|
De falsos maestros y peores
seguidores
Por Mario Roberto Morales, La
Insignia
Nada hay más fácil en la vida
que ser seguidor de alguien. Lo
difícil es pensar y actuar por
cuenta propia. Es tan difícil
que a menudo solemos creer que
pensamos y actuamos a partir de
nuestra soberana voluntad cuando
en realidad estamos repitiendo
ideas con un fervor que es
igualmente imitativo. Y no es
que se trate de interiorizar el
prurito de la originalidad a
toda costa, sobre todo si uno
transcurre una etapa formativa
de sus criterios y de expansión
de su intelecto. Pero la
aspiración de cualquier
pensador, intelectual o escritor
que se respete, debe ser la de
llegar a ser capaz de ejercer
con libertad su propio criterio.
Y lo irónico del asunto reside
en que, para lograrlo, primero
debe aprender, estudiar, tener
maestros y dejarse guiar. Lo que
nos lleva al asunto de qué
significa ser maestro, guiar y
orientar.
Muchos intelectuales (o
universitarios medianamente
intelectualizados, que no es lo
mismo) perciben que su
obligación es formar legiones de
jóvenes con un pensamiento
uniforme y sin variaciones.
Creen que de esta manera están
contribuyendo al avance del
pensamiento de sus países (o de
países ajenos) porque viven en
la ilusión de que son poseedores
de la única verdad válida en el
mundo. Esto, como se sabe, se
llama fundamentalismo, y afecta
a los guías espirituales,
académicos, universitarios,
religiosos, políticos y hasta
culturales, al extremo de que la
humanidad ha entrado en una
etapa de guerra de
fundamentalismos, echando por la
borda las conquistas sociales
del Renacimiento y la
Ilustración, de modo que tenemos
a la orden del día
confrontaciones de esencialismos
religiosos, de teorías
económicas y políticas, y de
posturas etnocentristas y
culturalistas.
Claro que los fundamentalismos
constituyen sólo la fachada
ideológica de estas
confrontaciones, pues su causa
fundamental sigue siendo
económica y, más
específicamente, de mercado,
como lo prueba la necesidad del
control del petróleo y la
consiguiente carrera
armamentista en el Medio
Oriente, una táctica siniestra
para contrarrestar la ofensiva
económica china, que en pocos
años dominará el mundo de los
negocios. Estas guerras entre
fundamentalismos contrastan pues
con el funcionamiento económico
del mundo, regido por la lógica
del mercado. De lo que se deduce
que la fachada ideológica
fundamentalista de los
conflictos forma parte del
efecto que tiene el aparato
mediático del sistema, diseñado
para hacer creer a las masas lo
que no resiste el menor análisis
concreto.
Y henos de vuelta en el problema
del seguidismo, de los maestros
adocenantes y de los pupilos
fanáticos y repetidores del
verbo de sus mentores. Educar en
el seguidismo implica educar en
las polaridades de los
fundamentalismos, es decir, de
las fachadas ideológicas con que
la propaganda mediática disfraza
los problemas concretos. Formar
legiones de seguidores cumple la
función de uniformizar al mundo
en las mentalidades
esencialistas que lo tienen
sumido en la violencia. De lo
que se trata, por tanto, es de
formar generaciones de
intelectuales críticos (capaces
de ejercer su criterio personal)
y radicales (capaces de
comprender la raíz causal de los
problemas a fin de
solucionarlos), enseñándoles a
efectuar el análisis concreto de
la situación concreta,
dotándolos de las herramientas y
de la entereza moral para llevar
a cabo semejante tarea.
Un maestro debe formar seres
libres, no autómatas ni perros
de presa. De esto ya tenemos
demasiado, y su mediocre cuanto
inútil obra está a la vista.
Gentileza: Melina Alfaro [
cybermelina_2004@yahoo.com.ar
]
paginadigital |