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Armas, patria y besos
prohibidos: 115 años de
existencia del parque infantil
de diversiones
Por Jorge Vargas Méndez
Cuando por primera vez estuve en
el Parque Infantil de
Diversiones, ni por asomo
imaginé que un día escribiría
sobre su vieja estampa y traería
a colación algunos hechos
ocurridos en su interior y
alrededores. Fue creado en 1892
en ocasión de conmemorarse el IV
centenario del descubrimiento de
América y su nombre, de acuerdo
a la tradición latina, aludía al
dios romano de la guerra: Campo
de Marte, por lo que,
supuestamente, estaría destinado
a actos o escaramuzas militares.
También su nombre pudo deberse a
que en sus cercanías estaba la
Calle de Marte, llamada así
desde mediados del siglo XIX, y
que no seria otra que la
prolongación de la calle que
venía de Mejicanos (hoy 2ª
avenida norte, probablemente).
En el mismo costado, se levantó
un obelisco ornamentado que
culminaba con una imagen de
águila: “Monumento a los héroes
de 1870”.
Sin embargo, aquel lugar rápido
se utilizaría también como
espacio para las celebraciones
cívicas de septiembre que desde
entonces incluyen desfiles
escolares y juegos deportivos, y
poco tiempo después se convirtió
en lugar de paseo o recreación.
A principios del siglo XX, ahí
mismo se inauguró un hipódromo
que terminó por atraer al
público capitalino y al de otros
pueblos cercanos, sobre todo,
cuando habían espectáculos.
La
bandera actual y un criminal
buscando refugio
En 1912, al celebrarse la
independencia patria el Campo de
Marte fue escenario de un
histórico hecho: el propio
presidente Manuel Enrique
Araujo, izó por primera vez la
actual bandera salvadoreña, la
cual, a iniciativa suya fue
aprobada días antes mediante un
decreto legislativo. “El 15 de
septiembre de 1912 en la gran
Revista Militar del Campo de
Marte se celebró la importante
ceremonia del Juramento a la
nueva Bandera de El Salvador (…)
Un sol brillante y un cielo
sereno, arriba, servían de
majestuoso palio a esta escena
deslumbradora; mientras que
sobre el verde césped las
fulgurantes armas, los toques
marciales de las bandas, el
clamoreo de las gentes parecían
como las olas de un mar agitado
que conmovía las almas en un
ritmo de entusiasmo”. Así lo
describió uno de los testigos:
David J. Guzmán, el autor de la
Oración a la Bandera.
Casi seis meses después, la
noche del 4 de febrero de 1913,
cuando en el ahora Parque
Barrios fue mortalmente herido
el presidente Araujo, un hombre
visiblemente alterado corrió por
los alrededores del mismo Campo
de Marte: era uno de los
criminales, quien en su huida
buscaba desesperado un escondite
en la espesura boscosa de la
Finca Guadalupe, que se ubicaba
justo donde hoy se levantan los
edificios del MINED y otros.
La
gente grita… ¡Un avión ha dado
vuelcos!
Nueve años más tarde, a
principios de abril de 1922, el
Campo de Marte vio llegar al
avión Ansaldo, donde daría
demostraciones acrobáticas un
piloto italiano de apellido
Venditti. El espectáculo se
realizó el domingo 26 del mismo
mes, pero algo salió mal. Al
momento de aterrizar, la nave
dio un vuelco sorpresivo sobre
la improvisada pista y el
aviador resultó gravemente
herido por lo que tuvo que ser
hospitalizado de inmediato.
Pese a la alarma causada por
aquel accidente los espectáculos
similares siguieron en el Campo
de Marte, celebrándose con
frecuencia competencias diversas
y a veces de alto riesgo con la
finalidad de entretener al
público asistente. Es más, hasta
se pavimentó la calle de acceso
a dicho lugar, precisamente en
septiembre de 1924.
Un beso
enamorado costaba la cárcel
En la actualidad, el noviazgo se
pone de manifiesto sea donde sea
y sin tapujos, aunque algunas
veces las parejas prefieren la
complicidad de la noche, el
silencio o la soledad. Pero por
lo general, se observan parejas
almibaradas o encendidas en sus
pasiones al interior de
autobuses, cines, centros
comerciales, etc. El tiempo ha
cambiado.
Sin embargo, expresar el
noviazgo mediante un simple
ósculo estaba prohibido en el
viejo San Salvador, incluyendo
parques y demás sitios públicos.
Quizás nunca sabremos cuántas
parejas pagaron caro el
atrevimiento de besarse
públicamente, pero lo cierto es
que en los últimos días de enero
de 1925, las autoridades
policiales capturaron a un
hombre y una mujer in fraganti,
es decir, cometiendo el
vergonzoso delito de besuquearse
en el Campo de Marte, el cual,
según las autoridades
municipales, era exclusivo para
espectáculos de entretenimiento
familiar, como la justa
ciclística que tuvo lugar la
tarde del viernes 23 de julio de
1926 y que arrancó gritos de
euforia entre el público
asistente. Peso eso sí: el beso
estaba prohibido.
El
Campo de Marte visto desde el
Parque Infantil de Diversiones
Cuando en 1973 llegué para
quedarme por varios años frente
al parque, ya tenía el nombre
oficial que tiene actualmente
pero la gente seguía llamándole
Campo de Marte. Y para entonces
comprendía el recodo
norte-poniente formado por la 7ª
calle poniente y 3ª avenida
norte, donde había un pequeño
triángulo; y se extendía cuadra
y media hacia el norte y hacia
el poniente hasta llegar a la
11ª avenida norte, donde
empezaba a sentirse la frescura
del sobreviviente bosquecito de
la otrora Finca Guadalupe y se
alzaba imponente el edificio de
ANTEL.
Fue ahí donde, el 30 de julio de
1975, viví con temor un desfile
militar desacostumbrado: una
larga fila de vehículos
–camiones y tanques de guerra–
con soldados bien armados que,
como si marchasen a batallar
contra peligroso enemigo, lucían
altivos mientras se dirigían a
cumplir una orden ineludible.
Momentos después, el ruido de la
pólvora delató su destino: 25ª
avenida norte, costado poniente
del Hospital del ISSS. El saldo
de aquel desigual enfrentamiento
se supo al caer la noche:
decenas de estudiantes y
docentes habían muerto a
balazos, golpes y bajo las
llantas de los vehículos
militares, y una cantidad mucho
mayor había sido víctima de
lesiones y capturas. En otras
palabras, el país completo
estaba convirtiéndose en el
Campo de Marte.
Todo eso y más ha visto pasar el
Campo de Marte o, mejor dicho,
el Parque Infantil de
Diversiones, y a 115 años de su
creación seguramente quisiera
ver cómo ha avanzado la
modernidad, pero no puede: un
murmullo de puestos del comercio
informal se lo impide. En
realidad, se trata de la misma
gente –o su descendencia– que
antaño lo frecuentaba para
besuquearse o recrear a su
familia. La ciudad ha crecido,
el desempleo campea y el hambre
no puede esperar: ¿Qué va a
llevar, amor, qué buscaba? ¡Se
lo tengo barato! Son pregones
que se pierden entre la humedad.
Llueve, debí decir, y llevo un
nudo en la garganta.
jvargasmendez@yahoo.com
Gentileza:
pierreandreblondy@yahoo.es
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