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El amasijo
Laguerra del pudor
(Donde se habla de taparnos
hasta el jopo, o no)
Por: John Argerich
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Que la historia humana empezó en
bolas, es una cosa que nadie en
su sano juicio se pondría a
discutir. Y como ateos y
chupacirios es lo único en que
están de acuerdo, aceptaremos
que así fue. En otras palabras,
si nuestra estirpe descienda del
mono, a nadie se le iba a
ocurrir que sus antepasados
visitaran la sastrería antes de
bajarse de los árboles. Pero
siendo nuestra especie obra de
un dios creador, el trámite
habría sido mucho más difícil.
Es que antes de la creación no
había donde comprar nada. Ni
negocios de pilchas, ni el
Ejército de Salvación para
prendas baratas de segunda mano.
Ni velorios, donde pedigüeñar a
la viuda.
-¿Me da alguna cosita del finado
como recuerdo, doña Milagros?
-Sacá del ropero todo lo que te
haga falta.
-Espere, que voy a buscar el
baúl.
-¡Nos madrugó, muchachos! -dijo
un vecino que había ido con sus
tres hijos- Otra vez será.
Dicho de otro modo: La gente
vive pensando en lo que se va a
poner.
-¡Ahí viene la Margarita! -dijo
una gorda- Pilchas nuevas, otra
vez...
-¿Diánde saca la mosca pa' tanto
como destaca? ¿Querés batírmela,
che?
-Es una loca, doña Herminia. Al
tranquito por Corrientes, debe
ser.
Pero volvamos a la historia
antigua. Creados por un toque de
la varita mágica que blandía el
hacedor, salidos de un zapallo,
o saltando de rama en rama, la
verdad de la milanesa es que los
inviernos son muy fríos para
andar en bolas por la calle.
Entonces la gente empezó a
procurarse prendas que
combinaran lo elegante con lo
práctico. La primera elección
fue pieles de oso para los
varones, y de visón para las
damas.
En verano, plumas. Y con el
correr de los años apareció la
industria textil. Primero todos
andaban metidos adentro de unos
tubos como bolsas de papas con
agujeros para cabeza y brazos.
Pero las modas no duran, y
aparecieron las túnicas romanas.
Después, para evitar equívocos,
los hombres se hicieron
confeccionar pantalones, y las
señoras empezaron a mostrar todo
lo que se podía exhibir sin
aterrizar en la hoguera. Así
empezó el juego del subibaja.
Una vuelta las polleras largas
hasta el suelo, al rato cortitas
mostrando las bombachas. Una
vuelta vestidos cerrados hasta
el cogote, tipo Mao, y al año
siguiente unos escotes para
dejar chicato al más pintáu.
-¡No se deschave, mija!
-Tranqui, viejo, es la moda de
París.
Y como es lógico, la batalla por
destacar la percha propia de la
persona, no podía limitarse al
ámbito de la ciudad. O sea que
una feroz guerra de modelitos
invadió el espacio marítimo y
fluvial. Sabemos que en la
antigüedad la gente no se
bañaba, por considerarlo
peligroso para la piel. Pero un
día se hundió el acorazado
Potemkin, y apenas se salvaron
los que sabían nadar. De
entonces son los primeros
cambios al refranero. "El que
llora se desahoga" -decían las
viejas. Pero visto lo ocurrido,
la gente le dio un giro más
utilitario al refrán.
-"El que nada, no se ahoga",
che.
Sin embargo, había mucha
distancia entre la teoría y la
práctica. Ahora todos aceptaban
que mojarse era bueno, pero
surgían dudas en cuanto al
equipo necesario para encarar la
aventura.
-¿Llevaremos a la playa las
sombrillas con que salimos a
caminar?
-Ni se te ocurra, mamá, porque
nos van a tomar por unas locas
buscando guerra.
Por fin, aparecieron los trajes
de baño que hicieron suspirar de
ansiedad a nuestros ancestros.
Mangas hasta el codo, escote
cerrado en la base del cuello, y
polleritas con volados. Bajo lo
cual iba un pantalón tipo
pirata, que exhibía sin pudor
las pantorrillas.
"De Cádiz a Vigo de un salto
llegué...
¡Tan sólo por verte la punta del
pié!"
-decía la copla.
Así que si los gaitas se
mandaban mesejante viajón para
mirarles el dedo gordo a las
manolas, piense Vd. lo que
sucedería poniendo en Mar del
Plata centenares de curváceas
pantorrillas, sin atisbo de
pudor. Pero llegaron los años
20, y se derrumbó el entramado
de costumbres. La gente tomaba
whisky en vez de mate amargo,
las mujeres fumaban cigarrillos
con largas boquillas de carey, y
se cortaban el pelo "a la garçón",
como si fueran los canillitas
que vendían el diario.
Aparecieron escotes en la playa,
las espaldas dejaron de ser
terra incógnita, los brazos
quedron al desnudo, y en vez de
polleritas con volados, parece
que a la final el sexo femenino
se había deschavado. Gambas y
más gambas, exhibidas hasta la
línea del "no pasarás". O del
"no pasariolas", pienso yo.
Mas lo bueno no dura, y después
de muchas escaramuzas, empezó la
guerra mundial. Cayeron
imperios, surgieron nuevas
naciones, pero cuando llegaba el
verano, seguía la joda de
siempre. Después otra guerra, y
todo terminó con las bombas de
Hiroshima, Nagasaki, y el atolón
de Bikini. Del dos piezas al
mini-mini sólo había que dar un
saltito, lo que fue bien visto
por las fuerzas de ocupación
porque corriendo tiempos
difíciles, se ahorraba género.
-Estás más explosiva que la
bomba de Bikini! -le dijo un
coronel a su secretaria mientras
tomaba sol en el balcón.
Y el nombrecito pegó.
"Vea las fotos de la nueva
sensación de Europa!", decían
los diarios. "¡El bikini!"
"¡Esté a la moda! Bikinis con la
bandera americana por 20
dólares."
"Bikinis rojos con una estrella
en el ombligo, para que los
camaradas no se confundan",
anunció Radio Moscú..
Ya no había que ir con la
mosqueta de paganini al cabaret,
para ver en directo a una fémina
bien dotada. Era el destape.
Como si para celebrar la
victoria, los aliados hubieran
puesto un cartel en cada ciudad
de Europa: "Damas gratis".
Y como siempre ocurre, tras dos
décadas de intemperie, lo que al
principio fue una prenda
escandalosa, terminó como ropa
de gimnasia en los colegios de
monjas. Después apareció Brigite
Bardot. Una mina despampanante,
pero medio desmemoriada, porque
cuando iba a tomar sol a Saint
Tropez siempre se olvidaba el
corpiño. La gente venía desde
París y Nueva York para junarla,
armándose unos despelotes de
órdago con la cana. Así fue como
un día tiró la chancleta y
apareció en la playa como su
mamá la había echado al mundo.
Al ratito nomás, por toda la
Costa Azul había centenares de
nudistas. Quisieron llevarlos
presos, pero los calabozos no
daban abasto, y tuvieron que
soltarlos. Habían ganado la
guerra del pudor, y en Europa
empezaron a aparecer carteles
que decían "Playa nudista,
prohibido usar traje de baño".
España, donde hasta hace poco,
las naifas se bañaban rezando el
rosario, fue puntera del
destape.
-¡Qué desfachatez! -exclamó una
señora gorda, al ver pasar dos
brutos ejemplares del sexo
opuesto, sin más ropa que unas
tangas diminutas.
-Nos hemos ido al otro extremo
-agregaron dos colegas, más feas
que un susto a media noche.
-Habría que prohibir los
desnudos, las tangas y el
topless.
-Juntemos firmas, para presentar
al Ayuntamiento.
-Fundemos una página webb.
-¡Firme el plebiscito! -gritaban
unos lorenzos, con pañuelo en la
cabeza y medias negras.
Y, como informa la prensa
diaria, presentaron un petitorio
para que se crearan "playas
decentes" donde ir con los
niños, así éstos no se enteraban
de que los hombres y las mujeres
son distintos. Donde los novios
platicaran sin peligros para su
vida espiritual. Donde los
viejos no se pusieran nerviosos,
y donde los seminaristas jugaran
estupendos partidos de fútbol,
asado incluido, sin arriesgar su
vocación.
-Ha sido un gran éxito! -decía
una de las promotoras.
-¿Recogieron muchas firmas?
-Diez mil.
-¿Y cuánta gente viene a la
costa?
-Cinco millones.
-¡Por algo se empieza, che!
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El
amasijo" se publica regularmente
en 32 medios de 10 países.
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