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Bolívar y Ponte
Apuntes
biográficos sobre Simón Bolívar
Por: Karl Marx
Bolívar y Ponte, Simón, el
«Libertador» de Colombia, nació
el 24 de julio de 1783 en
Caracas y murió en San Pedro,
cerca de Santa Marta, el 17 de
diciembre de 1830. Descendía de
una de las familias mantuanas,
que en la época de la dominación
española constituían la nobleza
criolla en Venezuela. Con
arreglo a la costumbre de los
americanos acaudalados de la
época, se le envió Europa a la
temprana edad de 14 años. De
España pasó Francia y residió
por espacio de algunos años en
París. En 1802 se casó en Madrid
y regresó a Venezuela, donde su
esposa falleció repentinamente
de fiebre amarilla. Luego de
este suceso se trasladó por
segunda vez a Europa y asistió
en 1804 a la coronación de
Napoleón como emperador,
hallándose presente, asimismo,
cuando Bonaparte se ciñó la
corona de hierro de Lombardía.
En 1809 volvió a su patria y,
pese a las instancias de su
primo José Félix Ribas, rehusó
adherirse a la revolución que
estalló en Caracas el 19 de
abril de 1810. Pero, con
posterioridad a ese
acontecimiento, aceptó la misión
de ir a Londres para comprar
armas y gestionar la protección
del gobierno británico.
El marqués de Wellesley, a la
sazón ministro de relaciones
exteriores, en apariencia le dio
buena acogida. pero Bolívar no
obtuvo más que la autorización
de exportar armas abonándolas al
contado y pagando fuertes
derechos. A su regreso de
Londres se retiró a la vida
privada, nuevamente, hasta que
en setiembre de 1811 el general
Miranda, por entonces comandante
en jefe de las fuerzas rectas de
mar y tierra, lo persuadió de
que aceptara el rango de
teniente coronel en el estado
mayor y el mando de Puerto
Cabello, la principal plaza
fuerte de Venezuela.
Cuando los prisioneros de guerra
españoles, que Miranda enviaba
regularmente a Puerto Cabello
para mantenerlos encerrados en
la ciudadela, lograron atacar
por sorpresa la guardia y la
dominaron, apoderándose de la
ciudadela, Bolívar, aunque los
españoles estaban desarmados,
mientras que él disponía de una
fuerte guarnición y de un gran
arsenal, se embarcó
precipitadamente por la noche
con ocho de sus oficiales, sin
poner al tanto de lo ocurría ni
a sus propias tropas, arribó al
amanecer a Guaira y se retiró a
su hacienda de San Mateo. Cuando
la guarnición se enteró de la
huida de su comandante, abandonó
en buen orden la plaza, a la que
ocuparon inmediato los españoles
al mando de Monteverde. Este
acontecimiento inclinó la
balanza a favor de España y
forzó a Miranda a suscribir, el
26 de julio de 1812, por encargo
del congreso, el tratado de La
Victoria, que sometió nuevamente
a Venezuela al dominio español.
El 30 de julio llegó Miranda a
La Guaira, con la intención
embarcarse en una nave inglesa.
Mientras visitaba al coronel
Manuel María Casas, comandante
de la plaza, se encontró con un
grupo numeroso, en el que se
contaban don Miguel Peña y Simón
Bolívar, que lo convencieron de
que se quedara, por lo menos una
noche, en la residencia de
Casas. A las dos de la
madrugada, encontrándose Miranda
profundamente dormido, Casas,
Peña y Bolívar se introdujeron
en su habitación con cuatro
soldados armados, se apoderaron
precavidamente de su espada y su
pistola, lo despertaron y con
rudeza le ordenaron que se
levantara y vistiera, tras lo
cual lo engrillaron y entregaron
a Monteverde. El jefe español lo
remitió a Cádiz, donde Miranda,
encadenado, murió después de
varios años de cautiverio. Ese
acto, para cuya justificación se
recurrió al pretexto de que
Miranda había traicionado a su
país la capitulación de La
Victoria, valió a Bolívar el
especial favor de Monteverde, a
tal punto que cuando el primero
le solicitó su pasaporte, el
jefe español declaró: «Debe
satisfacerse el pedido del
coronel Bolívar, como recompensa
al servicio prestado al rey de
España con la entrega de
Miranda».
Se autorizó así a Bolívar a que
se embarcara con destino a
Curazao, donde permaneció seis
semanas. En compañía de su primo
Ribas se trasladó luego a la
pequeña república de Cartagena.
Ya antes de su arribo habían
huido a Cartagena gran cantidad
de soldados, ex combatientes a
las órdenes del general Miranda.
Ribas les propuso emprender una
expedición contra los españoles
en Venezuela y reconocer a
Bolívar como comandante en jefe.
La primera propuesta recibió una
acogida entusiasta; la segunda
fue resistida, aunque finalmente
accedieron, a condición de que
Ribas fuera el lugarteniente de
Bolívar. Manuel Rodríguez
Torices, el presidente de la
república de Cartagena, agregó a
los 300 soldados así reclutados
para Bolívar otros 500 hombres
al mando de su primo Manuel
Castillo.
La expedición partió a comienzos
de enero de 1813. Habiéndose
producido rozamientos entre
Bolívar y Castillo respecto a
quién tenía el mando supremo, el
segundo se retiró súbitamente
con sus granaderos. Bolívar, por
su parte, propuso seguir el
ejemplo de Castillo y regresar a
Cartagena, pero al final Ribas
pudo persuadirlo de que al menos
prosiguiera en su ruta hasta
Bogotá, en donde a la sazón
tenía su sede el Congreso de
Nueva Granada. Fueron allí muy
bien acogidos, se les apoyó de
mil maneras y el congreso los
ascendió al rango de generales.
Luego de dividir su pequeño
ejército en dos columnas,
marcharon por distintos caminos
hacia Caracas. Cuanto más
avanzaban, tanto más refuerzos
recibían; los crueles excesos de
los españoles hacían las veces,
en todas partes, de reclutadores
para el ejército
independentista. La capacidad de
resistencia de los españoles
estaba quebrantada, de un lado
porque las tres cuartas partes
de su ejército se componían de
nativos, que en cada encuentro
se pasaban al enemigo; del otro
debido a la cobardía de
generales tales como Tízcar,
Cajigal y Fierro, que a la menor
oportunidad abandonaban a sus
propias tropas. De tal suerte
ocurrió que Santiago Mariño, un
joven sin formación, logró
expulsar de las provincias de
Cumaná y Barcelona a los
españoles, al mismo tiempo que
Bolívar ganaba terreno en las
provincias occidentales. La
única resistencia seria la
opusieron los españoles a la
columna de Ribas, quien no
obstante derrotó al general
Monteverde en Los Taguanes y lo
obligó a encerrarse en Puerto
Cabello el resto de sus tropas.
Cuando el gobernador de Caracas,
general Fierro, tuvo noticias de
que se acercaba Bolívar, le
envió parlamentarios para
ofrecerle una capitulación, la
que se firmó en La Victoria.
Pero Fierro, invadido por un
pánico repentino y sin aguardar
el regreso de sus propios
emisarios, huyó secretamente por
la noche y dejó a más de 1.500
españoles librados a la merced
del enemigo. A Bolívar se le
tributó entonces una entrada
apoteótica. De pie, en un carro
de triunfo, al que arrastraban
doce damiselas vestidas de
blanco y ataviadas con los
colores nacionales, elegidas
todas ellas entre las mejores
familias caraqueñas, Bolívar, la
cabeza descubierta y agitando un
bastoncillo en la mano, fue
llevado en una media hora desde
la entrada la ciudad hasta su
residencia. Se proclamó
«Dictador y Libertador de las
Provincias Occidentales de
Venezuela» -Mariño había
adoptado el título de «Dictador
de las Provincias Orientales»-,
creó la «Orden del Libertador»,
formó un cuerpo de tropas
escogidas a las que denominó
guardia de corps y se rodeó de
la pompa propia de una corte.
Pero, como la mayoría de sus
compatriotas, era incapaz de
todo esfuerzo de largo aliento y
su dictadura degeneró pronto en
una anarquía militar, en la cual
asuntos más importantes quedaban
en manos de favoritos que
arruinaban las finanzas públicas
y luego recurrían a medios
odiosos para reorganizarlas. De
este modo el novel entusiasmo
popular se transformó en
descontento, y las dispersas
fuerzas del enemigo dispusieron
de tiempo para rehacerse.
Mientras que a comienzos de
agosto de 1813 Monteverde estaba
encerrado en la fortalede Puerto
Cabello y al ejército español
sólo le quedaba una angosta faja
de tierra en el noroeste de
Venezuela, apenas tres meses
después el Libertador había
perdido su prestigio y Caracas
se hallaba amenazada por la
súbita aparición en sus
cercanías de los españoles
victoriosos, al mando de Boves.
Para fortalecer su poder
tambaleante Bolívar reunió, el
1de enero de 1814, una junta
constituida por los vecinos
caraqueños más influyentes y les
manifestó que no deseaba
soportar más tiempo el fardo de
la dictadura. Hurtado de
Mendoza, por su parte,
fundamentó en un prolongado
discurso «la necesidad de que el
poder supremo se mantuviese en
las manos del general Bolívar
hasta que el Congreso de Nueva
Granada pudiera reunirse y
Venezuela unificarse bajo un
solo gobierno». Se aprobó esta
propuesta y, de tal modo, la
dictadura recibió una sanción
legal.
Durante algún tiempo se
prosiguió la guerra contra los
españoles, bajo la forma de
escaramuzas, sin que ninguno de
los contrincantes obtuviera
ventajas decisivas. En junio de
1814 Boves, tras concentrar sus
tropas, marchó de Calabozo hasta
La Puerta, donde los dos
dictadores, Bolívar y Mariño,
habían combinado sus fuerzas.
Boves las encontró allí y ordenó
a sus unidades que las atacaran
sin dilación. Tras una breve
resistencia, Bolívar huyó a
Caracas, mientras que Mariño se
escabullía hacia Cumaná. Puerto
Cabello y Valencia cayeron en
las manos de Boves, que destacó
dos columnas (una de ellas al
mando del coronel González)
rumbo a Caracas, por distintas
rutas. Ribas intentó en vano
contener el avance de González.
Luego de la rendición de Caracas
a este jefe, Bolívar evacuó a La
Guaira, ordenó a los barcos
surtos en el puerto que zarparan
para Cumaná y se retiró con el
resto de sus tropas hacia
Barcelona. Tras la derrota que
Boves infligió a los insurrectos
en Aragüita, el 8 de agosto de
1814, Bolívar abandonó
furtivamente a sus tropas, esa
misma noche, para dirigirse
apresuradamente y por atajos
hacia Cumaná, donde pese a las
airadas protestas de Ribas se
embarcó de inmediato en el «Bianchi»,
junto con Mariño y otros
oficiales. Si Ribas, Páez y los
demás generales hubieran seguido
a los dictadores en su fuga,
todo se habría perdido. Tratados
como desertores a su arribo a
Juan Griego, isla Margarita, por
el general Arismendi, quien les
exigió que partieran, levaron
anclas nuevamente hacia
Carúpano, donde, habiéndolos
recibido de manera análoga el
coronel Bermúdez, se hicieron a
la mar rumbo a Cartagena. Allí a
fin de cohonestar su huida,
publicaron una memoria de
justificación, henchida de
frases altisonantes.
Habiéndose sumado Bolívar a una
conspiración para derrocar al
gobierno de Cartagena, tuvo que
abandonar esa pequeña república
y seguir viaje hacia Tunja,
donde estaba reunido el Congreso
de la República Federal de Nueva
Granada. La provincia de
Cundinamarca, en ese entonces,
estaba a la cabeza de las
provincias independientes que se
negaban a suscribir el acuerdo
federal neogranadino, mientras
que Quito, Pasto, Santa Marta y
otras provincias todavía se
hallaban en manos de los
españoles. Bolívar, que llegó el
22 de noviembre de 1814 a Tunja,
designado por el congreso
comandante en jefe de las
fuerzas armadas federales y
recibió la doble misión de
obligar al presidente de la
provincia de Cundinamarca a
reconociera la autoridad del
congreso y de marchar luego
sobre Santa Marta, el único
puerto de mar fortificado
granadino aún en manos de los
españoles. No presentó
dificultades el cumplimiento del
primer cometido, puesto que
Bogotá, la capital de la
provincia desafecta, carecía de
fortificaciones. Aunque la
ciudad había capitulado, Bolívar
permitió a sus soldados que
durante 48 horas la saquearan.
En Santa Marta el general
español Montalvo, disponía tan
sólo de una débil guarnición de
200 hombres y de una plaza
fuerte en pésimas condiciones
defensivas, tenía apalabrado ya
un barco francés para asegurar
su propia huida; los vecinos,
por su parte, enviaron un
mensaje a Bolívar participándole
que, no bien apareciera,
abrirían las puertas de la
ciudad y expulsarían a la
guarnición. Pero en vez de
marchar contra los españoles de
Santa Marta, tal como se lo
había ordenado el congreso,
Bolívar se dejó arrastrar por su
encono contra Castillo, el
comandante de Cartagena, y
actuando por su propia cuenta
condujo sus tropas contra esta
última ciudad, parte integral de
la República Federal. Rechazado,
acampó en Popa, un cerro situado
aproximadamente a tiro de cañón
de Cartagena. Por toda batería
emplazó un pequeño cañón, contra
una fortaleza artillada con unas
80 piezas. Pasó luego del asedio
al bloqueo, que duró hasta
comienzos de mayo, sin más
resultado que la disminución de
sus efectivos, por deserción o
enfermedad, de 2.400 a 700
hombres. En el ínterin una gran
expedición española comandada
por el general Morillo y
procedente de Cádiz había
arribado a la isla Margarita, el
25 de marzo de 1815. Morillo
destacó de inmediato poderosos
refuerzos a Santa Marta y poco
después sus fuerzas se adueñaron
de Cartagena. Previamente,
empero, el 10 de mayo 1815,
Bolívar se había embarcado con
una docena de oficiales en un
bergantín artillado, de bandera
británica, rumbo a Jamaica. Una
vez llegado a este punto de
refugio publicó una nueva
proclama, en la que se
presentaba como la víctima de
alguna facción o enemigo secreto
y defendía su fuga ante los
españoles como si se tratara una
renuncia al mando, efectuada en
aras de la paz pública.
Durante su estada de ocho meses
en Kingston, los generales que
había dejado en Venezuela y el
general Arismendi en la isla
Margarita presentaron una tenaz
resistencia las armas españolas.
Pero después que Ribas, a quién
Bolívar debía su renombre,
cayera fusilado por los
españoles tras la toma de
Maturín, ocupó su lugar un
hombre de condiciones militares
aun más relevantes. No pudiendo
desempeñar, por su calidad de
extranjero, un papel autónomo en
la revolución sudamericana, este
hombre decidió entrar al
servicio de Bolívar. Se trataba
de Luis Brión. Para prestar
auxilios a los revolucionarios
se había hecho a la mar en
Londres, rumbo a Cartagena, con
una corbeta de 24 cañones,
equipada en gran parte a sus
propias expensas y cargada con
14.000 fusiles y una gran
cantidad de otros pertrechos.
Habiendo llegado demasiado tarde
y no pudiendo ser útil a los
rebeldes, puso proa hacia Cayos,
en Haití, adonde muchos
emigrados patriotas habían huido
tras la capitulación de
Cartagena.
Entretanto Bolívar se había
trasladado también a Puerto
Príncipe donde, a cambio de su
promesa de liberar a los
esclavos, el presidente haitiano
Petión le ofreció un cuantioso
apoyo material para una nueva
expedición contra los españoles
de Venezuela. En Los Cayos se
encontró con Brión y los otros
emigrados y en una junta general
se propuso a sí mismo como jefe
de la nueva expedición, bajo la
condición de que, hasta la
convocatoria de un congreso
general, él reuniría en sus
manos los poderes civil y
militar. Habiendo aceptado la
mayoría esa condición, los
expedicionarios se hicieron a la
mar el 16 de abril de 1816 con
Bolívar como comandante y Brión
en calidad de almirante. En
Margarita, Bolívar logró ganar
para su causa a Arismendi, el
comandante de la isla, quien
había rechazado a los españoles
a tal punto que a éstos sólo les
restaba un único punto de apoyo,
Pampatar. Con la formal promesa
de Bolívar de convocar un
congreso nacional en Venezuela
no bien se hubiera hecho dueño
del país, Arismendi hizo reunir
una junta en la catedral de
Villa del Norte y proclamó
públicamente a Bolívar jefe
supremo de las repúblicas de
Venezuela y Nueva Granada. El 31
de mayo de 1816 desembarcó
Bolívar en Carúpano, pero no se
atrevió a impedir que Mariño y
Piar se apartaran de él y
efectuaran, por su propia
cuenta, una campaña contra
Cumaná. Debilitado por esta
separación y siguiendo los
consejos de Brión se hizo a la
vela rumbo a Ocumare [de la
Costa], adonde arribó el 3 de
julio de 1816 con 13 barcos, de
los cuales sólo 7 estaban
artillados. Su ejército se
componía tan sólo de 650
hombres, que aumentaron a 800
por el reclutamiento de negros,
cuya liberación había
proclamado. En Ocumare difundió
un nuevo manifiesto, en el que
prometía «exterminar a los
tiranos» y «convocar al pueblo
para que designe sus diputados
al congreso. Al avanzar en
dirección a Valencia, se topó,
no lejos de Ocumare, con el
general español Morales, a la
cabeza de unos 200 soldados y
100 milicianos. Cuando los
cazadores de Morales dispersaron
la vanguardia de Bolívar, éste,
según un testigo ocular, perdió
«toda presencia de ánimo y sin
pronunciar palabra, en un
santiamén volvió grupas y huyó a
rienda suelta hacia Ocumare,
atravesó el pueblo a toda
carrera, llegó a la bahía
cercana, saltó del caballo, se
introdujo en un bote y subió a
bordo del « Diana», dando orden
a toda la escuadra de que lo
siguiera a la pequeña isla de
Bonaire y dejando a todos sus
compañeros privados del menor
auxilio». Los reproches y
exhortaciones de Brión lo
indujeron a reunirse a los demás
jefes en la costa de Cumaná; no
obstante, como lo recibieron in
amistosamente y Piar lo amenazó
con someterlo a un consejo de
guerra por deserción y cobardía,
sin tardanza volvió a partir
rumbo a Los Cayos. Tras meses y
meses de esfuerzos, Brión logró
finalmente persuadir a la
mayoría de los jefes militares
venezolanos -que sentían la
necesidad de que hubiera un
centro, aunque simplemente fuese
nominal- de que llamaran una vez
más a Bolívar como comandante en
jefe, bajo la condición expresa
de que convocaría al congreso y
no se inmiscuiría en la
administración civil. El 31 de
diciembre de 1816 Bolívar arribó
a Barcelona con las armas,
municiones y pertrechos
proporcionados por Pétion. El 2
de enero de 1817 se le sumó
Arismendi, y el día 4 Bolívar
proclamó la ley marcial y
anunció que todos los poderes
estaban en sus manos. Pero 5
días después Arismendi sufrió un
descalabro en una emboscada que
le tendieran los españoles, y el
dictador huyó a Barcelona. Las
tropas se concentraron
nuevamente en esa localidad,
adonde Brion le envió tanto
armas como nuevos refuerzos, de
tal suerte que pronto Bolívar
dispuso de una nueva fuerza de
1.100 hombres. El 5 de abril los
españoles tomaron la ciudad de
Barcelona, y las tropas de los
patriotas se replegaron hacia la
Casa de la Misericordia, un
edificio sito en las afueras.
Por orden de Bolívar se cavaron
algunas trincheras, pero de
manera inapropiada para defender
contra un ataque serio una
guarnición de 1.000 hombres.
Bolívar abandonó la posición en
la noche del 5 de abril, tras
comunicar al coronel Freites, en
quien delegó el mando, que
buscaría tropas de refresco y
volvería a la brevedad. Freites
rechazó un ofrecimiento de
capitulación, confiado en la
promesa, y después del asalto
fue degollado por los españoles,
al igual que toda la guarnición.
Piar, un hombre de color,
originario de Curazao, concibió
y puso en práctica la conquista
de la Guayana, a cuyo efecto el
almirante Brión lo apoyó con sus
cañoneras. El 20 de julio, ya
liberado de los españoles todo
el territorio, Piar, Brión, Zea,
Mariño, Arismendi y otros
convocaron en Angostura un
congreso de las provincias y
pusieron al frente del Ejecutivo
un triunvirato; Brión, que
detestaba a Piar y se interesaba
profundamente por Bolívar, ya
que en el éxito del mismo había
puesto en juego su gran fortuna
personal, logró que se designase
al último como miembro del
triunvirato, pese a que no se
hallaba presente. Al enterarse
de ello Bolívar, abandonó su
refugio y se presentó en
Angostura, donde, alentado por
Brión, disolvió el congreso y el
triunvirato y los remplazó por
un «Consejo Supremo de la
Nación», del que se nombró jefe,
mientras que Brión y Francisco
Antonio Zea quedaron al frente,
el primero de la sección militar
y el segundo de la sección
política. Sin embargo Piar, el
conquistador de Guayana, que
otrora había amenazado con
someter a Bolívar ante un
consejo de guerra por deserción,
no escatimaba sarcasmos contra
el «Napoleón de las retiradas»,
y Bolívar aprobó por ello un
plan para eliminarlo. Bajo las
falsas imputaciones de haber
conspirado contra los blancos,
atentado contra la vida de
Bolívar y aspirado al poder
supremo, Piar fue llevado ante
un consejo de guerra presidido
por Brión y, condenado a muerte,
se le fusiló el 16 de octubre de
1817. Su muerte llenó a Mariño
de pavor. Plenamente consciente
de su propia insignificancia al
hallarse privado del concurso de
Piar, Mariño, en una carta
abyectísima, calumnió
públicamente a su amigo
victimado, se dolió de su propia
rivalidad con el Libertador y
apeló a la inagotable
magnanimidad de Bolívar.
La conquista de la Guayana por
Piar había dado un vuelco total
a la situación, en favor de los
patriotas, pues esta provincia
sola les proporcionaba más
recursos que las otras siete
provincias venezolanas juntas.
De ahí que todo el mundo
confiara en que la nueva campaña
anunciada por Bolívar en una
flamante proclama conduciría a
la expulsión definitiva de los
españoles. Ese primer boletín,
según el cual unas pequeñas
partidas españolas que
forrajeaban al retirarse de
Calabozo eran «ejércitos que
huían ante nuestras tropas
victoriosas», no tenía por
objetivo disipar tales
esperanzas. Para hacer frente a
4.000 españoles, que Morillo aún
no había podido concentrar,
disponía Bolívar de más de 9.000
hombres, bien armados y
equipados, abundantemente
provistos con todo lo necesario
para la guerra. No obstante, a
fines de mayo de 1818 Bolívar
había perdido unas doce batallas
y todas las provincias situadas
al norte del Orinoco. Como
dispersaba sus fuerzas,
numéricamente superiores, éstas
siempre eran batidas por
separado.
Bolívar dejó la dirección de la
guerra en manos de Páez y sus
demás subordinados y se retiró a
Angostura. A una defección
seguía la otra, y todo parecía
encaminarse a un descalabro
total. En ese momento
extremadamente crítico, una
conjunción de sucesos
afortunados modificó nuevamente
el curso de las cosas. En
Angostura Bolívar encontró a
Santander, natural de Nueva
Granada, quien le solicitó
elementos para una invasión a
ese territorio, ya que la
población local estaba pronta
para alzarse en masa contra los
españoles. Bolívar satisfizo
hasta cierto punto esa petición.
En el ínterin, llegó de
Inglaterra una fuerte ayuda bajo
la forma de hombres, buques y
municiones, y oficiales
ingleses, franceses, alemanes y
polacos afluyeron de todas
partes a Angostura.
Finalmente, el doctor [Juan]
Germán Roscio, consternado por
la estrella declinante de la
revolución sudamericana, hizo su
entrada en escena, logró el
valimiento de Bolívar y lo
indujo a convocar, para el 15 de
febrero de 1819, un congreso
nacional, cuya sola mención
demostró ser suficientemente
poderosa para poner en pie un
nuevo ejército de
aproximadamente 14.000 hombres,
con lo cual Bolívar pudo pasar
nuevamente a la ofensiva.
Los oficiales extranjeros le
aconsejaron diera a entender que
proyectaba un ataque contra
Caracas para liberar a Venezuela
del yugo español, induciendo así
a Morillo a retirar sus fuerzas
de Nueva Granada y concentrarlas
para la defensa de aquel país,
tras lo cual Bolívar debía
volverse súbitamente hacia el
oeste, unirse a las guerrillas
de Santander y marchar sobre
Bogotá. Para ejecutar ese plan,
Bolívar salió el 24 de febrero
de 1819 de Angostura, después de
designar a Zea presidente del
congreso y vicepresidente de la
república durante su ausencia.
Gracias a las maniobras de Páez,
los revolucionarios batieron a
Morillo y La Torre en Achaguas,
y los habrían aniquilado
completamente si Bolívar hubiese
sumado sus tropas a las de Páez
y Mariño. De todos modos, las
victorias de Páez dieron por
resultado la ocupación de la
provincia de Barinas, quedando
expedita así la ruta hacia Nueva
Granada. Como aquí todo estaba
preparado por Santander, las
tropas extranjeras, compuestas
fundamentalmente por ingleses,
decidieron el destino de Nueva
Granada merced a las victorias
sucesivas alcanzadas el 1 y 23
de julio y el 7 de agosto en la
provincia de Tunja. El 12 de
agosto Bolívar entró
triunfalmente a Bogotá, mientras
que los españoles, contra los
cuales se habían sublevado todas
las provincias de Nueva Granada,
se atrincheraban en la ciudad
fortificada de Mompós.
Luego de dejar en funciones al
congreso granadino y al general
Santander como comandante en
jefe Bolívar marchó hacia
Pamplona, donde pasó más de dos
meses en festejos y saraos. El 3
de noviembre llego a Mantecal,
Venezuela, punto que había
fijado a los jefes patriotas
para que se le reunieran con sus
tropas Con un tesoro de unos
2.000.000 de dólares, obtenidos
de los habitantes de Nueva
Granada mediante contribuciones
forzosas, y disponiendo de una
fuerza de aproximadamente 9.000
hombres, un tercio de los cuales
eran ingleses, irlandeses,
hanoverianos y otros extranjeros
bien disciplinados, Bolívar
debía hacer frente a un enemigo
privado de toda clase de
recursos, cuyos efectivos se
reducían a 4.500 hombres, las
dos terceras partes de los
cuales, además, eran nativos y
mal podían, por ende, inspirar
confianza a los españoles.
Habiéndose retirado Morillo de
San Fernando de Apure en
dirección a San Carlos, Bolívar
lo persiguió hasta Calabozo, de
modo que ambos estados mayores,
enemigos se encontraban apenas a
dos días de marcha el uno del
otro. Si Bolívar hubiese
avanzado con resolución, sus
solas tropas europeas habrían
bastado para aniquilar a los
españoles. Pero prefirió
prolongar la guerra cinco años
más.
En octubre de 1819 el congreso
de Angostura había forzado a
renunciar a Zea, designado por
Bolívar, y elegido en su lugar a
Arismendi. No bien recibió esta
noticia, Bolívar marchó con su
legión extranjera sobre
Angostura, tomó desprevenido a
Arismendi, cuya fuerza se
reducía a 600 nativos, lo
deportó a la isla Margarita e
invistió nuevamente a Zea en su
cargo y dignidades. El doctor
Roscio, que había fascinado a
Bolívar con las perspectivas de
un poder central, lo persuadió
de que proclamara a Nueva
Granada y Venezuela como
«República de Colombia»,
promulgase una constitución para
el nuevo estado -redactada por
Roscio- y permitiera la
instalación de un congreso común
para ambos países. El 20 de
enero de 1820 Bolívar se
encontraba de regreso en San
Fernando de Apure.
El súbito retiro de su legión
extranjera, más temida por los
españoles que un número diez
veces mayor de colombianos,
brindó a Morillo una nueva
oportunidad de concentrar
refuerzos. Por otra parte, la
noticia de que una poderosa
expedición a las órdenes de
O'Donnell estaba a punto de
partir de la Península, levantó
los decaídos ánimos del partido
español. A pesar de que disponía
de fuerzas holgadamente
superiores, Bolívar se las
arregló para no conseguir nada
durante la campaña de 1820.
Entretanto llegó de Europa la
noticia de que la revolución en
la isla de León había puesto
violento fin a la programada
expedición de O'Donnell. En
Nueva Granada, 15 de las 22
provincias se habían adherido al
gobierno de Colombia, y a los
españoles sólo les restaban la
fortaleza de Cartagena y el
istmo de Panamá. En Venezuela, 6
de las 8 provincias se
sometieron a las leyes
colombianas. Tal era el estado
de cosas cuando Bolívar se dejó
seducir por Morillo y entró con
él en tratativas que tuvieron
por resultado, el 25 de
noviembre de 1820, la
concertación del convenio de
Trujillo, por el que se
establecía una tregua de seis
meses. En el acuerdo de
armisticio no figuraba una sola
mención siquiera a la Republica
de Colombia, pese a que el
congreso había prohibido, a
texto expreso, la conclusión de
ningún acuerdo con el jefe
español si éste no reconocía
previamente la independencia de
la república.
El 17 de diciembre, Morillo,
ansioso de desempeñar un papel
en España, se embarcó en Puerto
Cabello y delegó el mando
supremo en Miguel de Latorre; el
10 de marzo de 1821 Bolívar
escribió a Latorre
participándole que las
hostilidades se reiniciarían al
término de un plazo de 30 días.
Los españoles ocupaban una
sólida posición en Carabobo, una
aldea situada aproximadamente a
mitad de camino entre San Carlos
y Valencia; pero en vez de
reunir allí todas sus fuerzas,
Latorre sólo había concentrado
su primera división, 2.500
infantes y unos 1.500 jinetes,
mientras que Bolívar disponía
aproximadamente de 6.000
infantes, entre ellos la legión
británica, integrada por 1.100
hombres, y 3.000 llaneros a
caballo bajo el mando de Páez.
La posición del enemigo le
pareció tan imponente a Bolívar,
que propuso a su consejo de
guerra la concertación de una
nueva tregua, idea que, sin
embargo, rechazaron sus
subalternos. A la cabeza de una
columna constituida
fundamentalmente por la legión
británica, Páez, siguiendo un
atajo, envolvió el ala derecha
del enemigo; ante la airosa
ejecución de esa maniobra,
Latorre fue el primero de los
españoles en huir a rienda
suelta, no deteniéndose hasta
llegar a Puerto Cabello, donde
se encerró con el resto de sus
tropas. Un rápido avance del
ejército victorioso hubiera
producido, inevitablemente, la
rendición de Puerto Cabello,
pero Bolívar perdió su tiempo
haciéndose homenajear en
Valencia y Caracas. El 21 de
setiembre de 1821 la gran
fortaleza de Cartagena capituló
ante Santander. Los últimos
hechos de armas en Venezuela -el
combate naval de Maracaibo en
agosto de 1823 y la forzada
rendición de Puerto Cabello en
julio de 1824- fueron ambos la
obra de Padilla. La revolución
en la isla de León, que volvió
imposible la partida de la
expedición de O'Donnell, y el
concurso de la legión británica,
habían volcado, evidentemente,
la situación a favor de los
colombianos.
El Congreso de Colombia inauguró
sus sesiones en enero de 1821 en
Cúcuta; el 30 de agosto promulgó
la nueva constitución y,
habiendo amenazado Bolívar una
vez más con renunciar, prorrogó
los plenos poderes del
Libertador. Una vez que éste
hubo firmado la nueva carta
constitucional, el congreso lo
autorizó a emprender la campaña
de Quito (1822), adonde se
habían retirado los españoles
tras ser desalojados del istmo
de Panamá por un levantamiento
general de la población. Esta
campaña, que finalizó con la
incorporación de Quito, Pasto y
Guayaquil a Colombia, se efectuó
bajo la dirección nominal de
Bolívar y el general Sucre, pero
los pocos éxitos alcanzados por
el cuerpo de ejército se
debieron íntegramente a los
oficiales británicos, y en
particular al coronel Sands.
Durante las campañas contra los
españoles en el Bajo y el Alto
Perú -1823-1824- Bolívar ya no
consideró necesario representar
el papel de comandante en jefe,
sino que delegó en el general
Sucre la conducción de la cosa
militar y restringió sus
actividades a las entradas
triunfales, los manifiestos y la
proclamación de constituciones.
Mediante su guardia de corps
colombiana manipuló las
decisiones del Congreso de Lima,
que el 10 de febrero de 1823 le
encomendó la dictadura; gracias
a un nuevo simulacro de
renuncia, Bolívar se aseguró la
reelección como presidente de
Colombia. Mientras tanto su
posición se había fortalecido,
en parte con el reconocimiento
oficial del nuevo estado por
Inglaterra, en parte por la
conquista de las provincias alto
peruanas por Sucre, quién
unificó a las últimas en una
república independiente, la de
Bolivia. En este país, sometido
a las bayonetas de Sucre,
Bolívar dio curso libre a sus
tendencias al despotismo y
proclamó el Código Boliviano,
remedo del Code Napoleón.
Proyectaba trasplantar ese
código de Bolivia al Perú, y de
éste a Colombia, y mantener a
raya a los dos primeros estados
por medio de tropas colombianas,
y al último mediante la legión
extranjera y soldados peruanos.
Valiéndose de la violencia, pero
también de la intriga, de hecho
logró imponer, aunque tan sólo
por unas pocas semanas, su
código al Perú. Como presidente
y libertador de Colombia,
protector y dictador del Perú y
padrino de Bolivia, había
alcanzado la cúspide de su
gloria. Pero en Colombia había
surgido un serio antagonismo
entre los centralistas, o
bolivistas, y los federalistas,
denominación esta última bajo la
cual los enemigos de la anarquía
militar se habían asociado a los
rivales militares de Bolívar.
Cuando el Congreso dé Colombia,
a instancias de Bolívar, formuló
una acusación contra Páez,
vicepresidente de Venezuela, el
último respondió con una
revuelta abierta, la que contaba
secretamente con el apoyo y
aliento del propio Bolívar;
éste, en efecto, necesitaba
sublevaciones como pretexto para
abolir la constitución y
reimplantar la dictadura. A su
regreso del Perú, Bolívar trajo
además de su guardia de corps
1.800 soldados peruanos,
presuntamente para combatir a
los federalistas alzados. Pero
al encontrarse con Páez en
Puerto Cabello no sólo lo
confirmó como máxima autoridad
en Venezuela, no sólo proclamó
la amnistía para los rebeldes,
sino que tomó partido
abiertamente por ellos y
vituperó a los defensores de la
constitución; el decreto del 23
de noviembre de 1826, promulgado
en Bogotá, le concedió poderes
dictatoriales.
En el año 1826, cuando su poder
comenzaba a declinar, logro
reunir un congreso en Panamá,
con el objeto aparente de
aprobar un nuevo código
democrático internacional.
Llegaron plenipotenciarios de
Colombia, Brasil, La Plata,
Bolivia, México, Guatemala, etc.
La intención real de Bolívar era
unificar a toda América del Sur
en una república federal, cuyo
dictador quería ser él mismo.
Mientras daba así amplio vuelo a
sus sueños de ligar medio mundo
a su nombre, el poder efectivo
se le escurría rápidamente de
las manos. Las tropas
colombianas destacadas en el
Perú, al tener noticia de los
preparativos que efectuaba
Bolívar para introducir el
Código Boliviano, desencadenaron
una violenta insurrección. Los
peruanos eligieron al general
Lamar presidente de su
república, ayudaron a los
bolivianos a expulsar del país
las tropas colombianas y
emprendieron incluso una
victoriosa guerra contra
Colombia, finalizada por un
tratado que redujo a este país a
sus límites primitivos,
estableció la igualdad de ambos
países y separó las deudas
públicas de uno y otro. La
Convención de Ocaña, convocada
por Bolívar para reformar la
constitución de modo que su
poder no encontrara trabas, se
inauguró el 2 de marzo de 1828
con la lectura de un mensaje
cuidadosamente redactado, en el
que se realzaba la necesidad de
otorgar nuevos poderes al
ejecutivo. Habiéndose
evidenciado, sin embargo, que el
proyecto de reforma
constitucional diferiría
esencialmente del previsto en un
principio, los amigos de Bolívar
abandonaron la convención
dejándola sin quórum, con lo
cual las actividades de la
asamblea tocaron a su fin.
Bolívar, desde una casa de campo
situada a algunas millas de
Ocaña, publicó un nuevo
manifiesto en el que pretendía
estar irritado con los pasos
dados por sus partidarios, pero
al mismo tiempo atacaba al
congreso, exhortaba a las
provincias a que adoptaran
medidas extraordinarias y se
declaraba dispuesto a tomar
sobre sí la carga del poder si
ésta recaía en sus hombros. Bajo
la presión de sus bayonetas,
cabildos abiertos reunidos en
Caracas, Cartagena y Bogotá,
adonde se había trasladado
Bolívar, lo invistieron
nuevamente con los poderes
dictatoriales. Una intentona de
asesinarlo en su propio
dormitorio en Bogotá, de la cual
se salvó sólo porque saltó de un
balcón en plena noche y
permaneció agazapado bajo un
puente, le permitió ejercer
durante algún tiempo una especie
de terror militar. Bolívar, sin
embargo, se guardó de poner la
mano sobre Santander, pese a que
éste había participado en la
conjura, mientras que hizo matar
al general Padilla, cuya
culpabilidad no había sido
demostrada en absoluto, pero que
por ser hombre de color no podía
ofrecer resistencia alguna.
En 1829, la encarnizada lucha de
las facciones desgarra baña la
república y Bolívar, en un nuevo
llamado a la ciudadanía, la
exhortó a expresar sin
cortapisas sus deseos en lo
tocante a posibles
modificaciones de la
constitución. Como respuesta a
ese manifiesto, una asamblea de
notables reunida en Caracas le
reprochó públicamente su
ambiciones, puso al descubierto
las deficiencias de gobierno,
proclamó la separación de
Venezuela con respecto a
Colombia y colocó al frente de
la primera al general Páez. El
Senado de Colombia respaldó a
Bolívar, pero nuevas
insurrecciones estallaron en
diversos lugares. Tras haber
dimitido por quinta vez, en
enero de 1830 Bolívar aceptó de
nuevo la presidencia y abandonó
a Bogotá para guerrear contra
Páez en nombre del congreso
colombiano. A fines de marzo de
1830 avanzó a la cabeza de 8.000
hombres, tomó Caracuta, que se
había sublevado, y se dirigió
hacia la provincia de Maracaibo,
donde Páez lo esperaba con
12.000 hombres en una fuerte
posición. No bien Bolívar se
enteró de que Páez proyectaba
combatir seriamente, flaqueó su
valor. Por un instante, incluso,
pensó someterse a Páez y
pronunciarse contra el congreso.
Pero decreció el ascendiente de
sus partidarios en ese cuerpo y
Bolívar se vio obligado a
presentar su dimisión ya que se
le dio a entender que esta vez
tendría que atenerse a su
palabra y que, a condición de
que se retirara al extranjero,
se le concedería una pensión
anual. El 27 de abril de 1830,
por consiguiente, presentó su
renuncia ante el congreso. Con
la esperanza, sin embargo, de
recuperar el poder gracias a la
influencia de sus adeptos, y
debido a que se había iniciado
un movimiento de reacción contra
Joaquín. Mosquera, el nuevo
presidente de Colombia, Bolívar
fue postergando su partida de
Bogotá y se las ingenió para
prolongar su estada en San Pedro
hasta fines de 1830, momento en
que falleció repentinamente.
Ducoudray-Holstein nos ha dejado
de Bolívar el siguiente retrato:
«Simón Bolívar mide cinco pies y
cuatro pulgadas de estatura, su
rostro es enjuto, de mejilla
hundidas, y su tez pardusca y
lívida; los ojos, ni grandes ni
pequeños, se hunden
profundamente en las órbitas; su
cabello es ralo. El bigote le da
un aspecto sombrío y feroz,
particularmente cuando se
irrita. Todo su cuerpo es flaco
y descarnado. Su aspecto es el
de un hombre de 65 años Al
caminar agita incesantemente los
brazos. No puede andar mucho a
pie y se fatiga pronto. Le
agrada tenderse o sentarse en la
hamaca. Tiene frecuentes y
súbitos arrebatos de ira, y
entonces se pone como loco, se
arroja en la hamaca y se desata
en improperios y maldiciones
contra cuantos le rodean. Le
gusta proferir sarcasmos contra
los ausentes, no lee más que
literatura francesa de carácter
liviano, es un jinete consumado
y baila valses con pasión. Le
agrada oírse hablar, y
pronunciar brindis le deleita.
En la adversidad, y cuando está
privado de ayuda exterior,
resulta completamente exento de
pasiones y arranques
temperamentales. Entonces se
vuelve apacible, paciente,
afable y hasta humilde. Oculta
magistralmente sus defectos bajo
la urbanidad de un hombre
educado en el llamado beau
monde, posee un talento casi
asiático para el disimulo y
conoce mucho mejor a los hombres
que la mayor parte de sus
compatriotas.»
Por un decreto del Congreso de
Nueva Granada los restos
mortales de Bolívar fueron
trasladados en 1842 a Caracas,
donde se erigió un monumento a
su memoria.
Gentileza: volar [
volar@fibertel.com.ar ]
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