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El amasijo
Los forjadores de
imagen
Drama en dos entregas, Capítulo
I (Donde se habla de ser o no
ser)
Por: John Argerich
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¿Cuando yo era péndex tenía un
berretín. Ser invisible. Porque
había leído unas historias
bárbaras de ñatos que podían
junar las naifas sin despertar
sospechas, mientras ellas se
duchaban en el club, y eso era
un plato di cardinale. Una
vocación irrefrenable, que se
hacía presente en todos los
momentos importantes de mi vida.
Inclusive en el laburo, a pesar
del control antifantasía que
hacían los olfas de Producción,
no fuera que de tanto darle al
coco, uno terminara haciéndose
comunista.
-Hoy las cosas van diez puntos,
pero debemos pensar en el futuro
-dijo la supervisora en un
descanso, mientras preparábamos
el mate cocido -¿Qué querrían
ser Vds. cuando tengan diez años
más?
-Yo, ser aviador -contestó el
Mono Fraboschi.
-Yo quiero ser jugador de fóbal
-dijo el flaco Maldonado.
-Fútbol se dice -corrigió un
capataz que había estudiado
alineación de tuercas en la
Central de Miami, todo un
pensador.
La respuesta demostró con qué
velocidad se iba logrando un
plantel bilingüe.
-Okey, boys, fúlbo, entonces
-repitieron a coro los operarios
más piolas del plantel.
-¿Y vos qué has pensado ser,
Fernández?
-Yo quiero ser donante de
sangre.
-Con una especialidad así, no
parás la olla, gilandrún... -se
oyó decir a un espíritu
práctico, desde la puerta.
-Entonces me hago domador de
fieras.
-¡Eso demuestra un valor a toda
prueba! -comentó la delegada
sindical, orgullosa por la
estirpe de hombres que tenía en
su grupo, destinados a manejar
un día el sindicato.
-To be or not to be... -comentó
un gringo que por allí pasaba.
Todos lo miraron con el respeto
que merecen los que hablan en
inglés. Salvo un servidor, cada
vez más indignado por tener que
seguir escuchando pelotudeces.
-Vea, doña Sofi -dije con facha
desencajada- Yo voy a poder
vivir aventuras mucho más
emocionantes que ese boludo, y
con bien poca molestia.
-¡Cerrá la escupidera, chauchón!
-contestaron los hermanitos
Cachafeiro, unos ursos que
medían como un metro noventa de
estatura, con apenas diecinueve
pirulos recién cumplidos.
-¿Más emocionante que domador de
fieras? Se ve que este salame
nunca fue al Gran Circo
Sudamericano, che.
Pero el bomboncito que teníamos
como delegada gremial, seguía
anidando dudas sobre mi futuro.
Más inquieta que ratón en
quesería, un decir.
-No termino de entender qué
pensás hacer en los próximos
diez años -rezongó, como
increpándome, mientras cruzaba
las de andar entre suspiros del
personal masculino en estado de
celibato.
-No me hagás repetir cosas
viejas, piruja -dije- Yo quiero
ser invisible. A vos ya te lo
dije, y mi mamá también lo sabe.
-Cuando me lo contaste, creí que
era en broma...
-Lo que te digo no tiene nada de
joda, porque estoy seguro de mi
vocación. Cuando me raje de
aquí, yo solamente quiero
hacerme invisible. Ese fue
siempre mi gran berretín.
Hubo un momento de desconcierto
en el taller.
-¿Y por qué querés ser
invisible? -peguntó por fin la
mina, intrigadísima por lo
insólito de mis aspiraciones
-Solamente podrías laburar en un
circo, y si no te ven, nadie te
aporta un fasul.
-Ahí está el error de tu
razonamiento, che. Si soy
invisible no tengo que laburar.
Cuando preciso guita entro al
banco, me agarro unos mangos, y
¡a disfrutar la volada! Total,
todo queda entre nosotros.
-Eso es un delito, che. Sería
tristísimo haber hecho tantas
horas extra, para terminar en
cafúa.
"A mí no me den consejos" -dije
yo con cara de piola, y le canté
las cuarenta, al compás de un
viejo tango- "¡Démen guita,
mucha guita, que así será
mejor!"
-¡Oia, mi dió! -exclamaron los
Cachafeiro- Este coso pierde
aceite por el balero... ¿Se cree
que es Carlitos Gardel, ahora?
-Tein a mente fallada -comentó
un negrito con acento portugués.
-¡Pará la mano, macaco! -le
sacudí sin dejarlo acabar la
frase- Sólo falta que las
críticas las hagan ustedes, que
vienen a sacarle el laburo a
uno, como dicen en el café donde
paro.
-¡Basta de discutir y laburen!
-chilló la Sofi.
Y así pasaron las horas, sonando
por fin el timbre que nos
mandaría a baraja.
-¡Hasta mañana, señora delegada!
-¡Hasta mañana, compañeros!
Pero el conflicto había dejado
profundas huellas en mi corazón.
¿Era posible que la sociedad no
entendiera que un joven
veinteañero pueda soñar con
culminar su carrera haciéndose
invisible? ¿Dónde estaba el
respeto por mis ideales? ¿Dónde
había ido a parar mi libertad de
elección? ¿Así protegía la ley
mis derechos humanos? Muchas
preguntas sin respuesta, que me
hicieron poner en duda el
futuro. Por eso al pasar frente
a la casa de doña Clota, la
curandera, tuve una inspiración
que cambió mi vida. Algo me
tiraba hacia adentro.
-¿Que querés, pibe? -preguntó la
vieja.
-Consultarla sobre un
problemita- respondí.
-Tá güeno, pero yo no trabajo
gratis.
-Tengo ahorrados veinticinco
mangos, señora.
-Entonces, pasá nomás.
Nos sentamos frente a una mesita
triangular, en la que había una
bola de cristal y una lechuza
embalsamada. En las paredes,
fotos de Ceferino Namuncurá,
Perón, Maradona, Pancho Sierra y
la Madre María. En el aire, un
tufo espeso de incienso mezclado
con humedad.
-¿Qué te está pasando, m'hijo?
-dijo la vieja.
Yo le conté mi drama. Quería ser
invisible, y había tomado un
tecito de yuyos que me
recomendaron en la farmacia,
pero nada. Había ido caminando
hasta Luján. Le llevé agua a la
Difunta, y tampoco ocurrió el
milagro. Estaba desesperado, sin
saber cómo solucionar mi gran
problema.
-Yo te lo arreglo por veinte
mangos.
-¿Se puede pagar en cuotas
mensuales?
-Si, pero en dólares, con el uno
y medio mensual.
-Ni una palabra más.
-Entonces volvé mañana temprano,
pero dejáme algo, para comprar
velas.
-Sírvase.
Me tomé el bondi de todas las
tardes, y al ratito estaba en
casa. Cansado de tanta malaria,
pero alentando una esperanza. A
lo mejor doña Clota le
encontraba la vuelta a mi
entuerto. Y me puse a soñar con
bancos y cajas fuertes.
Vestuarios para damas y este
valor sentado en una esquina,
sacando fotos del chou. Casas de
moda, piscinas populares, el
vestuario de la fábrica. En
todas partes cabía un hombre
invisible, sin molestar. Esa
noche no pegué un ojo, soñando
despierto con la llave de la
felicidad, que iba a obtener por
la módica de veinte nacionales.
Lo que se dice un pichinchón.
"¡Cliing... cliing... cliing...!",
chilló el reloj, anunciando la
mañana con tosudez digna de
mejor causa.
Yo me levanté como un tiro, y en
vez de ir al laburo, enfilé a lo
de doña Clota. Allá estaba ella,
sacándole lustre a una cacerola,
en la puerta de su casa.
-Buenas -dije
-¿Trajiste los veinte mangos?
-Si, señora.
-Entonces, pasá al salón.
Una cosa estaba clara: Había
llegado la hora de la verdad.
"Crach, crach", hizo la lechuza
embalsamada.
Las cosas pintaban bien, pero no
nos engañemos. Los interrogantes
sobre mi futuro eran más que las
certezas, porque como está el
país, ya ni las curanderas son
de confianza.
¿Se concretará por fin mi sueño
de hacerme invisible?
¿Ganaré tanta guita para bañarme
todas las mattinas en champán?
¿Terminaré harto de junar las
ricuritas más sabrosuchas de la
Creación?
Lea el próximo número, y lo
sabrá.
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El
amasijo" se publica regularmente
en 32 medios de 10 países.
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