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El amasijo
Un boleto a
Palermo
(Donde se habla de cosas que
pasan mi ciudad)
Por: John Argerich
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Hace poco yo iba medio
apretujado, viajando en el
legendario colectivo 60. Un
piróscafo que casi da la vuelta
al mundo, y en horas pico hace
acto de presencia cada tres
minutos. Por la noche, cada
diez. La máquina de escupir
bondis con relojería suiza, para
batirla bien. Y una ruta
formidable: Constitución al
Tigre Hotel, con desvíos y
paradas de intercambio hacia los
cuatro puntos cardinales
-¡Corrasén al interior del
coche, señores pasajeros!
-vociferaba el chófer, medio
afetado por la calor.
Y un inspector con ropa
deportiva y gorra azul reforzó
esa orden.
-¡Adelante, que hay lugar!
Dos viejitos cargados de
bártulos para la venta
ambulante, intentaron resistir:
-Vamos muy apretados, señor...
-¡Si quiere lujo, viaje en tasi!
-sentenció el funcionario,
poniendo fin al debate.
Pero en este mundo no todo es
egoísmo, y entre los rudos
compases del tráfico automotor,
una radio a transistores colgada
de la ventanilla interpuso el
rezongo de mi ciudad.
"Cuando gastés los tamangos,
buscando ese mango
que te haga morfar..."
-lloraba el cantor.
Los ánimos empezaban a
caldearse, y el diálogo terminó
convirtiéndose en un intercambio
de alta sonoridad. A grito
limpio, un decir.
-¡Sáqueme ese paquete de la
cara, pedazo de bruto! -rugió
una señora gorda, que iba
sentada junto al pasillo.
-¡No me toque el culo, atrevido!
-dijo un churro con minis
coloradas, en plena edad de
merecer.
Pero si hemos de ser francos,
eso no fue nada. Porque de
pronto, la conversa se ahogó en
una gritería infernal que venía
del fondo.
-¡Sacáme la mano del bolsillo,
negro de mierda! -rugía un
gordinflón vestido con traje
azul a rayas blancas.
Sin embargo a veces las cosas
vienen con la pata izquierda, y
por más razones que lo
asistieran, su queja estaba
destinada a fracasar. Porque al
oírlo, se pusieron de pie tres
morochos más. Uno se acercó al
conductor, pistola en mano, y
poniéndole el fierro en la nuca,
le gritó con voz ronca que no
admitía réplica:
-Arrimáte despacito a la vedera,
y cerrá la puerta.
El inspector quiso abrir la
boca, pero su indignación fue
inútil, a la vista de un Colt 45
que lo hizo desistir.
-Señores pasajeros: ¡Esto es un
asalto! -exclamó el chorro que
llevaba la batuta.- ¡Entreguen
la guita, las joyas, los
celulares, y todo ojepto de
valor!
El golpe parecía bien planeado,
por la seguridad con que se
manejaban aquellos crápulas,
dando cada paso con espectacular
sangre fría. Así que en pocos
minutos habían desplumado al
pasaje, y ya estaban por ganar
la calle. Pero entonces, el
diablo metió la cola.
Arrinconado en la parte de atrás
del colectivo viajaba un barbudo
al que le habían sacado una
medallita de oro de la Virgen de
Luján. En zapatillas de jugar al
fóbal, y vistiendo pantalones
vaqueros viejos, una remera
blanca cruzada por la franja
roja de River Plate, y gorra
deportiva con la visera hacia
atrás. Quien, siendo hombre de
temple, presentó con vehemencia
su reclamo.
-Señores ladrones -dijo- Antes
de bajarse, exijo que me den un
recibo por las pertenencias de
que fui despojado.
-¿Lo qué?
-Para presentarlo al seguro,
señor.
-¡Rajá, colifa!
Esa fue la gota necesaria para
colmar el vaso. Pues Raulito
Chilibroste acababa de salir del
Hospital Neuropsiquiátrico, y no
soportaba que nadie pusiera en
duda su recuperado buen juicio,
que le dio la libertad. Por eso
siempre llevaba consigo una
honda, con declarados fines
deportivos. Pero que en aquellas
manos hábiles para el tiro, era
más que nada un instrumento de
defensa personal. Lo habían
ofendido en sus sentimientos más
íntimos, y con la velocidad de
reacción que da el entrenamiento
cotidiano, la respuesta
apropiada no se hizo esperar.
-¡Más colifa será tu madre!
-dijo, mientras en una rápida
maniobra sacaba el arma del
bolsillo trasero del pantalón.
Del otro lado llevaba piedras,
para romper algún farol mientras
caminaba por la calle, como sano
esparcimiento. Pero esta vuelta,
las mismas eran un arma apta y
contundente para defender su
honor. Los hechos se
precipitaron, y en menos tiempo
de lo que toma contarlo, voló un
proyectil.
"¡Zuuuuuuum!"
El Pescado Bataruci estaba
mirando hacia atrás, y la
pedrada le dió en plena frente.
Como consecuencia de lo cual,
cayó fulminado sobre su hermano
Luis, y en el manoteo, éste
perdió el Colt. Circunstancia
que fue aprovechada por el
chófer para dejarlo fuera de
combate con un acertado fierrazo
en el melón. Dos bandidos fuera
de combate. La situación
empezaba a tomar color. Entonces
otro de los asaltantes, de
nombre Coki Bermúdez e hincha de
Chacarita Juniors, gritó:
-¡Quedesén piola, señores
pasajeros, o los cago a tiros!
Pero no había terminado su
amenaza cuando se volvió a
sentir el zumbido de otro envío.
Mala suerte de funebrero
"¡Zuuuuuuum!"
Y la piedra le dió de lleno en
la nariz. Esta sangraba
abundantemente, y el caco debió
bajar la ferretería, para
apretarse el naso con un panuelo.
Su restante colega sintió pánico
por la forma como se había dado
vuelta la tortilla, y empezó a
gritar que abrieran la puerta,
para poder tomar un poco de
aire.
-Pase por aquí, señor ladrón.
Pero nunca se debe pecar por
exceso de confianza. El
inspector ponía facha de buen
tipo, pero le hizo una
zancadilla aprendida en la
cancha durante su juventud.
Cuando iba a ver partidos de
fóbal amistosos. Y lo planchó
contra el parabrisas. La batalla
campal había terminado con el
triunfo de los buenos. Así que
el pasaje rompió en aplausos.
-¡Viva el chófer!
-¡Viva el inspector!
-¡Viva el colectivo 60!
-¡Viva yo! -dijo el loco.
El conductor volvió a su
asiento, y puso otra vez en
marcha el motor. Mientras tanto,
cuatro señores bien dispuestos,
ataban de pies y manos a los
ladrones.
-Así no van a joder más -dijo el
chófer.
-Dura lex, sed lex -comentó un
estudiante de Derecho.
Dos monjas se persignaron.
-Ha sido la mano del Señor.
El vehículo se puso en marcha
lentamente, retomó la calle,
llegó a un semáforo, y dobló a
la izquierda.
-Nos salimos de ruta... -dijo un
señor, que se había puesto de
pie para bajarse en la esquina
siguiente.
-Yo creo que estamos yendo a la
comisaría, para entregar a los
detenidos y hacer la denuncia
-repuso su compañero de asiento.
Los representantes de la empresa
no hablaban, y así llegaron al
bosque de Palermo. Entonces
ocurrió lo inesperado. El
colectivo se metió entre los
árboles, frenó hasta detenerse,
y apagó las luces.
-Esto es un asalto -dijo el
chófer.
-Si se quedan tranquis y
entregan la plata, las joyas,
los celulares y cualquier otro
ojepto de valor que tengan, no
les va a pasar nada -agregó el
inspector.
-Y con los chorros, ¿qué
hacemos?
-Siéntenlos en algún tacho, para
que se los lleve el basurero
-ordenó el chófer.
Después hicieron bajar al
pasaje, y tomaron despacito
rumbo al norte, hasta perderse
en lontananza, por la Avenida
del Libertador.
-Menos mal que se fueron -dijo
el loco- acá hay unos faroles
bárbaros para romper.
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El
amasijo" se publica regularmente
en 32 medios de 10 países.
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