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Recordando a Pedro L. Barraza
y "La Hipotenusa"
Roberto
Bardini
Bambú Press
En 1967, en plena
"Revolución Argentina" del
general de ganadería Juan Carlos
Onganía (alias "el caño", por lo
recto, duro y hueco), todos los
jueves se publicaba la revista
La Hipotenusa, cuyo lema era
"Humor para gente en serio". El
editor era Helvio Botana y el
director Luis Alberto Murray.
Escribían -entre muchos otros-
Jaime Botana, Arturo Jauretche,
Brascó, Jordán de la Cazuela,
Carlos Marcucci, José María
Jaunarena, Jorge Koremblit, Paco
Urondo, Eduardo Gudiño Kieffer,
Pedro Leopoldo Barraza, José
María Rosa... y, mezclado con
todas esas firmas, bajo el
seudónimo "Rip Kirby", también
hacía sus primeras armas
humorísticas el joven Horacio
Verbitsky, que por entonces
imitaba al hoy legendario
columnista Art Buchwald, un
corrosivo humorista que
publicaba en Tribune y Los
Angeles Times.
Los dibujantes -también entre
otros muchos- eran Caloi, Pérez
D'Elías, Bróccoli, Garaycochea,
Koblo, Sanzol, Napoleón y Copi
(nieto de Natalio Botana,
fundador del diario Crítica).
En la Carta del Editor, en la
primera página del Nº 5 (8 de
junio de 1967), Helvio Botana
finaliza así: "Sintetizando
nuestra política: somos
nacionales y opinamos por ser
libres y no por ser jueces".
Y en la Carta Abierta de la
última página del Nº 6 (15 de
junio de 1967), Luis Alberto
Murray termina así: "Volvamos a
la Argentina. Sin aislarnos, sin
perder de vista lo universal.
Pero mirando al mundo desde
nuestra propia óptica. Mirando
desde aquí hacia afuera, no al
revés".
En una de las páginas de ese
mismo número se lee:
DEFINICIÓN - "Un optimista es
aquella persona capaz de sonreír
pensando en los tontos que
afirman que en este país todo se
hace al revés, mientras sube al
sótano".
Y ya que estamos al revés, más
arriba se lee:
REFRÁN - "Le hizo caso al refrán
que decía 'No hace poco el que
quema su casa, espanta a los
ratones y se calienta a la
brasa'. Ahora sonríe
recordándolo enfundado en su
hermoso chaleco de fuerza,
mientras trata de rascarse la
cabeza en los barrotes de su
jaula".
La Hipotenusa terminó
clausurada. Se perdió una
tribuna inteligente, aguda,
valiente, combativa, irreverente
y, sobre todo, nacional y para
nada "progresista". Un ejemplo
del estilo "hipotenuso" es el
siguiente artículo:
Escuela política para padres El
centrista
Pedro Leopoldo Barraza
15 de junio 1967
El centrista es un ambidextro
por excelencia. El usar las dos
manos indistintamente, más que
un privilegio como supone, le
crea un complejo de indefinición
más turbador e incómodo que las
presuntas ventajas. Esa
turbación e incomodidad se
traduce en todas las actuaciones
políticas y sociales en que le
toca actuar, puesto que en
definitiva el centrista no
existe como tal, sino que juega
el rol de izquierdista o
derechista según la realidad
inmediata.
En una reunión de derechistas el
centrista salta cualitativamente
a la situación de izquierdista y
entre los izquierdistas se
transforma, aún contra su
voluntad, en un sujeto más
peligroso que el padre
Meinvielle o Marcelo Sánchez
Sorondo.
La experiencia demuestra que no
hay nadie más potencialmente
extremista que un centrista. Por
horror a un extremo el centrista
termina siempre sirviendo al
otro. Como todo tercero en
discordia, el centrista sufre
horriblemente la lucha de los
polos opuestos y recibe los
golpes de cualquier mediador,
sólo que lo aguanta con el
estoicismo de quien tiene
conciencia de su papel
patriótico. Para terminar con el
peligro que encierran los
extremismos el centrista piensa
de buena fe que habría que
fusilar a los izquierdistas y
derechistas por igual, con lo
que su conciencia profundamente
democrática y su formación
liberal lo atormentan hasta el
flagelo.
Todos los centristas militantes
viven en el centro de Buenos
Aires (Leandro Alem-Pueyrredón-Córdoba-Avenida
de Mayo) y hasta puede afirmarse
que todos los que habitan este
radio son centristas, con las
excepciones del Barrio Once y la
Federación de Partidos de
Centro. El primero es un Estado
dentro de otro Estado; la
segunda es la sede social de los
derechistas desplazados.
El centrista es un obsesivo por
naturaleza, que lleva metido el
centímetro con el que mide
constantemente el grado de
desviacionismo de los demás.
Generalmente, fuera de los que
viven en el radio céntrico antes
mencionado, los demás centristas
diseminados por ahí se ubican en
el centro-izquierda o en el
centro-derecha, según sea el
barrio, la zona, localidad o
provincia a que pertenezcan.
Distintas encuestas de opinión
pública han arriba a la
increíble pero nada verificable
conclusión de que
"centrista-centrista" hay uno
solo en la Argentina: Bernardo
Neustadt, si es que fuera
posible etiquetar-etiquetar a
Neustadt en algún
casillero-casillero
ideológico-ideológico.
El centrista es oficialista
siempre, ya que todos los
gobiernos habidos hasta el
presente en la Argentina,
democráticos o de facto, se han
visto en la obligación de
expresarse contra todo
extremismo, ya sea de izquierda
o de derecha. Curiosamente,
nadie se manifestó contra el
extremismo de centro, lo que ha
llevado a más de un centrista a
pasarse a algún extremo para no
sentirse ignorado. Todo
centrista que se precie será
centrado en todas sus
manifestaciones cotidianas. No
es centrista quien quiere, sino
quien puede; nada más difícil
que la indefinición como
definición y lo finito hasta el
infinito.
Un centrista es buena persona;
cinco centristas son un acto
radical, más de diez centristas
son un sábado por la noche.
Pocos años antes, en una
investigación al estilo Rodolfo
Walsh en Operación Masacre,
Pedro Leopoldo Barraza, había
denunciado el secuestro del
obrero Felipe Vallese, de 22
años y militante de la Juventud
Peronista. Vallese fue el primer
desaparecido del peronismo,
secuestrado el 23 de agosto de
1962 y visto por última vez
brutalmente torturado en una
comisaría de Villa Lynch. El
responsable de su muerte fue el
oficial de policía Juan Fiorillo.
Pedro Barraza publicó en su
investigación en ocho partes,
primero en el periódico 18 de
Marzo y después en su
continuador, el semanario
Compañero, dirigido por el
médico Mario Valotta, del
Peronismo Revolucionario que
encabezaba Gustavo Rearte. El
periodista, que posteriormente
trabajó en los diarios Clarín y
La Opinión, fue
director-interventor de Radio
del Pueblo, de Buenos Aires, en
el último gobierno de Juan
Perón.
Barraza fue secuestrado y
asesinado el 13 de octubre de
1974 por una banda de la Triple
A dirigida por el comisario
Fiorillo, que doce años después
"le pasó la factura". Tras el
golpe cívico-militar de marzo de
1976, Fiorillo fue lugarteniente
del general Ramón Camps, jefe de
la Policía de Buenos Aires, y se
le vio en los campos de
concentración de El Vesubio, El
Banco y Omega.
Pero lo destacable es que,
mientras vivió, Barraza se hacía
un tiempo entre militancia y
denuncia para incursionar en el
humor con un estilo muy
diferente a los bodrios tipo
Pergolini o Tinelli.
Gentileza:: Roberto Bardini
[robertobardini@yahoo.com]
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