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El amasijo
Fanático del fóbal
(Donde se habla de curas,
sánguches de chorizo, y mi
berretín por el balón)
Por: John Argerich
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Cuando yo era pibe, los días
domingo eran un problema. A la
matina la vieja me arrastraba a
la iglesia, meta rezar y rezar.
Lo cual era bastante mal
comienzo, porque los curas
siempre me pudrieron. Y en medio
de la misa, yo protestaba que
quería irme a jugar al fóbal con
la barra, en la plaza Mitre.
-Antes del evangelio no te irás
-cortaba la charla en seco, mi
mamá.
Opresión muy de la época, que me
hizo romperme el coco pensando
cómo iba a imponer mi derecho de
opinión. Primero pensé en unir a
todos los purretes de la Tierra
en un gran movimiento
libertario. Y como leía a Marx
cuando la vieja apoliyaba, hice
mía una de sus grandes
convocatorias, arreglándola un
pomo, por si las moscas.
"¡Pebetes del mundo!" -decía mi
versión de la conocida arenga-
"Uníos por la destrucción del
paternalismo"
Y tanto me dieron vueltas por el
coco esas ideas profundas, que a
la final, concebí un plan de
acción. Si por las buenas nada
había logrado, la vieja iba a
aflojarme por las malas. Dicho y
hecho. Así empecé a rumiar una
estrategia. Primero batí que me
dolía el balero, pero la jovata
se avivó. Dijo que no era
jaqueca, sino estreñimiento, y
me hizo tragar medio litro de
limonada royé. No se si la
recuerdan, pero era un remedio
de la época de María Castaña,
con gusto vomitivo, que vendían
en todas las farmacias, como
preparación magistral. Un asco
que te cagaba literalmente a
pedos, haciéndote largar hasta
el número de la cédula de
identidad. O sea que mi primera
tentativa terminó muy mal. Pero
una derrota no es perder la
guerra, y recordé las palabras
de un vecino medio radicha que
trabajaba en Obras Sanitarias y
siempre lo chumbaba al capataz.
"Que se rompa pero no se doble",
decía el loco.
Y yo, necesitado de un buen
asidero ideológico, adopté el
lema.
-Mirá mamá -dije un día- Vos no
podés forzarme a ir a misa de
doce contra mis convicciones,
justito cuando los pibes de la
barra juegan al fóbal. Estoy
decidido, y no voy más. "Que se
rompa pero no se doble", dice el
refrán.
-Mirá boludo -contestó la
señora- Lo que está en juego no
es el Pincharratas Fútbol Club,
sino la salvación de tu alma.
Venís conmigo a misa de doce o
te abollo la jeta a sopapos.
-Podrás hacerme bolsa, mamá pero
no doblegar un ideal -repuse,
mirándola de frente.
Y no dije mucho más que eso,
porque mamá me metió un revés
como para dejarlo en la lona a
Pascualito Pérez. Por las malas,
no iba ni a la esquina. Entonces
decidí ponérsela doblada. Me
achiqué, y sin decir ni "mu"
puse rumbo a la parroquia.
"¡Ahí va mi cuerpo, carajo!",
pensaba en el camino "porque mi
espíritu está muy lejos de la
Avenida Gaona".
Y como el Domingo de Ramos no me
importaba un belín, aproveché la
excursión para junar al
vecindario. Por la calle
encontraba a muchos giles del
barrio, vestidos de domingo.
Pero por suerte, para distraer
mis pensamientos cada tanto
aparecía una de las minas que
nos gustaban a todos. La hija de
don Albacete, el almacenero, que
tenía un culo parado como para
dejarte bizcocho con la primera
observación. Pepita Funes,
también conocida como "La
Martona", por sus tetazas, y un
minón que recién se había mudado
a Mataderos y todos le decían
"La Rubia". Hija de polacos, me
parece, y con un apellido
impronunciable. Sjvikowvsky,
Suskchowoski, o algo así.
-Adiós, doña Chola -dijo mamá.
"Vieja loca", pensé yo, porque
una vez que le dimos un pelotazo
en la ventana, llamó al botón, y
el viejo me hizo pomada.
Mamá leyó mis pensamientos,
dándome un furioso tirón de
orejas. Esa fue la gota que
colmó el vaso, porque yo estaba
decidido a pelear hasta el
último cartucho. Como hace el
sheriff cuando lo chapan los
indios, en las cintas de combóis.
-Adiós, doña Rosa.
"Chau, vieja de mierda", pensé.
Otro tirón de orejas, y nos
bajamos del bondi. Frente a
nosotros, la imponente mole de
la parroquia de Los Arcángeles
del Santo Aliento del Ultimo
Suspiro. Una nave central con
dos enormes torres, eternamente
sin terminar, porque si se
acababa la obra, pocas razones
quedarían para hacer colectas
todos los meses, o dar la
absolución in artículo mortis
contra testamento firmado ante
escribano público. En el atrio
se amontonaban los feligreses,
algunas monjas y un ejército de
linyeras pidiendo guita para
mamarse hasta el próximo
domingo.
-¡Una limosnita, por el amor de
Dios...!
De pronto se abrieron las
puertas, y la marea humana nos
llevó hasta un banco a mitad del
templo. Desde todas las esquinas
me miraba una barra de santos,
papas, vírgenes, y angelitos con
caras llorosas. Entonces me puse
a pensar por qué estarían tan
fruncidos unos ñatos que viven
sin laburar ni pagar impuestos,
por toda la eternidad.
-Deberías confesarte -dijo mamá.
Y yo no tuve más remedio que ir
a arrodillarme delante de un
gaita con olor a chivo. Quien me
hacía besar una bufanda azul con
cruces doradas, que llevaba
colgando del pescuezo
-Tu pecado es grave. Rézate un
padrenuestro y diez avemarías
-repuso el confesor, cuando le
dije que no tenía ni cinco de
ganas de quedarme a ver el resto
del show, porque la iglesia me
podría.
-Sin embargo, te hará bien oír
el sermón del hermano Emilio,
quien hoy va a hablarnos de los
problemas que afligen a la
juventud -insistió el cuervo.
Pero yo había tomado una
decisión, y me encomendé a
Jesucristo, que nunca llevó
sotana, y es el que mejor me
caía de toda esa pandilla.
¡Pobre chango! Casi en bolas y
clavado a un palo, con la tuerca
que hacía a la intemperie. Y me
debe haber escuchado, porque
redepente sentí una orden.
"Si quieres ser lo que no eres,
deja de ser lo que eres", como
martillando mi conciencia.
La suerte estaba echada.
Entonces salí del confesionario,
y mientras señalaba la imagen
del pobre nazareno, empecé a
gritar, gesticulando como loco:
-¡Mamá, mamá! ¡Mirá ahí arriba,
vieja! ¡Un hombre desnudo que se
subió a un palo! ¡Mirá qué
bolonki mamá! ¡Un tipo en
pelotas, che!
Todas las miradas se volvieron
hacia mí, y cundió la
indignación. Entonces dos ursos
vestidos de sotana me sacaron a
patadas de la iglesia. ¡Habráse
visto, herejía igual! Los
feligreses puteaban, y mi vieja
no sabía dónde meterse.
-¡Desgraciado! -decían los más
devotos, empujándome hasta el
atrio.
"Salió buena, la movida", pensé,
porque ya no tenía que quedarme
a misa de doce.
Entonces chapé el primer bondi
con rumbo a la plaza Mitre. Y
ahí estaba la barrita, esperando
al referí, para empezar el
partido.
-¡Salud, juventudes! -dije, loco
de contento- mientras me morfaba
un sánguche de chorizo, hecho
por la vieja para después de
comulgar.
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El
amasijo" se publica regularmente
en 32 medios de 10 países.
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