado con meterme en
cualquier banco chapando toda la
guita que encontrara a mano, sin
tener que entrar en discusiones
sobre el derecho de propiedad.
La cosa era cómo lograr ese
estado ideal. Fui a la farmacia,
y compré un tecito de yuyos que
me habían recomendado, pero no
dio resultado. Entonces creí
oportuno visitar a una figura
respetada de mi barrio, capaz de
solucionar cualquier problema
por una discreta donación. Doña
Clota, la curandera, persona muy
bien relacionada con las
matufias del más allá.
Lo que ocurrió después
Apenas me senté frente a la mesa
en que estaba la bola de
cristal, la sabia empezó a
rezar. Primero como un susurro,
después a grito limpio, mientras
se tiraba del pelo y golpeaba el
piso de ladrillos con la punta
del bastón. El gato negro
trepaba por los muebles, y los
perros aullaban lúgubremente,
azuzados por las ánimas en pena.
Entonces ella se puso a cantar
salmos, a viva voz. Después echó
agua bendita con una cacerola,
cuidando que aquella cubriera
todos los rincones del
consultorio.
-Pa' congraciarse con la Dijunta
-había dicho.
-Al ratito metió un crucifijo en
una ensaladera con perfume de
olor dulzón.
-Pa' vos, Ceferino -exclamó,
poniendo los ojos en blanco.
Finalmente hubo invocaciones a
otras imágenes de gran poder.
Perón, Maradona, y la Madre
María, por ejemplo. Sin faltar
un minuto de recogimiento en
homenaje a Pancho Sierra, el
milagrero de Salto, tan mal
visto por los burócratas de
Roma, que manejan las
promociones del otro mundo.
-¡Abracadabra, pata de cabra!
-dijo doña Clota, con voz
misteriosa.
-¡Mamita querida! -alcancé a
decir yo, mientras los postigos
de la ventana iniciaban un
concierto infernal, de golpes
contra el marco.
-¡Esa es la señal! -gritó la
vieja, poniéndose de pie.
-¿Cómo dijo?
-¡Que nos han escuchado...! Te
veo cada vez más borroso, che.
Dame los veinticinco mangos de
honorarios antes de que la guita
también se haga invisible.
-Pero señora... Debe andar con
los anteojos sucios, porque yo
me veo igual que siempre. Las
manos, los pantalones, los
tamangos, qué sé yo.
-Vos te podés ver porque sos el
paciente, pero nadie te ve a
vos.
-¿Me hice invisible, entonces,
doña Clota?
-Así es, querido. Masticáte unas
hojitas de mastuerzo con sal
todas las tardes, para conservar
la gracia. Y que tengas suerte
en tu nueva situación.
Yo me puse de pié como movido
por un resorte, y salí a la
calle. Caminé un ratito, y por
fin me tomé el subte, loco de
contento. Pero con tantas
emociones, ese día se me habían
ido las ganas de laburar. Así
que encendí el móvil, mientras
craneaba cualquier globo para
disfrutar la rata.
-Estoy con fiebre, señor jefe...
-Que te mejores, che.
Un problema menos, pero había
que volver enseguida al
domicilio legal, por si aparecía
algún olfa del departamento
médico. ¡Qué lorca estaba
haciendo esa mañana, mamma mía!
Me bajé en la primera parada, y
tomé el tren de vuelta hasta
Avenida La Plata.
Pero esa mañana estaba escrito
que, con 32 grados a la sombra,
mi destino iba a salirse de
curso. Entonces, me empezó a
titilar la luz roja del tablero.
¿Para qué preocuparse por la
canícula si, siendo invisible,
podía sacarme la ropa y seguir
piola, sin ofender a nadie?
Primero tiré la musculosa
adentro de un tacho de basura.
Después me saqué los pantalones,
y me los puse abajo del brazo.
Pero molestaba andar con carga,
así que no pasaron muchos metros
hasta que los metí en un buzón.
Y si me había sacado todo, no
hallé razones para dejarme
puestos los calzoncillos. Así
que los colgué del manubrio de
una moto que estaba estacionada
en la vedera. Sacándole un
cachito de brillo, por
costumbre, como hago con la
motoneta del Juan, cuando me la
presta para ir de levante.
-¡Oia, mamá...! -dijo un nene de
cuatro años- ¡Un hombre desnudo
lavando la moto en la calle!
-¡Qué degenerado...! ¡Mire para
otra parte, che!
En eso pasaron dos pebetas con
tacos altos, minis cortitas,
blusa escotada y la panza al
aire, como se usa ahora. Un
despelote de hembras, hablando
mal y pronto. Y yo, tenía
corazón. Así que sentí una
descarga eléctrica, que casi más
me hizo aterrizar de busarda en
el pavimento. Las minas deben
haber presentido algo, porque
ahicito nomás empezaron juá, juá,
juá.
-¡Mirá, Liliana...! ¡Un tipo en
bolas!
-¿A vos te parece que será un
colifa?
-No, deben estarlo filmando para
una película de propaganda
europea, de esas que hacen por
todo Buenos Aires.
-Ya te entiendo. Extravagancias
de los forjadores de imagen.
-¿Imagen en pelotas?
-No sé...
-¿Un actor porno, entonces?
-Para eso hay que estar mejor
dotado. Un nudista buscando
empleo, a lo mejor.
-Capaz que va a una de esas
concentraciones donde les sacan
fotos en bolas a miles de tipos
juntos.
-Tipos y tipas.
-Ya no hay respeto por nada,
che!
-Dale, flaca...No te hagás la
monjita y vamos. ¡Es divertido y
siempre se levanta algo!
-Entonces tiremos las pilchas,
que como son bien pocas, no hay
peligro de contaminación
ambiental.
-¿Los tamangos también?
-Esos no, que son de Scarlet.
"¡Vaya par de locas!", pensé yo,
viéndolas venir corriendo
desnudas atrás mío.
"Para mí, para vos, para ninguno
de los dos", un decir.
El bueno de Darwin nos ha
enseñado que el hombre desciende
del mono. Y todos sabemos que
los monitos son maestros en el
arte de imitar. De ésto a
contarles lo que pasó esa
mañana, no hay más que un paso.
La gente nos alentaba, y cada
vez más transeúntes se ponían
como habían andado nuestros
ancestros en el paraíso
terrenal. Así que a las dos
cuadras ya éramos una barra como
de veinticinco participantes.
"Una maratón de nudistas
sorprende a la ciudad", puso
Clarín en sus vidrieras.
Y al rato la gente hacía
grupitos para comentar la
noticia. Una colección de notas
profusamente ilustradas, ahora
que cualquiera es fotógrafo, con
los teléfonos móviles.
"Mejor que mirar, es tocar",
dice el refrán. Y yo me quedé
patidifuso cuando pasó delante
mío una minusa sacudiendo las
caderas que daba calambre, daba.
-¡Venga con su papito...! -dije,
movido por irrefrenable
inspiración, mientras le robaba
una caricia atrevida.
La respuesta demolió mis
ilusiones.
-¡Degenerado, en pelotas y
tocándoles el culo a las
mujeres!
Yo la miré a los ojos, y dije "je,
je", porque a pesar de la
bronca, ella no podía verme.
Raro el carterazo que me encajó
en plena facha. Debe haberlo
disparado siguiendo mi perfil
acústico. Después apareció un
cana.
-¡Documentos! -dijo.
Yo me quedé en el molde.
-¡A vos te hablo, atorrante!
-repitió la autoridad
Pero como yo era invisible no
entendí a quien se dirigía. Así
que miré alrededor. Los nudistas
echaban chispas por la
interrupción de aquella marcha.
Y uno amenazó con quejarse al
defensor del pueblo. Menudo lío
se iba a armar, cuando tomara
cartas la Asociación Naturista
Internacional. LA ONU, la OTAN,
UNICEF, qué sé yo. Y ante
semejante presión, el cana dio
marcha atrás. Entonces los
concurrentes aprovecharon para
arrancarle el uniforme, y
dejarlo como Adán antes de ir al
sastre.
-¡Bienvenido al destape
nacional! -dijo una señora
haciendo pantalla con las manos,
para que la oyeran mejor.
Poco más allá, una pared recién
garabateada proclamaba consignas
siempre actuales.
"Sin corpiño y sin calzón"
-decía- "semos todas de Perón".
En resumen, no se queden más con
la boca abierta cuando vayan a
las playas brasileñas, mis
queridos lectores. La guerra por
tomar sol a pura piel, empezó
como la cumbia villera. En el
cuore mismo de mi ciudad. Porque
lo que vale es la pinta, y
forjadores de imagen siempre
habrá.
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
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La serie quincenal "El
amasijo" se publica regularmente
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