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Dos ideas distintas de progreso
Por Alberto Buela
La idea de progreso sin fin es
una de las ideas de la
modernidad que se han quebrado
con mayor resonancia. Ya nadie
cree en su sano juicio que la
humanidad esté progresando
indefinidamente, sobre todo
después de los dos bombazos
atómicos, una guerra mundial con
40 millones de muertos en el
centro de la culta Europa. Con
más de 100 millones de muertos
producidos por el comunismo y
más de 70 conflictos bélicos
locales de alta densidad durante
el siglo XX.
Todo ello adornado con varios
genocidios, desde el Armenio en
1915 al africano de Darfour que
desde el 2003 hasta el presente
se come 10.000 muertos por mes.
(1)
Sobre estos datos brutales,
¿puede el hombre renunciar a la
idea de progreso?. No. Lo que
hay que hacer es entenderla de
otra manera. Dejar de entender
el progreso como la urgencia de
incrementar la riqueza material
y pasar a entenderlo como
equilibrio.
Así sostenemos que debemos pasar
de la idea de progreso como
crecimiento y productividad a la
de equilibro y sustentabilidad.
Hay que asociar la idea de
desarrollo material, con la que
tanto tiene que ver la
ingeniería, con las nociones de
equilibrio sustentable.
Hay que resolver la ecuación
entre mayor calidad de vida,
siempre reclamada por la
naturaleza humana, y la
preservación del entorno natural
en que vivimos.
Hay un agudo sociólogo mexicano,
Sergio Zermeño quien en un libro
sobre La desmodernidad mejicana
(2) platea la tensión entre
estas dos nociones de progreso:
la ilustrada y la postmoderna,
que sostenemos nosotros.
En realidad la idea postmoderna
de progreso se enraiza en la
idea premoderna de equilibro tan
cara al pensamiento greco-romano
que se desarrolló en todos los
dominios bajo el lema de Solón
meden ágan)= Nada en exceso.
Después vulgarizado en el
apotegma: Todo en su medida y
armoniosamente.
Ya pasaron tres siglos desde el
lanzamiento de la idea optimista
de progreso por parte de W. Penn,
conocido como el Abad Pierre, en
su trabajo Proyecto de una paz
continua de 1712, en donde
trabajaba en un programa de
Gobierno Mundial. Luego esta
idea fue retomada por filósofos
como Kant en su libro Sobre la
Paz perpetua de 1794 y más tarde
ya a mediados del siglo XX por
H. Kelsen en Derecho y paz en
las relaciones internacionales
de 1942, estos grandes teóricos
seguidos de otros muchos más el
apoyo irrestricto, a la idea de
progreso lineal y continuado,
por parte de los grandes grupos
de poder como la masonería
durante los siglos XVIII y XIX,
y los aparatos del de poder del
pensamiento liberal del siglo XX
al que se le suma el progresismo
ínsito en la teoría marxista,
todo ello hace que la idea de
progreso lineal, continuo y
progresivo de la historia del
hombre en sociedad, haya tenido
vigencia durante los últimos
tres siglos. Y fueran necesarias
una serie de hecatombes
ocurridas durante el siglo XX
para que un reconocido teólogo
protestante Jüngen Moltmann,
exclamara horrorizado: "Los
campos de cadáveres de la
historia reciente, nos prohiben
toda ideología del progreso".
Esta ideología del progreso fue,
además, de hecho cuestionada y
devaluada por la propia acción
cómplice de la izquierda
política que justificó los
crímenes atroces de gobiernos
reaccionarios como los de Stalin,
Ceaucescu, Kim Il Sung, Pol Pot
y tantos otros.
También desde la izquierda a
través del sociólogo no
conformista Serge Latouche, con
su idea de décroissance
soutenable ou décroissance
conviviale se alienta el
abandono de la fe en el progreso
indefinido.
El asunto consiste entonces
¿cómo llevar a cabo un progreso
siempre necesario para el mayor
y mejor confort del ser humano
en vista a una mejor y mayor
realización de su propia
esencia, naturaleza o vocación
sin caer en la explotación
desmedida de los medios que el
mundo le ofrece a la cada vez
más desarrollada tecnología del
desarrollo para el consumo y la
fabricación de productos?
Si algo es esta pregunta, es una
pregunta filosófica que es
demasiado seria e importante en
orden al destino del hombre
sobre la tierra para dejar que
la respondan sólo los políticos,
economistas y sociólogos. Los
filósofos tendrían que hacer el
esfuerzo de intentar responder
esta pregunta liminar.
Nosotros como simple arkeguetas
nos animamos a destacar dos o
tres ideas fuerza en torno a
ella.
1) El hombre no debe renunciar a
la idea de progreso sino que
debe entenderla y realizarla
como equilibro entre sus
necesidades cada vez mayores y
más complejas y su medio
ambiente cada vez más
deteriorado y maltratado. Para
ello tiene que romper con el
mito ilustrado de que toda
reacción es mala. La
imbecilización intelectual de lo
políticamente correcto sostiene
a raja tabla que reaccionario es
el partidario de restablecer lo
abolido por una acción
progresista (ver revista Ñ de
Clarín). Esta versión falaz,
disminuida y limitada de la idea
de reacción es la que ayuda y
justifica, más que ninguna otra,
al imperialismo y las
multinacionales a desbastar el
mundo ( ej. como lo hará la
papelera Botnia sobre el río
Uruguay) anulando y demonizando
toda reacción. El reaccionario
no es el troglodita que desea
volver a las cavernas sino el
hombre "reactivo", aquel que aún
tiene sangre en las venas y
puede reaccionar ante una
injusticia. Y para ello necesita
ser fuerte, apoyarse en la idea
o virtud de la fortaleza, que se
caracteriza más bien por el
sustinere= el saber soportar,
que en el aggredere= el agredir.
En una palabra, la fortaleza de
aquel que puede reaccionar
consiste en que conserva la
capacidad de rechazo, la fuerza
para decir no a pesar que su
causa está casi perdida.
Según el silenciado pensador
colombiano Nicolás Gómez
Dávila(1913-1994)en su libro
Sucesivos escolios a un texto
implícito: "Los reaccionarios le
procuran a los bobos el placer
de sentirse atrevidos pensadores
de vanguardia. No son pensadores
excéntricos, sino pensadores
insobornables. La objeción del
reaccionario no se discute, se
desdeña".
Al haber logrado eliminar la
capacidad reactiva, de reacción
demonizando la idea de
reaccionario y además
limitándola al ámbito político,
lo que ha logrado el pensamiento
único, aquel que nace de la
Ilustración y llega a nuestros
días bajo el nombre de
progresismo, es transformar a
los pensadores e investigadores
en eunucos intelectuales, que se
entretienen con los textos como
pretextos para otros textos,
mientras la dura realidad se les
escapa a sus observaciones.
2) El hombre no puede renunciar
a la idea de progreso pero no
puede entenderla como un
desarrollo lineal en donde lo
último es siempre lo mejor y lo
más apropiado para el despliegue
de su naturaleza. Este es el
error del progresismo que ha
entendido y asumido a "la
vanguardia como método" pues su
gran temor es no aparecer nunca
como antiguo, como viejo, como
pasado de moda.
Esto lo vio y lo describió con
gran agudeza Martín Heidegger en
Ser y Tiempo hablando a
propósito de los rasgos de la
existencia impropia, uno de los
cuales es la "avidez de
novedades" que tanto caracteriza
a la intelligensia.
La idea de progreso, según
nuestra opinión, tiene que estar
vinculada a la idea de
equilibrio de los efectos.
Progreso en la medida en que las
consecuencias o efectos del
mismo se equilibran de tal forma
que puedo realizar nuevos
progresos sin anular los efectos
del primero. Esta es nuestra
idea fuerza y le pido al amable
lector que llegó hasta acá, que
la relea. Esta idea de progreso
que volcamos acá está
directamente reñida con la idea
de desperdicio, uno de los
problemas más acuciantes de las
sociedades desarrolladas.
Nota:
(1) Hay que anotar además que el
mayor genocidio del siglo XX, el
ucraniano de los años 1933 al
35, producido, ordenado y
llevado a cabo por la troika
hebrea de (Moissévitch
Kaganovitch; Kalinine y Genrikh
Iagoda) al servicio de Stalin
ocasionó más de 10 millones de
muertos todos ellos cristianos.
(2) Zermeño, Sergio: La
desmodernidad mejicana y las
alternativas a la violencia y a
la exclusión en nuestros días,
México, Ed. Océano, 2005
(*) Filósofo (mejor arkagueuta).
Centro de Estudios Estratégicos
Suramericanos. Federación del
papel. Escuela de Gobierno Pcia.
de Bs.As.
Gentileza: Luis M. Casado Ledo [
casadoledo@rebanadasderealidad.com.ar
]
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