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Elogio de lo inútil
Por Mario Bunge
Ya había promediado la redacción
de esta nota cuando me llegó una
invitación de la Universidad de
Salamanca par asistir a un acto
académico en el que el doctor
José María Cerveró Santiago,
catedrático de Física Teórica,
disertaría precisamente en
defensa de lo inútil. Esta
coincidencia no lo es tanto
porque también yo soy físico
teórico y, como el colega
salmantino, sé que algunos de
los resultados más hermosos de
la física, tales como la teoría
de Einstein del campo
gravitatorio y la teoría
cuántica del campo
electromagnético, son casi
inútiles. O sea, no sirven, por
ahora, "nada más" que para
entender algunos aspectos de la
realidad.
Hace poco, respondiendo a la
inevitable pregunta de un
estudiante, "¿para qué sirve
eso?", le contesté: "Para nada.
¿No le parece admirable que haya
gentes que se dan el lujo de
preferir cosas hermosas e ideas
profundas a artefactos
ingeniosos pero, a la postre,
superfluos o incluso dañinos,
tales como los automóviles
acorazados?"
Nuestros primos los monos
antropoides no llevan joyas.
Tampoco las llevaban nuestros
antepasados remotos. Las
primeras joyas datan de hace
menos de 50 mil años. Las
primeras pinturas rupestres,
tales como las de Altamira y
Lascaux, son aún más recientes.
Las mujeres no empezaron a
acicalarse sino hace unos pocos
miles de años, especialmente en
el antiguo Egipto. Los primeros
museos de arte y jardines
botánicos datan del Renacimiento
tardío. Y los salones de belleza
fueron inventados hace poco más
de un siglo. La técnica precede
al arte, como la utilidad a la
belleza.
¿Para qué sirve saber que hay
infinitos números primos, que
las distancias entre las
galaxias están aumentando, que
los hombres de Neanderthal
fueron reemplazados por los de
Cromañón y que las cabezas de
éstos eran mayores que las
nuestras? Para nada. ¿Qué
utilidad tiene una sinfonía de
Beethoven, una pintura de
Velázquez o un relato de García
Márquez? La misma que las joyas,
las ropas elegantes, los
teoremas matemáticos o los
hallazgos paleoantropológicos. O
sea, ninguna.
No se busca la verdad ni la
belleza por sí mismas a menos
que se haya asegurado el
sustento: Primum vivere, deinde
philosophari. Pero no se es
plenamente humano a menos que se
aprecien la verdad y la belleza
por sí mismas. O sea, a menos
que se ame lo inútil que
emociona o que hace pensar, sin
esperar recompensa material
alguna.
Sin embargo, la diferencia entre
lo útil y lo inútil puede ser
transitoria. Hace medio siglo,
cuando Francis Crick y James
Watson descubrieron el llamado
código genético, supieron que
con ello la biología molecular
alcanzaba la mayoría de edad y
que a partir de ese momento se
desarrollaría con el vigor y la
rapidez propias de una ciencia
joven. Pero no sospecharon que
pocas décadas después también
nacería toda una industria
fundada sobre esa ciencia, ni
que uno de ellos, Watson, haría
fuertes inversiones en dicha
industria (Crick, en cambio,
siguió ocupándose de temas
inútiles, tales como el origen
de la vida y la naturaleza de la
psiquis).
Otro de mis ejemplos favoritos
es el de Apolonio, el primero en
describir las secciones cónicas:
elipse, parábola e hipérbola.
Estas curvas son hermosas pero
no fueron utilizadas hasta el
siglo XVII, cuando Galileo se
sirvió de la parábola para
describir la trayectoria de una
bala, y Kepler usó la elipse
para describir la órbita de un
planeta. El efecto
fotoeléctrico, descubierto hace
poco más de un siglo, encantó a
los físicos porque no depende
críticamente de la intensidad
luminosa sino de la frecuencia.
Durante mucho no sirvió sino
para despertar o satisfacer la
curiosidad. Eventualmente, a un
ingeniero se le ocurrió
utilizarlo para abrir y cerrar
circuitos eléctricos al paso de
una persona. Desde entonces no
hay ascensor, escalera mecánica
ni máquina-herramienta sin
célula fotoeléctrica. Además, la
explicación del efecto le valió
a Einstein la mitad de su Premio
Nobel. Obtuvo la otra mitad por
explicar el movimiento browniano
como efecto de choques
moleculares. Esta fue otra
hazaña que no tuvo repercusiones
prácticas sino muchos años
después.
Ayer, un estudiante me anunció
que alguien está pensando en
privatizar la astronomía. ¡Qué
gran idea! Si alguien comprara
un observatorio astronómico iría
pronto a la quiebra, con lo que
mostraría al gran público que
hay objetos sagrados fuera de
los templos. Entre esos objetos
figuran la ciencia básica, las
humanidades y las artes. Estas
tres vestales son sagradas
porque son patrimonio de la
humanidad y porque quien intenta
sacar utilidad inmediata de
ellas las ensucia y se ensucia.
Lo que pasó con el arte bajo los
regímenes autoritarios es
elocuente: fue estatizado y, con
ello, corrompido. Por ejemplo,
en la Unión Soviética la
exigencia de atenerse a los
preceptos del llamado realismo
socialista, que es una versión
del utilitarismo, limitó la
imaginación de los escritores,
artistas plásticos y músicos.
Por cierto que siguió habiendo
artistas originales, pero no
gozaron de apoyo estatal y sus
obras no se incorporaron al bien
común.
En resumidas cuentas, no
exijamos que todo lo que hagamos
tenga una utilidad inmediata.
Basta que sean buenas, basta que
nos ayuden a gozar de la vida.
Al fin y al cabo, la búsqueda y
el goce de lo inútil distinguen
al ser humano de sus parientes
de otras especies. Por esto
propongo este nuevo nombre para
nuestra especie: Homo inutilis.
Gentileza: Melina Alfaro [
melina_alfaro2000@yahoo.es ]
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