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Supersticiones válidas
Una creencia contraria a la
razón, una fe desmedida o una
valoración excesiva respecto de
algo, es decir, una
superstición… ¿podría ser útil?
Por Mikel Agirregabiria Agirre
No hay superstición que no haya
nacido de alguna necesidad
humana, generalmente del
desconocimiento o de la
credulidad. En los albores de la
historia de la humanidad, se
explicaron los fenómenos
complejos con causas simples,
muchas veces absurdas e
ilógicas… Al menos desde una
perspectiva contemporánea, tras
el avance del saber y la
extensión de la educación.
“El nacimiento de la ciencia fue
la muerte de la superstición”,
sentenció el biólogo Thomas
Henry Huxley. Sin embargo,
todavía perviven muchas
supersticiones en todas las
culturas y civilizaciones,
principalmente entre gente
sencilla… o demasiado candorosa.
Incluso el mismo Kant apuntaba
que “La superstición es la
poesía de la vida”. Naturalmente
se refería a lo espontáneo,
cándido e imaginativo de creer,
por ejemplo, que una herradura
protege a su dueño.
Lo cierto es que existen
amuletos que incitan a la buena
suerte, y otros conjuros que
llevan a la desgracia. Entre los
fetiches que conjuran a los
malos augurios están: ponerse el
cinturón de seguridad en los
coches, beber agua (no hace
falta que sea bendita, pero sí
que sustituya al alcohol), coger
un libro… y leerlo, apartar el
tabaco y todo lo que se fuma,… Y
entre los gestos que traen mala
suerte pueden citarse: malgastar
en loterías (trae pérdidas
económicas… a casi todos), decir
palabras malsonantes y más si
van dirigidas a otros, usar la
violencia o meterse en peleas,
sobrepasar los límites de
nuestras capacidades
(conduciendo, bebiendo,
comiendo,…) o creer en tonterías
de timadores o curanderos en vez
de escuchar a médicos y
científicos.
Gentileza: Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
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