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El capitán Don Rufino Solano
El
diplomatico de las pampas
El Capitán Don Rufino Solano
actuó en la llamada “Frontera
del desierto” entre los años
1855 y 1880, donde desarrolló un
papel incomparable dentro de
nuestra historia argentina. Por
su labor, conoció y trató
personalmente con las más altas
autoridades, tales como Justo
José de Urquiza, Domingo F.
Sarmiento, Nicolás Avellaneda,
Bartolomé Mitre, Marcos Paz,
Adolfo Alsina, Martín de Gainza
y hasta el mismísimo Julio A.
Roca. En el ámbito militar actuó
y combatió bajo las órdenes del
Coronel Álvaro Barros, coronel
Francisco de Elias, general
Ignacio Rivas, coronel Benito
Machado, entre otros. En el
ámbito eclesiástico, fue además
el eslabón militar con el
Arzobispado metropolitano, en la
figura de su Arzobispo Monseñor
Federico León Aneiros,
denominado “el Padre de los
indios”. Esta última tarea lo
llevó a actuar muy estrechamente
con el P. Jorge María Salvaire,
mentor y fundador de la Gran
Basílica de Nuestra Señora del
Luján.
Este militar, con verdadero arte
y aplomo, también se vinculaba y
relacionaba con todos los
Caciques, Caciquejos y
Capitanejos de las pampas,
adentrándose hasta sus propias
tolderías para contactarlos.
Mediante estas acciones, logró
liberar cientos de personas,
entre cautivas, niños, camaradas
militares prisioneros, e incluso
funcionarios, como Don Exequiel
Martínez, Juez de Paz de
Tapalqué, en una época donde
arreciaban los terribles malones
a las poblaciones.
Del mismo modo, mediante esta
labor mediadora y pacificadora,
logró evitar muchísimos
sangrientos enfrentamientos y
ataques. Es por ello, que
prestigiosos y académicos
historiadores, concluyen sin
vacilar que “durante casi veinte
años el Capitán Solano logró
mantener la paz en sus confines
(sic)” R. Entraigas, Op. citada
Galardonan su legajo militar dos
glosas manuscritas por el
Coronel Álvaro Barros, fundador
de Olavarría, donde lo colma de
merecidos elogios.
Por este don que poseía, el
Ministro de Guerra Adolfo Alsina,
ante una gran multitud reunida
en el Azul en el mes de
diciembre del año 1875, le
manifestó: “Capitán Rufino
solano, usted en su oficio es
tan útil al país como el mejor
guerrero”. Es que, mediante
tratados de paz, logró evitar
los ataques a la región durante
la guerra con Paraguay, donde
existía mucha debilidad en la
frontera.
Si bien era poseedor de una gran
valentía, lo que más lo
identificaba era su técnica de
persuasión, no solo porque
dominaba el idioma araucano a la
perfección, sino porque además
sabía como plantarse ante los
bravos caciques y demostrar su
firmeza, sinceridad y honestidad
en su trato; esta innata virtud
le permitió gozar del máximo
prestigio y confianza de ambos
bandos. Mediante su atinado
manejo de las situaciones
críticas, logró evitar mayores
derramamientos de sangre y por
este aspecto, con toda justicia,
se lo conoció como “El
diplomático de las pampas”. Su
actividad se vio interrumpida
cuando el General Julio A. Roca
decidiera llevar a cabo la
“conquista del Desierto”, en
1880, contienda en que la que
Rufino Solano no participó. Pero
si actuó valientemente como
soldado cuando debió defender a
los suyos, como veremos más
adelante.
En cumplimiento de su tarea, se
lo vio acompañando a cuanta
delegación de indios se acercó a
Buenos Aires a parlamentar con
las autoridades nacionales, sean
políticas, militares como
eclesiásticas. Cuando venía con
estas embajadas, se alojaba en
el Hotel Hispano Argentino u
otro de Buenos Aires, en
ocasiones en los Cuarteles del
Retiro, e iba con ellos a las
distintas entrevistas y
audiencias, finalizadas ellas,
los acompañaba de regreso,
cabalgando con ellos, rumbo a la
frontera.
El
diplomático de las pampas
Durante sus servicios, efectuó
travesías de miles de kilómetros
a caballo, siempre acompañado
por un puñado de soldados e
incluso en muchas ocasiones se
aventuraba en soledad; solía
pasar varias jornadas en las
tolderías, donde era admitido y
aceptado merced al enorme
respeto y consideración que se
le tenía, cada acercamiento le
permitió retirarse llevándose
cautivas y prisioneros de los
indios.
Este “hombre de dos mundos”
sabía hablar el idioma de los
indígenas a la perfección,
especialmente el araucano, la
lengua de Calfucurá, Namuncurá,
Pinsén, etc. y manejaba los
términos adecuados para
manifestarse ante sus líderes;
pero, también poseía esta
valiosa virtud, para tratar con
sus mandos, en español, tanto
militares como del Gobierno
Nacional, para arribar a
acuerdos ecuánimes y que
finalmente se cumplieran. Esta
honestidad en su comportamiento,
le permitía a Solano ser bien
recibido en las tolderías para
lograr salvar nuevas vidas.
En cierta ocasión, durante sus
recorridas por la frontera,
sorpresivamente se encontraron
copados por una gran cantidad de
indios, en la oportunidad Solano
iba con un pequeño grupo de
soldados. Estos soldados sacaron
sus armas, preparando una rápida
retirada, pero el Capitán les
ordenó que se quedaran quietos,
comprendió que actuando de esta
manera lo único que iban a
lograr sería que los “chucearan”
por la espalda. En vista de
ello, les pidió que lo
esperaran, que iría a
parlamentar para tratar de
salvar sus vidas, y de inmediato
se dirigió solo hacia un
individuo que, por su postura y
aspecto, parecía era el líder de
la indiada. Tras este
parlamento, donde solo Díos sabe
lo que le dijo, todos se
adentraron hasta la toldería, y
luego de un par de días
regresaron con un grupo de
cautivas, e incluso fueron
escoltados por los propios
indios y este caciquejo hasta
las cercanías del fuerte. Lo
narrado se encuentra plasmado en
manuscritos de la época,
obrantes en el Archivo Histórico
del ejército Argentino. Tal era
el prestigio que gozaba este
ilustre azuleño.
No fue esta la única oportunidad
en la existencia del Capitán
Solano en la cual estuvo a cinco
centímetros de punta de una
lanza, pero lo dejaré para otra
oportunidad, porque debo
continuar con mi relato.
Rufino Solano actuó en los
Fuertes Estomba, Blanca Grande y
del Arroyo Azul, entre tantos
otros, y por su desempeño
militar se lo considera uno de
los forjadores de las
fundaciones de las ciudades de
Olavarría, San Carlos de
Bolívar, entre otros lugares
donde le toco servir.
Rescate
de prisioneros de la ciudad de
Rosario, Santa Fe
Para el año 1873, en un
multitudinario acto, le fue
entregada por la sociedad de la
ciudad de Rosario, Santa Fe una
medalla de oro, en premio a sus
servicios rescatando prisioneros
y cautivas residentes en esa
ciudad. En dicho acto también se
le hizo entrega de un testimonio
de gratitud que manifiesta lo
siguiente: “Rosario, 5 de agosto
de 1873. Al Capitán Don Rufino
Solano: Me es satisfactorio
dirigirme a Ud. Participándole
que el “Club Social” que tengo
el honor de presidir resolvió en
asamblea general obsequiar a Ud.
Con una medalla de oro que le
será entregada por el socio Don
José de Caminos la que tiene en
su faces verdadera expresión de
los sentimientos que han
inspirado al “Club Social” a
votar en su obsequio este
testimonio de simpatía y
agradecimiento por la atenta
abnegación y generosidad con que
penetró hasta las tolderías de
los indios de la Pampa para
realizar el rescate de los
cautivos cristianos, llevando
con plausible resultado la
difícil y peligrosa misión que
le encomendó la Comisión de
rescate del Rosario. Esta
sociedad no podrá olvidar tan
preciosos servicios y ha
resuelto acreditarle estos
sentimientos con este débil pero
honroso testimonio. Manifestando
así los deseos del “Club Social”
del Rosario, me complazco en
ofrecer a Ud. Toda mi
consideración. Firmado: Federico
de la Barra (Presidente).” Dicho
acontecimiento fue reproducido
en las primeras planas de todos
los diarios de la de la ciudad
de Rosario y de la Capital
Federal, de aquella época.
Luego de finalizar la conquista,
los indios continuaron buscando
al Capitán Solano para que les
ayudara a conseguir tierras
donde vivir y muchos de ellos
las consiguieron gracias a su
influencia, conduciéndolos ante
el mismísimo Presidente de la
República, General J. A. Roca, a
efectuar sus justos petitorios;
así lo hicieron el Cacique
Valentín Sayhueque, Manuel
Namuncurá, la Reina de los
Indios Catrieleros Bibiana
García, entre muchos otros. En
esos territorios obtenidos hoy
se hallan enclavadas las
ciudades de Catriel, Valcheta y
muchas poblaciones más, dentro
del territorio de las provincias
de Buenos Aires, La Pampa y de
Río Negro.
Blanca
Grande, Olavarría. Batalla de
San Carlos, Bolivar. Muerte de
Calfucurá
El capitán Rufino Solano
Intervino en numerosas batallas
en defensa de los pueblos
fronterizos, enfrentándose al
ataque de malones (San Carlos de
Bolívar, Azul, Olavarria,
Cacharí, Tapalqué, Tandil, Bahía
Blanca, Tres Arroyos, etc.),
entre ellas son dignas de
mencionar su intervención en
Blanca Grande a las órdenes de
los coroneles Benito Machado y
Álvaro Barros y más tarde, a
partir de 1868, junto al coronel
Francisco Elías, sentando las
bases de la actual ciudad de
Olavarría. Junto al general
Ignacio Rivas, con el grado de
capitán, participó en la feroz e
encarnizada batalla de San
Carlos, el 8 de marzo de 1872,
abriendo los cimientes de la hoy
ciudad de San Carlos de Bolívar;
en esta última contienda, que
duró todo el día, los indios,
reconociéndolo, le gritaban
“pásese Capitán !!”.
Su intervención en San Carlos no
impidió a este valiente soldado,
que al poco tiempo de esta
decisiva batalla, se presentara
nuevamente en la propia toldería
de del temible cacique Calfucurá,
su contrincante vencido, apodado
“El Soberano de las pampas y de
la Patagonia”, siendo casi un
milagro que no lo mataran; no
solo ello, sino que al cabo de
algunos días pudo retirarse
llevándose consigo decenas de
cautivas a sus hogares.
Este episodio es único e
inolvidable, porque Calfucurá,
sintiéndose morir, en la noche
del 3 de julio de 1873, le
indicó al Capitán Solano que
debía retirarse, porque sabía
que luego de su muerte lo iban a
ejecutarlo junto con todas las
cautivas. Así lo hizo, e
inmediatamente luego del
fallecimiento del cacique,
partió el malón a alcanzar al
rescatador y las cautivas: se
escuchaban cada vez más próximos
los aterradores alaridos de sus
perseguidores y cabalgando
durante toda la noche,
finalmente lograron salvarse
llegando a sitio seguro. Fue así
como el Capitán Rufino Solano
fue el último cristiano que vio
con vida a este legendario
cacique. El cual, en sus últimos
instantes de vida, tuvo un gesto
de majestuosa grandeza y
generosidad. Por esta verdadera
hazaña, el Capitán Solano fue
recibido con admiración y
gratitud en Buenos Aires por el
Arzobispo Aneiros, el Presidente
de la Nación y todo su gabinete.
Monseñor Aneiros mandó a
colocar, en el Palacio del
Arzobispado, una placa
conmemorativa de este singular
suceso.
Su
participación junto a la Iglesia
A propósito de esta máxima
figura de la Iglesia Argentina,
el Arzobispo Federico León
Aneiros, como dijimos,
denominado “El Padre de los
indios”, en numerosas
oportunidades, el Capitán Rufino
Solano le ofició de enlace e
intérprete con diversas
embajadas de líderes indígenas,
con quienes, esta célebre
autoridad eclesiástica del país,
mantuvo varias reuniones en
mencionado Hotel Hispano
Argentino de Buenos Aires y
otras, en la propia sede del
Arzobispado.
La Iglesia anteriormente había
intentado un acercamiento al
aborigen, fue así como en enero
de 1859, el padre Guimón,
asistido por los padres
Harbustán y Larrouy, bayoneses,
se internaron en Azul para
entrevistarse con Cipriano
Catriel, manteniendo tres
encuentros con este cacique. El
primero fue halagüeño,
mostrándose Catriel solícito
para atender los requerimientos.
En el segundo, el P. Guimón
expuso los proyectos de su
acción evangelizadora,
expresándole: “Somos
extranjeros, hemos consentido el
sacrificio de abandonar nuestro
país, nuestros parientes y
amigos, con el solo fin de dar a
conocer la verdadera religión…
¿No tendría el cacique el deseo
de ser instruido en ella?”.
“-¿Por lo menos negaría el
permiso de enseñarla a la gente
de la tribu y especialmente a
los niños?”.
Todo hacía prever la afirmativa
respuesta del cacique, sin
embargo, después de consultar al
adivino y a los demás jefes, el
primero mostró su negativa.
Durante la tercera entrevista,
respondió Catriel de este modo:
“No queremos recibirlo más en
adelante, ni siquiera una vez,
aunque fuera solo para
satisfacción de su curiosidad”.
Debido a este manifiesto rechazo
demostrado por los indígenas, el
misionero debió regresar a
Buenos Aires, viendo totalmente
frustrado su intento de
acercamiento.
Catorce años mas tarde, el 25 de
enero de 1874, llega al Azul el
padre Jorge María Salvaire
(lazarista) con idénticas
intenciones de catequizar e
impartir los sacramentos, pero
esta vez contando el sacerdote y
la Iglesia con la invalorable
presencia intercesora del
Capitán Rufino Solano. Es así
como debiendo internarse en la
pampa, en dirección a los toldos
de Namuncurá, la prudencia y la
cautela de este célebre
sacerdote le aconsejaron la
intervención de “…el capitán
Rufino Solano, hombre
experimentado en la vida de
frontera, que en varias
oportunidades y con el mismo fin
había participado para Salinas
Grandes, ganándose la confianza
de los caciques y capitanejos,
cuya lengua conocía a la
perfección” (J. G. Durán, Ops.
citadas.)
Queda certificada la activa
participación y la benéfica
influencia ejercida por el
capitán Solano, por la
existencia de tres cordiales y
afectuosas misivas dirigidas a
él: dos enviadas por el cacique
Alvarito Reumay, fechadas el 15
de febrero y 13 de marzo de 1874
y la otra remitida por el
cacique Bernardo Namuncurá, del
13 de marzo de 1874. Es bien
conocido que este último fue el
que salvó al Padre J. M.
Salvaire a punto de ser ultimado
por su hermano, el cacique
Manuel Namuncurá, hijo de Juan
Calfucurá y padre de nuestro
Ceferino Namuncurá.
Son célebres los sucesos
ocurridos en el transcurso de
las mencionadas tratativas. La
providencial intervención de
Bernardo Namuncurá salvándole la
vida al P. Salvaire, y las
consiguientes promesas a la
virgen efectuadas, que han dado
origen a su proceso de
beatificación, el cual se halla
en trámite.
Fue así como el Capitán Rufino
Solano trató, colaboró y le
allanó el camino en la misión,
casi quince años postergada, al
virtuoso y venerable Padre Jorge
María Salvaire, llamado “El
misionero del desierto y de la
Virgen del Luján”, comenzando la
iglesia a tener un contacto
mucho más frecuente y fluido.
Así lo testimonia la expresiva
correspondencia remitida por el
Cacique Manuel Namuncurá a
Aneiros, destacando este cacique
la presencia del Capitán Solano
guiando la delegación que iba a
entrevistar al ilustre
Arzobispo, entre otras más. (Corresp.
con los caciques, Op. Citada,
Cardenal S. L. Copello)
Fue el propio Padre Jorge María
Salvaire quién, mas tarde,
colocó la piedra fundamental de
la gran Basílica de Luján, el 15
de mayo de 1887, luego fue su
Cura Párroco, y murió en la
misma ciudad de Luján el 4 de
febrero de 1899 a los 51 años de
edad. Sus restos fueron
depositados en el crucero
derecho de la Gran Basílica de
Nuestra Señora de Luján a los
pies de la imagen de la Medalla
Milagrosa, al lado del Altar
Mayor, donde yacen hasta el día
de hoy. Por su parte, los restos
del Arzobispo Aneiros descansan
en un mausoleo situado en el ala
derecha de la Catedral de Buenos
Aires, en la capilla consagrada
a San Martín de Tours.
Por su lado, resulta una
verdadera injusticia que la
derruida tumba de este notable
militar se halle ubicada en el
rincón más apartado, recóndito y
olvidado del cementerio de la
ciudad de Azul, sitio que, sin
ayuda, el lector difícilmente la
podría localizar.
En el marco de la excelente
muestra sobre Cervantes
desarrollada en nuestra ciudad,
hemos podido apreciar con que
admirable fervor los habitantes
de otros lugares defienden sus
raíces, su cultura y sus
tradiciones. Esta cualidad, tan
loable y difundida por nosotros
cuando es ejercitada por
foráneos, nos debe servir de
ejemplo en nuestro medio para
valorar y tutelar de igual modo
lo que es auténticamente
nuestro.
Únicamente con este
comportamiento, obtendremos y
mereceremos similar respeto y
consideración de parte de los
demás. Dejo el tema, librado al
sano y sabio discernimiento del
muy querido azuleño.
Por la muy meritoria labor
desplegada por el Capitán
Solano, junto a estas grandes
figuras de la Iglesia, no son
pocos los historiadores
religiosos que lo señalan y lo
refieren en señal de
reconocimiento a su valiosa
colaboración; incluso en la más
reciente actualidad, el
destacado historiador Monseñor
Dr. Juan Guillermo Durán,
miembro de la Academia Nacional
de la Historia y Director del
Departamento de Historia de la
Iglesia, de la Facultad de
Teología de la Universidad
Católica Argentina, en el año
2001, vino hasta la ciudad de
Azul para fotografiar la tumba
del Capitán Solano, publicándola
a página completa en su libro
“En los Toldos de Catriel y
Railef” (Editorial de la
Pontificia Universidad Católica
Argentina, 2002). Se puede
afirmar, sin dudarlo, que el
Capitán Rufino Solano sigue
siendo el militar mas querido y
reconocido de la Iglesia.
Hace aún más valiosa y resalta
su intervención, el hecho de que
su figura representó el punto de
inflexión entre la función del
ejército y la acción de la
Iglesia, cuyas posturas y
principios se mostraron en
aquella época, por sus disímiles
naturalezas, muy a menudo
enfrentadas, incompatibles y
hasta inconciliables.
Para comprender mejor y
valorizar la obra del Capitán
Solano, es necesario ubicarse en
el contexto y en el paisaje de
la época y en nuestra patria.
Por esos días la frontera era
como pararse en la orilla del
mar, no había nada más que
horizonte. En ese horizonte, de
manera recóndita acechaba el
peligro, los indios, la muerte,
la cautividad. No había árboles
ni otro obstáculo que
interrumpiera la visión, durante
las agotadoras travesías se
debía pernoctar en medio de
aquella inmensidad, sin nada
para cobijarse, solo cielo,
tierra y distancias. Tampoco
para guarecerse de las
inclemencias del frío, de la
lluvia, el viento o el calor.
Idéntica situación se producía
para el caso que hubiera que
combatir ante el hábil y astuto
rival. Las marchas duraban días,
semanas enteras, se debía llevar
suficiente cantidad de
provisiones y de caballos para
el recambio. Los indios brotaban
de la tierra como por arte de
magia. El espectáculo de una
toldería india es inimaginable,
allí las cautivas y prisioneros
vivían en un infierno. Si
alguien lograba escapar,
seguramente moría en el
interminable desierto.
Las mujeres indias, por celos,
hostigaban continuamente a las
cautivas y les daban de comer
las sobras, como si fueran
perros. Para que no escaparan, a
los prisioneros se le
despellejaba las plantas de los
pies, lo que obligaba a
trasladarse arrastrándose por el
suelo; vestían harapos, el hedor
era insoportable. Las escenas y
el ambiente eran ciertamente
escalofriantes. Salvo estas
cosas, no difería demasiado la
vida que se llevaba en los
fortines o en los pueblos que se
formaban alrededor de ellos.
A pesar de la ausencia de
memoria de nuestra sociedad,
esta formidable persona
demuestra que cuando alguien es
verdaderamente grande, jamás
puede ser olvidado totalmente,
porque esa grandeza es capaz de
superar los mayores obstáculos,
incluso la ingratitud y el
impiadoso paso del tiempo. Ello
se debe a que los servicios del
capitán Rufino Solano, sus
conocimientos, destreza y
valentía, fueron requeridos
desde todos los sectores de la
esfera social, comenzando por
desesperados familiares que le
rogaban que rescatara a sus
seres queridos, continuando por
los mandos del gobierno,
políticos como militares, y aún
como producto de la constante
preocupación de la Iglesia por
darle una solución a tan difícil
situación. Durante décadas,
todos supieron quien era y donde
estaba el “capitán salvador” y
él cumplió con todos. Ahí radica
la explicación del porqué su
recuerdo siempre regresa: porque
no se puede investigar nuestra
historia sin encontrarnos de
repente con su noble estampa.
En efecto, el Capitán Solano,
fue una persona real, no es una
leyenda ni un cuento, ni mucho
menos una novela, aunque sus
actos intrépidos y heroicos, así
lo parezcan. Gracias a Dios,
Rufino Solano existió en la
realidad de nuestra dura
historia, porque debido a ello,
mucha gente pudo seguir con
vida. El Capitán Solano vivió y
sirvió a su Patria durante toda
su larga, pobre y sacrificada
vida de frontera, donde rara vez
le llegaba un sueldo desde
Buenos Aires.
Otros personajes, recordados con
mucha pompa, vivieron colmados
de comodidades en lujosas
mansiones del barrio de Palermo
de Buenos Aires, cobrando
durante años pingues sueldos por
inexistentes servicios prestados
en el Azul.
Rufino Solano era hijo de Don
Dionisio Solano, un valiente
Teniente de Patricios, guerrero
de las Invasiones Inglesas, y de
la Independencia Nacional, que
actuó junto al General Manuel
Belgrano durante las Campañas al
Paraguay y del Norte; y más
tarde, fue el jefe de la
caravana de familias fundadoras
de la ciudad de Azul, allá por
el año 1832; muriendo en esta
población a una edad superior a
los cien años.
A menos de cinco años de la
fundación del Azul, nació
nuestro personaje (1837),
viviendo en su pueblo natal
hasta su muerte, ocurrida el 20
de julio de 1913. Así lo
certifican su acta bautismal,
los Censos Nacionales de 1869 y
1895 (el primero y segundo del
país) y la certificación de
defunción asentada en registro
del cementerio local.
Este ejemplar ser humano, que lo
dio todo por sus semejantes, al
cual centenares de familias le
debemos hoy la existencia, murió
pobre, viejo y olvidado en su
pueblo natal y se llamaba Don
RUFINO SOLANO, capitán del
ejército argentino, y su mayor
orgullo fue ser, como él siempre
lo decía: “un fiel servidor de
la Patria”.
Autor:
Omar Horacio Alcántara
Bibliografia y fuentes
utilizadas
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Editorial Pontificia de la
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Azul: Alberto Sarramone,
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Diego A. de Santillán. Ediar Soc.
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Samuel Tornopolski. Buenos
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- Frontera, indios, soldados y
cautivos -1780-1880-. Juan
Guillermo Durán. Buenos Aires,
Bouquet Editores; Universidad
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- La Conquista del Desierto:
Juan Carlos Walther Editorial
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- Gestiones del Arzobispo
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Bs. As. 1945, Edición
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Editora “Coni”.-
- Diccionario Biográfico
Argentino: Enrique Udaondo.
Imprenta Coni, Buenos aires,
1938.
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Cutolo. Editorial Elche, Buenos
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- El significado de la
Nomenclatura de las estaciones
ferroviarias de la República
Argentina: Enrique Udaondo
(Estación El Lenguaraz).
Talleres Gráficos del Ministerio
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- El Beato Miguel Garicoïts
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Bayoneses, Pedro Mieyaa,
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- Archivo Histórico del Ejército
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- Museo Julio Marc de la Ciudad
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- Diario "El Nacional" (Bs. As.,
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- Diario la "Prensa" (Bs. As.,
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- Diario La Capital (Rosario,
Marzo, 1873).
- Diario El Tiempo (Azul, 09 de
julio de 1964)
-
www.wilsoncenter.org/topics/docs/ACF352.pdf
Gentileza: omar alcantara [
omaralcantara@arnet.com.ar ]
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