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El amasijo
Reivindicando a
las rubias
(Donde
se las defiende con frenesí)
Por: John Argerich
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Hace poco leí la opinión de un
colega insigne, sustentando
ideas con que disiento a rabiar.
"A mí no me gustan las rubias",
decía el loco, en un juicio
valorativo apto para la
historia. Es decir, si
alcanzamos sus umbrales antes de
producirse una reacción popular
que lo deje pintado al bleque.
"¡Qué balurdo tiene en el coco
este paisano!", pensé yo.
Es que hablando mal y pronto, no
podía creer lo que estaba
leyendo. Y después del primer
sacudón, me puse a fantasear con
la imagen de unos churros
notables que no conozco
personalmente, pero como los veo
tanto en la tele, ya es como si
fuéramos de la familia. Paris
Hilton, Anita Ekberg y la
princesa Madeleine, por ejemplo.
Entonces decidí escribir una
contraofensiva como acto de
desagravio, porque las pobres
minas están que matan, y no es
justo darles vuelta la cara
porque sí. Ni hablar de la
finadita Monroe o de su
competidora Brigitte Bardot, que
otrora revolucionaron nuestros
corazones aún imberbes. Recuerde
Vd. a Marilyn, si no, en esa
foto toda despatarrada sobre un
paño de terciopelo rojo, que dio
al vuelta al mundo, y hasta el
día de hoy nos hace suspirar.
¡Otra que la topless! Ese fue el
destape que las revistas para
caballeros bautizaron como "no-less".
Pura pechuga y pata de
exportación, a ver si pescan.
De la heredera de la cadena
Hilton no les cuento nada,
porque seguro que la conocen
mejor que yo. Medio flaca pero
contundente gracias a la biaba
de silicona que se dió con el
aguinaldo. Y muy afecta a
ventilarse por los cuatro
costados, para locura de amigos
y conocidos. Pero como los que
se destacan no conforman nunca a
todo el mundo, la pobrecita
tiene un tremendo lobby de
contreras. El sindicato de
fabricantes de ropa interior,
que la mira como si encarnara la
propia quinta columna. O sea un
ejemplo que de hacerse popular,
dejaría al gremio en Pampa y la
vía. Así contaba otra rubia que
me pone nervioso de mirarla en
fotos, nomás. La lechuguita de
Madonna, un bombón con varias
campañas en el libro de
bitácora. Pero sin despreciar lo
presente, una hembra de mi flor.
Por eso vuelvo a preguntarme.
¿Ese loco que defenestra a las
rubias, habrá tenido alguna
relación en vivo y en directo
con ellas, o andará mal de la
vista? ¿Tendrá seso en el melón?
¿Se le habrá acabado la
testosterona, o habría
desayunado con cianuro la mañana
que escribió ese artículo?
Porque ejemplos de calidad
sobran entre las rubias.
Mire si no el caso de Anita
Ekberg, que el que más, el que
menos, todos nos agarramos
alguna vuelta un rebruto metejón
con sus contornos. Una rubia
impresionante, blindada contra
el pirulaje asesino. Como los
trajes de Roveda. El tiempo
pasa, y Anita queda.
Pero hay mucho más que decir.
Por ejemplo, está el caso de la
princesa de mi patria adoptiva,
el churro de Madeleine, también
conocida como Magdalena de
Suecia. Una rubia espectacular,
que si tiene sangre azul no se
le nota, porque es de una
blancura rosadita para dejar
piantado de los nervios al más
bacán. Me dirán que el ejemplo
no sirve, porque su origen era
una garantía desde el vamos,
porque salvo raras excepciones,
las suecas en edad de merecer
todas están rebien. "¿Y por qué
están rebien?", dirán algunos.
La contraflor cae por su propio
peso. Porque son unas rubias
espectaculares, que de intelecto
hablaremos en otra oportunidad.
Aunque, dicho sea sin mala
intención, no deja de
sorprenderme que un rey tan feo
y cartonazo como el papá haya
tenido mesejante cría. Vaya Vd.
a Estocolmo a catar la merca, si
no me cree. La primera vuelta
que estuve allá sentí que los
ojos me pegaban saltos adentro
de las órbitas, y el corazón me
sacudía las arterias, sin saber
hacia dónde enfocar. Era verano,
cuando el minaje muestra sus
encantos sin compadecerse por
uno. "Para mí, para vos, para
ninguno de los dos", parecía ir
diciendo la generosa anatomía
del un sexo que le dicen "débil"
de pura desfachatez. Y para que
vean cómo viene la mano a veces,
al atravesar las murallas vi a
la princesita entrando en una
festichola del Premio Nobel. Y
se había puesto un vestido de
fiesta con escote de infarto tan
imponente, que mis principios
republicanos hicieron crisis.
"¡Viva la princesa!", quise
gritar, pero preocupado como
estaba con ese artículo, se me
trabucó la luenga, y salió
"¡Vivan las rubias, carajo!"
-antes de que un par de ursos me
bajaran del candelero.
-¡Chupamedias del establishment!
-dijo un morocho, sin ocultar su
indignación.
Y enseguida surgió un debate.
-¡Basta de balabra hueca,
baisano! -gritó un turco- ¡Que
si no fuera por la tintura,
Fátima la basaba al cuarto a tu
brincesa!
Yo repuse enardecido que la
pricesita era rubia natural, y
que de Fátima ni me hablara,
porque las turcas son un
peligro, tapadas hasta el gorro.
El día del casorio te encajan
cualquier escracho que apenas si
llega a cuarta, y cuando a la
mañana siguiente querés
quejarte, en la mezquita no te
dan bola. Dicho en buen romance:
Despedite de los mangos que
formaste y no te hagás el piola
con los derechos del hombre,
porque la familia de ella te
declara la guerra santa y sos
boleta.
El turco estaba embaladísimo con
mis argumentos, porque sabía que
le estaban batiendo la justa y
me clavaba unos ojos negros
impregnados de sangre. Pero
entre pitos y flautas se había
hecho medio tarde, así que la
tuerca venía robusta, y empezaba
a hacerse sentir.
"¡Diez bajo cero, al menos!,
pensé.
El diálogo había terminado, y de
seguir la conversa, capaz
acabábamos todos en galera. Así
que me tomé el once, y rajé a
patacón por cuadra. Meta pensar
en las rubias, porque el
berretín que llevaba encima no
se me iba, después de esa
discusión. Todas pasaron por mi
mente. La Rubia Mireya, la
pulpera de Santa Lucía, Evita
Duarte, qué sé yo. Y con el
embale que llevaba, pensé que
hasta la Difunta Correa debe
haber sido rubia. De la Virgen
María ni hablar, con el cóctel
genético que cualquier palestino
lleva en las venas. Era creer o
reventar, che. Todas las minas
con cierto protagonismo que me
pasaban por la pensadora,
peinaban cabellos tan dorados
como el sol de la bandera que
Belgrano nos legó. Dorados y
platinados, que son los que se
han puesto de moda últimamente.
O sea, lo que va del agua
oxigenada a la tintura buena.
Primero y tercer mundos, un
decir. Y con el coco distraído
en estas cuestiones, no me
percaté de que media cuadra
atrás me venía siguiendo una
pandilla de forajidos.
-¡Vení acá, cabeza negra, que te
vamos a dar una lección de sueco
para inmigrantes! -gritó uno,
que hacía de punta.
El corazón casi me se para en
seco. ¡Eran los punks! Y por más
ganador que uno haya venido al
mundo, si te chapan te hacen
pomada. Noches de Estocolmo en
que mueren los principios, y
solamente cuenta el número. Ya
cantaron un problema afín los
santos cruzados del medioevo con
la denuncia de sus guitarras,
cuando se sentaban frente al
fogón:
Vinieron los sarracenos
y nos molieron a palos...
-decían-
¡Que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos!
No había dónde guarecerse, y
llamando al 112 con acento
latino vas muerto, porque si no
da ocupado y vienen los azules,
su primer instinto va ser
amasijarte a vos. Después
quejate a Magoya, o al defensor
del pueblo si te parece, que ese
es un derecho constitucional. Te
van a pedir disculpas, pero los
casotes y garrotazos que te
chupaste en la volada, no te los
saca ni Cristo.
-¡Vení para acá, morocho! -dijo,
de pronto, una voz femenina.
Miré queriendo ver algo en la
oscuridad de las paredes grises
de aquel barrio fantasma, como
son todos los barrios suecos
después de las 20 horas, sin un
alma en la calle, pero no vi
nada.
-¡Vení, boludo, que te hacen
pomada! -insistió aquella la
voz, en un tono más imperioso.
Miré de nuevo hacia la negrura,
y entonces pude distinguir una
rayita de luz, como filtrándose
por una puerta entornada.
-Entrá y pongamos la tranca
-dijo ella.
-¿Nos encontraste otro papá,
vieja? -preguntaban con
insistencia los nenes.
Kerstin me miró en silencio y yo
le devolví la mirada,
agradecido. Afuera los punks
rompían todo el barrio, en el
berretín de buscarme. Pero yo
había llegado a buen puerto, en
casa de ese minón. Una rubia
dotada de impresionantes
martonas que sacudía con
firmeza, a pesar de sus
cuarenta. Toda una valkiria.
-¿No será otro borracho, como el
de la semana pasada? -gritó una
señora mayor.
Yo preferí callarme, porque mi
posición no era de fuerza, y
miré alredor con una morisqueta
que podía ser sonrisa. Ahí
estaban los tres nenes, el perro
y la mamá, mirando televisión.
-¿Querés comer? -dijo la rubia-
Cuando ellos se acuesten,
podemos convesar para conocernos
mejor. Ahora dejémosles
disfrutar de la tele.
Yo dije que sí, y a la noche el
horno no estaba pa' bollos, con
el atraso que los dos llevábamos
encima. La conversa fueron más
bien grititos, soplidos y
monosílabos. Teníamos toda la
vida por delante para charlar,
dijo ella. Al día siguiente pasó
igual, y ya me estoy
acostumbrando a la nueva
relación. Hechos, y no palabras,
dice el refrán. Trabajo cuando
la guita del Social se acaba, y
con lo que le dan a ella alcanza
para morfar. O sea que la
relación está cada vez más
linda. ¡Rubio tenía que ser mi
ángel guardián!
-¿Querés un tecito, Cacho?
Por eso pienso que el que
escribió esa diatriba contra las
rubias no conoció bien a
ninguna. Ningún paisano puede
ser tan pajarón.
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 32
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