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Aquella Cuba unánime
Por Rodrigo Moya
En 1964, hace 43 años, viajamos
a la ciudad de La Habana tres
periodistas mexicanos invitados
por el Gobierno de Cuba para
asistir a la conmemoración del
XI Aniversario del Asalto al
Cuartel Moncada, acaecido el 26
de julio de 1953. En esa fecha,
dos columnas de jóvenes rebeldes
encabezados por Fidel Castro Ruz
atacaron infructuosamente aquel
cuartel situado en plena ciudad
de Santiago, en el extremo
oriental de la isla. El intento
costó muerte y tortura a muchos
de los rebeldes, y cárcel y
exilio para los sobrevivientes,
entre ellos el propio Fidel y su
hermano Raúl. Sin embargo, esta
acción marcó el inicio de la
lucha que, cinco años después, y
tras épicos avatares que son
parte central de la historia de
Latinoamérica, conquistaría la
capital de Cuba para expulsar al
dictador Fulgencio Batista e
instalar un gobierno
revolucionario que, acosado
desde su nacimiento, se declaró
Estado socialista en 1961.
Desde aquella epopeya, muchas
cosas sucedieron en la isla y
fuera de ella que electrizaron
al núcleo más consciente de la
juventud del continente, lo
mismo que a todos quienes
veíamos con indignación la
impunidad con la que una serie
de tiranos, impuestos desde
Washington, gobernaban a fuerza
de metralla y despojo a varias
naciones. La toma de La Habana
por “los barbudos” puso fin a
más de cuatro siglos de dominio
colonial en Cuba, y con su
resonancia e influencia la
historia del continente
americano cambió radicalmente
desde entonces. Dictadores como
Somoza, Trujillo, Pérez Jiménez
y muchos otros fueron
desplazados a bala del poder.
Cuba inició, a contracorriente y
presionada desde varios ángulos
con todos los recursos de sus
enemigos, una reconstrucción
nacional que la llevaría en dos
años a proclamarse socialista y
a gravitar en la órbita de la
Unión Soviética como única
manera de eludir el cerco
económico y el acoso militar.
El joven periodista Froylán
Manjarrez, el caricaturista
Eduardo del Río –Rius– y el
suscrito, éramos esos tres
periodistas mexicanos que
queríamos ver de cerca la
realidad de la Revolución Cubana
y sus avances, reconocidos ya
como espectaculares en cuanto a
desarrollo social, justicia e
independencia. La idea era hacer
un libro que se llamaría Cuba
por tres: Manjarrez a cargo de
textos breves, ágiles, incisivos
y amenos como todo lo que
escribía; Rius, ni qué decirlo,
a cargo de una visión con
caricaturas y montajes gráficos,
y yo, como fotógrafo, a cargo de
una mirada documental que
encajaría fotografías a
contrapunto con textos y
caricaturas. No íbamos a ciegas
ni a improvisar sobre la marcha.
Además de que seguíamos día a
día el latido continental de la
Revolución Cubana, el proyecto
se había desarrollado desde
meses antes y contábamos
inclusive con un simpatizante de
la idea, dispuesto a
patrocinarla. Contábamos también
con el apoyo de las autoridades
cubanas que nos moverían a donde
quisiéramos, y con la ayuda, más
teórica que práctica, de la
revista Sucesos, donde los tres
susodichos periodistas
colaborábamos.
En un avión cargado hasta el
tope de periodistas e
intelectuales de toda laya y de
simpatizantes afectos al turismo
gratuito de izquierda, llegamos
a La Habana días antes de los
festejos. Como un reconocimiento
a la ciudad que había visto
nacer la Revolución y aportado
una dolorosa cuota de sangre en
aquél ataque suicida, ese año el
festejo se realizaría en
Santiago. De inmediato nos tomó
en sus manos el Instituto Cubano
de Amistad con los Pueblos (ICAP),
que nos metió en una negra
limousine Cadillac, de las
muchas abandonadas cinco años
antes en la fuga pánica de la
alta burguesía. Guiados por
Isabel, una preparada guía del
ICAP, fuimos a donde queríamos
ir, desde las cercanías de La
Habana hasta Matanzas,
Cienfuegos, Península de Zapata,
Santa Clara y otros lugares de
nuestro interés. El día 24 de
julio nos pusieron en un Ilushin
destartalado para Santiago de
Cuba, donde el 26 fuimos
testigos no sólo del
impresionante festejo patrio
presidido por Fidel Castro, el
Che Guevara, Haydé Santa María y
toda la cúpula dirigente, sino
también del carnaval
santiaguero, según muchos sólo
superado por el brasileño.
Froylán Manjarrez, Rius y yo
anduvimos casi siempre juntos,
aunque la popularidad del
dibujante y las amistades que
tenía desde antes en La Habana
en ocasiones nos dispersaron. De
cualquier modo, durante tres
semanas trabajamos duro
entrevistando gente de todos los
oficios, visitando “centrales”,
astilleros, las famosas fábricas
donde se hacían puros, escuelas
en construcción en las montañas
donde antes no llegaba nadie,
excepto los guerrilleros; o
conjuntos educacionales enormes
y complejos, como el de
Cubanacán, recién construido, o
Cuquine, la enorme finca urbana
de Batista, convertida en
escuela de agronomía, y también
los ampulosos palacios de los
ricos refugiados en Miami, ahora
adaptados como escuelas de
danza, de pintura, de música;
fuimos a los viveros de
cocodrilos en Guamá, así como a
las primeras granjas
experimentales con regímenes de
pequeña propiedad, las
estaciones piscícolas con
tecnología china y soviética ya
en plena producción, en fin, la
flota pesquera que ya iniciaba
su desarrollo para convertirse a
la vuelta de pocos años en la
más productiva y eficiente del
tercer mundo.
Regresamos a México henchidos de
ideas y tardamos algunas semanas
en hacer cada quien lo suyo
antes de intentar el ensamble
colectivo. Yo copié cientos de
imágenes, Froylán pulía sus
textos y una introducción,
mientras Rius ordenaba su
información para ponerla en boca
de sus muñequitos. En esas
andábamos, además de en el
fragor de ganarnos la vida,
cuando nos llegó la noticia:
nuestro futuro editor había
muerto de un ataque al corazón.
Era Mony de Swaan, un maduro
judío holandés que había luchado
contra los nazis durante la
Segunda Guerra Mudial, que
seguía apegado a sus filias
izquierdistas a pesar de su
fortuna, y que como próspero
empresario se había atrevido a
desoír las consignas imperiales
del bloqueo y le vendía
alimentos a Cuba.
Entonces guardé esas fotos hasta
la fecha, y ahora es una alegría
publicar algunas de ellas en La
Jornada. Froylán murió dos años
después, a los 27 años, dejando
un gran vacío en el corazón de
sus amigos y en el mejor
periodismo mexicano; Rius armó
con sus ideas de ese viaje su
popular libro Cuba para
principiantes. Yo no olvido
aquella Cuba casi unánime,
rebosante de entusiasmo
colectivo y de esfuerzos para
sobrevivir en el turbulento mar
del capitalismo universal.
Acosada por todo el inmenso
poderío mediático de Estados
Unidos y sus seguidores, ha
sobrevivido casi medio siglo.
¿Quién más ha logrado tal hazaña
en nuestra historia?
¡Larga vida a la Cuba
revolucionaria!
Fuente:
La Jornada
Gentileza:
porcuba-bounces@listas.cult.cu
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