|
Religión y teorías del «Todo»
Por
Leonardo Boff
Hay en el espíritu humano un
anhelo irreprimible de una
visión total, y por un orden que
permanece incluso dentro de los
desórdenes que constatamos.
Concretamente vivimos en el
fragmento, pero lo que buscamos
en verdad es el Todo. Los
grandes sistemas religiosos y
filosóficos intentan construir
visiones totalizantes del ser,
de su origen, de su devenir y de
su plena manifestación.
La ciencia moderna no escapa a
esta búsqueda insaciable. Desde
que Newton introdujo la efectiva
matematización de la naturaleza
surgió el intento de una «Teoría
del Todo» (TOE: Theory of
Everything), llamada también
«Teoría de la Gran Unificación»
(TGU), o la «Teoría-M» (Mater),
un cuadro general que abarcase
todas las leyes de la naturaleza
y que nos brindase la
explicación final del universo.
Hay dos libros clásicos que
resumen los caminos y descaminos
de esta cuestión: el de John D.
Barrow, Teorías del Todo: Hacia
una explicación fundamental del
universo (Crítica 1994) y el
otro de Abdus Salam, Werner
Heisenberg y Paul A. M. Dirac:
La unificación de las fuerzas
fundamentales (Gedisa 1991).
Sabemos que los últimos años de
Albert Einstein fueron
dedicados, casi obsesivamente, a
esta cuestion, sin alcanzar
ningun resultado satisfactorio.
Últimamente la cuestión ha sido
retomada con especial vigor por
Stephen W. Hawking, en su
reciente libro Brevísima
historia del tiempo (Crítica
2005).
Poco después de empezar se da
cuenta de la dificultad de esta
tarea, pues, de acuerdo con la
mecánica cuántica, el principio
de indeterminación parece ser la
marca fundamental del universo,
tal como lo conocemos. ¿Cómo
encuadrar realidades que son,
por principio, indeterminables,
bifurcables y potenciales en una
única formula? Confiesa: «Si
realmente descubrimos una teoría
completa, sus principios
generales deberán ser, a su
debido tiempo, comprensibles
para todos, y no sólo para unos
pocos científicos. Entonces,
todos nosotros, filósofos,
científicos y simples personas
comunes, seremos capaces de
participar de la discusión de
por qué, el universo y nosotros,
existimos. Si encontrásemos una
respuesta a esta pregunta sería
el triunfo último de la razón
humana, porque entonces
conoceríamos la mente de Dios».
La ilusión de estas teorías es
imaginar que todo puede ser
reducido a la física (clásica o
cuántica) y traducido en al
lenguaje de la matemática. La
realidad, sin embargo, se apoya,
sí, en la física pero va mucho
más allá. Por eso, John Barrow
modestamente reconoce: «No
encontramos nada de matemático
en relación con las emociones y
juicios, la música y la
pintura». Toda la vida
cotidiana, lo que mueve a los
seres humanos en su búsqueda de
felicidad y en su tragedia, no
caben en la concepción física
del «Todo». Poco me importa la
inmensidad de los espacios
cósmicos llenos de polvo
sideral, de gravitrones,
electrones, neutrinos y átomos,
si mi corazón es infeliz por no
poder dar amor a quien amo, por
haber perdido el sentido de la
vida y no encontrar consuelo
junto a Dios.
Aquí es otro el discurso y son
otros los especialistas
invocados. De estas cuestiones
de vida y muerte hablan los
textos sagrados de todas las
religiones y tradiciones
espirituales. Tal vez el místico
William Blake (+1827) nos
inspire, pues en la parte nos
hace descubrir al Todo: «ver el
mundo en un grano de arena/ y el
paraíso en una flor del campo/,
albergar el infinito en la palma
de la mano/ y la eternidad en
una hora».
Gentileza: @ volar [
volar_2004@yahoo.com.ar ]
paginadigital |