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Enseñar a pensar
La
funcion primaria de la
Universidad
Los bienes pueden convertirse en
males si no se sabe qué hacer
con ellos, si no se piensa
adecuadamente sobre ellos. Uno
de los títulos de honor de
nuestro tiempo es el acceso de
grandes minorías, incluso de las
mayorías, a zonas de la vida
histórica y de la cultura que
antes estaban reservadas a muy
pocos. En todas partes, cada vez
es mayor el número de
estudiantes universitarios.
¿Cómo no alegrarse de ello? En
todo el mundo las cifras son
elevadísimas si se las pone al
lado de las de hace poco
decenios; la tendencia universal
es la misma: crecimiento
acelerado. Y se ha dado por
supuesto que esto es “normal” (y
deseable), hasta el punto, que
la menor amenaza de descenso en
el número de estudiantes -por
unas u otras causas- produce
consternación.
Pero, además de que el mero
crecimiento ilimitado responde a
un pensamiento inercial y
abstracto, hay que preguntarse,
si las estructuras
universitarias -profesores,
bibliotecas, laboratorios- han
crecido adecuadamente,
armónicamente. La limitación
económica pone los frenos al
crecimiento; pero no deja de
sorprendernos el orden de los
gastos; con variaciones según
los países, se gasta sobre todo
en administración, después en
deportes, luego en edificios,
incluyendo los destinados a
bibliotecas, más tarde -mucho
más tarde en ocasiones- en
libros, en laboratorios,
finalmente en profesores. Se
construyen a veces admirables
bibliotecas... sin libros; se
espera que un día llegarán; pero
tardan, quizá indefinidamente en
muchos países. Probablemente
habría que alternar, no sé si
invertir, las prioridades.
Sobre todo en los países de
recursos limitados -y el nuestro
lo es-, es esencial volver a una
forma de cultura que sepa
conseguir un máximo de
resultados con un mínimo de
recursos. Y hay que evitar toda
beatería respecto a las formas
que se consideran
“privilegiadas” de la cultura.
Unamuno hablaba de la
“inquisición científica”;
Ortega, más tarde, del
“terrorismo de los
laboratorios”; el terrorismo
actual es el de las
estadísticas. Siempre nos
amenazan con una estadística;
todos los libros de pretensión
científica, están llenos de
tablas estadísticas; por lo
general, no hay en ellos ni una
sola idea; y las estadísticas,
cuya justificación casi siempre
es problemática, muestran
curiosas incoherencias en cuanto
se comparan.
Hay algo que se llama
pensamiento. Es lo que el hombre
hace para saber a qué atenerse
respecto a la realidad. La mera
acumulación de datos no produce
nunca la comprensión de la
realidad. Es menester pensar
sobre ello, y la función
primaria, capital, de la
Universidad es enseñar a pensar.
La función de la escuela es
sobre todo enseñar a hablar
(complementariamente a leer y
escribir), y con ello se
consigue el estrato básico,
elemental, del pensamiento, ya
que la lengua es la primera
interpretación mental de la
realidad. La función de la
Universidad, supuesto que se
sepa hablar (y es un gran
supuesto) y que se sepa leer, y
finalmente escribir, es enseñar
a pensar con rigor, a distinguir
lo verdadero de lo falso, a
dominar el mecanismo de la
justificación, a entender de tal
manera, que cuando se entiende
se sepa que no se entiende. No
es fácil entender, se entiende
de verdad pocas veces. Hay
muchas personas que no han
entendido nunca nada. Ni son
capaces de distinguir entre
entender y no entender, entre lo
seguro y lo problemático.
La función primaria -aunque no
la única de la Universidad-,
está amenazada a la vez por el
crecimiento y por la tentación
utilitaria. El número de
estudiantes es enorme. Por otro
lado, en España se han preferido
siempre “las ciencias útiles”,
“prácticas”, es decir, la
ciencia aplicada y lo demás se
ha considerado como mera
especulación. Por eso no ha
habido nunca una gran técnica
creadora en España, precisamente
porque no ha habido ciencia
desinteresada y puramente
teórica, de la cual nace en su
momento la técnica.
El utilitarismo, que empezó por
ser “científico”, es hoy más
bien económico, social,
político. Se supone que es
menester ocuparse de los
problemas apremiantes, urgentes,
inmediatos, de las sociedades en
que vivimos. Pero la única
manera de tratar realmente,
eficazmente, con los problemas
prácticos e inmediatos es poseer
los instrumentos intelectuales,
conceptuales precisos, agudos,
rigurosos, comprobados.
Se dice que la Universidad tiene
que ser la “conciencia crítica”
de la sociedad. La crítica es
importante, pero lo primario y
decisivo no es juzgar sino
entender y proyectar y alumbrar
el futuro. El futuro no está
dado, ni siquiera germinalmente;
no se trata de desarrollo,
evolución. La realidad no está
dada, se alumbra, se crea (con
las cosas). Y como dijo el
poeta: “Lo que el pensamiento
hace / con pensar, es destruirse
/ para poder recrearse”.
aarias@arrakis.es
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Gentileza: Francisco Arias [
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