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Fidel habla sobre Ernesto Che
Guevara
El Che es un ejemplo, una fuerza
moral indestructible
El Che y el movimiento
antimperialista - La carta de
despedida - en las guerrillas de
África - Regreso a Cuba
preparando la misión en los
Andes - El último combate la
lección del Che
Después de la Crisis de Octubre,
el peligro de una agresión
norteamericana se aleja. La
Revolución prosigue su
consolidación. El Che Guevara
empieza a recorrer el mundo.
Parece que él se interesaba
mucho por lo internacional, por
el movimiento antimperialista,
¿no?
Era bastante observador de la
situación del Tercer Mundo. Se
preocupó por los asuntos
internacionales, por la
Conferencia de Bandung, el
Movimiento de los No Alineados y
otros temas. Él se marcha en
1965, había recorrido el mundo,
sostuvo reuniones con Zhou Enlai,
con Nehru, con Nasser, Sukarno,
porque tenía en realidad mucha
vocación internacionalista y
mucho interés por los problemas
del mundo en desarrollo.
En relación con China, recuerdo
que el Che habló con varias
personalidades chinas, hizo
contacto con Zhou Enlai —como ya
dije—, se reunió con Mao, se
interesó por el pensamiento
revolucionario chino. No tuvo
conflictos con los soviéticos;
pero es obvio que él era más
partidario, o veía con mayor
simpatía a China.
Incluso visitó Yugoslavia, a
pesar de la autogestión y todas
esas cuestiones que a mí,
realmente, no me agradaban
mucho. Porque una cooperativa
tenía hoteles y otras
actividades que la apartaban de
su objetivo original, y ya yo
había visto algunas en Cuba que,
a veces, en vez de dedicarse a
la agricultura, se dedicaban al
comercio y al turismo.
Él, en diciembre de 1964, estuvo
en Naciones Unidas, luego en
Argelia, y estuvo viajando por
África también en los primeros
meses de 1965.
Sí; pero ya después, eso fue una
estrategia, en la fase final del
desarrollo de su misión, cuando
ya se había tomado la decisión
de que él fuera a Bolivia.
Estaba bien, con un entusiasmo
tremendo, y tenía el propósito
de contribuir a la revolución en
Argentina. Iba creando
condiciones, porque entonces
todos nos querían destruir y la
respuesta nuestra era cambiar lo
que existía. Esa fue la gran
verdad. Siempre nos atuvimos a
ese principio.
Usted me dijo una vez: "Ellos
internacionalizaron el bloqueo,
nosotros internacionalizamos la
guerrilla".
El caso de Trujillo, contra
quien un grupo de dominicanos
armados partió de Cuba en julio
de 1959, lo cual se constituyó
en el primer movimiento de apoyo
a la lucha contra una dictadura
—en ese caso se trataba de un
viejo compromiso con los
dominicanos que luchaban con
nosotros—, fue una excepción.
Trujillo había suministrado
armas a Batista, allí se refugió
este al finalizar la guerra y
desde allí partieron acciones
armadas contra nuestro país.
Con respecto a los demás países
en similar situación, la norma
era el respeto, acogernos al
derecho internacional, a pesar
de que ninguno de ellos podía
tener mucha simpatía hacia
nosotros. Pero existían
distintos matices, algunos con
más independencia respecto a
Estados Unidos, otros menos.
Claro que los más
incondicionales rompieron
relaciones de inmediato con
Cuba, otros resistieron; Brasil
resistió, Uruguay resistió,
Chile resistió. Venezuela, en
cambio, no resistió nada, porque
estaba allí Rómulo Betancourt,
quien fue de izquierda un tiempo
y más tarde un saco de rencor
reaccionario. De este modo un
grupo de países latinoamericanos
mantuvo relaciones con Cuba
durante un tiempo, y México todo
el tiempo.
Los Estados Unidos les
reprocharon a ustedes ayudar en
todas partes a la subversión.
Las exigencias de los
norteamericanos a Cuba han sido
de distintos tipos; han ido
variando, a cada rato añadían
otras nuevas.
Primero, teníamos que renunciar
al socialismo; luego, había que
romper los vínculos comerciales
y de todo tipo con la URSS.
Siempre han planteado alguna
demanda, después de condenarnos
y de aislarnos; después de
Girón, después de la Crisis de
Octubre; cada vez surgían nuevos
problemas. Más adelante fueron
las luchas revolucionarias en
América Latina: al estallar
éstas Cuba debía cesar todo
apoyo a esas luchas —le estoy
citando algunas de las
demandas—; más tarde Angola,
cuando fue atacada por Suráfrica
en 1975, todo el mundo conoce lo
que pasó: había que retirarse de
Angola, si nos retirábamos de
Angola se resolvían los
problemas con Cuba, eso nos
decían..., y así por el estilo.
Después hubo más problemas aún,
porque había surgido, en 1974,
la revolución en Etiopía, y por
la situación creada allí nos
vimos en la necesidad de
cooperar en 1977 con los etíopes
y de hacerlo también con otras
causas. Éramos un país aislado
y, mientras más Estados Unidos
intentaba aislarnos, más nos
relacionábamos con el resto del
mundo.
Pero a ustedes se les siguió
acusando de "exportar la
revolución".
Para aquella época, en los años
60, ya nadie en América Latina
tenía relaciones diplomáticas
con nosotros; excepto —como
dije— México. Nosotros en aquel
momento nos atuvimos a las
normas internacionales. Sí
queríamos la revolución, la
deseábamos, por doctrina, por
convicción; pero respetábamos el
derecho internacional. Yo
sostengo, además, que la
revolución no puede ser
exportada, porque nadie puede
exportar las condiciones
objetivas que hacen posible una
revolución. Siempre hemos
partido de ese criterio y
seguimos pensando así.
Después del triunfo de la
Revolución, yo estuve, en mayo
de 1959, en Buenos Aires. Esa
visita coincidió con una reunión
de la OEA [Organización de
Estados Americanos], y allí
planteé una especie de Plan
Marshall para América Latina
—como el famoso plan de ayuda a
la reconstrucción de Europa—, y
estimé su costo en 20 mil
millones de dólares. Bueno, no
contaba con la experiencia de
ahora ni mucho menos. Pero sí
tenía algunas ideas: experiencia
internacional no mucha, excepto
todo lo que había leído a lo
largo de mi vida y las
meditaciones sobre el tema. Mi
experiencia concreta sobre
América Latina tampoco era
mucha. No obstante tuve la
iniciativa de plantear en Buenos
Aires la cuestión del
desarrollo. ¿Sabe cuánto debía
América Latina en aquella época?
No.
Cinco mil millones de dólares.
Comparada con la deuda que tiene
hoy —850 mil millones de
dólares— no es gran cosa.
América Latina tenía entonces la
mitad de la población, eran
menos de 250 millones de
latinoamericanos; hoy cuenta con
más de 500 millones de
habitantes. La deuda externa —no
hablo de deuda interna, que es
también deuda de la nación con
los que tienen mucho dinero— es
deuda que el país tiene que
pagar al extranjero con
intereses. Esto no comprende
fuga de capitales, intercambio
desigual, la fuga de capital
hacia países de moneda fuerte y
economía más sólida, los
privilegios que Bretton Woods
concedió a Estados Unidos, los
derechos de quien imprime el
dólar en el mundo. Ya el refugio
del papel moneda no es el oro,
porque el presidente Nixon, en
agosto de 1971, suspendió
unilateralmente la conversión
del dólar en oro y no quedó más
que el dólar, la única divisa
existente en este hemisferio;
todas las demás variaban mucho y
ninguna era segura. Entonces
todo el dinero de todos los
países latinoamericanos, bien o
mal habido, tiende a fugarse, y
se fuga hacia Estados Unidos.
Ese plan que propuso usted en la
OEA fue rechazado, me imagino.
Con aquel plan se hubieran
evitado muchas tragedias en este
continente. Y dos años después,
ya se lo mencioné, Kennedy
retornó la idea y planteó una
suerte de Plan Marshall para
América Latina, la Alianza para
el Progreso: reforma agraria,
reforma fiscal, construcción de
viviendas, etcétera.
Lo cual no le impidió seguir
hostigando a Cuba.
Sí, en aquel entonces ellos nos
liberaron de compromisos. Pienso
que existían condiciones
objetivas, y que lo hecho por el
Che fue absolutamente correcto,
no hubo ni la menor
discrepancia. En ese momento ya
se habla de la política
intervencionista de Estados
Unidos, y el presidente John
Kennedy, realmente un tipo con
talento, tuvo la desgracia de
heredar aquella expedición de
Playa Girón contra Cuba, y la
recibe y asimila. Es valiente en
la derrota, porque asumió toda
la responsabilidad y dijo
aquella frase: "La victoria
tiene muchos padres, la derrota
es huérfana".
Kennedy se entusiasmó mucho con
los "boinas verdes", las tropas
especiales, y las envió a
Vietnam. Él había sido
combatiente en la Segunda Guerra
Mundial, se portó bien, según se
afirma, pero se compromete
irresponsable e
injustificadamente con la atroz
e ignominiosa guerra en Vietnam,
da los primeros pasos y comienza
a enviar refuerzos. Por ahí
empezó todo. Los vietnamitas,
que en 1954 ya habían ganado una
guerra contra Francia, a su vez
—según nos han contado ellos—,
viendo la victoria de la
Revolución Cubana en Playa
Girón, se sintieron inspirados,
siempre han dicho que lo nuestro
ejerció influencia, y tuvieron
confianza en que podrían luchar.
Tal vez fuera cortesía. Ellos
siempre mantuvieron su combativa
organización en el Sur.
También Vietnam los inspiró a
ustedes. El Che decía: "Hay que
crear dos, tres, muchos
Vietnam".
Yo le doy toda la razón, y
afirmo que doce años después de
su muerte, en 1979, ya se había
acabado la guerra de Vietnam, y
triunfa el movimiento sandinista
en Nicaragua, con un tipo de
lucha como la que nosotros
llevamos a cabo y como la del
Che. También se desarrolla el
movimiento salvadoreño con
temible fuerza, uno de los que
más experiencia adquirió.
Ustedes ayudaron bastante a los
salvadoreños, ¿verdad?
Ofrecimos nuestra modesta
cooperación. Los vietnamitas, a
raíz de su victoria en 1975
sobre Estados Unidos, nos
entregaron muchas armas
norteamericanas recuperadas por
ellos después de la caída de
Saigón; nosotros las
transportamos en barco, pasando
por el sur de África, y una
parte se las entregamos a los
salvadoreños del FMLN [Frente
Farabundo Martí para la
Liberación Nacional].
¿Ustedes estimaban que las
condiciones estaban dadas en
América Latina para que pudiese
repetirse otra experiencia
revolucionaria como la de Cuba?
Mire, hay factores de orden
subjetivo que pueden cambiar la
historia. A veces existen
condiciones objetivas para los
cambios revolucionarios y no se
dan las condiciones subjetivas.
Fueron los factores de carácter
subjetivo los que impidieron que
realmente, en aquella época, no
se extendiera la revolución. El
método de la lucha armada estaba
probado. Ya le digo, Nicaragua
triunfa doce años después de la
muerte del Che en Bolivia. Es
decir que las condiciones
objetivas en muchos países del
resto de América Latina eran
superiores a las de Cuba. Aquí
existían muchas menos
condiciones objetivas, pero eran
suficientes para hacer una, dos
o tres revoluciones. En el resto
de América Latina las
condiciones objetivas eran mucho
mayores.
Debo decir que nosotros
contribuimos mucho a la unidad
de aquella gente en Nicaragua,
en el Salvador, en Guatemala. A
los sandinistas, que estaban
divididos; a los salvadoreños,
divididos en no menos de cinco
organizaciones; a los
guatemaltecos, igualmente
fragmentados. La misión nuestra
fue unir, y realmente logramos
unirlos. Hemos sido solidarios y
hemos dado alguna modesta
cooperación a los
revolucionarios de
Centroamérica. Pero ser
solidario y dar alguna forma de
cooperación a un movimiento
revolucionario no significa
exportar la revolución.
Pero ustedes ayudan al Che a
llevar la revolución a Bolivia.
Sí, cooperamos con el Che,
compartíamos sus puntos de
vista. Che tenía razón en aquel
momento. Entonces se habría
podido extender la lucha, lo
creo con franqueza. En aquella
época, 1968, todavía no había
surgido Torrijos en Panamá. Se
producen igualmente otros
fenómenos, el triunfo de Allende
en Chile en 1970, y comienzan a
restablecerse las relaciones con
Cuba.
En Colombia ya existía la
guerrilla, desde 1948, desde
antes que nosotros libráramos la
lucha en Cuba. Pero esa es otra
historia más complicada, porque
allí durante bastante tiempo la
guerrilla fue vista un poco como
el Movimiento 26 de Julio lo era
en Cuba. Surgieron después una
serie de factores colaterales.
No quiero hacer análisis sobre
el tema, algo siempre muy
delicado.
¿Che le cuenta a usted, le dice
cuál es su proyecto con respecto
a Bolivia y Argentina? ¿Usted
comparte con él eso?
Él estaba impaciente. Lo que se
proponía hacer era difícil. Por
nuestra propia experiencia, le
digo al Che que podían crearse
mejores condiciones. Le
planteamos que hacía falta
tiempo, que no se impacientara.
Deseábamos que otros cuadros
menos conocidos adelantaran los
pasos iniciales y crearan las
mejores condiciones para lo que
él quería hacer. Él sabía lo que
es la vida guerrillera, sabía
que se necesitaba una
resistencia física, una edad
determinada. Y aunque él se
sobreponía a las limitaciones y
tenía una voluntad de acero,
sabía que si esperaba más tiempo
no estaría en las mejores
condiciones físicas.
Llegó el momento en que él ya
está preocupándose por esos
factores, aunque no lo
exteriorizaba. Había otras
consideraciones de gran peso en
él: haber enviado, casi en los
primeros años de la Revolución,
a un periodista, Jorge Ricardo
Masetti —que estuvo con nosotros
en la Sierra, después fue
fundador de la agencia Prensa
Latina, Che y él eran muy
amigos—, a organizar un grupo
guerrillero en el norte de
Argentina. Y Masetti murió en
aquella misión. El Che era
además una persona que cuando
enviaba a un hombre a una misión
y ocurría la tragedia de la
muerte, eso le impactaba
considerablemente. Le dolía cada
vez que se acordaba de los
compañeros que murieron. Eso
puede observarse en el diario
que escribe en Bolivia, cuando
se lee lo mucho que lo impactó,
por ejemplo, la muerte del
compañero Eliseo Reyes, el
"Capitán San Luis", y él lo
escribe en su diario: "Hemos
perdido al mejor hombre de la
guerrilla, y, naturalmente, uno
de sus pilares".
Uno de los que estuvo allí, en
Bolivia y en el norte de
Argentina, en 1962, es nuestro
actual ministro del Interior,
Abelardo Colomé Ibarra, "Furry",
que tenía entonces 22 años. Ya
había muerto Masetti. El Che
estaba pensando en su plan,
desde luego, plenamente apoyado
por nosotros, de acuerdo con la
promesa contraída.
Cuando el Che, impaciente,
quiere ir a cumplir su misión,
le digo: "No están preparadas
las condiciones". No quería que
él fuera a Bolivia a organizar
un grupo pequeño, sino que
esperara a que estuviera
organizada la fuerza. Habíamos
vivido en nuestro caso toda la
epopeya de la etapa inicial de
nuestra guerrilla. Yo decía: "El
Che es un jefe estratégico, debe
ir para Bolivia cuando ya esté
desarrollada una fuerza
suficientemente sólida y
probada". Él estaba impaciente;
pero no existían aún las
condiciones mínimas
imprescindibles. Tuve que
convencerlo: "No están creadas
las condiciones". Porque él era
un cuadro estratégico, con una
experiencia grande y condiciones
de estadista, no debía
arriesgarse en esa etapa
inicial.
Nosotros estábamos ayudando en
el Congo a la gente de Lumumba.
Ya habíamos cooperado con los
argelinos en su guerra de 1961
contra la invasión marroquí. Che
estaba impaciente. Pero como
África y su lucha lo atraían
mucho, le propongo ir al África
para una importante tarea,
mientras se creaban las
condiciones mínimas en Bolivia
para iniciar una lucha, cuyo
objetivo fundamental era su
patria: Argentina, para lo que
después sería una lucha más
amplia en la región. La tarea en
África era muy importante por la
necesidad de dar apoyo al
movimiento guerrillero en el
Este del Congo belga contra
Tshombé, Mobutu y los
mercenarios europeos.
¿El movimiento que dirigía
Laurent-Désiré Kabila en esa
época?
No, en ese momento era Gaston
Soumialot quien estaba de jefe,
vino a Cuba y le ofrecimos
ayuda. Se la ofrecimos también a
través de Tanzania, con el
consentimiento de Julius Nyerere,
presidente entonces de aquel
país. El Che y los cubanos que
fueron con él cruzaron el lago
Tanganyika. Allí sí enviamos, en
abril de 1965, un buen
destacamento con el Che.
Alrededor de 150 hombres bien
armados y con una experiencia
grande. En aquel movimiento
revolucionario africano estaba
todo por hacer: la experiencia,
la preparación, la instrucción.
Fue una tarea dura. En esa
actividad transcurrieron varios
meses de la vida del Che.
En su diario de África, el Che
es muy crítico con los jefes de
aquella guerrilla.
Él era muy crítico, de aquellos
jefes o de cualquiera. Tenía
esas características, el hábito
de ser muy crítico y autocrítico.
Era duro en las críticas de los
demás y con él mismo.
¿Era duro consigo mismo?
Sí, era muy exigente con él, ya
le conté lo de México y el
Popocatépetl. Incluso, a veces,
por cualquier bobería en que él
se hubiera desconcertado un
segundo, se criticaba a sí
mismo. Pero era también muy
honesto y muy respetuoso.
Se topó obstáculos muy grandes
en África cuando llega allí en
abril de 1965. Es maravillosa la
historia. En un momento dado
intervenían mercenarios blancos,
surafricanos, rhodesianos,
belgas y hasta cubanos
contrarrevolucionarios que
trabajaban para la CIA. Las
fuerzas africanas no estaban
suficientemente preparadas. El
Che quería enseñarles a
combatir, explicarles que podía
haber una variante u otra.
Porque cuando adquieren una
experiencia, una cultura de
guerra, aquellos congoleños son
soldados temibles. Les faltaba
esa cultura, y cuando la
adquirían se volvían
extraordinarios soldados,
soldados temibles. También
tenían esa característica los
etíopes; y los namibios, y los
otros, los angolanos, cuando
adquirían la cultura de guerra,
eran igualmente soldados
extraordinarios.
Esa cultura de la guerra no
había sido adquirida todavía por
los combatientes que estaban en
el Este del Congo. Se lo dijimos
al Che. Enviamos desde La Habana
compañeros nuestros para
analizar la situación, y
dispuestos a apoyarlos. Si
hubiera habido que enviar más
tropas, lo habríamos hecho, pues
disponíamos aquí de voluntarios
de sobra; pero realmente aquella
lucha no tenía perspectivas, no
había condiciones para su
desarrollo en ese momento, y le
pedimos al Che que se replegara.
Él se quedó alrededor de siete
meses en el Congo. Y de ahí va a
Tanzania, está un tiempo allí,
en Dar-es-Salaam.
A todas estas el Che se ha
despedido, y, como es lógico, se
ha marchado —se puede
decir—clandestinamente de Cuba.
Entonces comenzaron las
calumnias, comenzó a decirse que
el Che había "desaparecido".
La prensa internacional decía
que había una ruptura entre
ustedes, desacuerdos políticos
graves, se decía que aquí lo
habían encarcelado y hasta que
lo habían matado...
Nosotros soportamos
silenciosamente aquella sarta de
rumores y calumnias. Pero él, al
marcharse, a finales de marzo de
1965, me había escrito una carta
de despedida.
¿Usted no había hecho pública
esa carta?
No. Yo tenía la carta en mi
poder, y la hago pública el 3 de
octubre de 1965, en el acto en
que se anuncia la constitución
del Comité Central del nuevo
Partido Comunista de Cuba,
porque había que explicar la
razón de la ausencia del Che en
ese Comité Central. Entretanto,
la calumnia andando, el enemigo
sembrando la cizaña y la duda,
difundiendo el rumor de que el
Che Guevara había sido "purgado"
por discrepancias con nosotros.
Había toda una campaña de
rumores.
Él me hace aquella carta
espontáneamente, creo que hasta
con mucha franqueza: "Me
arrepiento de no haber creído
suficientemente en ti... ". Y
habla entonces de la Crisis de
Octubre y otras cosas. Yo pienso
que él no creía en mucha gente,
porque era muy crítico.
Un día había escrito unos versos
para mí. Yo ni siquiera lo
sabía. Siempre fue conmigo muy
afectuoso, siempre fue
respetuoso y siempre acató mis
decisiones. Yo no me le imponía,
yo discutía, no suelo dar
órdenes; suelo persuadir de lo
que debe hacerse. Muy rara vez
tuve que decirle: "Tú no vas a
hacer esto", prohibirle algo.
De África, él se va a
Checoslovaquia, a Praga, en
marzo de 1966; una situación
complicada; está allí, de hecho,
clandestino. Como ha escrito la
carta de despedida y como él
tenía un pundonor tremendo, no
le pasaba por la mente, después
de haberse despedido, volver a
Cuba. Pero los cuadros para lo
de Bolivia ya estaban escogidos
y se preparaban. Entonces yo le
escribo una carta en la que le
razono, apelo a su deber y a la
racionalidad.
¿Para que regrese a Cuba?
Sí. Creo que la familia ha
publicado esa carta. Le hago una
carta y le hablo así, serio. Lo
persuado de que regrese, le digo
que es lo más conveniente para
lo que él quería hacer: "Desde
allá es imposible hacer esto.
Tienes que venir". No le digo
"tienes que venir" como una
orden; lo persuado, le digo que
su deber es regresar, pasar por
encima de cualquier otra
consideración, y terminar la
preparación para el plan en
Bolivia. Y él regresa
clandestinamente. Bueno, nadie
lo conoció en ninguna parte.
Tampoco durante el viaje. Volvió
aquí en julio de 1966.
¿Estaba disfrazado?
Mire, estaba tan disfrazado que
una vez yo invité a unos cuantos
compañeros de la Dirección, les
dije que quería que conocieran a
un amigo muy interesante.
Estuvimos almorzando, y ninguno
lo reconoció. Fíjese si estaba
de verdad disfrazado.
¿Raúl estaba frente a él y no lo
reconoció?
Raúl se había despedido de él
unos días antes en el centro
donde se entrenaba, y el día del
almuerzo se encontraba de visita
en la URSS. Ninguno de los que
estaban conmigo se dio cuenta de
que era el Che.
Indiscutiblemente, nuestra gente
fue muy capaz al disfrazarlo,
transformarlo. Él fue a un lugar
de Pinar del Río, en una zona
montañosa, donde hay una casa,
la finca de San Andrés. Allí
organiza la fuerza, pasa meses
preparándose con los quince
hombres que iban a acompañarlo.
Él escogió a la gente que
deseaba. También fue donde vio
las últimas veces a su esposa y
a sus hijos. Y allí yo lo
visitaba.
¿Para llevársela a la guerrilla
de Bolivia?
Algunos eran guerrilleros
veteranos de la Sierra, otros
habían luchado con él en el
Congo. Él conversó con cada uno
de ellos.
Yo le puse algunas objeciones
con algunos compañeros. Le dije:
"Mira, no hagas esto". Iba a
separar a dos combatientes, dos
hermanos que habían estado muy
unidos, y le digo: "No separes a
estos hermanos, déjalos", eran
buenos. Sobre otro, de quien yo
conocía mucho sus
características, muy buen
soldado, pero a veces era un
poco discutidor.
Le advertí en algunos casos.
Todos los que fueron a Bolivia
eran excelentes; entre ellos
Eliseo Reyes, el "Capitán San
Luis", de quien él escribe
cuando muere: "Tu figura pequeña
de capitán valiente..."; de
Neruda saca aquella frase —él
leía mucho a Pablo Neruda—, un
verso muy bonito, está en su
diario de Bolivia. Él lo quería
entrañablemente. El Che era ese
hombre también.
Él escogió a todos, y lo
discutimos. Le hice algunas
sugerencias, y él defendió a
aquel que tenía grandes
cualidades, pero a quien yo
conocía y tenía temor a alguna
indisciplina, y eso era muy
importante. Yo hablé mucho con
él hasta cuando se fue, en
octubre de 1966. ¡Con qué
entusiasmo se fue!
Se ha discutido mucho sobre la
región de Bolivia, Ñancahuazu,
en la que el Che instala la
guerrilla. ¿Usted qué piensa?
Cuando él fue para Bolivia, eso
no tenía otra alternativa,
porque en aquella situación, con
los hombres que llevaba de su
plena confianza, su
experiencia... Bueno, él conocía
aquello. Debray había ido, había
prestado algunos servicios como
periodista, reunió mapas. Yo le
di esa tarea.
¿Usted manda a Régis Debray a
Bolivia?
Yo lo mando a recoger
información y mapas de aquel
territorio.
Che no está allí todavía. Cuando
él llega, en noviembre de 1966,
empieza a organizar a la gente.
Al final —eso es lo que pienso,
y yo lo conocía muy bien— estaba
haciendo un excelente movimiento
y ya tenía cuadros bolivianos,
como Inti Peredo y otros. Él
conocía bien a los bolivianos,
su carácter, y me lo dijo.
Inicialmente se instalaron, por
lógica precaución, en una zona
donde existía una base
campesina. En el lugar escogido
por él, mientras hace una
excursión entrenando a la gente,
que se prolongó, surgen
problemas. Realiza una breve
incursión a una zona más poblada
y, cosa increíble, por tercera
vez —ya le hablé de las dos
primeras— el Che no llevaba los
medicamentos.
¿En Bolivia, él no tenía
medicamentos para su asma?
Se queda sin medicamentos, es la
tercera vez. Él sale a hacer una
excursión, una larga excursión
que se prolongó mucho, estuvo
casi cuarenta días. Sale de
nuevo en breve incursión, y la
medicina para el asma queda en
el campamento, que fue ocupado
por el ejército boliviano. De
esto se derivaron serias
dificultades.
¿Cómo explica usted la muerte
del Che?
El Che, cuando regresa de la
excursión prolongada, se
encuentra ya problemas, se
produce una bronca entre el
dirigente del Partido comunista
boliviano, —Mario Monje, que
tenía gente allí, y uno de los
dirigentes de la otra línea anti
Monje, llamado Moisés Guevara.
Monje pide mando, y el Che era
muy recto, rígido... Yo pienso
que el Che debió hacer un mayor
esfuerzo de unidad, es una
opinión que le doy. Su carácter
lo lleva a ser muy franco y
entabla una áspera discusión con
Monje, muchos de cuyos cuadros
habían ayudado a la
organización, porque Inti y los
demás eran de ese grupo. Lo que
Monje reclamaba era imposible:
ser jefe de aquella fuerza, una
ambición indignante e
inoportuna.
Ya había algunos problemas, y
algo que no se ha mencionado o
apenas se menciona, y que hizo
mucho daño al movimiento
revolucionario en América
Latina: la división entre
prosoviéticos y prochinos. Eso
dividió a toda la izquierda y a
todas las fuerzas
revolucionarias en el momento
histórico en que existían las
condiciones objetivas y era
perfectamente posible el tipo de
lucha que el Che fue a promover
allí.
¡Los esfuerzos que tuvimos que
hacer cuando sabemos que se
produce esa ruptura! En
diciembre de 1966 Mario Monje
viene aquí. Viene luego el
segundo jefe del Partido, Jorge
Kolle. Yo los invité y les
expliqué lo que había pasado. A
Juan Lechín, un líder obrero
conocido, lo invitamos también,
y estuve como tres días con él
por la zona oriental para
persuadirlo de que ayudara al
Che. Lo prometió.
¿Usted invita a Lechín aquí en
La Habana?
Sí, porque estaba muy preocupado
con la ruptura. Pienso que
realmente no había ninguna razón
para exigir aquel mando,
simplemente tal vez hubiera
hecho falta un poco, digamos, de
mano izquierda. Porque, en
realidad, si Monje lo pide, el
Che le podía dar el título de
general en jefe, de lo que
quisiera, sin mando de tropa.
Había un problema de ambición,
la aspiración era un poco
ridícula. Monje no poseía las
condiciones para dirigir
aquello..
¿El Che pecó por rigidez?
Lo del Che era superhonradez,
era superhonradez, y el término
diplomacia, no engaño, el
término astucia, posiblemente le
repugnaba.
Pero, óigame bien, si en nuestra
propia Revolución ¿cuántas veces
descubrimos nosotros ambiciones
en los hombres? ¿Quién podía
sustituir? ¿Quién tenía
prestigio y talento para ocupar
una determinada responsabilidad?
Majaderías. Más de una vez
nosotros tuvimos que entregar
mandos y hacer concesiones. Hace
falta un cierto tacto en
determinadas condiciones en que
si tú vas directo no encuentras
solución. En aquel momento esa
ruptura entre Monje y el Che
hacía daño.
¿Perjudicaba?
Perjudicaba mucho. No se sabe
los esfuerzos que hicimos
nosotros por impedir el daño.
Para conciliar.
Usted no se imagina aquí,
incluso, algunas cosas que
toleramos, errores grandes.
iErrores grandes! Cometidos a
veces por uno o por otro.
Hicimos siempre, por encima de
todo, una crítica al hecho, pero
con el espíritu de unidad.
Claro que Monje actuó mal, y
después, ya le digo, vino el
segundo del PCB, Jorge Kolle, y
lo convencí de que, a pesar de
la disciplina partidista, no
podía dejar abandonada a aquella
gente. Llamé a Lechín, conversé
con él, lo convencí de que
apoyara al movimiento
guerrillero.
Pero ya, cuando apenas el Che
llega de su recorrido, después
de esa excursión —que se
extendió, porque él sometía a
prueba a los hombres, los
entrenaba a partir de la propia
experiencia que habíamos tenido
en las montañas—, entonces se
encuentra aquellos problemas
allí, y casi inmediatamente hay
una fuerza enemiga que está
entrando y la guerrilla cae en
una emboscada del ejército.
En un momento, sufren una
traición. Y ya el ejército sabe
que hay una fuerza guerrillera
en la zona. Es cuando, digamos,
prematuramente, se desarrollan
los combates, y lo que no
queríamos se produce; queríamos
que, antes del primer combate,
estuviera organizado un frente,
y había fuerzas con qué
organizarlo.
Sin embargo, los factores
políticos vinieron a influir. En
su diario el Che lo explica
todo. Se produce lo siguiente:
se divide el grupo. Él trata
todo el tiempo de buscar el
contacto con "Joaquín" y el
grupo de "Joaquín", en el que
estaba Tania. Invierte todo ese
tiempo y se producen una serie
de combates en el recorrido
tratando de reunirse con
"Joaquín". Es cosa curiosa, el
Che llevó meses buscándolo,
¡meses! Él creía que era una
mentira cuando escuchó por radio
la noticia de la destrucción de
aquel grupo.
Pero, en un momento dado, se
convence de que ciertamente es
real el aniquilamiento del grupo
de "Joaquín", que se había
producido bastante tiempo atrás.
Él marchaba con Inti Peredo y
los demás guerrilleros hacia una
zona donde Inti tenía contactos
e influencia; pero recibe
aquellas noticias. Eso lo
impacta mucho y creo que, en ese
momento, reacciona con cierta
temeridad. Él va, además, con
algunos compañeros que no están
en buenas condiciones, casi no
pueden moverse, eso retrasa,
pero va avanzando; ya tiene
cuadros bolivianos.
Todavía ese grupo, si llega a
aquella zona, prospera; pero él
mismo cuenta en el diario cuando
llega a una tienda, y escribe:
"Vamos precedidos por radio
‘Bemba’, todo el mundo nos está
esperando"; pero sigue. Llega
por el mediodía a una aldea,
está vacía. Aldea vacía es señal
de cosas extrañas, de la posible
presencia de una fuerza, y él a
esa hora continúa su marcha, en
pleno día. Va a la vanguardia
Inti. En ese momento, una tropa,
una compañía que está
observándolo todo, mata a un
miembro boliviano de la
guerrilla, a algunos otros;
rechazan la pequeña fuerza
guerrillera, y el Che tenía
enfermos y unos pocos compañeros
en condiciones de luchar cuando
cae allí en una zona sumamente
difícil, la quebrada de El Yuro,
donde combate y resiste hasta el
momento en que una bala lo deja
sin arma.
El Che no era hombre que pudiera
caer prisionero; pero una bala
le obstruye su fusil, y, ya muy
cerca, lo hieren. Está herido y
sin fusil, así es como lo
apresan y llevan a un pueblito
cercano, La Higuera. Al día
siguiente, el 9 de octubre de
1967, al mediodía, lo ejecutan a
sangre fría. El Che sí que no
habría temblado jamás, porque,
al contrario, cuando tenía una
situación de peligro era cuando
más se crecía.
¿Usted piensa que él se hubiese
inmolado?
Bueno, yo antes de caer
prisionero me hubiera inmolado.
Es seguro que él lo habría hecho
también; pero es que él no tiene
alternativa, está combatiendo,
que es lo que tiene que hacer.
El Che era el hombre que luchaba
hasta la última bala, y que no
tenía ningún temor a la muerte.
¿Cómo se entera usted de la
muerte del Che?
Aunque consciente de los
peligros que él estaba corriendo
desde hacía meses, y de las
condiciones extremadamente
difíciles que enfrentaba, su
muerte me pareció algo
increíble, un hecho, no sé, al
que uno no puede acostumbrarse
fácilmente. Pasa el tiempo y, a
veces, uno sueña con el
compañero que murió, y lo ve
vivo, conversa con él y, de
nuevo, la realidad nos
despierta.
Hay personas que, para uno, no
murieron; poseen una presencia
tan fuerte, tan poderosa, tan
intensa, que no se consigue
concebir su muerte, su
desaparición. Principalmente por
su continua presencia en los
sentimientos y en los recuerdos.
Nosotros, no solo yo, sino el
pueblo cubano, sufrimos de
manera extraordinaria con la
noticia de su muerte, aunque no
fue inesperada.
Llegó un cable noticioso
informando lo que había ocurrido
en la quebrada de El Yuro el 8
de octubre de 1967. En la
mayoría de los cables lo que se
anunciaba era mentira, pero ese
cable narraba algo que había
ocurrido realmente, porque
aquella gente no tenía la
imaginación suficiente para
inventar una historia ajustada a
la única forma en que una
guerrilla podía exterminarse.
Para mí la conclusión fue
instantánea: vi que era una
noticia veraz.
El hábito de estar siempre
interpretando cables, en que tú
ves mentiras, mentiras y
mentiras, sin ninguna
imaginación, y de repente te das
cuenta de que no podían inventar
la historia de la única forma
como pudieron liquidar a ese
grupo.
Ahora, lo interesante no es leer
solo lo que escribe el Che en su
diario, sino lo que escribieron
los jefes que combatieron contra
él. Es impresionante la cantidad
de combates y de éxitos que tuvo
aquel puñado de hombres.
Nosotros sufrimos mucho —era
lógico que sufriéramos cuando
llega la noticia de su muerte,
comprobada. Fue por eso que, en
el dolor de la muerte, por
aquellos días pronuncié un
discurso en que pregunto: "¿Cómo
queremos que sean nuestros
hijos?", y respondo: "Queremos
que sean como el Che", y eso se
convirtió en una consigna de
nuestros pioneros: "Pioneros por
el comunismo: Seremos como el
Che".
Después llegó el diario; no se
sabe lo que vale, para conocer
todo lo ocurrido, su idea, su
imagen, su entereza, su ejemplo.
Un hombre de un pudor, de una
dignidad y de una integridad
enormes, es lo que es el Che y
lo que el mundo admira. Un
hombre inteligente, un
visionario. El Che no cayó
defendiendo otro interés u otra
causa que la causa de los
explotados y de los oprimidos de
América Latina. No cayó
defendiendo otra causa que la
causa de los pobres y de los
humildes de la Tierra. La causa
del Che triunfará, la causa del
Che está triunfando.
Su imagen está en todo el mundo.
El Che es un ejemplo. Una fuerza
moral indestructible. Su causa,
sus ideas, en esta hora de lucha
contra la globalización
neoliberal, están triunfando. Y
luego, en junio de 1997, ¡qué
mérito el de los que encontraron
su cadáver y el de otros cinco
compañeros! Hay que agradecer,
incluso, a los bolivianos, a las
autoridades; cooperaron,
ayudaron.
¿Para encontrar sus restos?
Ese hombre, Jorge González, que
hoy es rector de nuestra
Facultad de Ciencias Médicas,
¡qué mérito!, cómo lo
encontraron, eso es milagroso.
¿Cuál es la gran lección que
deja el Che?
¿Qué queda? Yo pienso que lo más
grande son realmente los valores
morales, la conciencia. El Che
simboliza los más altos valores
humanos, y un ejemplo
extraordinario. Creó una gran
aureola y una gran mística. Yo
lo admiraba mucho, y lo
apreciaba.
Siempre produce mucho afecto esa
admiración. Y le expliqué la
historia de por qué yo me
acercaba mucho a él.
Son muchos los recuerdos que nos
dejó, imborrables, y por eso
digo que es uno de los hombres
más nobles, más extraordinarios
y más desinteresados que he
conocido, lo cual no tendría
importancia si uno no cree que
hombres como él existen por
millones, millones y millones en
las masas. Los hombres que se
destacan de manera singular no
podrían hacer nada si muchos
millones, iguales que él, no
tuvieran el embrión o no
tuvieran la capacidad de
adquirir esas cualidades. Por
eso nuestra Revolución se
interesó tanto por luchar contra
el analfabetismo y por
desarrollar la educación, para
que todos sean como el Che.
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Gentileza: Revista Koeyu
Latinoamericano [
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