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Che: el retorno triunfal
Por Jaime Galarza Zavala
Cuando lo mataron en Higueras,
un viento de luto cubrió el
orbe.
Por un momento los hombres se
sintieron mutilados, como si a
todos y cada uno se les hubiera
arrancado de cuajo lo más puro,
lo más digno, lo más esperanzado
de sus corazones.
Y todos impotentes para
impedirlo, después de haber
temido por meses, semanas, días,
que sucediera esa como muerte
parcial de los humanos.
No importaba la raza, el
continente, la religión, la
ideología; cada uno le amó a su
modo, le tomó su voz de río
interminable, acompañó el trote
de su Rocinante.
América Latina ha parido muchos
héroes y grandes conductores.
Nuestros pueblos los han
querido, respetado y seguido.
Pero amor unánime, llameante,
infinito sólo han recibido dos
de éllos: Simón Bolívar y
Ernesto Che Guevara.
Con una circunstancia, fruto de
los siglos:en tanto el
Libertador apenas es conocido en
el Tercer Mundo, aparte de
América Latina, el nombre del
Che es bandera de rebeldía en la
enorme superficie del globo
donde los pueblos están
esclavizados todavía, y allí
donde el socialismo urge
revolucionarse a sí mismo.
Conforme la Tierra gira, el sol
alumbra siempre su efigie. Su
mirada horizontal no se apaga
jamás.
Si ese amor del que hablamos le
prodigan incluso aquellos que no
lo vieron nunca, los que
departimos con él por varias
horas y ocasiones; los que nos
enfrentamos a sus ojos
escrutadores y a su infatigable
oído; los que supimos del calor
de su mano y pudimos hablarle
como al mejor hermano, nosotrois,
sentimos más acrecentados tanto
el amor como la vergüenza.
Y si no podemos ser Hombres del
Siglo XXI, igual que el Che, al
menos somos leales a su sombra.
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Gentileza: Altercom [
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