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Genes y nenúfares
Por Félix Ovejero Lucas, La
Insignia
Parece que se acaban los años de
desvarío posmoderno. En todas
partes. Hasta París tiene un
límite para acoger charlatanes.
En la mudanza, no pocos
"humanistas" en período de
desintoxicación, con el mismo
arrobo con que se encandilaron
con deconstrucciones y otros
delirios, vuelven su mirada
hacia las ciencias naturales.
Bienvenida sea la marea si
deposita algún sedimento de
claridad y de cordura.
El reflujo está llegando a casi
todos. Los últimos, los
juristas. Por supuesto, andan
entusiasmados. Toda una vida
buscando un sustituto para Dios
en donde afincar los derechos y
resulta, quién se lo iba a
decir, que está en el neocórtex.
El primer derecho en acudir a la
cita es el previsible, el que
mayores problemas ha encontrado
a la hora de asegurarse
cimientos firmes. "Los
principios fundamentales de la
propiedad están codificados en
el cerebro humano", podemos leer
en un texto incluido en una
reciente recopilación de
trabajos -algunos, excelentes,
todo hay que decirlo- publicados
como libro bajo el título Law
and Brain.
Cuando las cosas se miran de
cerca, aturde la rotundidad de
las conclusiones a la vista de
la endeblez de los avales. Nadie
sensato niega la importancia de
los programas naturalistas de
investigación. Pero por ahora
disponemos más de promesas de
resultados que de resultados
contables. En tales casos, lo
prudente, para quienes no
estamos en el ajo, es callarnos
y esperar que se pongan de
acuerdo quienes sí lo están. Por
el momento, los del ajo están
discutiendo en banderías
enconadas.
Es normal que sea así. Porque en
este género no resulta sencillo
el control de las ideas. Y no
por deshonestidad, como pudo
suceder con bastantes
cantamañanas posmodernos, sino
porque la naturaleza del asunto
impone estrategias
argumentativas con limitado
vigor demostrativo. Un par de
ellas son bastante comunes. Unas
veces se "explica" un
comportamiento apelando a sus
supuestas ventajas adaptativas
en el Pleistoceno, en los
contextos en los que ha
transcurrido la mayor parte de
la biografía de la especie
humana. Somos unos cotillas,
porque preguntar cómo le iba a
fulanito era el mejor modo de
mantener la cohesión en grupos
numerosos una vez abandonamos
los árboles y ya no nos cundía
el día para andar manoseando a
tanta gente. Una historia
bonita, pero seguro que al
lector se le puede ocurrir otra
no menos persuasiva. Otras veces
se procede mediante analogías.
Se aduce, por ejemplo, que
puesto que hay una estructura de
nuestro cerebro especializada en
el lenguaje o en el
reconocimiento de los rostros,
también debe existir otra que se
ocupa en exclusiva de lo que
queremos explicar, ayudar a los
parientes, reconocer las
emociones, evitar el incesto y
mil cosas mal. Tales estrategias
intelectuales son lícitas, pero,
a qué negarlo, no tienen la
rotundidad del experimento que
relaciona una secuencia del ADN
con una enfermedad.
Cierto es que hay resultados
que, aunque tampoco conjuran la
interpretación, son bastante más
asibles que las alegres
especulaciones acerca de las
ventajas adaptativas de -y los
consiguientes cableados
neuronales especializados en- lo
que sea. Sobre todo, en
neurología. Algunos resultan
realmente sorprendentes, y no
faltos de implicaciones para el
mundo del derecho. Pertrechados
con resonancias magnéticas, que
vienen a ser el braile con el
que leer la actividad cerebral,
científicos del Instituto Max
Planck han sido capaces de
"conocer las intenciones" de los
participantes en un
experimento... antes de que
llevaran a cabo sus acciones. Un
resultado que debería dar mucho
que pensar a los penalistas con
fibra filosófica, sobre todo si
se combina con otras
investigaciones que, con
técnicas parecidas, muestran que
cabe predecir el comportamiento
de una persona antes de que ella
misma sepa lo que va a hacer.
En todo caso, con la brida
puesta, no hay nada
inconveniente en las
interpretaciones evolutivas.
Como digo, es un territorio en
donde las conjeturas son peaje
inevitable. Lo malo es arrancar
de tales provisionalidades para
acabar sentenciando acerca de lo
que pasa o, todavía peor, acerca
de lo que debe pasar. De lo
primero sobran ejemplos. Sin
tiempo para la meditación, se ha
transitado de la imprecisa "la
culpa es de la sociedad" a la
vacua "la culpa es de los
genes". El truco sirve para
explicar el terrorismo o, como
ha intentado Semir Zeki, por qué
nos gusta Vermeer y no tanto el
cubismo. Tales empeños vienen a
ser como dar cuenta del cambio
técnico a partir de nuestra
querencia por satisfacer
necesidades. Intentos de montar
un rompecabezas con una grúa. En
el mejor de los casos,
trivialidades campanudas. Las
disposiciones generales, si es
que existen, sirven de poco para
lo que queremos explicar.
Con todo, el error más grave es
otro: extraer conclusiones
morales de lo que somos. Por
supuesto, es importante conocer
de qué barro estamos amasados.
Aunque las razones para defender
la igualdad son independientes
de si somos o no iguales, pues
no se distribuyen los derechos
según seamos más o menos
imbéciles, hermosos o rubios,
para diseñar las instituciones
que hagan posible la igualdad es
de sumo interés saber si priman
en nosotros disposiciones
egoístas, que no parece,
altruistas, que tampoco, o un
modesto y prudencial sentimiento
de reciprocidad, que parece que
sí. No se organiza del mismo
modo el reparto de un pastel si
cada uno piensa en los demás que
si va a la suya. En el primer
caso, basta la regla "escoja
libremente"; en el segundo
funciona mejor la regla "escoge
el último el que corta los
trozos". Pero la decisión acerca
de si lo repartimos en trozos
iguales sí que es independiente
de si somos lobos o corderos.
Pero nunca hay que olvidar lo
fundamental, lo de siempre: lo
que somos nada nos dice acerca
de lo que está bien que sea. Que
los humanos nazcamos, todos, con
un "instinto" no hace bueno al
"instinto". La violencia
doméstica no está justificada
por más que ser agresivos o
celosos resultara
adaptativamente ventajoso. Que
existan razones biológicas para
que algunos colores o formas nos
atraigan o para que ciertos
cuerpos nos embelesen no
resuelve "el problema de la
belleza". Siempre nos quedarán
por responder las preguntas "eso
que queremos, ¿está bien?"; "eso
que nos gusta, ¿es hermoso?". Al
cabo, somos capaces de reconocer
que cosas que hacemos o queremos
no nos parecen bien. Sucede
hasta con nuestras disposiciones
gastronómicas. Nuestro gusto por
los alimentos dulces, explicable
porque, en las condiciones de
escasez en las que transcurrió
la mayor parte de nuestra
existencia, los golosos se
proveían con mayor eficacia de
calorías, hoy, en la abundancia,
es una inconveniencia y, porque
nos parece mal, lo combatimos.
Por cierto, que algo parecido
podría pasar con la anorexia,
que también en su día resultase
la mar de conveniente.
De todos modos, no hay que
entrar en tantas honduras y
sutilezas para reparar en que
las "explicaciones"
biologicistas que nos arrojan
cada día, aquí y allá, son
naderías desinformadas. Al
leerlas, más de una vez he
pensado que tienen un trato con
los genes y los módulos
cerebrales como el que tenía
Amado Nervo con los nenúfares.
¿Recuerdan? El poeta se paseaba
con Unamuno cerca de un
estanque, cuando, arrobado como
corresponde a la profesión, le
preguntó al filósofo: "Maestro,
¿sabe usted cómo se llama esa
flor que flota sobre las
aguas?". A lo que don Miguel
respondió: "Nenúfares, amigo,
nenúfares, eso que sale tanto en
sus poemas".
Gentileza: @ volar [
volar_2004@yahoo.com.ar ]
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