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El país de la oscura primavera
Por Sergio Ramírez, La Insignia
El país de la eterna primavera.
Viniendo desde Quetzaltenango
hacia la ciudad de Guatemala por
la carretera de la tierra
caliente, la costa del Pacífico,
siempre bajo la vigilancia
augusta de los volcanes, el
paisaje se agota en la insólita
profusión de rótulos de
carretera con los rostros y los
lemas de los candidatos de la
recién pasada campaña electoral,
candidatos a presidente, a
diputados, a alcaldes. Unos más
que otros, y son mucho más
frecuentes las efigies de los
dos que pasarán a la segunda
vuelta presidencial a celebrarse
en noviembre de este año, el
ingeniero Álvaro Colom de la
Unidad Nacional de la Esperanza
(UNE), que se define como
socialdemócrata, y el general
Otto Pérez Molina del Partido
Patriota (PP), de la derecha
dura.
Lo primero que advierte el
viajero frente a cuyos ojos
pasan las efigies en sucesión
sin fin, es que el ingeniero
Colom parece más bien un serio
profesor universitario de leyes,
o un prefecto de claustro, y el
general Pérez Molina se empeña
tercamente en no sonreír, con la
vista puesta en ninguna parte,
pero de ninguna manera en los
ojos de quien le mira. Le habrán
dicho sus asesores de imagen que
es lo que conviene a su discurso
implacable de "mano dura", o es
que la cara de pocos amigos se
la da su propio carácter.
Cuando hace tiempo visité
Guatemala, en las preliminares
de la campaña electoral, y vi en
las vallas del centro de la
capital la cara del general
Pérez Molina por primera vez,
acompañada de su lema de "mano
dura", le pregunté a un amigo
por el futuro de aquel candidato
que venía de los cuarteles
militares, y me respondió, con
desdén, que no tenía ningún
futuro.
Vean qué equivocación. El
general Pérez Molina puede ser
el próximo presidente de
Guatemala. Por el momento lo ha
votado el 24% de los electores,
al menos casi uno de cada cuatro
guatemaltecos. Y todo a pesar de
la triste historia de los
líderes militares, o a lo mejor
precisamente por eso, porque
sólo un militar con fama de duro
puede prometer mano dura frente
a la impotencia que despiertan
tanto el crimen organizado, como
el crimen por la libre. Quince
asesinatos diarios como
promedio, no pocos de ellos
ejecuciones, y no pocas de las
victimas mujeres.
Repasar los periódicos de
cualquier día explica sin
dificultades al hierático
general Pérez Molina y su éxito
electoral, en un país en donde
cada vez más hay quienes se
hacen justicia por su propia
mano, y claman por una mano dura
que actué en nombre de ellos.
Linchamiento en barrios,
mercados y aldeas de
extorsionadores, ladrones,
secuestradores de niños,
pandilleros, por turbas que
además impiden el paso de los
policías y de los socorristas de
la Cruz Roja que llegan a
rescatar el cuerpo del
ajusticiado.
El caso del cual leo, ocurrido
en San Juan Sacatepéquez, tuvo
por protagonista fatal a un
hombre que extorsionaba a dueños
de bares y choferes de
autobuses, cobrándoles un
impuesto por dejarlos
tranquilos. Otro caso envuelve a
una muchacha de 22 años, cuyo
cadáver ha sido encontrado en la
colonia Lourdes de la capital
cosido a balazos. Sobre el
cuerpo fue dejado un rótulo que
dice "ya me cansé de que me
cobres el impuesto".
Pero hay más. El candidato del
partido de gobierno, que quedó
de tercero, Alejandro Giammattei,
debe su prestigio precisamente a
que, como director de presidios,
dirigió la toma militar de la
cárcel de Pavón, en manos de los
sicarios del narcotráfico que la
habían convertido en territorio
soberano suyo, desde donde
dirigían sus operaciones.
Quienes lo votaron lo recuerdan
por eso, por la mano dura.
El gran desafío de Colom es
ganar la segunda vuelta sin
apelar al discurso cavernario, y
convencer a los electores que el
estado de derecho, basado en la
justicia social, es más eficaz
contra "la violencia exacerbada,
y que hace falta un esfuerzo de
nación para contenerla". La
violencia que se ha pasado
llevando la vida de militantes y
familiares de militantes de su
propio partido, asesinados por
venganza política, como ha
cobrado las de miembros de otros
partidos, entre ellos el de
Rigoberta Menchú (la Premio
Nóbel de la Paz sacó pocos
votos; pero los candidatos
indígenas a alcaldes,
pertenecientes, eso sí, a
diversos partidos, ganaron casi
un 40% de los municipios del
país).
La mano dura, como promesa,
viene a ser un monstruo de mil
cabezas. Quienes padecen las
consecuencias de la inseguridad
y la violencia por causa de una
policía sometida a la
corrupción, e infiltrada por los
carteles de la droga, y de un
sistema judicial ineficiente,
han olvidado, o no tienen edad
para recordar, de dónde ha
provenido tradicionalmente la
violencia institucionalizada,
con sus ejes secretos en las
altas esferas, y pasan por alto
también que al votar a favor de
la mano dura otorgan tácitamente
un espacio de poder que
consiente las actuaciones
extrajudiciales, de las que
Guatemala ha estado tristemente
plagada.
Mientras tanto, personajes que
enfrentan juicios por delitos
mayores, como el general Efraín
Ríos Montt, con dos procesos
internacionales abiertos en su
contra por genocidio, epítome de
la mano dura, y otros acusados
de lavado de dinero y actos de
corrupción, en vinculación al
narcotráfico, han sido electos
como diputados y alcaldes, y
gozarán por tanto de inmunidad,
con lo que se libran de
cualquier condena.
A los dos amigos con quienes
converso la noche antes de mi
salida de Guatemala les hago la
pregunta ritual de por quién
votarán en la segunda vuelta. Me
dicen que por el general Pérez
Molina en ningún caso. No
quieren a los militares de
vuelta en el poder. Ambos son
hermanos, y otro hermano suyo
desapareció para siempre en 1985
bajo la represión indiscriminada
que asolaba a Guatemala.
Desaparecidos, osarios, tumbas
sin nombre. No quieren mano dura
nunca más.
Gentileza: Melina Alfaro [
melina_alfaro2000@yahoo.es ]
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