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Scalabrini Ortiz: Norte
ideológico de FORJA
Por Francisco José Pestanha
Debo reconocer que con Raúl
Scalabrini Ortiz me ligan dos
momentos históricos
significativos. El primero,
vinculado a aquellas primeras
lecturas que influyeron
marcadamente en la conformación
ideológica de mi juventud, allá
por los comienzos de la década
de 1980. El segundo, operado
hace unos diez años, oportunidad
en que retomé los estudios
relacionados con el pensamiento
nacional.
La reaparición de Scalabrini
Ortiz en mi itinerario
intelectual estuvo rodeada de un
componente intuitivo que me
permitió, mientras los infaustos
acontecimientos políticos y
sociales de los años 2000 y 2001
obliteraban las esperanzas
argentinas, recordar que el
autor de Política británica en
el Río de la Plata perteneció a
una generación que pergeñó en
nuestro país una profunda
revolución estético-cultural,
que precedió y a la vez
determinó los aspectos liminares
de la tremenda convulsión
política acontecida a partir de
octubre de 1945.
Convergiendo con tal
reencuentro, un texto de Juan W.
Wally con el que me topé
providencialmente en Internet,
Generación de 1940. Grandeza y
frustración -texto que
afortunadamente verá la luz en
los próximos meses- confirmó mis
sospechas, y me brindó numerosas
claves que demuestran que ese
conglomerado de hombres y
mujeres dotados de una profunda
sagacidad, de un brillo
intelectual y estético
inigualables, no sólo cobrarán
inusual protagonismo en las
primeras décadas del siglo
pasado en el campo de lo
artístico, sino que además
incidirán, a partir de su obra,
en los acontecimientos sociales
y políticos de la segunda mitad
del siglo pasado. Dos prolíficas
corrientes literarias
revolucionarán el ambiente de la
época, ciertamente
influenciadas, entre otros, por
Leopoldo Lugones y Macedonio
Fernández. Leopoldo Marechal,
Jorge Luis Borges, Raúl
Scalabrini Ortiz, Roberto Arlt,
Armando Cascella, Leónidas
Barletta, Álvaro Yunque son
hombres que expresan por sí
solos toda una epopeya. Pero a
la vez poetas como Enrique
Santos Discépolo, Homero Manzi,
Alfonsina Storni, entre tantos
otros, emergieron como reguero
para contar las cosas nuestras a
partir del milenario arte de la
rima. Nuevos pintores surgieron
para pintar paisajes y sujetos
comunes, y entonces, el
estibador y el gaucho adquirirán
definitivamente carácter de
sujeto histórico de la mano de
Quinquela Martín y Molina
Campos. Comenzará además la hora
de esplendor del tango con
Celedonio Flores, Osvaldo
Fresedo, Carlos Di Sarli, Juan
D'Arienzo, Alfredo Le Pera,
Azucena Maizani, etc. Además,
una revalorización del folclore
pondrá a nuestra música nativa
en el centro de la escena, y el
teatro costumbrista dará cuenta
de una maravillosa fusión
americana a través de las piezas
de Samuel Eichelbaum y Armando
Discépolo.
La revolución artístico-cultural
que protagonizó la generación
décima (tal como la denomina
Wally) entre las décadas de 1920
y 1940, tendrá un componente
hondamente revelador, ya que si
bien algunos de los artífices
incorporarán a sus respectivas
obras ciertas herramientas
propias del vanguardismo
europeo, la mayoría de los
productos estéticos y culturales
que emergerán en esa época
apelarán a componentes
nítidamente endógenos. Hay en
esta progenie entonces una clara
orientación hacia lo identitario
local -y por tanto- un evidente
sentido nacional en su obra.
Scalabrini Ortiz es un claro
exponente de esta descendencia
que se inició en el campo de la
literatura con un libro de
cuentos y diálogos titulado La
Manga (1923). Pero recién
llegará al conocimiento público
a través del El hombre que esta
solo y espera -una Biblia
porteña- publicado por la
editorial Reconquista en el año
1931. Este texto, enclavado en
la corriente cultural a la que
venimos refiriendo, advertirá al
lector en el prólogo que "no
catalogue vacío de sentido a lo
que en el interior de este libro
llamo espíritu de la tierra",
del cual nosotros somos células
"infinitamente pequeñas de su
cuerpo, del riñón, del estómago,
del cerebro, todas
indispensables. Solamente la
muchedumbre innúmera se le
parece un poco. Cada vez más,
cuanto más son".
Entre otros factores políticos,
sociológicos, culturales y
económicos que incidieron en los
caracteres principales de la
producción de esta generación,
podemos destacar tres.
En primer lugar, es preciso
referirse al fenómeno
inmigratorio. El carácter
aluvional de la gran
inmigración, en especial, en la
ciudad de Buenos Aires, hará
tambalear los principios
liminares sobre los que se
asentaban los paradigmas
socioculturales de la época. Es
por ello que estos hombres y
mujeres buscarán fortalecer
desde un nuevo espíritu la
cuestión identitaria, por
ejemplo, apelando
provocativamente al
martinfierrismo, a fin de
rescatar la herencia facúndica
de nuestro país. Algunos de sus
mentores, como Scalabrini Ortiz,
complementarán este rescate con
una apelación al vigor de
ciertos aportes de los numerosos
grupos que llegaban al país para
asentarse definitivamente, y
desarrollarán en consecuencia
una tesis multígena para dar
cuenta del componente social
argentino.
En segundo lugar, los
integrantes de esta descendencia
serán testigos de un fenómeno
pocas veces analizado con
rigurosidad suficiente: la
convergencia de los orilleros.
Entre finales de la década de
1920 y principios de la de 1930
convergerán en las márgenes de
la metrópoli aquellos primeros
orilleros desplazados desde
hacía décadas por el impulso del
"progreso" de los vencedores de
la batalla de Caseros; nuevas
camadas de inmigrantes negados
de tierras y asentados en las
orillas de la urbe, y los
migrantes internos, población
rural expulsada de las labores
agrícolas debido a la crisis del
modelo agro-exportador del año
1930. Este fenómeno sociológico
sería de notable importancia de
cara a los procesos políticos
que se avecinaban y daría lugar
a nuevas expectativas que serían
retratadas por nuestros
artistas.
En tercer lugar, el rescate de
la herencia federal del siglo
XIX efectuada por el
revisionismo histórico y la
formación de las primeras
corrientes nacionalistas
provocarán una profunda reacción
contra la anglofilia y la
francofilia de las elites
culturales de Buenos Aires, y
por tanto, determinarán que un
sector importante de esta
generación se oriente hacia la
búsqueda de los rasgos
principales de la identidad
cultural y política local. Debe
tenerse en cuenta además que
tanto Scalabrini, Jauretche como
Manzi son hombres nacidos en las
provincias (Scalabrini nace el
14 de abril de 1898 en
Corrientes) que alternan en la
gran metrópoli. Esta dimensión
provinciana se manifestará
posteriormente en el ideario
integrador forjista que se
conocerá luego como nacionalismo
popular. Cabe además señalar que
este proceso se verá enriquecido
por algunos aportes de las
miradas de orientación
socialista muy características
en las primeras décadas del
siglo pasado.
Por último, es preciso
manifestar que esta profunda
revolución estético-cultural no
se circunscribió estrictamente
al ambiente artístico. La
reafirmación americana cruzó
toda la vida argentina
extendiéndose inclusive al campo
de lo científico, a partir de
luminarias como Carlos Astrada,
Nimio de Anquín, Carlos Cossio,
Arturo Sampay, Rafael Bielsa,
Ernesto Palacio, Saúl Taborda,
Tomás Casares, Leonardo
Castellani, Juan Mantovani,
Rodolfo Irazusta, Julio Irazusta
y Manuel Savio, entre otras.
Antes de concentrarnos
específicamente en el fenómeno
forjista, cabe hacer una breve
referencia al itinerario
intelectual de Scalabrini Ortiz,
ciertamente compartido por otros
exponentes del nacionalismo
argentino. El joven Scalabrini,
durante su paso por la Facultad
de Ciencias Físicas y Naturales
de la Universidad de Buenos
Aires, participa activamente en
una agrupación política
estudiantil denominada
Insurrexit de orientación
socialista revolucionaria. Esta
transición por la izquierda que
deja una profunda "huella en su
espíritu" era bastante natural
en aquellos jóvenes, ya que en
la década de 1920, la izquierda
y el anarquismo aparecían como
el primer elemento de reacción
contra el sistema opresivo.
Además, Scalabrini proviene de
una tradición positivista
impresa por su padre, Pedro
Scalabrini, un prestigioso
naturalista. Nótese en este
sentido, que igual itinerario
comparten Ramón Doll, quien tuvo
un origen socialista
incorporándose al nacionalismo
en 1936, y Ernesto Palacio,
quien en su juventud coqueteó
con el anarquismo para luego
evolucionar hacia el ideario
nacionalista. Aunque
perteneciente a una generación
anterior, el mismísimo Leopoldo
Lugones adhirió al socialismo
junto a José Ingenieros, Roberto
Payró, Ernesto de la Cárcova, e
inclusive llegó a escribir en el
periódico socialista "La
Vanguardia".
El derrotero posterior de
Scalabrini hacia el ideario
nacionalista y popular
probablemente será consecuencia
no sólo de sus propias
apreciaciones y descubrimientos
respecto a la incidencia de Gran
Bretaña en nuestra vida
institucional y económica.
Además de Macedonio Fernández,
influirán en su pensamiento
autores de la talla de José Luis
Torres, Ernesto Palacio y los
hermanos Irazusta, con los
cuales cultivará una intensa
amistad. Un primer y
decepcionante viaje al Viejo
Continente en 1924, y otro, en
1933, esta vez con motivo de su
exilio, confirmarán
definitivamente sus preferencias
y su compromiso con la patria
que lo vio nacer.
La aparición en su vida de don
Arturo Jauretche en oportunidad
de integrarse este último al
periódico Señales , sobre el
cual Raúl ejercía una influencia
ideológica decisiva, llevará a
Scalabrini a acercarse en el año
1935 a una agrupación denominada
FORJA, Fuerza de Orientación
Radical para la Joven Argentina,
nucleamiento de clara
orientación yrigoyenista. Allí
dará su primera conferencia el
30 de septiembre de 1945.
Scalabrini nunca perteneció a la
Unión Cívica Radical. De la
copiosa información que surge
del repositorio documental que
perteneciera a Francisco José
Capelli -último secretario
general de la agrupación- y que
afortunadamente ha sido
rescatado para los
investigadores , surge
visiblemente que Scalabrini
descreía absolutamente de la
capacidad revolucionaria de un
radicalismo, ya por entonces,
absolutamente cooptado en su
dirección por las huestes
alvearistas, y por tanto,
acoplado armónicamente al orden
oligárquico impuesto por el
justismo.
Scalabrini se integrará
formalmente a FORJA cinco años
después de su fundación, cuando
reformado el estatuto, se
elimina el requisito de
afiliación al radicalismo. Sin
embargo, el compromiso inicial
que asumió con la agrupación le
permitirá en poco tiempo ir
convirtiéndose, como afirma
Norberto Galasso, en "su
principal teórico" .
FORJA se estructurará entonces
bajo dos pilares. Mientras
Arturo Jauretche se concentrará
en importantísimas labores de
construcción y articulación
político-institucional,
Scalabrini centralizará su
actividad en la producción
teórica, y por tanto, impulsará
entre otras acciones la
publicación de los legendarios
cuadernos (13 en total). Resulta
notoriamente falsa la afirmación
que circula por ciertos
cenáculos respecto de que FORJA
era una agrupación estrictamente
radical. Scalabrini, como
sostuvimos, se incorpora a ella
desde sus comienzos
informalmente pero adquiere,
como ya se ha dicho, una
importancia vital para la
organización. Por su parte, la
presencia activa de hombres de
la talla de Miguel López
Francés, quien luego será el
corazón del gobierno de
Mercante, Nicanor García, el
jefe de FORJA Mar del Plata,
quizás la filial más importante
en el interior del país, y Darío
Alessandro, entre otros, probará
que FORJA contuvo en su seno y
desde sus inicios expresiones no
vinculadas al partido
centenario.
Resulta además inexacto afirmar
que FORJA fue una agrupación
esencialmente integrada por
intelectuales. Muy por el
contrario, la labor articuladora
de Jauretche permitió, en
primera instancia y a través de
la figura del legendario
Libertario Ferrari, contribuir
con la incipiente
nacionalización de las
conciencias de las clases
trabajadoras argentinas.
Numerosas obras así lo
acreditan, entre las que se
destacan las de Hiroshi
Matsushita y Cristián Buchrucker
. Libertario Ferrari llega a ser
miembro de la conducción de la
CGT, y paulatinamente
transmitirá los contenidos
forjistas al seno del movimiento
obrero. Entre tantos resultados,
los documentos de FORJA
contribuirán a fortalecer la
conciencia obrera respecto al
imperialismo real, es decir, el
británico, ya que, tal como
explican antiguos militantes del
campo sindical, mientras la
diatriba de los componentes de
la izquierda tradicional
insistía en vincular al
imperialismo yanqui con todos
nuestros males, los obreros eran
plenamente conscientes de que
las empresas estratégicas de
nuestro país estaban bajo
dominio británico. El
trabajador, cuya inteligencia
intuitiva es vital, encontrará
en el discurso forjista los
argumentos para denunciar lo que
ya se sabía que sucedía. Por su
parte, la acción forjista
influirá en los cuadros
militares de la logia creada por
el General Perón (GOU), en
especial, a través de la
relación de Jauretche con el
mayor Estrada. De esta forma,
cuadros militares jóvenes
accederán, gracias a esta
relación, a los trabajos de,
entre otros, Scalabrini, Torres
y Del Río.
La labor de Scalabrini en FORJA
proseguirá hasta el 1 de febrero
de 1943, fecha en que abandona
la agrupación por ciertas
discrepancias con su conducción.
Es a partir de esa fecha que
dejarán de producirse los
cuadernos y que la creación
teórica de FORJA disminuirá,
reduciéndose fundamentalmente a
las labores preparatorias para
la convulsión futura. En tal
sentido, FORJA es casi la única
agrupación que saldrá a
manifestarse a favor del
pronunciamiento del 4 junio de
1943.
No obstante su alejamiento,
Scalabrini dejará una impronta
imborrable en la organización,
no solamente en lo que respecta
a la denuncia de los oscuros
lazos que nos unían a un imperio
como el británico, sino a otras
cuestiones sumamente vitales
para el futuro de nuestro país
que aún hoy no han sido
definidas, y en especial,
aquella que refiere a la
cuestión de nuestra conformación
nacional.
En un breve ensayo que denomina
Principios para un orden
revolucionario , texto cuya
ubicación se torna bastante
dificultosa, ya que no ha sido
reeditado, y que fuera escrito a
principios de 1946, Scalabrini
define los caracteres de nuestra
nación a la que asigna el
carácter de multígena. El autor
observaba en su época una
tendencia hacia la conformación
de al menos dos tipologías
nacionales: la monógena, basada
en ciertos componentes
homogéneos en materia
étnico-racial y cultural, y cuya
referencia principal era el
modelo alemán, y la multígena,
correspondiente a aquellas
comunidades de base diversa como
la nuestra. Rescatando entonces
la idea vasconceliana de la raza
cósmica y del encuentro, pero
sin desconocer los componentes
altamente traumáticos del
proceso de la conquista,
Scalabrini, mirando directamente
a la realidad, presta especial
atención a los caracteres
diversos que conviven en nuestra
nación real y a la dimensión
inclusiva de tal convivencia.
Scalabrini encuentra allí una
multigeneidad que ya tiene su
idioma, su historia, sus
instituciones, sus costumbres,
su cultura, es decir, una
integración que se extiende
hacia los primeros habitantes de
estas tierras y que resulta
sumamente valiosa. Como hombre
proveniente de una tradición
paterna naturalista, Scalabrini
sabe que en la naturaleza la
homogeneidad es sinónimo de
muerte y la heterogeneidad es
sinónimo de vida, y por tanto,
nuestra diversidad constitutiva
debe ser apreciada y eficazmente
conducida.
Scalabrini es esencialmente un
patriota, ama a su tierra, y se
esmera por desarrollar una
teoría de lo nacional sobre la
base de la realidad, de lo que
es, en definitiva, el ser. Por
eso incorpora al pueblo concreto
en el concepto de nación,
distanciándose así de otros
nacionalistas que interpretaban
que la nación había sido
derogada en la batalla de
Caseros. Esta noción de nación
es retomada por Juan Domingo
Perón, un criollo que supo
comprender la multigeneidad de
nuestros orígenes y llevarla a
la práctica en sus acciones.
Por último, Scalabrini nos deja
otra enseñanza. Mientras luchaba
denodadamente por la
nacionalización de las empresas
de servicios y la independencia
económica, promovía una
verdadera democratización del
país a través de la formación de
"nuevos cuadros patrióticos,
nuevos diputados patrióticos,
nuevos gerentes patrióticos".
Coincide entonces con Arturo
Jauretche y con Ernesto Palacio
en que la Argentina necesitaba
nuevas elites con conciencia
nacional para llevar a cabo una
empresa nacional. Más de
cincuenta años después, similar
mensaje nos legó Fermín Chávez,
quien al sostener que "las
crisis argentinas son primero
ontológicas, después éticas,
políticas, epistemológicas y
recién por último económicas",
nos advirtió que sólo una elite
dirigente ligada orgánicamente a
su pueblo y dotada de nítido
compromiso nacional podrá
superar ese trance ontológico
que nos impide conducirnos hacia
el destino digno y
autosuficiente que nos
merecemos.
Gentileza: Francisco Pestanha [
franciscopestanha@arnet.com.ar
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